Kompendium - Capítulo 95
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95: XCV 95: XCV Fue durante una mañana ventosa que los grifos se reunieron de nuevo en Manquetria.
Lucían distintos luego de haber pasado tanto tiempo distanciados.
Tenían cicatrices en el cuerpo.
Estaban contentos de haber sido de gran ayuda.
Las demás criaturas comenzaron a admirarlos más que antes.
El nombre del adalid pasó a oídos de todos, se convirtió en una figura reconocida.
Deimarus había pasado una eternidad sin decir nada.
Él, a diferencia de sus compañeros, se había vuelto mucho más ruin.
Su corazón era rígido como una piedra y su espíritu de lucha nunca cesaba.
Estaba sediento de sangre, quería más batallas y más víctimas.
Tras abandonar la aldea de los topos, el viaje tomó otra dirección.
Volaron hacia el Este, hacia aldeas diferentes: Sáurius fue a Yuanabúlcurpe, Akaliurus fue a Inomarua, Drácnarus fue a Bremetua, Daisakus fue a Kanjalia, Deguse Remus fue a Vimisilia, y Deimarus fue a Amaosuquiseria, un lugar repleto de peligros.
Se sabía, gracias a los informes de los lugareños, que los invasores todavía andaban merodeando por zonas del Nordeste y sitios aledaños a la costa.
En las playas, los graseles de Shantorai se cruzaban con dragones negros y se armaban tremendas reyertas territoriales.
Las contiendas siempre dejaban incontables víctimas fatales sobre la arena.
Después de haber volado desde Manquetria, Deimarus sólo halló cadáveres putrefactos y ruinas en llamas cuando pisó Amaosuquiseria.
Al recorrer la zona, notó que los dragones habían estado en aquella región hacía muy poco tiempo.
Se sintió feliz de saber que podía divertirse otra vez.
Lo mejor de todo era que ahora tenía la audacia de hacerle frente a un ejército de cinco millones de rivales.
Se dirigió al Este y siguió el sendero hasta un desfiladero.
Vio figuras difusas surcando el cielo y se dirigió hacia ellas.
Voló en dirección al Norte y halló cinco dragones rojos que estaban persiguiendo a un grupo de pangolines.
El dragón que dirigía la manada era Oncina, un oponente moderado del que no se debía fiar.
Antes de que los dragones alcanzaran a los pangolines, un fuerte graznido les llamó la atención.
Identificaron el sonido al instante.
Ese tipo de graznido sólo lo producían los grifos.
Cambiaron de rumbo y fueron por el nuevo blanco.
Deimarus preparó las espadas y los cercenó a toda greña, lanzando sangre y escamas por el aire.
Aun con heridas sangrantes, los dragones de Xeón seguían luchando como bestias abominables.
Un dragón le tomó de la cola y lo lanzó contra una de las montañas rocosas, haciendo que se diera un buen cacharrazo.
Los demás dragones le lanzaron bolas de fuego desde el aire y le quemaron las plumas.
El fuego que escupían era abrasador, mucho más que el de los dragones negros.
Deimarus cayó sobre la arena, atufado al ver que tenía la carne quemada.
Podía ver los tendones de sus manos a simple vista.
Ese mismo dolor le trajo recuerdos de la infancia, cuando los purificadores lo metieron en el horno.
Se enfureció como nunca y se lanzó con todo.
Los dragones lo esquivaron y le tomaron de las escápulas, le mordisquearon y lo zarandearon un buen rato.
Aun con el intenso dolor, el adalid no se rendía.
Metió la lanza en el vientre de un dragón y le produjo un corte profundo, lo destripó y lanzó los órganos al suelo.
Otro dragón lo tomó del hombro y le lastimó.
La clavícula y el omóplato quedaron expuestos.
Su furia fue tal que lo tomó de la mandíbula y se la rompió con las manos, tirando hacia los costados con una fuerza monstruosísima.
Sangrando como nunca antes lo había hecho, el protagonista estaba preparado para dar lo mejor de sí.
Saltó antes de que los dos dragones rojos lo atraparan, los tomó de la cola y los hizo caer.
Una vez en la arena, les arrojó las espadas y les abrió el lomo a los dos.
Cuando cayeron, aprovechó para empalarlos.
Darles muerte fue un gran entretenimiento.
Sólo le faltaba el líder de la manada, el pez gordo.
Oncina lo tomó desprevenido, lo embistió fuertemente y lo lanzó contra la pared rocosa.
Le quitó la lanza y le clavó los dientes en el cuello.
El poderoso grifo no estaba dispuesto a rendirse por nada en el mundo.
Le arrancó escamas del cuerpo hasta hacer que lo soltara.
Cuando Oncina retrocedió, tomó una piedra con la cola y se la lanzó.
Le golpeó en la cabeza, lo dejó aturdido.
Deimarus cogió la lanza, se desplazó por la arena y se la clavó en una pata, como respuesta, el rival le escupió su fuego infernal y lo obligó a retroceder.
El dragón rojo quedó adolorido y decidió alzar vuelo.
Deimarus se abalanzó sobre él a toda hostia y lo montó.
Oncina dio un giro y se lo quitó de encima.
Lo embistió de nuevo y lo lanzó contra la pared rocosa.
Deimarus perdió la paciencia y se dejó llevar por la ira.
Sus plumas se volvieron doradas y rutilaron con intensidad.
Un aura amarilla rodeó su cuerpo.
Sus heridas se cerraron y paró de sangrar.
La increíble furia del grifo estaba a punto de ser desatada en forma de energía.
Los pangolines observaban la escena desde lejos, en un refugio protegido con hojas de palmera y tablones.
No sabían qué esperar de la batalla.
Se veía pareja.
Ambos rivales estaban en un nivel muy por encima de lo habitual.
Cualquiera de los dos podía perder.
Oncina se abalanzó sobre Deimarus y trató de morderlo.
El grifo esquivó el ataque y lo pateó desde el costado.
El dragón le lanzó sus poderosas llamaradas.
Él sólo se cubrió con las alas y así evitó las quemaduras de tercer grado.
Lo tomó de los cuernos y le dio un rodillazo en la quijada.
Oncina se teletransportó en un plis plas, lo sorprendió desde atrás, le lanzó otra bocanada de fuego.
Deimarus usó la pluma de su cabeza para absorber el ataque ígneo.
La pluma no se quemaba, sino que se volvía más fuerte mientras más se dañaba.
Una vez que la bocanada de fuego finalizó, el portador colocó la pluma en su lugar.
Oncina no entendía qué sucedía.
Volvió a atacar al enemigo con ferocidad, mordisco tras mordisco, no podía atinarle ni uno.
Deimarus se cansó de él, lo golpeó con el pie en el vientre y lo elevó por los aires, le dio una patada con toda su fuerza y lo lanzó como un proyectil hacia abajo.
El dragón se golpeó y se incrustó entre las rocas.
Después de eso, no reapareció más.
Deimarus descendió, volvió a la normalidad y se desparramó sobre la arena.
Estaba exhausto tras haber luchado con tanto ímpetu.
Era la primera vez que se sentía tan exhausto.
Los pangolines aparecieron y se apuraron por asistirlo.
Como ese grifo les había salvado la vida, lo menos que podían hacer era llevarlo a un lugar seguro y cuidarlo hasta que se recuperara.
El protagonista entró en estado de coma y comenzó a soñar.
Vio imágenes difusas que le trajeron recuerdos del pasado.
La gruesa voz de Dégmon resonó y apareció desde atrás, Vishne lo acompañaba, ambos estaban furiosos y le lanzaban insultos sin parar.
Él apenas podía moverse.
Al extender la mano, notó cómo su cuerpo se desvanecía.
La evanescencia mostraba que nada era real.
Todo se volvía cada vez más oscuro hasta quedar casi en negro.
El efecto Mandela se entremezclaba con recuerdos de Vietnam, lo peor del inconsciente se unía a eventos no vividos; el pasado, el presente y el futuro se chocaban como planetas y colisionaban, dando como resultado una confusión sin precedentes.
Lo vivido aquella vez que se encontró con uno de sus ancestros recién principiaba a tener algo de sentido.
Experiencias oníricas y quiméricas se confabulaban, arremetían sin parar contra una débil mente atormentada por los peores acaecimientos externos.
Como meteoritos impactando contra la superficie lunar, las imágenes horripilantes produjeron en su cerebro tal alteración que acabó por perder la cordura, lo poco que quedaba de ella.
Abrió los ojos y se percató de que sólo había tenido un espeluznante sueño.
Uno de los pangolines lo vio y se puso contento.
Deimarus se puso de pie y se marchó sin decir nada.
Salió de la cueva, cogió las armas y se detuvo en la costa.
El cielo estaba oscuro y parecía que se aproximaba una fuerte tormenta.
Extendió las alas y se fue volando antes de que plañera el cielo.
No cabía duda de que el último combate, aquel encontronazo imprevisto con Oncina, no sería olvidado jamás.
El dragón rojo le demostró que todavía no era tan poderoso como anhelaba ser, le faltaba mucho para alcanzar el nivel máximo.
El excesivo orgullo del adalid no admitía que un dragón cualquiera lo pusiese en vergüenza, ni que lo lastimara hasta dejarlo moribundo, era una muestra de debilidad incapaz de aceptar.
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