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Kompendium - Capítulo 96

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96: XCVI 96: XCVI A los pocos días, Deimarus se encontró con Deguse Remus cerca de Aizumen.

Las ovejas habían abandonado su aldea por temor a los dragones, como consecuencia, emigraron al Sur.

Deguse Remus se puso contento al ver de vuelta a su líder.

Deimarus no estaba satisfecho consigo mismo, casi perdió contra un dragón de Xeón y eso le generaba cierto acíbar, deseaba volverse aún más fuerte.

Esa misma tarde, los demás aparecieron de casualidad.

Como el Oeste era muy caliente para ellos, preferían andar por esa zona.

El desierto de Mitriaria era demasiado caluroso y estaba lleno de monstruos, además de no tener alimento ni agua en abundancia.

Todos se pusieron a contar sus experiencias en los alrededores.

El adalid de Kronsia era el único que se mostraba reacio a contar lo que había vivido, no estaba satisfecho con el desempeño mostrado, ansiaba encontrar rivales más fuertes para seguir incrementando la fuerza que tenía.

Otro con el complejo de Vegeta.

Deimarus decidió salir al día siguiente.

Le pidió al grupo que lo acompañara hasta las afueras de Parfalia.

Allí, se toparon con nuevos enemigos.

Gorilas, jaspeches, quimeras, centauros, hienas, cancerberos, cíclopes, minotauros y centinelas los tomaron por sorpresa.

Los grifos se lanzaron al ataque, lo malo era que no sabían que cayeron en una trampa que había sido ideada por los comandantes del Ejército Negro.

El oscuro cielo tapado de nubes y la fresca brisa demostraban que una gran batalla se avecinaba.

Esa iba a ser una buena razón para poner a prueba el denuedo de los grifos.

Todos ellos se dirigieron a los enemigos como si nada.

Antes de llegar a ellos, una lluvia de rocas los tomó desprevenidos y sufrieron los poderosos ataques, Daisakus y Deguse Remus recibieron un fuerte piedrazo y rodaron cuesta abajo.

Drácnarus y Sáurius cayeron por un pozo y se lastimaron al golpearse contra rocas puntiagudas.

Akaliurus tropezó con una cuerda, tapada con pastizales, y una enorme roca le cayó encima, lo dejó adolorido.

Deimarus alzó vuelo, esquivó todas las flechas de los centauros y se metió en la liza.

Un círculo en llamas lo apresó, ocho cancerberos lo rodearon y se pusieron de acuerdo en atacarlo.

El protagonista utilizó las espadas para destazar a los caninos infernales.

Cortó patas y cabezas, sólo dejó cuerpos desgarrados y mucha sangre derramada.

Al desaparecer el fuego, lo enfrentaron cíclopes y gorilas.

Las hienas y los centauros le asaeteaban desde los costados, sin entrometerse en el área de combate.

El imponente grifo esquivó los ataques de los cíclopes y los gorilas, que estaban armados con mazas y espadas gruesas, los empaló en un pestañeo.

Al darse vuelta, una maza, que había arrojado uno de los cíclopes, le golpeó la pierna izquierda y lo hizo caer de costado.

Tras levantase, un segundo ataque lo tomó desprevenido, una roca de gran tamaño le impactó en la cabeza, haciéndole crujir el cráneo.

Un hacha pesada se le incrustó en la espalda, varias flechas se le clavaron en ambas piernas, dos hienas saltaron enfrente y le atravesaron el pecho con extensas lanzas picudas.

Los demás grifos vieron cómo el líder del grupo fue atacado, creyeron que ese iba a ser el fin de su vida, no sabían que él era una genuina máquina de matar y que su orgullo estaba más allá de lo que se podían imaginar.

La verdadera identidad oculta estaba a punto de darse a conocer.

Los enemigos detuvieron el ataque al ver que Deimarus no hacía nada.

Los párpados se le bajaron por un momento y parecía que ya no daba más.

Empero, antes de caer, abrió los ojos y tomó las lanzas que tenía clavadas.

Se las quitó y las usó para empalar a las hienas, acabó atravesándoles el cogote.

Se quitó el hacha de la espalda y se la arrojó a un centauro que tenía a pocos metros, le partió la cabeza por la mitad con ella.

Las catapultas siguieron lanzando cascotes.

Deimarus recibió los ataques, seguía marchando al frente de todas formas.

Incluso al recibir una infinidad de flechazos, no frenaba.

Hizo fuerza y expulsó todas las flechas que tenía clavadas en el cuerpo.

Sus heridas se cerraron y lanzó otro grito de furia a los cuatro vientos.

Ni siquiera ante esa innumerable cantidad de oponentes, nunca antes vista, el adalid mostraba flaqueza.

Con las espadas en mano, avanzó unos cuantos metros y corrió con el pico abierto hacia los rivales.

Cada alígero ataque seccionaba sin lástima.

Las plumas erizadas mostraban que estaba echando humo, estaba que trinaba.

Los rifontes llegaron junto con grupúsculos de kratsukes y centinelas, se sumaron a la pugna, avanzaron hacia el objetivo.

Drácnarus, Deguse Remus y Daisakus intervinieron.

No podían permitir que su líder luchara solo.

Ellos tenían que mostrar la misma bravura que él en las sangrientas contiendas en las que se inmiscuían.

Por algo habían sido seleccionados como combatientes continentales.

La fila de centauros se vio amenazada ante la intervención de los tres grifos, quienes no tardaron en darles muerte.

Drácnarus cortaba cabezas a una velocidad sorprendente mientras que Deguse Remus y Daisakus empalaban con total brutalidad.

Los cíclopes y los gorilas crearon una barrera defensiva para proteger a los cabecillas.

Los minotauros negros eran los que daban las órdenes y permanecían en el mismo sitio.

Akaliurus y Sáurius tomaron algunos arcos y asaetearon la barrera, obligándola a abrirse.

Deimarus cruzó por el medio, dando un ágil salto, y se dirigió hacia los cabecillas.

Antes de llegar a ellos, los rifontes se entrometieron.

Dos kratsukes le saltaron encima y lo pisotearon.

Usó las garras y el pico para abrirse paso y arrancarles trozos cárnicos.

Rodó hacia un costado y salió.

Se desplazó entre los rifontes y lanzó las espadas hacia adelante.

Los centinelas utilizaron escudos metálicos como medios de bloqueo defensivo.

Drácnarus y Daisakus fueron rodeados por rifontes, que les lanzaron picotazos a porrillo.

Ambos sufrieron cortes en el cuerpo, en ningún momento bajaron los brazos.

Deguse Remus les ofreció una ayudita y desplumó a las criaturas con las manos.

Les clavó con la lanza y arremetió con las garras.

Sáurius voló hacia adelante, cogió una maza y atacó a los gorilas que quedaban de pie, se encargó de hacerlos picadillo, los reventaba con cada golpe que daba.

Akaliurus cogió dos hachas que estaban en el suelo y se lanzó sobre los kratsukes de adelante, les tajaba las piernas y les daba una demostración de su solemne bestialidad, una vez en el suelo, les partía el rostro por la mitad.

Las cosas cambiaron cuando el cielo se ennegreció con tantos dragones.

Una infinidad de dragones negros surgió del horizonte y llegó para eliminar a los intrusos.

Descendieron en segundos, se arrojaron sobre los grifos a lo bestia.

Deimarus sintió que estaba al borde de cansarse, pese a la notable soberbia que tenía.

Su mente estaba concentrada en arremeter, su cuerpo ya no obedecía a la Naturaleza, estaba en pleno éxtasis.

Su increíble dureza no podía decaer ante los enemigos.

Deguse Remus voló hacia adelante y distrajo a los dragones, hizo que lo persiguieran.

En ese ínterin, Drácnarus y Daisakus los atacaban desde los costados.

Al haber tantos dragones, los grifos no pudieron resistir el ataque y fueron derribados.

A Daisakus lo agarraron entre nueve y lo mordieron con gran ferocidad.

Sáurius y Akaliurus trataron de ayudar a Deimarus, él rechazó la ayuda y los mandó a freír espárragos.

Tomó las espadas y despedazó a los centinelas.

Decenas de dragones se le aproximaron y le lanzaron llamaradas.

Usó uno de los escudos tirados para cubrirse y cortó a los reptiles en pedazos antes de que volvieran a lanzarle fuego.

Se desplazaba entre ellos y los golpeaba con el escudo.

A Deguse Remus le lanzaron una lanza que le atravesó la pantorrilla derecha, lo cual lo obligó a descender.

Los dragones lo atraparon y le mordieron las alas.

Drácnarus se enfrentó a varios dragones al mismo tiempo.

Le quitaron el hacha de las manos y quedó indefenso.

Le mordieron los antebrazos y le dieron un cabezazo.

Deimarus vio que los demás grifos no estaban luchando con todas sus fuerzas, lo que le hizo pensar que no eran dignos de su liderazgo.

Él mismo tuvo que encargarse de acabar con todos los dragones.

Los despedazó uno por uno, y, acto seguido, fue por las quimeras.

El lugar se había convertido en una verdadera carnicería: había cadáveres destrozados por doquier y la sangre formaba un río.

Los pocos enemigos que quedaban con vida, que no eran más de quinientos, comenzaban a huir.

Tras ver lo brutal que era Deimarus en el campo de batalla, preferían poner pies en polvorosa.

Akaliurus y Sáurius fueron a ayudar a los demás ya que su líder no los necesitaba, se deshicieron de los pesados jaspeches.

Todos habían quedado heridos y cansados.

Tanta acción les había arrebatado las ganas de seguir luchando.

Deimarus daba saltos increíbles y vapuleaba a las quimeras con máxima presteza.

Se aseguraba de arrebatarles las extremidades antes de que lo atacaran.

Con la ayuda de sus alas, se mantenía en constante movimiento.

Los saltos que daba eran precisos y cada ataque le arrancaba la vida a una de ellas.

Las hienas y los cíclopes que quedaban con vida se vieron obligados a retroceder.

El obstinado atacante fue por ellos y los hizo papilla con las espadas.

Algunos dragones estaban en el cielo, a la espera del momento justo para agredir.

Deimarus fue por ellos y los cercenó.

Una vez que todos los dragones fueron eliminados, la zona recuperó el silencio.

Sólo quedaban los cinco minotauros negros que estaban a cargo de la tropa.

Daisakus y Deguse Remus se pusieron de pie y se acercaron a Drácnarus.

Sáurius y Akaliurus les habían salvado la vida justo a tiempo.

Antes de dar por finalizada la batalla, el terreno comenzó a temblar con una brusquedad fuera de lo común.

Esa era una señal clara de que más enemigos poderosos se aproximaban desde el Norte.

No se trataba de un terremoto, era algo aún más peligroso.

Deimarus se mantenía atento.

Prestaba especial atención a ver qué sucedía.

Había sentido la presencia de más enemigos acercándose desde el área nórdica.

No iba a estar satisfecho hasta haber acabado con todos ellos.

Dos güishas aparecieron desde el interior de la tierra y lanzaron brutales ataques.

Una de ellas atrapó a Daisakus entre sus fauces y lo mordió, le perforó el cuerpo como si fuera una rebanada de pan lactal.

La otra casi atrapó a Drácnarus.

Por suerte, pegó un salto antes de tiempo y evadió la tarascada.

Los demás tomaron las lanzas y atacaron a las serpientes monstruosas.

Aparecieron seis más y se acercaron a ellos.

Deimarus se encargó de abrirles el cuerpo escamoso con las espadas y darles una muerte dolorosa.

Saltó de una en una y las partió antes de que llegaran a sus compañeros.

Los minotauros quedaron asombrados al ver semejante ferocidad y se marcharon sin decir nada.

Las dos güishas que habían aparecido al principio fueron atacadas y se alejaron.

Daisakus logró liberarse y cayó al suelo.

Se desparramó y quedó inmóvil.

Hacía un gran esfuerzo por moverse, el cuerpo ya no le respondía.

Deimarus se acercó a él.

Lo veía con sus tenebrosos ojos de asesino.

Verlo en ese deplorable estado sólo le causaba vergüenza.

Tener alguien tan débil a su servicio no le producía gracia.

Pese a las súplicas del jovenzuelo, el líder no sentía necesidad de auxiliarlo, de darle una segunda oportunidad.

El adalid suspiró desilusionado, cogió una lanza que estaba en el suelo y le dio fin a su vida tras clavársela por la espalda.

No lo hizo para acelerar la muerte, lo hizo porque consideraba una total falta de respeto tener alguien así en el grupo.

Deguse Remus y Drácnarus vieron lo que hizo.

Se pusieron molestos al ver que su líder, alguien admirable en batalla, había matado a uno de sus compañeros.

Le echaron en cara por la exagerada acción, fuera de lugar.

El sayón respondió lo siguiente: “Ese debilucho no era digno de servirme”.

Quién podría ser tan ruin y desdeñoso como para asesinar a uno de sus aliados más próximos por un superfluo capricho, Deimarus lo era.

Nadie jamás comprendería ese nivel estrepitoso de orgullo.

Los que presenciaron aquel asesinato perdieron el poco respeto que le tenían, no lo veían con buenos ojos; al contrario, ya no se fiaban de él.

Si había hecho eso con Daisakus, que era un pobre infeliz sin pundonor, a ellos les podría ocurrir lo mismo, o algo incluso peor, y más tratándose de un majareta que desconocía la piedad y la misericordia.

Los cinco minotauros llegaron hasta Karnumia y se encontraron con un grupo de dragones y minotauros de Xeón.

Daigaku y Mitus Rituá aparecieron desde la parte de atrás.

Al verlos, se inclinaron ante ellos.

Daigaku era de pelaje grisáceo, cabello negro, ojos rojos y anillos rosados.

Su carácter soberbio era notable de lejos.

Utilizaba una espada mágica que podía aumentar de tamaño según deseaba.

Mitus Rituá era de pelaje negro, cabello gris, ojos amarillos y anillos verdosos.

Era introvertido y tenía poca paciencia.

Su arma era una lanza que tenía cuatro cuchillas pegadas en la punta, podía lanzar bolas electrificadas con ella.

Los dos tenían casi un metro y medio, se vestían con una túnica oscura y llevaban un colgante con un tentranáculo grabado en la parte de enfrente.

Su padre les había dado permiso para ir a Mitriaria a exterminar grifos.

Llevaron un grupo de dragones rojos con ellos por si acaso.

Estaban bien preparados y no le temían a nada ni a nadie.

Los hijos de Dégmon, al enterarse de que los minotauros negros que habían ido a luchar eran un montón de cobardes sin agallas, decidieron castigarlos.

Un dragón rojo incineró a los minotauros por haber pelado el gallo.

Escapar era una falta de respeto para los superiores, se suponía que los soldados tenían que fenecer en batalla, no salir corriendo como un montón de miedosos.

Tras haberse deshecho de los inútiles, los draggies se dirigieron al centro de Karnumia y tomaron la aldea por la fuerza.

Exterminaron a todos los canguros y se quedaron esperando.

Sabían que los grifos iban a ir por ellos en cualquier momento.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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