Kompendium - Capítulo 89
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89: LXXXIX 89: LXXXIX Luego de un par de horas, apareció un oráculo con dos audaces sáklios que tenía de ayudantes, uno de ellos estaba herido y le costaba caminar, ambos estaban protegidos con imponentes armaduras y portaban espadas largas.
El oráculo que protegían se llamaba Rankosh.
Por mor de la molestosa visita inesperada de los invasores, decidió salir a proteger sus tierras y a sus congéneres.
Dáikron había dado la orden de matar a los metiches oráculos de su continente porque le parecía innecesario tenerlos.
Ellos no aportaban nada, sólo fastidiaban y metían las narices donde no debían, suficientes razones tenía el rey para odiarlos.
El oráculo Rankosh llevaba una túnica oscura, con símbolos bordados, brazaletes plateados, un collar brillante y un báculo.
Tenía un pelaje azulado, con algunas rayas negras en el lomo, ojos verdes, una cola corta y una mirada penetrante.
Diyis, con una mirada esperanzadora y los ojos brillosos, vio al oráculo aproximarse, se acercó a él y se inclinó a modo de saludo.
Supuso que iba a estar protegido si permanecía cerca de él.
Le contó que los dragones negros se habían desperdigado por todos los rincones y estaban masacrando criaturas a diestro y siniestro.
Él le respondió que estaba al tanto de la tesitura, que por eso mismo había salido de su refugio, ponerle fin al conflicto beligerante era el objetivo.
Deimarus se acercó al grupo, se quedó quieto y sin decir nada, paró la oreja, sólo deseaba escuchar qué decían los demás, no le interesaba escupir en corro.
El oráculo lo miró, se acercó a él y notó que era un animal fortachón e indómito.
Aun sin conocer en detalle la verdadera naturaleza salvaje que lo distinguía de otros, le producía cierta incomodidad tenerlo cerca.
Tenía la chispa encendida; la aparición de ese grifo no podía ser mera casualidad, ¿estaba acaso destinado a estar donde estaba?
—Noto que tienes el espíritu de un gran luchador —le dijo el oráculo cuando le echó un ojo encima.
Percibía en aquel fortísimo cuerpo mucho más que fiereza y saña, mucho más que inmisericordia, petera y desdén.
—Sólo busco venganza —le respondió Deimarus a calzón quitado.
—¿Crees que serás feliz una vez que sacies tu sed de venganza?
—Desconozco el significado de la felicidad.
—Ya veo.
Si quieres convertirte en un ser digno, primero debes purificar un poco tu espíritu —le explicó sin rodeos—.
La venganza no te llevará a ninguna parte; al contrario, te destruirá por dentro hasta el día que mueras.
Jamás conocerás la felicidad.
Vivirás atrapado entre la ira y el resentimiento.
La sabiduría de los oráculos era indiscutible, nadie dudaba de ello.
Ellos eran estudiosos de la filosofía y maestros del conocimiento, se apercibían de un montón de cosas que otros animales, incluso partisanos veteranos, no notaban.
En la guerra, contrario a lo que algunos palurdos pensaban, también había reglas, existían normas de lo que se podía, lo que se debía y lo que se aconsejaba hacer, no todo estaba permitido.
Ahora bien, la venganza como impulso dominante no era, ni por asomo, lo que forjaba el carácter victorioso de un combatiente, lo era el anhelo de justicia y, por qué no, su bondad implícita solapada por la violencia física.
Era de saber común que, los que luchaban por la paz, triunfaban tarde o temprano; ahora, los que luchaban por vendetta, jamás hallaban complacencia, ni siquiera después de pringarla.
Es importante destacar dos principios fundamentales en el arte castrense: Ius ad bellum (razón para guerrear); Ius in bello (justicia en la guerra).
La lógica que se manejaba en la conflagración lejos estaba de ser una somera refriega de poca monta, la estrategia marcial no se planificaba de la noche a la mañana, todo funcionaba en base al método ensayo-error que, bien podría irse a tomar viento desde el comienzo, o bien podría finalizar en un triunfo significativo.
Dependiendo de la circunstancia, el clima y la salud de los partidarios, se podía avanzar en armas o no.
El empantanamiento de alguna de las partes era inevitable, las posibilidades eran dos: uno de los dos ganaba o perdían los dos, jamás ganaban los dos (principium tertii exclusi), a menos que se uniesen en aras de combatir a una fuerza externa, la tercera discordia.
En rigor, los motivos para batallar nunca eran del todo racionales, las diferencias a nivel ideológico eran la base de todo conflicto armado, o más bien la chiribita que provocaba el principio de incendio.
De no ser por la poca inteligencia emocional y la tardía madurez mental, toda pelotera acabaría tan pronto como empezaría.
Tanto un bando como el otro, perseguían los laureles de la tiranía, competían en una competencia absurda, uno lo hacía de forma palmaria y el otro de forma discreta.
Al final, la guerra sólo era fruto de mentes primitivas y rudimentarias, condenadas al fracaso y a la extinción.
Eso de que había uno bueno y otro malo era una ilusión; la culpa era compartida.
—¿Qué sabe usted al respecto para juzgarme?
—le replicó de forma poco educada—.
Sólo es una criatura diminuta y enclenque.
—¿Acaso me estás provocando para que te dé una putiza?
Si de eso se trata, no tengo problema en hacerlo.
—No me interesa desafiarlo.
El oráculo, aun siendo mucho más pequeño que el grifo, se arrimó a él en un centelleo, le golpeó en el vientre con el báculo y lo lanzó varios metros atrás.
Deimarus se levantó, pasmado al ver la fuerza que poseía esa criatura tan pequeña.
Era cierto que no estaba al mismo nivel que él.
—Tienes poca estabilidad.
¿Así quieres ser un vengador?
—Es ágil para ser tan pequeño —le dijo e intentó atacarlo con la lanza.
El oráculo dio un salto y le golpeó de vuelta con el báculo, esta vez en el hombro derecho, lo obligó a soltar la lanza.
Aterrizó sobre su cabeza, dio un salto hacia atrás y, con ambos pies, le pateó en la espalda, al final lo tiró al suelo.
Deimarus cayó de bruces, se dio un lindo costalazo.
Diyis no sabía qué sucedía.
Los sáklios sólo observaban desde atrás sin decir ni pío, no podían, o, mejor dicho, no debían intervenir.
Esa era sólo una demostración para poner a prueba las habilidades de combate.
—Eres débil.
Si quieres ser fuerte, tendrás que agudizar tus reflejos —le señaló el oráculo, que estaba parado sobre el pasto.
Deimarus se puso de pie y cogió la lanza.
No estaba contento al ver que alguien tan pequeño lo había humillado.
El deseo de volverse fuerte era ferviente, y, era capaz de hacer cualquier cosa con tal de conseguirlo, incluso de matar a un oráculo.
El orgullo que tenía sobrepasaba todos los límites que se pueda imaginar.
Se asemejaba más a quienes aborrecía que a quienes protegía.
—Admito que me ha sorprendido.
¿Sabe cómo podría volverme como usted?
Quiero ser el más fuerte de todos.
—Conozco algunos oráculos que pueden entrenarte.
No te pedirán nada a cambio, pero tienes que saber que son muy exigentes.
Te harán sufrir de verdad.
—No importa —contestó—.
He sufrido mucho más de lo que usted cree.
Estoy preparado para que me entrenen.
—Bien, si tanto lo deseas, te puedo guiar —le dijo y se acercó a él para orientarlo—.
Tienes que ir hasta la isla de Arshiele.
Queda bastante lejos de aquí.
Ve primero a Miéseker.
Desde allí tendrás que seguir en línea recta.
Verás un zigurat en medio de una isla.
Tienes que ingresar por la única entrada.
Podrás acceder a otra dimensión.
Te advierto algo, la temperatura es caliente y está repleto de insectos.
La guarida del oráculo Agare se hallaba en una región que no figuraba a nivel cartográfico, era una de las tantísimas islas existentes de la que se hablaba, pero de las que poco o más bien nada se sabía.
No era un sitio cómodo para entrenar, ni mucho menos para vivir, lo único bueno era que a esas latitudes los invasores no llegaban.
Se puede decir entonces que era como un paraíso, libre de peligros externos.
»El oráculo Agare te recibirá.
Dile que yo te envié.
Soy Rankosh de Arkhúm, el trigésimo noveno acompañante de Arko.
Si logras sobrevivir, te volverás muy fuerte.
Eso sí, considera que allá el tiempo transcurre de forma diferente.
Es probable que para cuando vuelvas notes las cosas distintas de como son ahora.
—Bien, entonces iré —le respondió, esperanzado en lograr lo propuesto—.
¿Qué piensa hacer usted mientras tanto?
—Tengo que reunirme con los demás oráculos.
Nos encargaremos de proteger las aldeas de los dragones.
No permitiremos que esos infelices sigan molestándonos.
El oráculo Rankosh, al igual que los demás oráculos de Mitriaria, necesitaba hacer algo antes de que las cosas empeoran más.
La sedición era necesaria si querían que Dáikron desistiera.
Arriesgaban sus propias vidas al oponerse a él.
Todos aquellos que intervenían en sus planes estaban destinados a perecer.
Diyis siguió al oráculo y a sus dos ayudantes, le ofrecían resguardo.
Ninguno de ellos sabía que una gran horda del Norte se aproximaba y que en pocos días se iban a topar con ella.
Al llegar a Miéseker, Deimarus se encontró con sus antiguos compañeros del monasterio.
Apenas los reconoció.
Habían crecido mucho desde que eran polluelos.
Al verlos sanos y salvos, se sintió aliviado.
Al menos ellos no habían padecido lo que él padeció en esa institución de mierda donde instruían a los más jóvenes.
Akaliurus y Sáurius lo recibieron con los brazos abiertos, le preguntaron qué había sido de su vida durante todos esos años ausente.
Él, como era de esperar, se limitó a decirles que no quería perder tiempo, que tenía prisa por llegar a la isla de Arshiele, en busca del oráculo Agare.
Si bien a ellos dos no les interesaba meterse en asuntos ajenos, le siguieron la corriente y lo acompañaron.
Esperaban encontrar frutos sabrosos y alguna grifa con la que pudieran pasarla fetén, vivir aventuras al estilo de las mil y una noches, o, por qué no, el cantar de los cantares.
Los tres grifos realizaron un largo viaje hacia la isla de Arshiele.
En el viaje, Deimarus les contó la historia de su vida desde que abandonó el monasterio.
Al enterarse de lo que había ocurrido, Akaliurus y Sáurius sintieron una gran admiración por él.
No sólo había burlado a la muerte, sino que, además, se desquitó de los infelices que lo hicieron sufrir.
Era un ser digno de respeto, al menos hasta ese momento.
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