Kompendium - Capítulo 98
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98: XCVIII 98: XCVIII Era temprano y la temperatura estaba por debajo de los quince grados centígrados.
Deyevoh se había dirigido a Tranquetobia, donde algunos cíclopes lo recibieron.
Tras haber demostrado una gran ferocidad en las luchas que se llevaban a cabo en el Norte, se había ganado el respeto de los invasores de Korozina.
No obstante, sentía que el entrenamiento que le ofrecían los comandantes no era suficiente para él.
Buscaba algo más exigente que de verdad pusiera a prueba sus habilidades.
Sintió una presencia muy poderosa a más de cuatro mil kilómetros de distancia, proveniente del Sureste, y decidió ir a ver de qué se trataba.
Dégmon y Vishne, junto con el comandante Vakum y sus soldados, habían aterrizado en Amaosuquiseria.
Al ver que todo estaba tranquilo, se separaron y se dirigieron a diferentes sectores.
Sobrevolaron varias aldeas en pocos días.
El comandante Vakum vio dos grifos en uno de los descampados, cerca de Aljokerus, y corrió la bola.
Sáurius y Akaliurus andaban caminando, aún decepcionados con Deimarus por las cosas malas que había hecho.
Habían acordado retornar al Sur y visitar a las tías de Daisakus.
Antes de que arrumbaran la región, tres dragones de piel oscura, protegidos con resplandecientes y prolijas armaduras plateadas, aterrizaron frente a ellos.
Los recién llegados tenían ojos rojos, medían casi cinco metros y estaban armados con espadas largas.
Dégmon, Vishne y el comandante Vakum aterrizaron detrás de ellos, listos para matarlos.
Sin embargo, Dégmon se apercibió de que esos dos no eran los que habían asesinado a sus hijos.
Eran débiles y no mostraban ninguna distinción.
Al sentir esa enorme presencia maligna, Sáurius y Akaliurus tuvieron miedo y no quisieron acometer.
Sabían que no iban a poder hacer nada contra ellos por mucho que lo intentaran.
Estaban frente a enemigos intocables que podían matarlos en una milésima de segundo, con un simple movimiento.
Dégmon los interrogó, quería saber dónde se encontraba el grifo que había matado a Daigaku y a Mitus Rituá.
Sáurius y Akaliurus no sabían a quién se refería, imaginaron que quería ver a Deimarus, entonces le dijeron en qué parte se encontraba.
Tras haber recibido la respuesta, el comandante Vakum sugirió que lo mejor que se podía hacer era eliminarlos para que no fastidiaran.
Dégmon y Vishne estuvieron de acuerdo con él.
Los soldados del Ejército Rojo se aproximaron a los dos grifos y los decapitaron.
Los cuerpos de ambos quedaron tirados y nadie volvió a saber más nada de ellos.
Gracsen y Karug se encontraron con un grupo de sáklios cerca de Aizumen, habían detectado la poderosa presencia maligna; de hecho, varios ya habían detectado la presencia de Dégmon.
Muchas criaturas sintieron un miedo tremendo y se escondieron en sus refugios.
Ambos viajaron sobre Ipuki y se dirigieron al lugar donde se originaba esa poderosa energía maligna que los incomodaba tanto.
Dégmon era el único ser que irradiaba una energía maligna tan poderosa.
Lo malo de eso era que muchos podían detectarlo desde lejos.
El sexto sentido de las criaturas nunca fallaba.
Los dragones de clase superior eran fáciles de detectar, a menos que se metiesen en otra dimensión.
Deyevoh estaba cerca, sólo le faltaban unos cuantos kilómetros para llegar.
La poderosa presencia maligna que había sentido se desplazó hacia el centro del continente y tuvo que doblar.
Había estado corriendo sin parar desde que salió de Tranquetobia.
Los dragones fueron a Karnumia, aterrizaron sobre el árido suelo, hallaron una aldea destruida, sin señales de vida.
Estaba más que claro que Daigaku y Mitus Rituá habían estado en ese recinto hacía no mucho tiempo.
El cielo se mantenía cubierto de nubes oscuras y todo estaba seco.
El terreno grisáceo tenía bastante polvo y casi no había árboles en los alrededores.
Vishne notó una importante cantidad de cuervos que descendía sobre una colina pedregosa, no muy pronunciada.
Le avisó a Dégmon y fueron a echar un vistazo.
Al llegar, encontraron los cuerpos, en estado de putrefacción, de los draggies.
Sus órganos ya habían sido comidos, sólo quedaban huesos, cabello y cartílago.
Una lanza dorada atravesaba el cuerpo de Daigaku.
Todo apuntaba a que el asesino aún estaba cerca.
—Señor Dégmon, lo lamento mucho por usted.
Ver esto me provoca náuseas —le dijo el comandante Vakum, quien se encontraba a pocos metros de los cadáveres.
—No permitiremos que ese infeliz se salga con la suya —dijo Vishne y frunció el ceño.
—Hay que eliminarlo —aseveró Dégmon, encrespado de furia—.
Ese grifo merece que lo despedace con mis propias garras.
Me encantará verlo suplicar por su vida.
Gracsen y Karug habían llegado a la zona y vieron las seis figuras de los dragones sobre una colina.
Mantuvieron distancia de ellos para que no los descubrieran.
Sólo querían averiguar de qué se trataba aquella impensada visita.
No se animaban a atacarlos, sabían que eso era un suicidio seguro, tan tontos no eran.
Deimarus se había ido al Oeste, pero al sentir la poderosa presencia de más enemigos, retornó a Karnumia.
Antes de llegar a la aldea, divisó a los nuevos enemigos.
Tenía la sensación de que iba a tener la oportunidad de tener una lucha atroz.
Lo que no sabía era que esa podía ser la última batalla.
Cuando lo vieron, fueron por él sin pensarlo.
Al verlo de frente, imaginaron que ese era el asesino.
Su fría mirada lo delataba a leguas.
—Es él —avisó Vishne.
—Pero si es un grifo común y corriente —agregó el comandante Vakum.
—Si fuese un grifo común y corriente, como usted dice, jamás habría podido matar a Daigaku y a Mitus Rituá —dijo Dégmon—.
Este grifo no es como los que vimos antes.
Algo me dice que no será fácil vencerlo.
—Veamos qué tan cierto es eso —aseveró el comandante Vakum y les hizo una señal a los soldados para que avanzaran.
Pretendía poner a prueba las habilidades de sus más destacados subordinados.
En ese preciso instante, la mirada frígida y penetrante de Deimarus se cruzó con la de Dégmon, fue una confrontación de miradas maléficas, un chispazo entre el grifo más poderoso y el dragón más poderoso.
Ambos amedrentaban con los ojos, ambos eran truculentos y sanguinarios, ambos masacraban por placer, ambos padecían de delirio mesiánico.
No eran tan distintos como creían.
—¡Qué sorpresa!
—exclamó Deimarus—.
Justo cuando comenzaba a aburrirme, aparecieron ustedes.
Temo decirles que este será su último día de vida.
—¿Qué fue lo que dijo?
—preguntó Vishne.
—Nos amenaza con vulgaridades.
No sabe quiénes somos —le respondió Dégmon.
—Es un demente —dijo el comandante Vakum—.
¡Acaben con él!
—dio la orden para que los vasallos acometieran.
Los tres soldados se abalanzaron sobre Deimarus con sus espadas en mano y lo atacaron.
Increíblemente, ninguno de ellos logró tocarlo, ni siquiera un rasguño pudieron hacerle.
Ese grifo se desplazaba con gran agilidad y esquivaba todos los ataques como si fuese un juego.
Al ver lo veloz que era esquivando ataques, Dégmon y Vishne quedaron boquiabiertos.
Parecía que ese sujeto les estaba tomando el pelo.
Deimarus le dio una patada a uno de los soldados y lo lanzó a varios metros.
Le dio un codazo en el cuello a otro y lo empujó con la pierna derecha.
El único que había quedado de pie, lo atacó con una ferocidad tremebunda.
Aun teletransportándose y atacando desde diferentes ángulos, el dragón no podía infligirle daño.
Se sobreexigió como nunca y acabó cansándose al cabo de unos minutos.
Deimarus dio un salto, lo tomó de los hombros y le dio un fuerte cabezazo que acabó fisurándole el cráneo.
Le hundió el puño derecho en el abdomen y lo lanzó como un proyectil.
El cuerpo del soldado se golpeó una gran cantidad de veces contra el suelo y terminó con múltiples fracturas.
Dégmon notó que esa no era más que una nimia demostración de su fuerza.
Ese grifo no estaba luchando con todo su poder, sólo estaba jugando con ellos para infundirles miedo, quería ver qué tan lejos podía llegar.
Los dos soldados, que habían sido derribados anteriormente, volvieron a atacarlo entre ambos.
Deimarus los golpeó con los dos pies tras dar un salto.
Al abrir las piernas, los golpeó a ambos al mismo tiempo.
Le dio un fuerte codazo al que estaba en la izquierda y un puñetazo en el abdomen al que estaba en la derecha.
Ninguno de ellos soportó el dolor y cayeron de rodillas.
Cogió las espadas que estaban en el suelo y con ellas los descabezó.
»¡Hijo de puta!
—gritó y fue por él.
Preparó el hacha de mango largo y lo atacó.
Deimarus se percató de que ese enemigo era mucho más rápido que los anteriores.
Sus ataques eran la mar de veloces.
Recibió un golpe en el esternón con el mango del hacha y sintió un intenso dolor.
El bombeador de sangre casi se le detuvo al recibir semejante impacto de forma directa.
Se desquitó y golpeó al comandante Vakum de tal forma que le reventó todos los órganos internos de un solo golpazo en el tórax.
Vishne y Dégmon intervinieron, se habían cansado de esperar.
Al luchar contra los dos, Deimarus sintió que estaba en desventaja.
Recibió un sinfín de golpes y sintió muchísimo dolor.
Dégmon le dio una fuerte coz y lo lanzó para atrás, en una fracción de segundo, Vishne apareció y le llenó el cuerpo de cates.
Antes de encestarle un ataque mortal, el que introducía un Blikstan en el cuerpo del enemigo, Deimarus le detuvo el brazo con la cola.
Se rio con descaro y notó que su rival no era tan raudo como parecía serlo.
El adalid se lo quitó de encima y trató de lanzar su furia.
Dégmon se le adelantó, en menos de una centésima de segundo, y le tocó el pecho con el dedo índice.
Lo lanzó para atrás con una fuerza colosal.
Concentró su energía y le lanzó un ataque especial, una bola de energía oscura de color rojizo, y creó una enorme explosión cuya onda expansiva fue tan grande que hizo temblar la mitad del continente.
Gracsen y Karug, que estaban a unos cuantos kilómetros de distancia, tuvieron que alejarse antes de que la onda expansiva los alcanzara.
Si esa cosa los tocaba, iban a quedar achicharrados.
El poder de aquella técnica era potente como una bomba nuclear.
En todas las aldeas cercanas se sintió el temblor.
Las criaturas se asustaron mucho y se escondieron bajo tierra.
Un cráter gigantesco había quedado como consecuencia de aquel ataque especial.
Dégmon saltó y caminó hacia el rival.
Sus alrededores irradiaban electricidad de color rojizo.
Ese ataque tenía una temperatura que superaba los cinco millones de grados centígrados.
Era imposible no sentir temor con semejante monstruo enfrente.
Deimarus había quedado completamente quemado, al igual que Deguse Remus cuando fue usado como escudo.
Su cuerpo se regeneró enseguida.
Dégmon y Vishne lo vieron una vez dispersada la nube de polvo y quedaron estupefactos al descubrir que su cuerpo estaba intacto.
Se enfurecieron como nunca antes lo habían hecho.
El grifo se los quedó mirando con una macabra sonrisa que revelaba el frenesí que lo domeñaba.
Concentró toda la energía que tenía y sus plumas rutilaron de nuevo, convirtiéndolo en un grifo de plumaje dorado.
A Dégmon lo rodeó un aura rojiza y atacó a tumba abierta.
Se desplazó en el terreno destruido y golpeó a Deimarus con muchísima fuerza.
Cada golpe que daba sólo hacía que el grifo se burlara.
Vishne estuvo a punto de lanzar la técnica más poderosa de todas, pero antes de hacerlo, Deimarus apareció detrás de él y lo tomó de las escápulas.
Clavó la rodilla derecha en su columna vertebral y le estiró las alas hasta arrancárselas.
Su fuerza bruta había incrementado un montón de un instante a otro.
Al ver esa espantable escena, Dégmon trató de ayudar a Vishne, que había quedado en estado de agonía.
Deimarus se había sobrepasado.
Su cuerpo comenzó a sufrir los efectos del excesivo desgaste y su vista se nubló por un segundo.
Sus plumas perdieron el brillo y volvió a su estado normal.
No comprendía qué era lo que le sucedía.
Su pureza no era suficiente para alcanzar el nivel máximo.
Voló hacia la parte de atrás y cogió la lanza dorada, la misma con la que había empalado a Daigaku.
Retornó al campo de batalla y se preparó para empalar a los rivales.
Sus espadas habían sido destruidas con la explosión, de manera que no tenía con qué defenderse.
Antes de que pudiera lanzarse al ataque, una poderosa presencia maligna apareció de la nada y lo detuvo.
Deyevoh venía desde el Norte.
Usó una técnica especial para dejarlo inmóvil.
Logró ralentizarlo.
Deimarus se esforzaba por caminar y el cuerpo no le respondía, apenas podía moverse.
El híbrido lo apuntaba con la palma de la mano derecha, en señal de detención, mientras esperaba a que los demás acabaran con él.
Dégmon y Vishne aprovecharon la oportunidad y le lanzaron un ataque especial que desintegraba todo lo que tocaba.
Antes de desintegrarse en nonillones de átomos, Deimarus transmitió su consciencia a la pluma de su cabeza, que tanto protegía, y dejó que su cuerpo fuese destruido.
Lo único que quedó de él fue esa pluma y la lanza.
El resto de su cuerpo fue desintegrado en su totalidad.
Dégmon sostuvo a Vishne porque no podía seguir de pie.
Al menos había vengado la muerte de sus dos hijos.
Estaba satisfecho de haber cumplido con la misión.
Por el momento, lo único que le quedaba era regresar a Xeón antes de que más rebeldes aparecieran a molestar.
Lo que había hecho Deyevoh les salvó la vida a los foráneos.
Los dragones retornaron a su continente cuan rápido pudieron.
Deyevoh volvió a Korozina y le contó a Dáikron lo que había sucedido en las afueras de Karnumia.
El rey no podía creer lo que le había dicho.
Supuso que lo mejor era volver a planificar las estratagemas para el próximo ataque.
Los grifos de clase superior comenzaban a volverse una gran amenaza.
Gracsen y Karug fueron los únicos que vieron la última batalla de Deimarus.
Retornaron a sus reinos y contaron todo lo que habían visto.
Para los demás, era difícil creer cómo un simple mortal como Deimarus pudo haber llevado a cabo tamaña hazaña.
Perdió la batalla, pero estuvo cerca de ganarla.
Dégmon y Vishne conocieron en carne propia lo que era estar en una batalla peligrosa, una en la que podían perder la vida.
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