Kompendium - Capítulo 97
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97: XCVII 97: XCVII El grupo no estaba del todo contento tras haber visto que el líder había matado a Daisakus sin ninguna justificación.
La confianza en Deimarus ya no era la misma.
Deguse Remus y Drácnarus tenían ganas de deshacerse de él, no podían hacerlo, eso equivalía a convertirse en aquello que más odiaban.
Sáurius y Akaliurus no se sentían cómodos bajo el mando de un asesino despiadado, sólo le seguían la corriente porque no contaban con una mejor protección.
Drácnarus habló con su amigo y le dijo que lo mejor era hacerse humo, cosa que Deguse Remus rechazó.
Todavía confiaba, aunque no mucho, en Deimarus, y pensaba que su brutalidad era necesaria si querían sobrevivir.
No se daba cuenta de que él estaba mal de la cabeza, el único deseo que tenía era matar a todos, ya no le importaba si eran aliados o enemigos, todo le chupaba la verga y los dos huevos.
Durante la fresca mañana del día siguiente, Deguse Remus decidió aislarse del grupo.
Se metió en un bosque frondoso, había oído un ruido extraño que le llamó la atención.
Sus compañeros aún estaban durmiendo.
Prefirió alejarse sin decir nada a sabiendas de que a Deimarus no le agradaba la idea.
Se metió entre los arbustos y alcanzó a ver hienas que daban vueltas de un lado a otro.
Supuso que no representaban ningún peligro.
Salió del escondite y se acercó a la zona.
El terreno estaba lleno de barro, tenía desniveles y rocas sueltas que estorbaban el paso.
Había un lago en la parte Sur, no muy lejos de ahí.
Algunas aves se reunían a beber agua.
Dos hienas estaban en las cercanías.
Cargaban baldes de madera y caminaban rápido.
No intercambiaban miradas ni palabras, algo las mantenía inquietas, por eso no se comunicaban entre sí.
En la parte de atrás, había algunos galpones viejos que tenían pocos metros de altura.
Del interior salían las hienas.
A una de ellas le cayó una tabla en el pie y lanzó un grito bastante fuerte.
Un dragón de escamas rojas apareció y se aproximó a ver qué acontecía.
Se oyó crotorar a una cigüeña a lo lejos.
Una de las hienas intentó perseguirla, tropezó con una roca y cayó sobre el lodo, se embarró toda la cara y refunfuñó al ver que la presa se le había escapado de las manos.
Deguse Remus se desplazó detrás de unos árboles de tronco fino y se acomodó detrás del viejo galpón.
Oyó la monserga de una de las hienas que hablaba con uno de los centauros de piel rojiza.
Trató de entrometerse y atacar.
Una avutarda salió y revoloteó las alas para tomar velocidad mientras una hiena la perseguía en cuatro patas.
Con semejante escándalo, Deguse Remus no podía concentrarse en acometer.
Tantas distracciones le impedían ingresar a la zona sin ser visto.
Deimarus se despertó de sopetón debido a una pesadilla que había tenido, vio que todos los grifos estaban ahí menos Deguse Remus, fue a buscarlo.
Siguió las pisadas y se adentró en un sendero de tierra que iba hacia el Este.
No estaba dispuesto a dejar que ahuecara el ala ni a que lo remplazara.
Deguse Remus esperó durante unos minutos hasta que una hiena se arrimó lo suficiente.
La tomó y le cubrió la boca para que no dijera nada.
Le preguntó qué estaban haciendo en ese lugar, a lo que ella respondió que sólo buscaban agua y comida para los cabecillas.
Una vez que le quitó la información, le torció el cuello y le dio una muerte rápida y sin dolor.
Uno de los dragones ya había olfateado al grifo e inició la búsqueda.
Se acercó al galpón y el aroma se volvió más intenso.
Era obvio que estaba escondido.
Cuando se acercó para ver, no halló nada.
Deimarus se había acercado lo suficiente para ver los alrededores.
Tras salir del bosque, notó la presencia de los enemigos.
Preparó las espadas y se metió de lleno en la zona.
Deguse Remus se había alejado del galpón.
Tiró el cuerpo de la hiena en un pozo de pocos metros y se alejó.
Se metió en una zona peligrosa donde lo rodearon tres dragones rojos.
Al ver el color de sus escamas, supuso que no eran nativos.
Deimarus llegó enseguida y se unió a su compañero.
Estaba molesto con él porque se había ido sin permiso.
—No necesito que me sobreprotejas —le dijo Deguse Remus—.
¡Lárgate!
—Estos dragones son más fuertes que los negros —le advirtió Deimarus—.
Te matarán si luchas solo.
—No te entrometas.
Yo puedo con ellos.
Tú no eres nadie para decirme qué puedo y qué no puedo hacer.
Esa última frase había sido suficiente para Deimarus.
Irse sin permiso y faltarle al respeto era más que inaudito.
No se lo podía permitir.
Tenía ganas de golpearlo por la descortesía que había mostrado.
Se suponía que él, junto con los demás, estaba sometido a sus órdenes.
Desobedecer a un líder no era bien visto, conllevaba a un castigo por indisciplina.
Ahora, qué clase de castigo se podía esperar de alguien que odiaba a su propia madre, no hace falta detallarlo.
Los dragones rojos lanzaron llamaradas y Deguse Remus se vio obligado a retroceder.
El intenso calor le quemó la túnica y varias plumas.
Se percató de que esos dragones sí eran más fuertes que los negros.
—No te acerques a ellos de frente —le gritó Deimarus.
—¡Deja de molestarme!
—le gritó y le escupió en el rostro.
Estaba tan molesto que no le importaba nada.
Los dragones se acercaron más y se pusieron de acuerdo para lanzar un segundo ataque.
Deguse Remus intentó dar un salto y dejar desprotegido a su líder.
Deimarus no se lo permitió.
Lo sujetó de las escápulas, le clavó la rodilla derecha en la columna, lo usó como escudo.
El escupitajo fue el último traspié cometido, lo que lo condenaría a expirar entre sus manos.
»¡Suéltame!
—le gritó, tratando de zafarse.
Los dragones lanzaron fuego y quemaron vivo a Deguse Remus.
Deimarus se mantuvo detrás de él durante unos segundos hasta que las llamaradas terminaron.
Una vez que el ataque cesó, pateó el cuerpo quemado de su compañero y alzó vuelo.
Toda su carne había quedado en rojo vivo, todas las plumas y la piel se le derritieron, parecía más un animal desollado que otra cosa.
El sobreviviente cogió la lanza de su compañero y enfrentó solo a los dragones de escamas rojas.
Dirigía los ataques a sus vientres, éstos eran un punto sensible.
En el aire, los tomó por sorpresa y los destripó antes de que le lanzaran llamaradas.
Las hienas lo vieron desde lejos y salieron pitando.
Tenían que dar aviso que los grifos estaban cerca.
Antes de irse, dos dragones más aparecieron desde atrás.
Deimarus los cercenó a ambos con las espadas y desparramó sus órganos por el suelo.
Su rapidez era mucho más notable que antes.
Mientras más peleaba, más fuerte y ágil se volvía.
Retornó al bosque.
Encontró a sus compañeros despiertos.
Drácnarus, al igual que Deguse Remus, se había levantado con el pie izquierdo y no estaba de buen humor.
—¿Dónde estabas?
—Sáurius le preguntó—.
Pensé que nos habías abandonado.
—Tendremos una mañana ocupada.
Preparen sus cosas y vayamos —Deimarus respondió.
—¿De qué estás hablando?
—le preguntó Akaliurus.
—No hay tiempo para explicaciones.
Drácnarus notó que Deguse Remus no estaba con ellos.
Sospechaba que algo le había sucedido, y su líder, por alguna razón, no quería contarlo.
No cabía la menor duda de que había gato encerrado.
—Espera un momento —lo detuvo Drácnarus—.
¿Dónde está Deguse?
—Debe haberse ido —dijo Sáurius.
—Tú cállate —le gritó—.
Tú —dijo y señaló a Deimarus con el dedo índice—, más vale que me digas dónde está.
¿Qué hiciste con él?
¿Acaso lo mataste como a Daisakus?
—No me hables de esa manera, sabandija.
Yo soy tu líder y tienes que obedecer mis órdenes —le respondió y lo enfrentó.
—Si llego a enterarme de que le hiciste algo, te mataré a ti a ustedes dos también —Drácnarus les dijo.
—¿Nosotros qué tenemos que ver?
No hicimos nada —le planteó Akaliurus.
—Ambos están con él.
No crean que soy tonto.
No jueguen conmigo —Drácnarus les gritó.
—¿Qué te pasa?
Somos tus compañeros —Sáurius le dijo.
—No lo somos.
Nunca lo fuimos —declaró, enardecido de rabia.
—Deja de actuar como un idiota —Deimarus le pidió.
No quería seguir escuchándolo.
—¿Por qué no me dices dónde está?
—exigió saber.
—Los dragones lo mataron —le respondió.
—Eso no es cierto.
Tú lo mataste, hijo de puta —gritó Drácnarus y sacó el hacha.
—¡Oye!
¡Tranquilízate!
—Sáurius le pidió.
—Ya me cansé de ustedes tres —vociferó Drácnarus y los atacó.
Sáurius y Akaliurus se agacharon y esquivaron los ataques.
Deimarus detuvo el hacha con la mano izquierda y contuvo al enfurecido grifo de ojos aceitunados.
Le clavó la mirada de odio que ponía los pelos de punta a todo el mundo.
»Tú eres un malnacido.
Sabía que no debía confiar en ti —Drácnarus le dijo.
Ya no había marcha atrás.
—Atacar a tu líder e intentar lastimar a tus compañeros no es correcto —Deimarus le dijo, sacó la lanza, se la clavó en el pecho, le arrebató el hacha y lo decapitó.
Sáurius y Akaliurus no podían creer lo que habían acabado de presenciar.
El líder era más sádico de lo que pensaban.
Estaba dispuesto a asesinar a sus compañeros si no actuaban como él quería.
—¿Qué fue lo que hiciste?
—le preguntó Sáurius, viendo el cuerpo degollado en el suelo.
—Les salvé la vida.
Sean más agradecidos —les dijo—.
No tengo tiempo para estupideces.
Los alrededores están repletos de dragones.
Nuestro deber es eliminarlos.
¿Acaso ya olvidaron para qué vinieron?
La demencia del adalid había tocado fondo, ahora más que nunca estaban convencidos de que aquel grifo que tenían de cabecilla estaba mal de la cabeza, de verdad que no tenía los patitos en fila.
La locura de Deimarus no era algo que se podía pasar por alto, ya no más.
En efecto, el líder estaba fuera de control.
Lo mejor que se podía hacer era dejarlo atrás.
No merecía la pena correr el riesgo.
—Ya no queremos seguir con este viaje —le dijo Akaliurus.
—¿Qué dijiste?
—Deimarus le preguntó.
—Ya no confiamos en ti.
Eres un monstruo —le dijo Sáurius.
—No somos dignos de estar a tu servicio —le dijo Akaliurus.
—Qué vergüenza me dan.
Desearía nunca haberlos conocido —les dijo y se fue.
Akaliurus y Sáurius decidieron que ya no iban a seguir con él.
Su gran amigo de la infancia había perdido la cordura y ya no podían fiarse de él.
Así como con los demás, a ellos les podía pasar lo mismo.
Deimarus había puesto su orgullo por encima de todo.
Así como su madre había hecho con su fe, él hacía lo mismo con su arrogancia.
Se fueron de ese sitio cuan pronto pudieron.
Tomaron una ruta hacia el Sudoeste.
No querían seguir derramando sangre en vano.
El papel de héroes ya no les interesaba ganárselo.
Deimarus viajó en dirección al Noroeste.
En unas cuantas horas, se encontró con minotauros de piel rojiza.
Como ya estaba de mal humor, tomó las espadas y los derrotó en pocos segundos.
Estaba tan enfurecido que no sabía cómo quitarse la rabia de encima.
Sin previo aviso, dos draggies aparecieron y lo enfrentaron.
Daigaku le dijo que su padre, el mismísimo Dégmon, los había enviado para eliminarlo.
Al escuchar ese nombre, Deimarus supuso que podía hacer algo distinto.
En lugar de despedazarlos, como siempre hacía, podía convertirlos en trofeos, y la mejor forma de hacerlo era empalándolos.
Los draggies intentaron atacarlo, ninguno de sus ataques dio en el blanco.
Mitus Rituá le lanzó una bola electrificada que le quemó gran parte del cuerpo.
Al ver cómo se regeneraba, una sensación de miedo lo invadió.
Deimarus lo tomó de la cola y le clavó la lanza por el ano.
Le atravesó el cuerpo entero y colocó la lanza sobre el suelo húmedo.
Acto seguido, prosiguió con Daigaku y le metió la lanza por la boca, le hizo lo mismo sólo que al revés.
También lo colocó en el suelo.
Ambos draggies quedaron expuestos, como muestra de lo brutal que era el vengador de Kronsia.
Lo más llamativo era que no sentía ningún remordimiento luego de haber matado a tres compañeros de su grupo.
Ya no le importaba la vida de Sáurius ni la de Akaliurus, sólo quería gozar matando a los enemigos.
Al final, lo que él siempre quiso era derramar sangre en honor a la venganza, no necesitaba que nadie le ayudase a hacerlo.
Los acompañantes eran opcionales.
Un lagarto de Xeón, cubierto con una túnica negra, que había decidido acompañar a los draggies a escondidas, vio lo que había ocurrido y decidió informárselo de inmediato a su amo.
Se teletransportó hasta el continente tórrido y se apresuró en dar parte.
Se encontró con Vishne y con Dégmon en un campo de entrenamiento de Picks Pocks, se interpuso en plena conversación, les contó que un grifo de Mitriaria había asesinado a Daigaku y a Mitus Rituá.
Al enterarse de la terrible noticia, la furia de Dégmon hizo temblar la tierra.
Vishne no sabía qué hacer para contener tremenda furia, era imposible calmarlo luego de haberse enterado de que dos de sus hijos, quienes eran fuertes en serio, habían sido liquidados por un grifo.
Él mismo iba a encargarse de eliminar al infeliz que mató a sus vástagos.
Supuso que era un ser poderoso; por lo tanto, valía la pena realizar semejante viaje para ir a enfrentarlo.
Esa misma tarde, Vishne llamó al comandante Vakum a efectos de que diera aviso de que una nueva misión les esperaba al otro lado del océano.
El comandante Vakum reunió a los mejores soldados y eligió a tres de ellos para que acompañaran a Dégmon hasta Mitriaria.
Como se trataba de una misión de emergencia, no era necesario convocar a un ejército numeroso.
Dégmon, Vishne, el comandante Vakum y sus tres soldados se dirigieron a la frontera e iniciaron un viaje por vía aérea.
No había tiempo para avisarles a los patriarcas ni al rey.
Tenían que ir por el grifo asesino.
Dégmon estaba ansioso por conocerlo y vencerlo.
La batalla que se aproximaba iba a ser la más brutal de todas.
Los dragones no estaban dispuestos a dar tregua.
Lo que había hecho Deimarus no tenía perdón, tenía los días contados.
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