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Kompendium - Capítulo 90

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90: XC 90: XC Los tres grifos llegaron a la isla de Arshiele al cabo de unas pocas semanas.

Como ninguno de ellos conocía el lugar, desconfiaban de todo lo que veían.

Esa isla no tenía cara de ser segura, estaba repleta de insectos extraños y pequeños animales exóticos.

Se mantuvieron alerta todo el tiempo.

La búsqueda parecía tener muchos entresijos ya que, entre tanta frondosidad, poco era lo que se podía divisar.

El entusiasmo de Deimarus no iba a cesar hasta que encontrase lo que buscaba.

Esa misma noche, bajo un cielo estrellado y una luna menguante, llegaron al zigurat que el oráculo Rankosh había mencionado.

Sáurius y Akaliurus no anhelaban seguir adelante, sólo estaban ahí porque Deimarus tenía deseos de ir.

Ellos aportaban nada más que jeremiadas y lamentos.

La noche tenebrosa y silenciosa producía en los extranjeros un miedo cerval, excepto en los más temerarios.

Deimarus se metió por un camino subterráneo, que en ese momento estaba oscuro, y halló un portal dimensional en la parte del fondo.

Era la primera vez que veía uno.

Se acercó a él y sintió que las plumas se le erizaban.

Se metió por él y desapareció.

Sáurius y Akaliurus lo siguieron e hicieron lo mismo.

Despertaron en un lugar extraño.

Notaron que estaban en una especie de sala.

Había cuatro altísimas paredes que les impedían ver más allá.

Parecía el interior de una fortaleza.

Akaliurus notó que una de las paredes estaba hueca y la golpeó hasta generar un hoyo.

Se metió por el agujero y revisó que no hubiera nada raro del otro lado.

Deimarus y Sáurius lo siguieron.

Caminaron una tras otro, en plena penumbra, a través de un sendero arenoso y notaron que había poquísimas estrellas en el cielo.

Una roca puntiaguda, que tenía algunos símbolos grabados, marcaba el límite del territorio.

Al cruzarla, un rayo rojizo los tomó por sorpresa y les obligó a detenerse.

Enseguida, un rayo verde y un rayo blanco aparecieron en los laterales.

Tres oráculos aparecieron: al frente, se encontraba Shaitra, cuyo pelaje era rojizo y cuyo cabello era escarlata, portaba una antorcha que hacía visible su rostro; en la izquierda, estaba Shuar, cuyo pelaje era verdoso, su cabello era negro y su rostro inspiraba desconfianza, tenía aros en ambas orejas y en la nariz; en la derecha, estaba Ocklha, cuyo pelaje era ceniciento y su cabello era blanco, tenía un báculo que usaba para defenderse de los enemigos.

—¿Qué hacen aquí?

—les preguntó Shaitra.

—El oráculo Rankosh me recomendó que viniera hasta aquí.

Me dijo que podía entrenar con el oráculo Agare.

Necesito volverme más fuerte —le respondió Deimarus.

Shuar y Ocklha se aproximaron a los extraños y los revisaron, se debían cerciorar de que no eran impostores.

No acostumbraban recibir visitas sin previa advertencia, no podían fiarse de cualquier foráneo que llegase, estaban siempre sobre aviso.

Nunca se sabía quién podía aparecer.

En realidad, ninguna de ellas pertenecía a ese lugar.

Sólo se habían reunido con el oráculo Delemkum para ir a visitar a Agare, que ya estaba senil y necesitaba cederle el lugar a alguien.

Asimismo, los oráculos Aniroikhe y Zaishureth, habían participado en un complot para deshacerse de los dragones.

Ya no los aguantaban más porque eran una amenaza para el mundo.

En Ashura, las cosas tampoco eran pacíficas.

Los continuos negocios de armas, que se daban de manera clandestina, molestaban al rey Bork.

A causa de ello, los oráculos tenían que ser cuidadosos cuando andaban por esos lares, eran conscientes de que los podían atacar por sorpresa.

Los oráculos Cureth y Osvirch ya habían filtrado información sobre el Ejército Blanco.

Ambos viajaban por diferentes lugares e informaban sobre cualquier novedad a las criaturas de los distintos sectores de Ashura y Mitriaria.

Al hacer eso, ponían en riesgo sus vidas.

Dégmon, como no podía ser de otra manera, encargaba a sus hijos o a sus esbirros, que fuesen a pedirles a los oráculos sediciosos la renuncia.

Fuera de la Orden Real, era menos probable que hubiese inconvenientes, pese a que ningún oráculo, vinculado o desvinculado, abdicaba de sus principios pacifistas.

El juramento de lealtad para con las criaturas inocentes no tenía reversión.

—No parece que tengan malas intenciones —señaló Ocklha tras haberlos inspeccionado.

—Podemos dejar que pasen —aseveró Shuar.

—Los guiaré para que no se pierdan.

Esta dimensión está protegida con campos de fuerza.

Si no siguen el camino correcto, se perderán —les avisó Shaitra y los llevó por la costa, siguiendo un camino en zigzag, marcado por pequeñas piedras que vaya a saberse desde cuándo estaban ahí.

Los grifos llegaron hasta la entrada del oscuro castillo, adornado con la más exquisita ingeniería medieval, con ladrillos cuadrados puestos uno encima del otro.

En cuanto a estructura externa, se parecía al castillo Montebello, sólo que más pequeño.

En la galería, vieron a la oráculo Yeraldín, quien había llegado hacía muy poco tiempo.

Ella se encargó de llevarlos a la parte interna.

Shaitra retornó al puesto de vigía y se mantuvo alerta por si las moscas.

Al ingresar al castillo, los grifos se asombraron por lo bello que era.

Era casi tan amplio como el monasterio de Grelim y tenía estatuillas de varios oráculos de la Orden Real en los laterales.

Yeraldín les dijo que Agare era un excelente escultor (la versión animalesca de Verrocchio), pero debido a la avanzada edad, ya no podía seguir haciendo lo que le apasionaba.

Una vez en la sala del fondo, se encontraron con Agare.

Aquel oráculo tenía pelaje grisáceo, estaba demacrado y tenía unas ojeras marcadas.

Su salud no mejoraba.

Ya se había dado por vencido.

Lo único que podía hacer era esperar para nombrar a un sustituto que tomara su lugar y se quedara con el castillo.

Akaliurus y Sáurius se inclinaron ante él, Deimarus no hizo nada.

Al ver cómo se encontraba el oráculo, tenía pocas esperanzas de poder entrenar con él.

—Señor Agare, estos tres grifos desean hablar con usted —le avisó Yeraldín.

—Les doy permiso para que hablen —respondió Agare y se volteó para verlos de cerca.

—No he venido a hablar.

Sólo vine para que me entrene.

Quiero volverme más fuerte.

El oráculo Rankosh me dijo que usted podía entrenarme —le habló Deimarus.

Estaba ansioso por ver qué tanto podía sacar de él.

—No me encuentro en buenas condiciones.

Si quieres volverte más fuerte, puedes ir a Shantorai.

Shunterem puede ayudarte —le respondió.

Deimarus, al tener una noción básica de geografía, sabía que aquella ubicación quedaba lejísimos de donde se encontraba en ese momento.

Bajo ninguna circunstancia estaba dispuesto a hacer semejante viaje.

Era un desperdicio de tiempo abismal.

—Escúcheme bien, yo soy de clase superior y vine para que me entrene.

No pienso volver —le dijo de forma desafiante y descortés.

—Tienes que estar mal de la cabeza para hablarle así a alguien que puede matarte en un parpadeo —le respondió—.

Yo no puedo hacer nada para ayudarte.

Será mejor que te vayas.

Al decirle eso, Deimarus se sintió molesto.

No sólo le habían obligado a hacer un viaje larguísimo en vano, encima le estaban diciendo que volviese y fuese hasta la otra punta del continente.

Tenía ganas de acercarse al oráculo y darle una bofetada.

Estuvo a punto de decirle lo que pensaba cuando una suave voz femenina interrumpió la escena.

—Disculpe, señor Agare.

Creo que nosotras podemos encargarnos de entrenarlo por usted, si nos lo permite —interrumpió Yeraldín.

—Hagan lo que quieran.

Yo ya no estoy para eso —le respondió el viejo desmejorado.

Yeraldín se encargó de llevarlos a una torre especial donde prometió darles lo que querían.

Deimarus no podía esperar a probar sus habilidades contra ellos.

Sáurius y Akaliurus no estaban muy alegres de estar en ese sitio, al menos no lo estaban hasta que se enteraron de que había una grifa de clase Alfha que servía como ayudante en el castillo.

Al saber que una hembra moraba en la zona se emocionaron.

Shémria era el nombre de la agraciada grifa, era sumisa y simpática como a ellos les gustaba.

Una vez que se acordó llevar a cabo la sesión de entrenamiento en esa área, los grifos se quedaron a pasar la noche.

Sabían que les esperaba algo nuevo, lo que no sabían era que las oráculos que estaban presentes eran fuertes de verdad y podían enseñarles un montón de cosas.

Al día siguiente, Deimarus fue el primero en levantarse.

Despertó a sus compañeros y fue a buscar a Yeraldín.

Sáurius y Akaliurus estaban medio dormidos todavía.

Siempre les costaba levantarse temprano, eran holgazanes y como que no les agradaba mucho eso de mover el esqueleto por la mañana.

Al llegar a la playa, se encontraron con las cuatro oráculos, quienes estaban dispuestas a entrenarlos en persona.

Yeraldín les explicó lo que iban a hacer, les dieron lanzas para que usaran durante el combate.

Ellas no necesitan usar armas de ningún tipo, se defendían mano a mano.

Shaitra, Shuar y Ocklha se pusieron en guardia y esperaron a que las atacaran, eran ágiles para esquivar cualquier tipo de ataque.

Deimarus fue el primero en acometer, intentó empalar a las tres, no logró tocar a ninguna, ellas saltaban a una velocidad increíble.

Sáurius y Akaliurus le dieron una mano, tampoco consiguieron nada.

Sus movimientos eran lentos en comparación a los movimientos de las civetas saltarinas.

Shaitra tomó a Akaliurus de la cola y lo lanzó hacia el océano, Shuar saltó sobre Deimarus, le pateó de frente y lo derribó, Ocklha saltó sobre la cabeza de Sáurius, lo tomó de las orejas, lo lanzó hacia atrás con fuerza.

Deimarus se puso de pie y siguió acometiendo con ferocidad hasta que Shuar cogió la lanza con las manos y se la quitó, le golpeó las piernas y lo hizo caer.

Ese golpe le había dolido bastante.

Sáurius y Akaliurus recibieron un ataque especial de Shaitra.

Un rayo con alto voltaje los hizo volar por los aires, infligiéndoles quemaduras de primer grado en gran parte del cuerpo.

Con ese ataque, ambos quedaron convencidos de que eran unos pobres debiluchos.

Yeraldín sólo observaba desde la parte de atrás.

No se entrometía en ningún momento.

Se mantenía al tanto de todo.

Si era necesario, podía intervenir.

Hacía el papel de árbitro, sólo estudiaba los movimientos ejecutados por cada luchador, nada más que eso.

Deimarus se rehusaba a aceptar la derrota.

Aun recibiendo una brutal paliza, se mantenía reacio.

Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa con el fin de volverse más fuerte, y si tenía que sangrar por ello, lo iba a hacer con gusto.

Qué le hacía una raya más al tigre.

Cerca del mediodía, Yeraldín declaró que ya había sido suficiente.

Los grifos quedaron adoloridos y avergonzados por la pudenda actitud que habían mostrado en la palestra.

Enfrentarse con oráculos no era algo fácil y mucho menos con los que dominaban la magia.

Tuvieron que dar por finalizada la sesión.

Ese día había sido sólo el principio de una tortura inconcebible.

La única forma de que todo terminara era demostrando superioridad en el combate, cosa que parecía imposible al principio.

Dicen que la práctica hace a la perfección, o al menos posibilita un acercamiento al perfeccionamiento.

Alcanzar la cima de la montaña sólo es imposible para aquellos que se niegan a escalarla.

Ver los obstáculos como un desafío siempre es mejor que verlos como una limitación.

Al atardecer, los grifos estaban tan adoloridos que apenas podían caminar.

A Sáurius y Akaliurus no les generaba ninguna satisfacción estar sufriendo por culpa de Deimarus.

Según él, esa era la única manera de volverse más fuerte.

Si querían sobrevivir en Mitriaria, tenían que ser fuertes y aguantar el suplicio por tiempo indeterminado.

Los dragones no debían, de ninguna manera, doblegarlos.

Ellos eran de clase superior y tenían que demostrar que eran mejor que las demás criaturas.

Cuanto más vigorosos acabasen, mejor sería.

La tortura perduró por más de cinco meses, aunque parecía que había transcurrido más tiempo.

Los tres grifos se volvieron mucho más resistentes y ágiles.

Sus reflejos se habían agudizado un montón y estaban listos para enfrentarse a cualquier contrincante que les buscase pleito.

Durante el último enfrentamiento, Deimarus perdió el control y lastimó a Shaitra con la lanza.

Le produjo un corte ligero en el vientre.

Yeraldín tuvo que intervenir.

Lo tomó del cuello con un lazo y lo mantuvo quieto.

Él lo rompió y atacó de nuevo.

Shuar quiso detenerlo, pero no pudo.

La derribó con rapidez y le clavó la lanza en el muslo derecho.

Ocklha lo tuvo que frenar con un ataque especial.

Al recibirlo, quedó más enfurecido.

Sáurius y Akaliurus tuvieron que agarrarlo para que no siguiera arremetiendo.

Hecho un basilisco, no podía controlarse.

Ese día, la furia de Deimarus había demostrado ser imparable, la ira lo cegaba y no había forma de detenerlo.

Fue así como surgió un guerrero verdaderamente fuerte.

Debido a esa actitud salvaje, las oráculos decidieron dar por concluido el entrenamiento.

Deimarus era muy peligroso.

Sin darse cuenta, hicieron más fuerte a un monstruo asesino.

De haber sabido que él iba a acabar así, jamás lo habrían entrenado.

Sáurius y Akaliurus se sintieron mal por haber hecho que las oráculos se enfadaran con ellos.

Para Deimarus, las peleas eran una adicción y el sufrimiento ajeno lo entretenía.

Ver morir a sus enemigos era casi orgásmico, esa era una forma que tenía de encontrar placer.

El notable sadismo lo desigualaba de los demás grifos.

Akaliurus se encontró con Shémria cerca de la torre.

La había visto varias veces, pero nunca le había hablado.

Al verla de frente, se sintió atraído por su beldad.

La hermosa voz de la grifa era un deleite para sus oídos.

Sus ojos amarillos y su plumaje blanco, con tonos verdosos, la hacían una criatura preciosa.

Tenía un cuerpo perfecto, de los pies a la cabeza.

—¿Te gustaría venir con nosotros?

Mis compañeros son grandes aventureros.

Te trataremos bien —le dijo y se acercó a ella con buenas intenciones.

—Dicen que el continente se volvió peligroso.

No me dan muchas ganas de volver —Shémria le respondió.

—Con Deimos de nuestro bando, no hay de qué preocuparse.

Ese tipo es una bestia inquebrantable.

No habrá nadie que nos pueda lastimar.

—Le preguntaré al oráculo Agare si me deja ir —le dijo y fue al castillo a preguntarle.

El oráculo Agare estaba acostado, de forma prona, en su cama.

Estaba cansado de tanto sufrir.

Pidió que lo envenenaran para evitar que siguiera sufriendo.

El castillo iba a quedar para Ocklha, quien había demostrado ser digna de tenerlo a su nombre.

Shémria le preguntó si podía irse, él respondió que sí.

Ella era libre de hacer lo que quería.

Le agradeció por la hospitalidad y le otorgó su bendición para que encontrara paz en el otro mundo.

La grifa regresó y le dijo a Akaliurus que iba a ir con él.

Más feliz que nunca, se lo informó a Sáurius de inmediato.

Al cabo de varios minutos, se reunieron con Deimarus.

Salieron de la dimensión y regresaron a la isla de Arshiele.

Vieron algunas criaturas de Mitriaria en los alrededores.

Habían migrado hacia esa isla porque el continente se había convertido en un verdadero campo de concentración, similar al Konzentrationslager Auschwitz, en donde el sufrimiento físico se manifestaba de día y de noche.

Habían pasado cien años.

Para las criaturas del continente, había sido un gran desafío mantener a los invasores alejados.

Aun habiendo hecho un esfuerzo increíble, no lograron doblegarlos.

Cada vez aparecían más y más dragones de Korozina.

Debido a eso, muchas especies perecieron, y las pocas que pudieron sobrevivir, se marcharon.

Lo más grave era que varios oráculos ya habían sido asesinados, incluyendo el oráculo Rankosh, quien cometió el error de enfrentarse a una numerosa horda de dragones.

La muerte fue el pago que recibió por sus actos de bondad.

Dos alpacas se acercaron a Deimarus y le rogaron que no volviera a Mitriaria porque lo iban a matar.

Él estaba más que dispuesto a ir, ansiaba descalabrar dragones, hacía tiempo que no asesinaba a nadie.

Sentía un leve cosquilleo en las manos cada vez que se imaginaba hienas o minotauros, las ganas de abrirles el vientre y sacarles las entrañas como Jack el destripador eran notables.

De qué otra forma se entretendría un asesino serial si no era masacrando al buen tuntún.

Los cuatro grifos regresaron a Mitriaria y encontraron un continente vacío, chamuscado, desordenado y repleto de cadáveres.

Los buitres y los cuervos se daban un festín al tener tanta carroña servida en bandeja.

Al ver cómo había quedado todo, Deimarus sintió un gran resquemor, sonrió con descaro y prometió limpiar el continente, deshacerse de todas las malvadas criaturas que se entrometían en donde no debían asomarse.

Sabía que lo iba a disfrutar en grande.

Shémria prometió que los iba a asistir en todo lo que necesitasen, desde el aseo hasta la cocción de alimentos, era lo mínimo que podía hacer por sus protectores.

Ella, como toda hembra mansa, no se atrevía a correr el riesgo de meterse en lizas tumultuosas.

Se conformaba con el puesto de sirvienta.

Akaliurus y Sáurius procuraban pagarles los favores hechos con sexo.

Desde luego que para eso fue que la escogieron, no para lo otro.

Deimarus cayó en la cuenta de que la fervorosa rabia no tenía que enceguecerlo tanto, el anhelo por vengarse podía ser controlado, siempre y cuando respirase hondo y contase hasta diez antes de arrojarse hacia los invasores que tanto abominaba.

La cúspide del placer recién llegaba cuando la víctima se desangraba por completo, era en ese preciso instante cuando alcanzaba el clímax.

La provocación de heridas y el desmembramiento eran sólo acciones estimulantes que lo excitaban.

Así como sus compañeros hallaban placer penetrando a una hembra, él lo conseguía lastimando y asesinado a criaturas malvadas.

Después de todo, no eran tan distintos como parecían.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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