Kompendium - Capítulo 92
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92: XCII 92: XCII Después de haber hecho un escándalo entre las filas de invasores, Deimarus voló hacia el centro del continente y se encontró con algunos sáklios, cuyos pegasos habían sido liquidados por los enemigos.
Recurrieron a él en busca de ayuda, sabían que un grifo de clase superior podía protegerlos de los invasores.
Le contaron que estaban varados en medio de la nada, junto a sus carros, que no podían volver a Brumeria sin sus pegasos.
Si realizaban el camino a pie, los agarrarían en pleno trecho.
No poseían ni alimento ni municiones.
Estaban entre la espada y la pared.
Uno de los sáklios que más sabía sobre el tema, le contó que tenían que estar sí o sí en su tierra natal en un tiempo límite de treinta días, momento justo para evitar la próxima oleada de ataques sincronizados.
Deimarus se quedó pensando, si iba a buscar a Sáurius y Akaliurus, se tardaría más de la cuenta, por lo que pensó en otra cosa.
Se acordó de alguien que había visto hacía no mucho tiempo, creía que todavía podía contar con él.
Ese mismo día, el protagonista tomó las riendas y estiró los cuatro carros, que estaban enganchados con una cadena gruesa, y llevó a los sáklios hacia el Nordeste.
La exigencia del peso hacía que las fibras musculares se le rompieran, produciendo la conocida atrofia muscular que tanto les gusta sentir a los amantes del fisicoculturismo.
Encontró a Deguse Remus en un soto, le dijo lo que planeaba hacer.
Él estuvo dispuesto a poner su granito de arena.
Entonces, entre los dos, tomaron las riendas y estiraron los carros.
Se aseguraban de ir por caminos sin cerros ni piedras.
Corrían en cuatro patas, jalaban con toda la fuerza bruta que tenían.
Sus picos sujetaban las riendas, lo que les generaba un dolor espantoso.
Llegaron hasta Duarselencia en menos de tres semanas.
Ambos estaban exhaustos.
Después de tanto andar, se habían percatado de que no podían seguir adelante.
Tuvieron que admitir que la extenuación les ganaba.
Mientras los grifos se tomaban un descanso, dos hordas de invasores se aproximaban desde el Este y el Oeste.
Estaban a unos pocos pasos de distancia.
Como resultado de la falta de comida, los enemigos estaban famélicos, cualquier criatura les servía para saciar el apetito voraz que cargaban.
Uno de los sáklios tomó una botella y fue a llenarla en un lago cercano.
Sintió un escalofrió en el lomo y oyó algunas voces a lo lejos.
Descubrió que no estaban solos, los invasores se aproximaban.
Regresó e informó sobre ello.
Deimarus y Deguse Remus prepararon las armas para acometer.
Los sáklios se ocultaron dentro de los carros.
No deseaban entrometerse en la batalla, lo único que querían era llegar sanos y salvos a su reino.
Los invasores aparecieron, era una cantidad considerable, eran tantos que era imposible contarlos.
Aun así, Deimarus seguía firme en su postura.
El hecho de tener tantos enemigos para matar le producía una grandiosa excitación.
Los dragones fueron los primeros en dar un paso al frente.
Volaron hacia ellos y los atacaron con sus poderosas llamaradas.
Ambos saltaron y las esquivaron.
Los enfrentaron en el aire, les clavaron las lanzas en el cuerpo.
De esa forma, derribaban uno por uno.
Deguse Remus recibió un mordisco en un ala y se vio obligado a descender.
Deimarus lo cubrió y se encargó de empalar a los que estaban arriba.
En menos de media hora, el sitio quedó repleto de cadáveres de dragones.
Las hordas del Norte notaron que sus rivales eran demasiado fuertes; por ello, optaron por utilizar sus mejores armas.
El cielo se oscureció, como si se tratara de una tempestad acercándose de a poco, el terreno se llenó de flechas.
Los dos tuvieron que agacharse y cubrirse con sus alas.
Antes de que pudieran avanzar, los enemigos, con ayuda de las catapultas, comenzaron a disparar rocas de gran tamaño.
Los grifos rodaron por los costados y se desplazaron sobre el árido suelo.
Se acomodaron detrás de una pila de cadáveres y esperaron a que los atacantes dejaran de disparar.
Deimarus podía salir y enfrentarse a todos ellos, pero no quería dejar solo a su inexperto compañero.
Finalizada la etapa de las rocas voladoras, salieron a reñir.
Corrió cada uno en una dirección y se dispusieron a acabar con todos los invasores de cada extremo.
Minotauros de piel oscura y cíclopes de importante tamaño estaban firmes, a la espera del ataque.
Deimarus fue veloz como un rayo y se abalanzó sobre ellos con las dos espadas en mano.
Partió cráneos y mutiló de manera salvaje.
Los cates de los minotauros impactaban en su cuerpo, infligiéndole un tenaz dolor.
Él no se rendía y seguía atacando.
Una hilera de centauros le apuntó y lo llenó de flechas.
Aun con el cuerpo perforado y adolorido, caminó con la vista al frente y enfrentó a los centauros.
Deguse Remus, quien se encontraba en el Este, enfrentó a los minotauros, les dio una brutal tunda.
Cada movimiento que hacía, acababa matando a uno.
Se defendía con las alas y los antebrazos, los pateaba y los arrojaba al suelo.
Atravesaba los cuerpos con la lanza y los empujaba hacia atrás.
Incluso estando en desventaja, demostraba una agilidad colosal.
Las cosas iban bien para Deguse Remus hasta que le golpearon la rodilla izquierda con una maza.
El dolor fue intenso, les dio a los enemigos una oportunidad de frenarlo.
Recibió una gran cantidad de golpes, lo que produjo como resultado una caída y una fuerte desilusión.
Los minotauros no tuvieron piedad y lo lastimaron con sus hachas.
Al no poder ponerse de pie, quedó a merced de la derrota.
Los centauros se movían como piezas de ajedrez, dando lugar a un ataque estratégico.
Deimarus comenzaba a sentir el sabor de la derrota: su cuerpo sangraba y sus heridas no se cerraban.
Ante la exasperante situación, se dejó llevar por la ira, desencadenó la rabia y atacó con más salvajismo que antes.
Una cadena lo tomó desprevenido y se le enredó en la pierna derecha, lo hizo caer.
Uno de los minotauros, que todavía seguía con vida, se había levantado y se esforzó por dar el último manotazo de ahogado antes de estirar la pata.
Ambos guerreros estaban en medio de una situación delicada, a nada de perder, y no tenían forma de salir por cuenta propia.
Fue entonces que, sin previo aviso, apareció Drácnarus, un amigo cercano de Deguse Remus, e intervino en el zipizape.
Drácnarus era un grifo de clase superior con un carácter agresivo e intemperante.
Era de plumaje marrón claro con tonos blancos en las rémiges, orejas largas, ojos aceitunados, pico puntiagudo, piernas largas y prominentes garras.
Su arma especial era un hacha de mango largo que utilizaba para degollar, como el rey de Babilonia a los nobles de Judá.
El recién llegado protegió a Deguse Remus y se encargó de alejar a los molestos minotauros.
Los guillotinó en tiempo récord, asegurándose de que ninguno huyera, y asistió a su compañero herido.
Una vez que los centauros se detuvieron, Deimarus fingió estar exánime.
Cuando se acercaron a él, se levantó y siguió escindiendo a los rivales.
Hizo fuerza y expulsó todas las flechas que tenía clavadas en el cuerpo.
Sus heridas se cerraron y se sintió mucho más vigoroso.
Al ver que los enemigos estaban distraídos, los atacó con las garras y les rasgó la carne, les arrancaba pedazos y los dejaba desangrarse.
Siguió recibiendo flechazos, mas no se detuvo.
Al ver esa mirada espeluznante, los centauros comenzaron a sentir miedo y retrocedieron.
Ese grifo imponía más temor que el mismísimo Dáikron, y fue gracias a eso que muchos empezaron a respetarlo.
Las hordas enemigas disminuyeron con notoriedad, lo que generó una situación desesperante para los invasores.
Uno de los minotauros se escabulló entre los arbustos y escapó antes de que lo borraran del mapa.
Algunos centauros cobardes corrieron por sus vidas y se perdieron en la espesura de los bosques cercanos.
Vieron que se enfrentaban con rivales de otro nivel.
A fin de poder doblegarlos, necesitaban ayuda.
Al cabo de una hora, los alrededores se llenaron de cadáveres.
Los grifos circulaban sobre un mar de sangre y vísceras.
Ante el espantable paisaje, se sintieron como héroes.
El desempeño en el campo de batalla no debía flaquear.
Pertenecían a la Raza Pacifista y el honor yacía en los sangrientos encuentros en los que se entrometían.
Deguse Remus y Drácnarus acabaron exhaustos.
Deimarus no parecía estar baldado.
Tanta adrenalina lo mantenía en un estado de euforia eterna.
Cada día se volvía más y más fuerte.
Batalla tras batalla, su cuerpo se iba endureciendo, se estaba convirtiendo en un monstruo imbatible del que no podría retornar.
Los tres se encontraron en una zona limpia.
Estaban satisfechos con el trabajo hecho, por más que sabían que todavía les quedaban millares de batallas por ganar.
Esa había sido una de todas ellas.
—¿No te lastimaron?
—Deguse Remus le preguntó a Deimarus y se acercó a él para ver si no estaba herido.
—Son criaturas débiles.
¿Crees que pueden hacerme algo?
—Admite que tuviste suerte.
No seas tan altivo.
Tanta confianza no te vendrá bien —le dijo Drácnarus.
—¿Y quién eres tú para decirme cómo tengo que ser?
Nadie te llamó para que vinieras.
¿Por qué mejor no te largas?
—le dijo y lo enfrentó.
—Yo vine a ayudar a mi compañero.
Jamás vine a ayudarte a ti.
No te quieras pasar de listo conmigo, imbécil —le contestó de manera sentenciosa.
—No eres más que un maldito fatuo.
Una gallina como tú no me sirve de nada.
—Deimos —Deguse Remus le habló y se interpuso antes de que reaccionara de forma violenta—, déjalo en paz.
Él sólo quiere ayudar.
No conseguirás nada insultándole.
—No necesito que me ayude —se lo dijo con seguridad en sus palabras—.
Solo me las arreglo bien.
Entre ellos dos había acabado de iniciar un pleito del que no se podía mirar con desatención.
Deimarus no era de esos que arreglan las cosas con diálogo, lo que no le gustaba iba a parar a su lista negra, y de ahí ya no había vuelta atrás.
Por su lado, Drácnarus se mostraba reacio a disculparse, los petulantes le caían mal, no se los tragaba ni a palos.
Tampoco se sentía amenazado por lo que le dijese un desconocido.
Era apenas el inicio de una tirria.
Retornaron por los sáklios y les avisaron que ya habían acabado con todos los enemigos.
Ellos se sintieron contentos de saber que al fin iban a poder volver a su reino.
Con la ayuda extra de Drácnarus, los carros fueron arrastrados hasta Brumeria con éxito.
Cuando los sáklios llegaron, les agradecieron a los grifos y les otorgaron una bolsa repleta de vegetales como muestra de gratitud.
Deimarus, al ser tan orgulloso, no aceptó la comida, se fue sin siquiera decir adiós, se marchó a la francesa, le parecía innecesario.
Un viaje aéreo, harto extenso, realizó y se rencontró con sus compañeros.
Se pusieron contentos al verlo de nuevo.
Él, en cambio, sentía que no servía de nada tenerlos si no lo iban a acompañar.
No le interesaba que lo ayudaran, pero al menos quería que dignificaran su honor derramando sangre enemiga, quería que hicieran lo mismo que él.
Ellos pocas ganas tenían de meterse en contiendas y grescas.
Les gustaba pasar el tiempo sin hacer nada.
Les echó en cara la poca madurez que tenían y lo mucho que le irritaban.
Antes de que Deimarus alzara vuelo y se fuera, Deguse Remus y Drácnarus llegaron.
Tras haber hablado, llegaron a la conclusión de que era mejor seguir al protagonista.
Cuando Shémria vio a su hermano, se puso contentísima y corrió hacia él para abrazarlo.
—¿Dónde has estado todo este tiempo, hermosa?
Te busqué por todas partes —le dijo Drácnarus al momento que intercambiaba un cálido abrazo con ella.
—Estuve aislada por un tiempo.
Sólo quería un poco de tranquilidad —le respondió la grifa, con una sonrisa de oreja a oreja.
Drácnarus notó que a su hermana le faltaban plumas en la nuca.
Eso significaba una sola cosa: la habían montado.
Eso le produjo cierta molestia.
No permitía que nadie tocara a Shémria, fuese quien fuese.
Sáurius y Akaliurus se acercaron a él y le hablaron: —Tu hermana está bien sabrosa.
Ya la probamos —le dijo Sáurius.
—Ella sí sabe cómo dar cariño —adicionó Akaliurus.
A Drácnarus se le erizaron las plumas del cuello, los ojos se le dispararon como bolas de billar, el rostro se le llenó de furia.
Escuchar eso le produjo una rabia espantosa.
No iba a aceptar que un par de mequetrefes de cuarta tocaran a su preciada hermana.
¡Inadmisible!
—¿Qué fue lo que dijiste, sabandija?
—Se dirigió a Sáurius y preparó el hacha para atacarlo.
Deimarus se interpuso y lo detuvo antes de que lastimara a su compañero.
Lo sostuvo con sus fuertes brazos.
»Suéltame, idiota —le pidió.
—Si le tocas una pluma a alguno de ellos, yo mismo te mataré —le advirtió.
Lo hizo a un lado y sacó las espadas.
Ninguno de sus compañeros entendía qué era lo que sucedía.
Se suponía que ellos estaban del mismo lado.
Al parecer, Deimarus no permitía que un don nadie se hiciera el bravucón y se pasara de listo con sus compañeros, pese a que ambos le caían gordo.
Defenderlos era lo menos que podía hacer por ellos.
Shémria estaba tan confundida como los demás, no comprendía de qué iba la disputa.
—¡Hijo de puta!
¿Quién mierda te crees que eres?
—lo enfrentó Drácnarus.
—¡Lárgate de aquí, imbécil!
—le gritó Deimarus.
Deguse Remus se interpuso con el objetivo de evitar que se golpearan entre sí.
Deimarus estaba dispuesto a darle muerte si Drácnarus lo seguía provocando, hacerlo enfadar era un error gravísimo que no debía cometer.
—¡Ey!
¡Tranquilos!
¡Tranquilos!
—les pidió Deguse Remus—.
Somos del mismo bando.
¿Qué rayos pasa con ustedes?
¿No se dan cuenta de que somos pocos de nuestra clase los que quedamos con vida?
¿Acaso no luchan por lo mismo?
—les planteó.
No quería que la cosa se fuera de las manos.
Matarse entre ellos era la estupidez más grande que podían cometer.
—Yo no lucho por nadie.
Sólo me encargo de deshacerme de la basura —le dijo Deimarus.
—Debí suponerlo.
Eres de esos malnacidos que se creen mejores porque tienen amigos que lo defienden.
No eres más que un fracasado —le dijo Drácnarus con enojo—.
Les advierto una cosa: si alguno de ustedes vuelve a tocar a mi hermana, les arrancaré la cabeza.
¿Me escucharon?
—les advirtió a Sáurius y Akaliurus.
—Te dije clarito que te largaras de aquí —le gritó Deimarus por segunda vez.
—No juegues conmigo, grandulón.
Yo no perdono a los bastardos que se la dan de valientes —le advirtió, cogió a Shémria de la mano y se fue con ella.
De nada servía seguir riñendo sin razón.
—¿Quién es ese tonto?
—le preguntó Akaliurus.
—Un entrometido que no tiene lo que hacer —le respondió Deimarus.
—Ese entrometido me salvó la vida —le recordó Deguse Remus.
—No me importa —le respondió, guardó las armas y se alejó un poco—.
No tiene por qué meterse en mis asuntos.
Al parecer, lo que le irritaba a Deimarus no era sólo la actitud prepotente y conminatoria de Drácnarus, tampoco lo veía como un buen aliado de combate.
Lo vio luchar en persona, no le convencía del todo, aspiraba a algo más profesional.
—¿Y a ustedes cómo se les ocurre tocar a su hermana?
—les preguntó Deguse Remus a los calentones.
—No sabíamos que Shémria tenía un hermano tan celoso —le respondió Akaliurus.
—Espero que al menos la trate bien —deseó Sáurius.
Deguse Remus fue tras Deimarus para pedirle que se unieran.
Le costó muchísimo persuadirlo para que cambiara de parecer.
A él no le agradaba la idea de tener que depender de otros para glorificar su osadía.
Tras haberlo pensado bien, supuso que eso era lo mejor para todos.
Él sólo iba a luchar en grupo si se mantenía a cargo de todo.
Estar al mando era lo que más deseaba.
Pidió que lo reconocieran como líder.
Su ejército necesitaba más reclutas, y la única forma de conseguir más grifos de clase superior era inspeccionando aldea por aldea.
Deguse Remus fue a buscar a Drácnarus y le dijo lo que había planeado.
Aunque a él no le agradaba la idea, sabía que tener a Deimarus de compañero era mejor que tenerlo de enemigo.
Era consciente de lo fuerte que era.
En tiempos de crisis, hasta el aliado más vejatorio puede ser de utilidad.
Por el momento, era preferible que fueran dueños de su silencio y no esclavos de sus palabras.
Pelearse entre ellos a ningún lado llevaba y ningún beneficio producía.
Fue un baldazo de agua fría para el orgullo de ambos.
Tuvieron que dejar de lado la necedad, por mucho que les pesara.
Como dice el viejo proverbio: “Es de sabios cambiar de opinión”.
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