Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Kompendium - Capítulo 91

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Kompendium
  4. Capítulo 91 - 91 XCI
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

91: XCI 91: XCI Luego de haber recorrido las costas del Sudeste, entre otros puntos meridionales, Deimarus decidió separarse del grupo para poner a prueba sus nuevas habilidades.

Estaba ansioso por vengar la muerte de su tía Málassia, haciendo añicos a todos aquellos que se le cruzasen en el camino.

Sáurius y Akaliurus aprovecharon la oportunidad y buscaron un lugar cómodo donde llevar a Shémria.

Estaban desesperados por probarla, ya no deseaban recurrir al onanismo, buscaban el auténtico placer carnal, eran fornicadores de primera clase, víctimas de la satiriasis.

Deimarus llegó a Azkrumen al atardecer del día siguiente.

Sólo halló cadáveres descompuestos, repletos de moscas.

Vio qué podía sacar de provechoso en la inspección terrenal.

Recolectó lo necesario para improvisar una armadura.

Sentía que estaba bien preparado para enfrentarse a las hordas del Norte.

Azkrumen había sido destruida por completo.

Esa aldea ya no iba a figurar más en el mapa.

Los dragones arrasaban con todo, no dejaban ni una sola vivienda en pie, todo debía ser destruido por el bien de sus líderes protervos, el no hacerlo conllevaba a castigos y correctivos.

Deimarus observó que había alguien ahí, reaccionó de inmediato, se dio vuelta y arrojó la lanza, acabó atravesando el abdomen de una hiena.

Como no pereció enseguida, se encargó de acelerar su muerte.

Con las filosas garras que tenía, le abrió el pecho, torciéndole las costillas hacia afuera, y le sacó todos los órganos.

Saboreó su carne y supuso que había muchas más hienas a las cuales matar.

Alzó vuelo y fue en busca de más acción.

Llegó a Cruainomia en pocos días, vio minotauros dando vueltas, se acercó a ellos y decidió llamar su atención.

Lanzó un estridente graznido para eso.

Cuando los minotauros se acercaron a ver, apareció desde arriba y comenzó a cortarlos con las dos espadas.

Uno de los minotauros, que se encontraba más atrás, llamó refuerzos al soplar un cuerno.

Dragones y centauros aparecieron desde los costados.

Al ver que los enemigos se acercaban, Deimarus se puso eufórico.

Su sed de venganza por fin podía ser saciada.

Las filas de centauros lo asaetearon con prontitud.

Esquivó todas las flechas y se puso a desjarretarlos.

Notó que se había vuelto mucho más rápido que antes, cuando había iniciado la sesión de entrenamiento con las civetas en la isla de Arshiele.

La horda de dragones era numerosa.

Todos llegaron enseguida y se dirigieron a él.

Extendió las alas como un ave de rapiña y los atacó uno por uno.

Los desmenuzaba con cada movimiento que hacía.

No les daba tiempo para disparar el fuego infernal.

Su cuerpo quedó ensangrentado.

Los cadáveres caían del cielo sin parar.

Los minotauros no desistieron.

Llamaron a los cíclopes para que lo atacaran.

Deimarus aterrizó sobre el suelo ensangrentado.

Uno de los cíclopes lo golpeó desde el costado con una enorme maza.

El arma se rompió, él sólo sintió un dolor leve.

Le clavó la lanza en el único ojo que tenía y le perforó la carne con las espadas.

Partió su cuerpo por la mitad y desparramó todas las vísceras por el suelo.

Hizo lo mismo con todos los demás.

Los cuerpos quedaban partidos al recibir los brutales ataques.

Los minotauros comenzaron a sentir un poco de temor.

Los ojos de Deimarus estaban repletos de odio.

Sus pupilas apenas eran visibles, lo que lo hacía ver como un desquiciado sin la más mínima pizca de clemencia.

Los minotauros fueron fraccionados en minutos.

Uno de ellos trató de escapar, Deimarus le arrojó la lanza y le atravesó el cuello.

Nadie podía huir de la furia del grifo de Kronsia.

Una vez que la masacre finalizó, sintió que quería más.

Todavía le quedaban muchas presas por atrapar.

Quería más sangre, más víctimas, más tribulación, más venganza.

Era una adicción a la que no podía decirle que no.

La obsesión por tomar represalias era tan aguda como la hipersexualidad de sus compañeros de viaje, de tal envergadura era el caso que ni Michael McCullough podría explicarlo con palabras.

Era algo fuera de la comprensión.

Viajó en dirección al Norte.

Llegó a Miasafoles en pocos días.

Lo único que halló fueron hienas y centauros.

Sin pensarlo dos veces, se dirigió a ellos y los atacó, los descuartizó antes de que se tomaran el palo.

Como la cantidad de enemigos era escasa, se sintió decepcionado.

Viajó a Brusenkoile.

Llegó a dicha aldea en unas cuantas horas y encontró otro grifo de clase superior que estaba haciendo lo mismo que él.

¡Vaya coincidencia!

Deguse Remus era un grifo de plumas marrones tirando a gris, con variaciones del mismo color en las alas, uñas oscuras, escamas semirrígidas, ojos verdes, penacho de turaco (Musophagidae) y pico corto.

Llevaba una vieja túnica argéntea y una lanza de casi cuatro metros.

Era un poco más bajo que Deimarus.

Le preguntó si era miembro de alguna legión, a lo cual Deimarus respondió que trabajaba solo y que no necesitaba que nadie le ayudara a limpiar el continente.

Deguse Remus, al ver lo arrogante que era el recién llegado, lo desafió para ver cuán fuerte era, le pidió que le demostrara su poderío en el combate.

El vengador de Kronsia accedió a la petición y le pidió que observara con atención.

Se lanzó de lleno al campo de batalla.

Los alrededores estaban repletos de dragones, quimeras, rifontes y centauros.

Volando a una gran velocidad, se metió entre la muchedumbre y comenzó a mutilar a los enemigos echando hostias.

Los raudos ataques que lanzaba no fallaban, hacía pedazos a los invasores.

Un minotauro negro lo tomó por sorpresa y le insertó la espada por la espalda.

Aunque la espada le penetró la carne, Deimarus no sintió más que una anodina punzada.

Se dio vuelta y le metió la lanza por la boca, lo empaló y lo lanzó hacia el costado.

Las cosas se pusieron interesantes cuando llegaron los kratsukes.

Deguse Remus le advirtió que debía tener cuidado con ellos porque eran duros de vencer.

Obviamente, no sabía que estaba hablando con un desquiciado al que no le importaba morir, un vikingo ansioso por conocer el Valhalla.

Deimarus fue por los kratsukes.

Al ver lo gigantescos y morrocotudos que eran, se sintió vehemente por enviarlos a la horca.

Les perforaba el cuerpo con las espadas y los tumbaba.

Al recibir tantos ataques de todos los ángulos, ellos no podían hacer nada.

Él era asaz rápido, no podían ni tocarlo.

Su agilidad estaba más allá del límite.

Se había convertido en un guerrero audaz en toda la extensión de la palabra.

Al ver la truculenta escena, los rifontes se abalanzaron sobre él.

Les cortó las alas, hizo que cayeran.

Ascendió y los empaló lo más rápido que pudo.

Los desagradables graznidos de los monstruos le molestaban.

Acabó con ellos antes de que se escaparan.

La aldea quedó llena de cadáveres amputados y charcos de sangre.

La brutalidad de Deimarus era temible de principio a fin.

Deguse Remus se percató de ello y se sintió interesado por conocerlo de cerca.

Era la primera vez en la vida que veía un grifo tan cruel y sanguinario.

—Has hecho un buen trabajo.

Me sorprende lo veloz que eres para matar.

Estoy seguro de que llegarás lejos —le dijo.

—No necesito tus halagos —le respondió Deimarus y le dio la espalda.

—¿De dónde eres?

—Déjame en paz —le pidió y giró la cabeza para ojearlo—.

Ocúpate de tus propios asuntos.

—No he dicho nada malo.

¿Qué pasa contigo?

—Por tu propio bien, mantente lejos de mí —le respondió y se fue.

Voló hacia el Nordeste, rumbo a Grencha, pasando Syscrepia.

Al poner los pies en el suelo, halló más diversión: montones de minotauros para asesinar.

Saltó de una cabaña destruida y preparó las espadas antes de lanzarse al ataque.

Los minotauros estaban distraídos, inspeccionaban la zona a ver qué podían sacar de provechoso.

Buscaban objetos valiosos u otra cosa que valiera algo.

El vengador apareció y se abalanzó sobre ellos para cercenarlos.

Les cortaba las piernas y luego los partía por la mitad, llenando los alrededores de sangre.

Los rasgaba con las garras y les arrancaba pedazos de carne.

La masacre era idílica.

Mientras más mataba, más quería seguir.

Esa era la forma que tenía de obtener fruición: eyaculaba por dentro.

Cuatro minotauros de piel blanca aparecieron desde atrás y lo insultaron.

Lanzaron ataques especiales y le congelaron las piernas.

Con un brusco movimiento, rompió el hielo y se lanzó sobre ellos.

Al primero, le arrancó los ojos y le atravesó el cráneo con la lanza; al segundo, le abrió el abdomen y le sacó todas las vísceras; al tercero, le rompió un brazo y le cortó ambas piernas; al cuarto, le saltó encima, le abrió la mandíbula hasta rompérsela, una vez hecho eso, le insertó la espada por la garganta, acabó atravesándole el cuerpo de lado a lado.

Aparecieron algunas quimeras y se acercaron a ver qué sucedía.

Él las tomó por sorpresa desde arriba y las hizo ñuto.

Partía sus cuerpos tan raudamente que apenas se daba cuenta.

Los ágiles saltos que daba y los ataques que ejecutaba tenían la precisión exacta.

Quería ver sangre saliendo a chorros de sus víctimas, no se conformaba con darles una muerte rápida, tenía que ser bestial.

Cuando acabó la diversión, abandonó aquel lugar inhóspito y voló hacia Miencropsia, siguiendo la misma dirección de antes.

Al cabo de unas horas, vio algunas hienas que estaban sentadas alrededor de una fogata.

Ni siquiera les daba tiempo para que comieran.

Cogió dos antorchas y las encendió.

Decidió que lo mejor era quemarlas.

Al verlo arrimarse, se metieron dentro del escondite, un templo abandonado donde tenían guardadas todas las armas.

Debían tomar los arcos y las flechas para atacar.

Deimarus encendió el techo del templo, trabó la puerta y dejó que el fuego hiciera lo suyo.

Las llamas invadieron las paredes de madera.

Las hienas no sabían qué hacer para salir.

Acabaron quemándose dentro del templo.

El sayón sólo observaba desde afuera.

Los gritos agonizantes de las hienas lo llenaban de fervor.

Finalizada la quema de brujas, voló hacia el Este y fue a parar a Hailundria.

Llegó en pocos días.

Al ver humo saliendo de la aldea, supuso que había dragones.

Llegó justo en medio de una persecución.

Las pequeñas criaturas corrían desesperadas por sus vidas, los dragones se las comían de un bocado.

Entró en acción y atacó a los monstruosos reptiles alados con una ferocidad inhumana.

Con ambas espadas, los cortaba en pedazos mientras lanzaba gritos de furia.

Su sonrisa macabra inspiraba más temor que la de los enemigos.

Más dragones llegaron del Norte y se echaron sobre él.

Era tan rápido que no podían ni tocarlo con sus llamaradas.

Les lanzaba las espadas y les perforaba la carne, les arrancaba las escamas y los empalaba.

Una vez en el suelo, les taladraba con la lanza, haciéndolos rugir de dolor.

Los elevaba por los aires y los lanzaba hacia los costados.

Uno de ellos le sacó la lanza de las manos y quedó desarmado.

Dos de ellos lo tomaron de las piernas y lo mordieron, misma táctica que se había empleado con Blaksurus.

Al sentir los afilados colmillos, liberó más cólera.

Saltó hacia adelante, tomó al dragón entre sus brazos y lo apretó hasta reventarle los huesos, le torció el cuello y lo usó como escudo contra las llamaradas de los demás.

A los que le habían mordido las piernas, los atacó con las garras y el pico.

Les arrancaba escamas a picotazos y les agujereaba la piel con las uñas.

De esa manera logró doblegar a ambos.

Dos centinelas intervinieron y le lanzaron pesadas hachas encima.

Ambas le impactaron en el cuerpo y le produjeron un lancinante dolor.

Para él, el sufrimiento sólo era pasajero, las heridas se le curaban al instante.

Fue por los centinelas y los agredió.

Dirigió las filosas garras a la garganta, se las abrió y lanzó su sangre a borbollones por el suelo.

Les rasguñó el rostro, los dejó irreconocibles.

Les arrancó la cabeza y las arrojó al frente.

Cogió la lanza y las espadas.

Todavía quedaban algunos dragones, sin embargo, al ver lo salvaje que era ese grifo, decidieron marcharse.

Él los persiguió y los alcanzó en cuestión de nada.

Los tomó de la cola y les clavó la lanza por la cloaca.

Escaló sobre sus lomos, con las espadas, y los asesinó de forma acerba.

No permitía que ningún enemigo se le escapara de las manos, todos tenían que morir.

Llegó a Aloima en pocos días.

El cansancio no se notaba.

Había pasado días sin comer ni beber.

Al no tener alimento a mano, pensó que lo mejor era comerse a los invasores.

Halló algunos okapis en el camino.

Eran de Listamia, aunque sus ancestros eran originarios de Ashura.

Llevaban túnicas especiales con las que se camuflaban con el contexto.

Tenían más de dos metros y medio, portaban armas pesadas y escudos de madera con forma circular.

Hablaban tres idiomas distintos, entre ellos, el Jesare, lengua que Deimarus aprendió en el monasterio.

Se acercaron a él y le dijeron que querían liberar a uno de sus compañeros que había sido aherrojado por los minotauros.

El líder del grupo, que estaba compuesto por ocho integrantes, era un viejo agorero que temía por la vida de sus allegados.

Quedaban muy pocos de su especie.

Si no hacían algo pronto, iban a extinguirse.

Deimarus, al ser tan insumiso, ignoró las advertencias y siguió adelante por su cuenta.

El líder de los okapis recordó que tenía un pariente cercano que había vaticinado la llegada de un ser de clase superior que podía erradicar el mal de raíz.

Creyó que ese sujeto podía ser un grifo.

Ellos eran los únicos dementes que se animaban a enfrentarse a los dragones sin miedo de morir en el intento.

Al meterse de lleno en el monte, vio que había centauros en la parte de arriba.

Al aproximarse más, notó que eran una buena patota, supuso que se iba a divertir un buen rato con ellos.

Uno de los minotauros, que estaba avizor en la cima de una atalaya, lo vio y dio aviso.

Al darse vuelta, notó que tenía a Deimarus encima.

Lo empujó y lo hizo caer desde una gran altura.

Una vez en el suelo, lo tomó por detrás y aprovechó para realizar una dolorosa emasculación sin anestesia.

Lo dejó sufriendo y fue por los demás.

Un grupo numeroso de centauros lo asaeteó.

Si bien las flechas penetraron en su cuerpo, no se detuvo.

No se dejaba domeñar por el dolor físico.

Algunos minotauros aparecieron desde el Oeste y se sumaron a la marimorena.

Arrojaron las lanzas para distraer al enemigo, nada lograron.

Deimarus saltaba sobre los centauros y los partía por la mitad con las espadas.

Aun recibiendo los continuos flechazos, no se detenía.

La insaciable sed de venganza lo convertía en un matador implacable.

Los minotauros subieron por la colina.

Una roca gigantesca rodó desde la cima y lo golpeó.

Algunos caribúes se habían unido a los okapis con la intención de parir a medias.

Deimarus despedazó a todos los enemigos, sólo dejaba cuerpos mutilados como muestra de encarnizamiento.

La misma truculencia que empleaban los enemigos con las criaturas indefensas, las empleaba él para hacerlos sufrir por sus actos malévolos.

Los caribúes, provenientes de Guyamenkia, en la zona Noroeste, se habían aliado a las alpacas de Dainronsia, los guanacos de Yoarlisia, los chacales de Quievemia y los camaleones de Aosositrenia.

Estaban hartos de las invasiones y, por ello, decidieron salir a luchar.

Los ogros de Miadicia y los sátiros de Arkoitenia habían estado limpiando los alrededores desde hacía décadas.

Nunca lograron llegar muy lejos debido a que la cantidad de enemigos siempre los superaban con creces.

Deimarus se hizo a un lado.

Se sacó todas las flechas que tenía clavadas en el torso y las dejó en el suelo.

Sus heridas se cerraban al toque y dejaba de sentir dolor.

Al ver lo fuerte que se había vuelto, se volvió más arrogante.

Su cuerpo, además de fuerte, parecía indestructible.

Y si era así, le quedaba mucho por probar.

Tomó la pata de uno de los centauros y la devoró.

Dentro del pico tenía dientes afilados que podían triturar cualquier cosa.

Bebió la sangre de la víctima y se sintió salvaje, como Azulín al devorar la pierna de Coco tras haberlo apuñalado.

Después de abandonar Aloima, llegó a Libiasia a los pocos días.

Halló una numerosa horda de dragones que estaban comiéndose los cuerpos sin vida de las criaturas de la aldea, que eran una clase de roedores de baja estatura, calificados bajo el nombre de glíridos.

Entró en acción sin pensarlo.

Partió en trozos a los dragones en un santiamén.

Comenzaron a atacarlo de los costados.

Le lanzaron llamaradas y le quemaron el cuerpo y la ropa.

Todas las plumas se le chamuscaron y volvieron a regenerarse.

Hizo rodar cabezas y pasó un momento entretenido estrazando a los enemigos.

Lanzó las espadas hacia el costado y preparó la lanza.

Empaló a todos los dragones que se le arrimaban.

Ni siquiera las ardientes llamas lo doblegaban.

Pensaba que se había vuelto invencible.

La masacre finalizó pronto, dejando como resultado un gran sentimiento de satisfacción.

De vuelta, lo que sus compañeros gozaban fornicando, él lo hacía esparciendo sangre enemiga.

Nada le generaba más felicidad que segar dragones como si fuesen zanahorias sobre una tabla de picar.

Luego de tantos días haciendo lo mismo, sintió que por fin había encontrado el sentido de su existencia: asesinar a sangre fría.

Hay quienes dicen que el sentido de la vida no existe como tal, que cada uno se lo inventa y finge ser feliz aun en plena oscuridad existencial.

Claro que nadie nace sabiendo qué le producirá felicidad y qué lo hará infeliz; por otra parte, la psicopatía es una cuestión innata que nada tiene que ver con la libertad de elección; quien nace asesino muere asesino.

Empero, si nos ponemos pretenciosos, ¿cómo definiríamos a todos aquellos que, incluso sin ser psicópatas, actúan como tales?

Pues bien, el término más correcto para dichos seres es el de hijo de puta, alguien que se caga en el derecho de los demás a expensas de obtener algún beneficio.

Es la virtud del egoísmo lo que impide que dicho sujeto cruce la barrera de la desidia, a mitad de camino queda, claro, si es que primero se toma la molestia de intentar ponerse en los zapatos de otros.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo