Kompendium - Capítulo 94
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94: XCIV 94: XCIV Luego de un buen tiempo, Dáikron recibió una mala noticia.
Los soldados tan respetables que tenía no estaban rindiendo como le habían prometido.
Muchos de ellos habían perecido a causa de una barrera que contratacaba sin descanso.
Al parecer, los grifos de Mitriaria se habían puesto de acuerdo en defender el continente a machamartillo.
Ellos eran los enemigos más temibles siendo que su eficiencia a la hora de matar era incomparable respecto a las demás criaturas sediciosas.
Hasta ese momento, Dáikron desconocía el verdadero potencial de los insurrectos.
No pensaba que las salvedades de Bork y Cen-Dam fuesen serias.
Creía que los oponentes eran sólo rebeldes de corazón rígido.
Decidió consultar a los comandantes para que le aconsejaran qué hacer.
Los tres comandantes de Korozina: Auselio, Rushmaj y Kalishna, que eran tres enormes minotauros de piel oscura y cuernos prominentes, se presentaron en la torre principal, propusieron enviar kratsukes, cancerberos y güishas con el objeto de deshacerse de las molestas criaturas que se oponían al rey de Korozina.
Las güishas eran una raza de serpientes de clase superior de gran tamaño que podían destruir cualquier cosa con un simple ataque.
Eran originarias del Noroeste.
Derrotarlas era difícil a raíz de la increíble dureza de sus cuerpos escamosos.
El veneno que escupían, además de derretir todo lo que tocaba, despedía un hedor emético que ni a los carroñeros les gustaba.
Dáikron estaba convencido de que con eso era suficiente para deshacerse de los rebeldes.
Todavía no se había enterado de la existencia de Deimarus.
Tras haber destruido Kronsia, sentía una gran tranquilidad.
Lo que no sabía era que había decenas de aldeas que tenían refugios donde moraban grifos desamparados.
La Raza Pacifista no se iba a dar por vencido de un día para otro.
Los cinco grifos, quienes estaban bajo el mando del adalid Deimarus, llegaron hasta las afueras de Kinstuke, pasando Santuria y Arlagadia, donde se detuvieron, dispuestos a tomarse un ligero descanso previo al próximo viaje de conquista.
Esa noche, las estrellas estaban tapadas con nubes y la brisa era fresca, la única luz salía de la fogata que habían hecho.
Tuvieron la maravillosa oportunidad de comer bien antes de iniciar la nueva misión.
Una gran cantidad de vegetales habían encontrado Daisakus y Deguse Remus.
Devoraron a dos carrillos y se sentaron a hacer la digestión.
Deimarus se paró frente al fuego e inició la arenga.
Ese día fue cuando promulgó los famosos Códigos de Honor que quedaron grabados en la memoria de sus compañeros.
Al igual que el profeta Dárius, él se creía una figura importante y quería que sus acompañantes rigieran la conducta a tenor de su filosofía de vida.
—El único castigo que les depara a los enemigos es la muerte.
Las pobres criaturas que no pueden enfrentarlos, merecen nuestra protección y nuestro apoyo en todo momento.
De la misma forma, nuestra tierra nos pertenece a nosotros.
No podemos permitir que los enemigos las tomen.
Si quieren tomarlas, tendrán que hacerlo por la fuerza.
»Como guerreros de mi legión, les queda totalmente prohibido escapar de una batalla, aun estando en desventaja.
Sus vidas no valen más que la de las criaturas que protegen, así que, si desisten en algún momento, no serán dignos de servirme.
Su debilidad y su falta de intrepidez les puede costar la vida.
Si van a morir, al menos mueran con dignidad.
Y si en mi nombre van a jurar, háganlo con orgullo.
»A partir de hoy, serán guerreros de renombre.
Sacrifiquen sus vidas en nombre de su especie.
Sangren y sufran en nombre de su líder.
Esto que acabo de decir, que les quede grabado de por vida porque puede ser lo último que escuchen de mí.
Ya no les diré qué hacer.
Mañana nos dividiremos y limpiaremos el continente.
Nos rencontraremos en Manquetria dentro de diez años.
Si alguno de ustedes no aparece, sabré que no fueron dignos de servirme.
Todos quedaron asombrados al oír semejante discurso.
Estaban convencidos de que Deimarus debía ser el líder, el modelo justiciero a seguir.
Iban a dar a conocer su discurso en todas las aldeas visitadas a fin de que todos supieran que él era un ser honorable.
Ese podía ser el Grifo Legendario del que hablaban las Sagradas Escrituras.
Al día siguiente, antes de que amaneciera, el grupo se separó y realizó un viaje hacia diferentes sectores con el propósito de llevar a cabo la misión.
Cada uno tomó una senda distinta, se distanció y voló en lo más alto del cielo.
Deimarus fue hacia el Norte, donde se encontró con algunas criaturas que rogaban por ayuda.
Como perdieron todo lo que tenían, prometió ayudarles a reconstruir la aldea.
Por más que sabía que eso le iba a tomar muchísimo tiempo, debía cumplir con los Códigos de Honor que él mismo había promulgado.
Él, más que nadie, era quien tenía que darse a conocer por sus actos heroicos.
Deseaba que su fama se extendiera de una punta a la otra del continente.
Durante una fresca mañana lluviosa, Grásia y Hária habían aovado.
Sus preciados huevos eran producto de la intervención de Sáurius y Akaliurus.
Aunque ellos estuviesen ausentes, tenían que encargarse de proteger los huevos.
Tener polluelos era algo que habían querido desde hacía décadas.
Con la ayuda de Shémria, se turnaban para empollarlos.
Lo más triste era que esas criaturitas, al igual que había sucedido con Deimarus, jamás iban a conocer a sus padres, sólo a sus madres.
El día que nacieron los polluelos, recibieron un bautismo informal con agua de lago y les otorgaron los nombres correspondientes.
El hijo de Sáurius pasó a llamarse Asinurus y el hijo de Akaliurus pasó a llamarse Ankirius.
Ambos eran las bendiciones más gratas de Ioba para las grifas viudas que habían perdido a sus familiares por culpa de los dragones.
Para sorpresa de las grifas, los polluelos nacieron sanos.
No tenían ningún problema genético ni de salud.
Crecían a una velocidad asombrosa y yantaban todo lo que les daban, sin hacer berrinches ni lloriquear por falta de comodidades.
Ellos eran los tesoros más valiosos que tenían las grifas.
Shémria, como madrina y cuidadora, se enterneció con ellos al punto de considerarlos hijos adoptivos.
La ausencia de Drácnarus ya no representó un vacío para Shémria, ella se mantenía ocupada con los hijos de dos extraños con los que se había aventurado hacía algunos años.
No tuvo la suerte de quedar preñada, se conformaba con cuidar y proteger polluelos de otras madres.
El tiempo pasó como si se tratase de un relampagueo.
Ni cuenta se dieron de lo rápido que transcurrió todo.
Cuando volvieron a la realidad, ya faltaba poco para el rencuentro.
Deimarus se había encargado de exterminar hordas enteras de dragones y minotauros.
Sus compañeros, al estar distanciados, tuvieron que adaptarse a la soledad y apañárselas por sí solos.
La cantidad de enfrentamientos que tuvieron fueron, comparado con veces anteriores, pocos, aun así, se volvieron más fuertes y audaces.
La pausa que había dado Korozina sirvió para que todas las aldeas del Sur volviesen a la normalidad.
Dáikron optó por tomarse un descanso y entrenar mejor a los soldados antes de renviarlos al Sur.
Con la ayuda de Deyevoh, sintió que las legiones septentrionales podían volverse mucho más letales.
Así fue como el reino de Korozina se expandió y su poder se dio a conocer incluso en los demás continentes.
Bork, desde la otra punta del planeta, sufría las constantes amenazas de los hipogrifos, los zánkiros, los hacarios y otras especies rebeldes que lo maldecían.
Cen-Dam no tenía ese problema, aunque algunos oráculos tenían espías que obtenían información confidencial y la compartían.
Ferboc, Sania, Shafi y Delemkum se reunían en Xeón con cierta frecuencia y actuaban de manera disimulada.
Enviaban reportes por medio de mensajeros encubiertos.
Lo malo fue que los dragones se enteraron de ello y actuaron.
Cen-Dam, con el apoyo de Dégmon y Vishne, envió una horda numerosa de dragones rojos bajo el mando de Mitus Rituá y Daigaku hacia las islas que rodeaban el continente.
Lograron exterminar a varios oráculos.
Sania, Shafi, Aniroikhe, Zaishureth, Ocklha y Shuar fueron asesinados.
Cuando los demás oráculos se enteraron, se pusieron molestos y sintieron la necesidad de intervenir.
Algunos dragones púrpuras fueron atrapados y llevados al castillo de Dégmon, donde les quitaron toda la energía y los mataron.
Zander se enteró de ello y decidió aislarse lo más pronto posible.
Con la ayuda de sus compañeros, logró volverse muy fuerte.
Bork lo consultaba con cierta frecuencia para que lo ayudara a crear tácticas de ataque, a fin de mantener a los rebeldes lejos del castillo y a los dragones rojos lejos de Ashura.
Cen-Dam y Dáikron no hacían más que gozar de la deplorable situación de Bork.
El rey de Ashura se volvió paranoico y llegó a pensar que ellos se habían aliado para eliminarlo.
Lo único que podía hacer era esperar el momento oportuno para tomarse las de Villadiego.
Llegado el momento, Ashura se iba a convertir en un matadero.
Como resultado de la falta de entrenamiento de los dragones blancos, el dominio no florecía como se esperaba.
Bork ansiaba deshacerse de sus hermanos, no le interesaba tomar el trono de ninguno, sólo verlos sucumbir.
A fin de poder limpiar el resto del continente, los hipogrifos necesitaban ayuda, los únicos que podían dársela eran los grifos.
Sumado al apoyo de otras especies de Ashura, las cosas podían salir bien en menos de un siglo.
Todavía faltaba mucho tiempo para que las cosas comenzaran a ponerse feas para la Raza Destructora.
Debido a la falta de registros, no se supo qué sucedió con los grifos de Ashura durante muchísimo tiempo.
Si bien muchos vivían en pequeños refugios, eran los pequeños clanes los que salían y cruzaban aldeas enteras para hallar alimento.
Los dragones blancos no se llevaban bien con ellos, por eso los emboscaban cada que podían.
Daljalha había estado viajando un montón los últimos meses, había obtenido información importante y debía dar aviso.
Fue a ver a Vishne y le contó que había muchos más grifos de lo que imaginaban.
Temía que se multiplicaran demasiado.
Él ya no confiaba en los soldados que tenía después de enterarse de que las hordas más poderosas habían sido asesinadas por grifos.
Comenzaba a verlos con animadversión.
Y eso que lo peor aún no había llegado.
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