Kompendium - Capítulo 99
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99: XCIX 99: XCIX Luego de varios años, lo que había acaecido en las afueras de Karnumia llegó a oídos de todos, la novedad se extendió como una peste, muchos quedaron asombrados al enterarse de que un grifo de clase superior luchó contra los seres más poderosos del mundo y los humilló en plena batalla.
Tanto Dégmon como Vishne quedaron avergonzados al ver que una criatura común y corriente los había zaherido.
Debido a eso, sumado a todo lo acaecido anteriormente, el odio hacia los grifos incrementó a gran escala.
Para evitar que algo así volviera a suceder, los dragones se propusieron entrenar para incrementar su poder.
No podían aceptar la derrota de ninguna manera.
Si había algo que distinguía a los dragones de clase superior, era la superioridad en el campo de batalla.
Asinurus y Ankirius habían seguido la filosofía de sus padres y ayudaron a los necesitados.
Ambos eran idénticos a sus progenitores, sólo que no eran tan lascivos.
Si bien ninguno de ellos jamás supo qué había sido de sus padres, suponían que, por lo que se decía en las aldeas del continente, Sáurius y Akaliurus habían sido dignos de respeto.
Asinurus, quien había estado viajando de reino en reino en busca de congéneres, llegó al refugio de Baolognia, donde halló a su esposa Nánami.
Su hijo Ziro, futuro comandante de la Fuerza Armada Real, había acabado de cumplir cinco años.
Asinurus se sintió muy feliz de verlo.
Lo malo era que no iba a poder estar mucho tiempo con él.
Tenía miles de cosas importantes que hacer.
Los demás reinos, que habían sufrido la devastación del Ejército Negro, lo necesitaban más que su hijo.
Nánami era una bella grifa de clase Alfha, de escala mayor, cuyo plumaje era grisáceo, sus ojos amarillos y sus rémiges blancas.
Era de carácter apacible y se llevaba bien con todo el mundo.
Asinurus habló con ella sobre lo que tenía planeado hacer antes de retornar.
Todavía tenía un sinfín de misiones que cumplir en las afueras, y mientras tanto, estaría lejos de ella.
Le prometió que volvería por ella y Ziro tan pronto como pudiese, no quería que el polluelo pasara mucho tiempo sin su padre.
La grifa lo tomó entre sus brazos y le dijo que lo amaba con todo el corazón, a lo cual él respondió que la iba a echar de menos durante el viaje.
Sin más nada que decir, Asinurus abandonó el refugio y voló hacia Arkoitenia.
Le tomó unos días llegar hasta allí.
Al menos los cielos ya no eran peligrosos como antes.
Podía volar con libertad, como cualquier ave.
Los sátiros lo recibieron felices y contentos.
Estaban orgullosos de tener un grifo de clase superior en el reino.
Lo bendijeron y le otorgaron su más preciada hospitalidad.
Él sólo buscaba cumplir los Códigos de Honor que había implementado Deimarus.
Aquel sacrificio dignificó la supremacía de su especie.
Incluso había sacerdotes de bajo rango que lo consideraban una figura digna de honor, aun sabiendo que toda su vida fue un ateo empedernido.
Asinurus se encontró con Rázelen, un respetado caudillo de Arkoitenia cuya osadía lo había convertido en una figura imponente, en la plaza principal, adornada con plantas y árboles de toda clase.
Rázelen no lucía físicamente distinto de los demás sátiros.
Llevaba una prolija armadura plateada, una capa rojiza, amuletos de la suerte y una insignia que lo distinguía como autoridad.
Su voz era gruesa y pulcra.
Era temprano y la temperatura se mantenía agradable.
El cielo estaba despejado.
Los pájaros eran libres para volar y cantar.
Una brisa suave soplaba desde el Nordeste.
—Gracias a lo que han hecho sus allegados, podemos decir que estamos en paz de vuelta —dijo Rázelen con alivio.
—La paz no durará mucho.
Dáikron no descansará hasta ver muertos a todos sus opositores —dijo Asinurus.
—Cuando vuelva a atacar, estaremos mejor preparados.
Lo que sucedió la última vez fue imprevisto.
De haber sabido con antelación, las cosas habrían acabado de manera diferente.
—Por eso hay que aprovechar que la tormenta se calmó y fortalecer las aldeas destruidas.
Muchas criaturas lo perdieron todo.
No puedo quedarme tranquilo sabiendo que otros todavía están padeciendo las secuelas de las invasiones.
—En eso estoy de acuerdo —afirmó Rázelen con franqueza—.
Muchas criaturas han emigrado al Sur por miedo a otro ataque inesperado.
Creo que es lo mejor para ellos.
A los dragones les costará mucho llegar tan lejos.
Lo mejor de todo es que tenemos una gran cantidad de refugios donde pueden ocultarse.
—Vivir con miedo, ocultándose por temor a ser atrapado, no es correcto.
Eso es algo que Deimos le había dicho a mi padre.
Él mismo se cansó de estar ocultándose de los invasores y decidió salir a pelear.
Aunque haya muerto, su espíritu aún vive en nuestros corazones.
Su heroicidad es indeleble.
Honestamente, creo que merece la inmortalidad.
—Todo ser digno merece la inmortalidad, aun habiendo cometido errores en vida.
Después de haber conversado con Rázelen, Asinurus se retiró para irse a buscar a otros aliados con quienes pudiese intercambiar palabras, ideas y planes.
Tenía diez mil cosas que hacer y no quería perder más tiempo de lo necesario.
Ese mismo día, las tropas auxiliares, compuestas por sáklios, chacales, ogros y sátiros iniciaron un largo recorrido con vistas a restaurar las cosas.
Debían asistir a las pobres criaturas que habían quedado sin hogar y sin alimento.
Desde Gräfnia y Orlusenia, donde muchos trabajaban como voluntarios, provenían alimentos necesarios para evitar que las demás criaturas muriesen de hambre.
A diferencia de la Raza Destructora, que imponía todo a contrapelo, las demás especies se ayudaban entre sí, no les costaba nada compartir lo que les sobraba con los que carecían de bienes.
Asinurus pensó sobre muchas cosas en el viaje.
Luego de varios años sin parar, yendo de aquí para allá, viendo lo dañado que quedó el continente al recibir la devastadora furia de Dáikron, creyó que podía hacer algo para evitar que cosas así sucedieran en el futuro.
Las invasiones habían exterminado a varias especies, dejando muchísimas aldeas destruidas y una gran cantidad de recuerdos dolorosos.
Al ponerse en el lugar de los que habían perdido a sus familias, vecinos, amigos y compañeros, pensó en fortalecer la seguridad del continente, y no había mejor forma de hacerlo que creando un lugar para entrenar guerreros intrépidos dispuestos a dar todo por los demás.
Fue así como surgió la idea de formar un ejército propio.
Y por más que algunas especies ya contaban con fuerzas armadas, él optó por darle vida a la Fuerza Armada Real, cuyos miembros formarían el Ejército Real, compuesto por grifos de clase Alfha.
Al llegar a las afueras de Rinquesh, Asinurus se rencontró con Ankirius, que era casi un hermano para él.
Su hijo Grárius, quien ya era adolescente, se había quedado en un refugio del Sur.
—Mi amigo Asinurus, qué placer verlo de vuelta.
—El placer es mío.
¿Cómo ha estado usted todo este tiempo?
—Gracias a Ioba, todo ha salido bien.
Aunque me frustra bastante saber que los de nuestra clase son tan pocos —dijo Ankirius, con cierto remordimiento.
—Aún quedan los de clase Alfha.
Y por lo que sé, hay muchos en una aldea del Sur.
—Fysiah es la aldea donde moran los de clase Alfha.
Al menos al estar allá lejos, están más protegidos de los dragones.
—No creo que haya forma de evitarlos.
Los dragones pueden aparecer en cualquier momento.
—Espero que las cosas mejoren y que Dáikron se dé por vencido de una vez.
—Ese infeliz no descansará hasta vernos muertos.
Por eso mismo, se me ocurrió hacer algo —continuó Asinurus—.
Si trabajamos juntos, podremos crear una barrera defensiva que sirva para ayudar a nuestros allegados.
Al ver de cerca el ejército que tienen los sátiros, se me ocurrió que podríamos hacer lo mismo aquí.
Sólo necesitamos un terreno amplio donde podamos preparar a los más jóvenes.
¿Se imagina cómo sería un ejército de grifos de clase Alfha?
—No es mala idea, aunque para ello es necesario un lugar grande, donde haya espacio de sobra.
—¿Cree que a Desheorus le interese darnos una mano?
Desheorus, un grifo de clase superior de plumaje blanco y ojos azules, era el padre de Yolt, quien en ese momento era un jovenzuelo inexperto.
Le encantaba todo lo relacionado a las actividades castrenses, aunque nunca se había metido en ninguna.
Servir en los templos no era lo suyo y no quería que su hijo fuese un mero esclavo del Iobismo cuando podía ser mucho más que eso.
—Yo creo que sí.
Si desea, se lo puedo informar personalmente.
Estoy seguro de que le gustará la idea.
—Esperemos que los enemigos nos den tiempo suficiente para poder construir nuestra fortaleza.
Fue así como los tres grifos de clase superior, decidieron dar inicio a un proyecto glorioso que les tomaría toda su vida desarrollarlo.
Sus hijos iban a tomar sus lugares y ser los encargados del ejército.
Ese mismo día, Asinurus fue a un templo y se encontró con un sacerdote.
Le contó la historia de Deimarus y lo que planeaba hacer en su nombre.
Al sacerdote no le agradaba la idea de santificar a un hereje; en cambio, reconoció a su padre como un ser digno, sin considerar todas las cosas malas que había hecho.
Aceptó que Sáurius y Akaliurus fuesen reconocidos por el dogma como seres honorables.
Se lo informó al bréstimo para que él comunicara sobre ello.
El ushur era el que aprobaba la petición.
Al final, Deimarus no fue reconocido por el Iobismo, pero sí por las fuerzas armadas.
Desde ese día en adelante, su figura pasó a ser importante para los futuros guerreros.
Lo único que quedaba de él era la pluma y la lanza.
Ambas fueron guardadas en un lugar especial.
Un viejo escultor, de muchos años de experiencia, decidió crear una estatua de Deimarus en el corazón de Abantacia, aldea que había quedado deshabitada.
La bella e imponente figura servía para demostrar que había existido y que su inmortalidad era visible a nivel ideológico.
Al igual que había ocurrido con Jarkarus, la figura de Deimarus debía quedar grabada de manera tal que todos supiesen quién había sido.
A fin de cuentas, su nombre cobró sentido, fue tal y como le había dicho el oráculo Rankosh, le dio valor a su nombre.
Asinurus, Ankirius y Desheorus dieron inicio a un gran proyecto, el cual les iba a tomar muchísimo más tiempo de lo que pensaban.
Con el apoyo de sus congéneres, crearon las bases fundamentales para darle vida a la Fuerza Armada Real.
El objetivo era ofrecer protección contra los molestos invasores, en especial contra los dragones que eran los que más daño hacían.
Los futuros soldados de Abantacia debían ser recios como Deimarus.
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