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Kompendium - Capítulo 93

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  4. Capítulo 93 - 93 XCIII
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93: XCIII 93: XCIII En pocos días, bajo un particular nefelismo nocturno, donde las estrellas se mantenían ocultas y la temperatura era agradable, los grifos se reunieron en medio de un colorido bosque del Sur.

Estaban a sólo unos kilómetros de Miasafoles, aldea que había sido destruida años atrás por los dragones.

Drácnarus estaba sentado al lado de Shémria y no despegaba la mirada de Sáurius, a quien detestaba con todo el corazón.

Deguse Remus estaba al otro lado de Shémria, los calentones estaban junto a él.

Deimarus estaba de pie, sostenía una pluma de su cabeza y esperaba el momento indicado para dar a conocer un breve discurso.

—¿Cuál es el plan entonces, jefecito?

—Akaliurus le preguntó.

—Buscaremos más aliados.

Con uno más ya me conformo —respondió, ahora autoconsiderado cabecilla de legión.

Se mantenía firme frente a la fogata.

Estudiaba esa pluma a fin de poder ver qué utilidad podía sacar de ella.

Era distinta de las demás plumas que tenía: su forma, su aroma, su color.

Al verlo, Drácnarus creía que estaba ante un lunático.

A decir verdad, no estaba tan errado.

Deimarus tenía todas las cualidades de un psicópata: era incapaz de sentir culpa y empatía.

Era agresivo y su deseo de matar era insaciable.

Se suponía que luchaban por la libertad y el honor, cuales soldados medievales en plena misión de reconquista.

Los invasores representaban a los hombres del Primer Mundo; los nativos representaban a los hombres del Tercer Mundo.

Quienes se creían dueños del planeta eran los que más riquezas y poder tenían.

Empeñados en aventurarse en sitios recónditos y pantanosos, los grifos estaban hasta la médula de tanta belicosidad, aun así, no pensaban desistir.

“Por la libertad, así como por la honra, se puede y se debe aventurar la vida” (Miguel de Cervantes).

»Mañana temprano iniciaremos la búsqueda.

Una vez que encontremos a uno de los nuestros, lo pondremos a prueba.

Si vale la pena, formará parte de nuestro grupo —añadió a continuación.

—Espero que lo encontremos pronto —dijo Drácnarus y se fue con Shémria a una zona más cómoda.

Sáurius y Akaliurus los siguieron con disimulo, algo les inquietaba, querían saber qué tramaba hacer con ella.

Presentían que la quería llevar lejos de los demás por algún motivo secreto.

Ambos caminaban despacio entre los frondosos arbustos, por un camino de yuyos, y observaban los alrededores con especial curiosidad.

Akaliurus vio algo a lo lejos y le avisó a Sáurius.

Se metieron entre unos cambrones, descendieron por una bajada poco pronunciada y vieron una escena llamativa.

Drácnarus había llevado a su hermana a un lugar más cómodo con el único objetivo de gozarla.

Cuando vieron cómo la penetraba, sintieron un gran rencor.

Ellos querían ser los encargados de otorgarle deleite a la grifa.

El haber vivido gran parte de sus vidas distanciados, había hecho que el amor fraternal se volviese atracción sexual.

Shémria sentía por Drácnarus lo que cualquier grifa sentía por su pareja, era un claro ejemplo de lo opuesto al efecto Westermarck.

No obstante, el vínculo de ellos no era pleno, sino más bien uterino.

Compartían una madre, mas no el mismo padre.

Él se había distanciado para convertirse en constructor; ella se había distanciado para convertirse en sirvienta de un oráculo.

Desilusionados al ver esa escena de incesto, se fueron a otra parte y buscaron un lugar fresco donde pudiesen dormir.

Tenían por costumbre echarse uno al lado del otro, por si acaso.

Eran unidos como una pareja gay, sin que hubiese ningún deseo sexual entre sí, los unía una atracción de amistad, nada más que eso.

Deimarus se quedó despierto hasta medianoche.

Al recordar la muerte de Málassia, se sentía vacío, el poder recordarla tal y como había sido era lo único que lo hacía feliz.

Imágenes poco coloridas inundaban su mente como hojas sobre un lago, vagos recuerdos de la infancia brotaban como por encanto.

Se hablaba a sí mismo, narraba su propia miseria en silencio, divisaba más allá del tiempo transcurrido.

Con tantos traumas, conciliar el sueño nunca era fácil.

Al amanecer, un ruido extraño despertó al grupo.

Algunos gritos estridentes azotaron la zona y produjeron una sensación de inseguridad.

Deimarus fue el primero en salir a investigar.

Cruzó por una zona repleta de árboles, el agua cruzaba bajo sus pies.

Los haces de luz penetraban entre los gigantescos árboles.

Un fuerte rugido lo tomó por sorpresa y supo que había dragones allende la vista.

Se agazapó como un cazador y esperó a que la neblina se disipara un poco a efectos de poder avanzar.

La evanescencia del ruido marcó el fin de una ofensiva.

Subió por una colina empinada y halló escamas negras.

Charcos de sangre que iban hacia el Oeste lo guiaron.

Tras haber encontrado tres dragones muertos, supo que había alguien fuerte en los alrededores.

Una sombra veloz lo tomó del cuello, trató de meterle un susto.

Deimarus se quedó quieto, sabía que no corría ningún peligro.

—Quítate de encima —le pidió.

Apareció un joven grifo de clase superior, de plumaje plateado, rémiges blanquinegras, ojos azules y piernas cortas.

No llegaba a los tres metros y estaba un poco delgaducho.

Daisakus era nieto de Blaksurus.

Su especialidad eran las dagas.

Era ágil con el arco y bueno en la cocina.

Había aprendido muchas cosas de su madre.

No tenía muy en claro el tema de las clases y los niveles, creía que todos los grifos eran iguales.

Era bastante ingenuo y su voz era chillona como la de un enano.

Su nombre completo era Dasaikurus Andurblecsus Andraxi Blaksen de Ambortecu.

—Casi pensé que era un minotauro por lo grueso de sus miembros —le habló Daisakus y se hizo a un lado.

—¿Qué haces aquí solo?

¿Dónde están tus padres?

—le preguntó ni bien se volteó para verlo de frente.

—Me los arrebataron.

Vivo en un refugio con dos tías.

—¿No sabes dónde puedo encontrar un guerrero decente de clase superior?

—Yo soy ese guerrero que está buscando —le respondió con emoción.

—Eres muy joven.

No quiero polluelos en mi ejército.

—Eso no me descalifica en absoluto.

Soy tan fuerte como cualquier grifo.

Drácnarus, Deguse Remus, Shémria, Akaliurus y Sáurius aparecieron enseguida.

Al ver al mancebo grifo, no pudieron quedarse callados, se unieron al palique, creían que se trataba de un sobreviviente, no de alguien que luchaba contra los malos.

—¿Encontraste un polluelo indefenso?

¿Acaso le salvaste la vida porque tuviste lástima?

—Akaliurus le preguntó a Deimarus.

—Yo no soy ningún polluelo —negó Daisakus con la cabeza.

—Pareciera que sí —farfulló Deguse Remus.

—Es una criatura muy linda —susurró Shémria, al borde de sonrojarse.

—Este lugar no es seguro para que ande solo un polluelo como tú —Drácnarus le advirtió.

—Que no soy un polluelo —iteró Daisakus—.

Tengo veinte años.

Sólo soy corto de estatura.

—Tus alas son de polluelo —le señaló Akaliurus.

A juzgar por la fisonomía, el foráneo no parecía un grifo bien desarrollado, no poseía la contextura física de un adulto promedio, parecía que sufría de enanismo, hasta se lo podía confundir con uno de clase Alfha.

—No sé quiénes son ustedes, pero no me simpatizan para nada —les dijo Daisakus—.

Yo extermino dragones.

Ya he acabado con varios yo solito.

Ninguno de los presentes, a excepción de Deimarus que jamás se reía, pudo contener la risa.

Pensaban que aquel jovenzuelo sólo quería llamar la atención inventándose anécdotas heroicas.

—¿De qué diablos se ríen?

—Deimarus les preguntó a los demás—.

Yo no creo que esté mintiendo.

—¿De verdad crees que este saco de plumas puede contra un dragón?

Sólo míralo.

Es un pobre enclenque —le dijo Akaliurus.

—No soy ningún enclenque —le dijo Daisakus, disgustado por haberlo llamado así.

—Apuesto a que debe vivir con sus padres aún —comentó Drácnarus.

—No tengo padres.

Vivo con mis dos tías.

Ellas me cuidan —contó Daisakus.

—¿Escuché bien?

¿Tienes dos tías?

—le preguntó Sáurius y se acercó a él.

—Sí —respondió Daisakus.

—¿Están buenas?

—le preguntó Akaliurus, quien también se acercó para que le confirmara lo dicho.

—A mí me tratan bien —dijo Daisakus.

—Yo quiero saber si son físicamente atractivas —insistió Akaliurus.

—Bueno, feas no son —le respondió.

—¡Qué suerte tenemos!

—exclamó Sáurius—.

¿Puedes decirnos en dónde se encuentran?

—¿Y para qué deseas saber eso?

—le preguntó.

—Tenemos ganas de conocerlas —le dijo Akaliurus—.

Sé un buen polluelo y llévanos con ellas.

—Que no soy un polluelo —reiteró Daisakus por enésima vez—.

Y no pienso llevarlos a ningún lado.

Ni siquiera los conozco.

En ese momento, un grupo numeroso de centauros andaba merodeando la zona.

Recién se habían levantado para salir a explorar los alrededores.

Aprovechaban la luz del día porque de noche era imposible andar por las tinieblas.

—Tenemos compañía —avisó Deimarus y señaló a los centauros que se veían desde la colina en la que se encontraban.

—Es hora de divertirnos —dijo Drácnarus.

—Yo me encargaré de ellos —aseveró Daisakus.

Tomó una lanza que estaba en el suelo y corrió a todo meter.

Los demás se lo quedaron mirando, pensaban que sólo quería llamar la atención, no le tenían mucha confianza que digamos.

El novísimo grifo se desplazó entre los pastizales y atacó a los centauros.

Empaló a varios, esquivó todas las flechas que le lanzaron y rodó cuesta abajo.

Lo persiguieron, él los tomó por sorpresa con una técnica especial.

Golpeó el suelo y los lanzó por los aires.

Al caer, quedaron a su merced.

Los atravesó antes de que se pusieran de pie.

Tras ver esa corta demostración de poderío, Deimarus aterrizó detrás de Daisakus para decirle lo que pensaba de sus habilidades de lucha.

El joven grifo casi le clavó la lanza en el vientre cuando lo vio aterrizar de golpe.

¡Uf!

Lindo susto que le metió.

El líder del grupo reconoció, muy a su pesar, la agilidad del joven combatiente, le aconsejó que usara más las piernas y las alas.

Ante la observación, Daisakus le preguntó si estaba dispuesto a entrenarlo, cosa que él rechazó de una.

En cambio, mencionó que alguno de sus compañeros podía hacerlo por él.

Deguse Remus fue el que se ofreció para entrenar a Daisakus.

Drácnarus no estaba contento de ver que Deimarus se había ganado su respeto con una banal demostración.

No le veía mucho futuro a ese bisoño grifo, no por el hecho de ser mucho más joven que él, sino por el deplorable estado físico y la flagrante actitud inmadura.

Era esperable que alguien con poca experiencia castrense palmase en poco tiempo, la guerra no era un ámbito para los ignaros ni para los pequeñuelos.

Un guerrillero, si quería sobrevivir, debía primero formarse, pasar necesidad, romperse los cuernos, sudar sangre (en sentido literal y figurado), conocer en persona a la madre de las frustraciones.

Y sí, no cualquiera tenía la franqueza suficiente para admitir que, más allá del horizonte, el archienemigo esperaba de pie, con una mano en el bolsillo y con la otra al frente.

Con un chasquido de dedos bastaba y sobraba para que los dragones más poderosos hicieran desaparecer de la faz del mundo a todos los grifos, por qué no lo habían hecho aún nadie lo sabía.

Esa misma tarde, Akaliurus y Sáurius fueron a ver a las grifas en el refugio donde se ocultaban.

Si bien el sitio en el que moraban no era muy agradable que digamos, para ellos era más que suficiente para hacer lo que más les gustaba.

Pasaron una nueva aventura con las dos.

Ellas no se destacaban por su belleza, sí eran muy amables y cariñosas.

Esas grifas eran Grásia y Hária, tenían más de noventa años, eran de plumaje grisáceo, ojos amarillos y sus voces eran bien femeninas.

Varios días pasaron hasta que las cosas se normalizaron.

Una vez que Daisakus recibió la instrucción adecuada, se despidió de sus tías dado que se iba a embarcar en una épica aventura.

No sabía que la nueva misión iba a ser de lo más peligrosa y que podía morir en cualquier momento.

Deimarus estaba seguro de que, con sólo cinco aliados en el grupo, el ejército pacifista estaba completo.

No necesitaba más grifos para llevar a cabo la aniquilación de invasores que él mismo se había jurado cumplir, en nombre de Málassia.

Finalmente, el sexto combatiente fue reconocido.

Los grifos marcaron el rumbo y marcharon en dirección al Norte.

El grupo nunca fue demasiado unido, nadie se quería mucho: Drácnarus no quería acercarse a Sáurius y a Akaliurus; Deguse Remus estaba harto de tener a Daisakus como aprendiz; Deimarus no confiaba en Drácnarus y nunca le dirigía la palabra.

La poca confianza existente entre pares les jugaba en contra, algo que merecía la pena revisar.

Por insistencia de las grifas y por su propia seguridad, Shémria decidió quedarse en el refugio.

Drácnarus prometió regresar por ella algún día.

La iba a echar de menos durante los siguientes meses.

Grásia y Hária ansiaban ver de vuelta a Sáurius y a Akaliurus.

Hasta ese momento, no sabían que les habían dejado un recuerdo que pronto lo descubrirían.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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