KONMETSU - Capítulo 32
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- Capítulo 32 - 32 KONMETSU-CAPÍTULO 31 COMIENZA EL DÍA
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32: KONMETSU-CAPÍTULO 31: COMIENZA EL DÍA 32: KONMETSU-CAPÍTULO 31: COMIENZA EL DÍA Seiji y Aozora estaban de pie frente a una gran pizarra blanca dentro de la sala de análisis.
El lugar estaba en silencio, iluminado solo por las luces frías del techo.
La pizarra estaba cubierta de fotografías impresas del edificio tecnológico, capturas de las cámaras de seguridad, esquemas del área de servidores y anotaciones escritas con marcador negro y rojo.
Líneas conectaban puntos clave: hora de muerte, ubicación de los cuerpos, manifestación demoníaca, interferencia eléctrica.
Seiji tenía los brazos cruzados, observando cada detalle con el ceño fruncido.
Aozora: «Cuatro trabajadores.
Mismo patrón de muerte.
Sin heridas externas.» Aozora sostenía un marcador y señalaba una de las fotos.
Aozora: «Las muertes ocurrieron en intervalos distintos, pero dentro del mismo perímetro energético.» Trazó un círculo rojo alrededor del área de servidores.
Aozora: «El punto de mayor concentración estaba aquí.» Seiji desvió la mirada hacia otra parte del tablero donde habían anotado: “Demonios de segunda categoría manifestados después escena sin daños estructurales anteriores energía residual difícil de rastrear” Seiji: «Si los demonios eran una distracción eso puede significar que el culpable nos quería hay.» Aozora asintió levemente.
Aozora: «Eso puede ser una teoría.» Seiji levantó la mirada.
Seiji: «Entonces estamos buscando algo que sepa cubrir sus huellas.» Aozora escribió una última frase en la esquina superior de la pizarra: “Entidad superior – posible manipulador”.
El sonido del marcador al deslizarse fue lo único que rompió el silencio.
Seiji respiró hondo.
Seiji: «Y ahora que sabe que estuvimos allí…» Aozora dejó el marcador sobre la bandeja metálica.
Aozora: «También sabe que lo estamos buscando.» Ambos se quedaron frente a la pizarra unos segundos más, analizando cada punto del caso, conscientes de que lo que enfrentaban no era un simple incidente aislado… sino el inicio de algo mucho más grande.
La sala quedó en silencio después del análisis.
Aozora tomó su abrigo con calma.
Aozora: «Nos movemos ahora.
Vamos a buscar el origen antes de que vuelva a actuar.» Seiji, que aún miraba la pizarra, dudó un segundo.
Seiji: «Yo… no podré ir.» Aozora se detuvo a medio paso y giró ligeramente la cabeza.
Aozora: «¿Por qué?» Seiji evitó su mirada por un instante.
Seiji: «Quedé de encontrarme con Hiroto hoy.» El nombre quedó flotando en el aire.
Aozora frunció apenas el ceño.
Aozora: «Esto es una misión.» Seiji asintió.
Aozora: «Y además es tu entrenamiento.» Seiji presionó los labios.
Lo sabía.
Sabía que tenía razón Seiji: «Lo sé.» Hubo un breve silencio.
Seiji respiró hondo antes de continuar Seiji: «Pero ha pasado mucho tiempo desde que estuve con uno de mis amigos… desde ese día.» Su voz bajó ligeramente al mencionar aquello.
Seiji: «He estado tratando de olvidar todo lo que tiene que ver con mi vida anterior.
Pero hoy… solo quiero te un día normal.» Aozora lo observó con atención, evaluando sus palabras más allá de la simple excusa.
Seiji bajó la cabeza un poco.
Seiji: «Lo siento.
Pero tengo que ir.» La habitación quedó en silencio unos segundos.
Aozora no respondió de inmediato.
La pizarra detrás de ellos seguía llena de puntos sin resolver, agarrándoles que la amenaza no esperaba.
Pero esta vez… la decisión estaba en manos de Seiji.
Aozora sostuvo la mirada firme… evaluándolo.
Finalmente, desvió la vista hacia la pizarra.
Aozora: «Ahhh está bien.» Seiji levantó la cabeza, sorprendido.
Aozora: «Iré sola.» Seiji parpadeó.
Seiji: «¿En serio…?» Aozora tomó nuevamente el marcador, lo dejó alineado con precisión sobre la bandeja y luego tomó su abrigo.
Aozora: «No cambiará el hecho de que esto sigue siendo tu responsabilidad.» Seiji sintió una mezcla de alivio y culpa.
Seiji: «Gracias, Aozora.» Ella ya caminaba hacia la salida.
Aozora: «No me agradezcas.
Solo no me hagas que me arrepienta por esto… está bien Shirabe.» Seiji soltó una pequeña sonrisa.
Seiji: «No lo haré.» Se ajustó la chaqueta y caminó hacia la puerta en dirección opuesta a la de ella.
Antes de salir, se detuvo un segundo.
Seiji: «De verdad… gracias.» Aozora no respondió esta vez.
Solo escuchó el sonido de la puerta cerrándose cuando Seiji se marchó para encontrarse con Hiroto.
EN LA CALLE.
Minutos después, Aozora caminaba sola por una calle más apartada de la ciudad, dirigiéndose al punto donde la energía residual era más densa según sus cálculos.
El viento movía ligeramente su cabello mientras avanzaba sin vacilar.
Por un instante, recordó la expresión de Seiji al hablar de su amigo.
Exhaló suavemente.
Pensó en él hace unos meses atrás: frío, distante, completamente enfocado en volverse más fuerte.
Y ahora… Había elegido ir a ver a un viejo amigo.
Aozora entrecerró los ojos mientras caminaba.
Aozora: [¿Cuándo fue que me volví tan suave…?] No había molestia en el pensamiento.
Pero sí algo diferente.
Algo que no terminaba de definir.
Sin detenerse, continuó su camino hacia la posible guarida del “demonio”, lista para enfrentarlo sola.
EN ALGÚN LUGAR.
La tarde estaba despejada cuando Seiji llegó frente a la pequeña cafetería.
El ruido de la ciudad era constante, pero no abrumador.
Hiroto levantó la mano apenas para verlo acercarse.
Hiroto: «¡Seiji!
Pensé que ibas a cancelar ah última hora.» Seiji se acercó con una leve sonrisa.
Seiji: «Lo pensé…» Hiroto soltó una risa sincera.
Hiroto: «Eso es verdad.
Sigues igual.» Seiji: «No soy bueno con eso.» Hiroto: «Nunca lo fuiste.» Los dos se dieron un pequeño choque de puños y comenzaron ah caminar por la cera.
Hiroto: «Entonces… ¿qué ha sido de ti todo este tiempo?
Cambiaste de escuela, de número… en resumen desapareciste.» Seiji: «Pasaron muchas cosas.
Y yo…
necesitaba cambiar de ambiente.» Hiroto lo miró de reojo.
Hiroto: «Eso suena muy genérico.» Seiji: «Lo es.» Hiroto suspiro, pero sonoro.
Hiroto: «Bueno, al menos estás vivo.
Eso ya es algo.» Luego ambos se sentaron en una banca del parque cercano con bebidas en la mano.
Hiroto: «¿Recuerdas cuando Yuto decía que íbamos a formar una banda aunque ninguno de nosotros sabía tocar un instrumento musical?» Seiji dejó escapar una risa suave.
Seiji: «Sí.
Y Kenji insistía en ser el vocalista.» Hiroto: «Si cantaba horrible.» Seiji: «Pero tenía confianza.» Hiroto bajó la mirada un momento.
Hiroto: «Isamu siempre decía que terminaríamos haciendo algo grande juntos.» Seiji admitió levemente.
Hiroto: «Y Haoki…» Los nombres de sus amigos quedaron suspendidos.
Yuto Kenji Isamu Haoki Hiroto respiró hondo.
Hiroto: «Después de lo que pasó… todo cambio.» Seiji guardó silencio.
Hiroto: «Nunca supe qué fue exactamente lo que ocurrió ese día.
Solo dijeron que fue un incidente.
Que estaban en el lugar equivocado en la hora equivocada.» Seiji presionó ligeramente la botella que sostenía.
Hiroto: «Tú estabas ahí también… no.» Seiji: «Sí.» Hiroto: «Y después… tu desapareciste.» El ruido del parque parecía lejano.
Seiji bajó la mirada, viendo el reflejo del cielo en el plástico transparente.
Seiji: «No supe que hacer en ese momento.» Hiroto: «¿Fue tan grave?» Seiji tardó en responder.
Seiji: «No fue fácil similar sus muertes.» Hiroto lo observó con atención.
Hiroto: «Siempre fuiste el más fuerte del grupo.
Pensé que si alguien podía manejarlo eras tú.» Seiji dejó escapar una pequeña exhalación sin humor.
Seiji: «No lo manejé.» Un silencio pesado se formó entre ellos.
Hiroto habló más bajo.
Hiroto: «¿Te culpas?» Seiji no respondió de inmediato.
En su mente volvió aquella imagen.
El suelo manchado.
Y la figura de aquella mujer, de pie, tranquila… como si nada tuviera importancia.
Sus mejores amigos muriendo uno tras otro.
Seiji apretó los puños.
Seiji: «Si hubiera sido más fuerte… tal vez ellos seguirán con vida y…» No terminó la frase.
Hiroto lo entendió igual.
Hiroto: «No puedes cargar con todo eso solo.» Seiji miró al frente.
Seiji: «No es tan fácil.» Hiroto: «Nadie dijo que lo fuera.» El viento movió las hojas sobre ellos.
Hiroto: «Pero siendo sincero me alegro verte hoy.
Aunque no me cuentes todo… al menos sé que sigues aquí.» Seiji lo miró por primera vez directamente.
Seiji: «Gracias por ser mi amigo Hiroto.» Hiroto sonrió levemente.
Hiroto: «Eres mi amigo y a un amigo nunca se le abandona.» Seiji guardó silencio otra vez… pero esta vez no era un silencio vacío.
Era uno lleno de recuerdos, dolor… CAMBIO DE ESCENARIO.
Una antigua estación de tren se alzaba como un esqueleto de concreto y metal oxidado, olvidada por la ciudad y consumida lentamente por el tiempo.
El letrero principal colgaba torcido, apenas sostenido por tornillos corroídos.
Las vías estaban cubiertas de polvo, basura acumulada y maleza que crecía entre los rieles.
Aozora caminaba sola por el andén principal.
Sus pasos resonaban con un eco hueco bajo el techo metálico perforado por años de abandono.
Cada sonido parecía amplificarse en el silencio del lugar.
Las ratas corrían entre bolsas rotas y restos de periódicos viejos.
Algunas cruzaban las vías, otras desaparecían entre grietas en las paredes.
Cucarachas y otros insectos se movían entre la suciedad y la húmeda del suelo, ocultándose en cuanto percibían vibraciones.
Un viejo vagón descansaba inclinado más adelante, con la pintura descascarada y las ventanas rotas.
Las puertas estaban abiertas, balanceándose levemente con el viento que soplaba desde el túnel subterráneo.
Aozora avanzaba sin mostrar incomodidad.
Sus ojos analizaban cada detalle: marcas en el suelo, zonas donde la suciedad estaba alterada, corrientes de aire anormales.
Se detuvo un momento cerca del borde del andén y cerró los ojos.
No era el ruido lo que buscaba.
Era el flujo.
La energía residual en el ambiente no era intensa, pero sí profunda.
No se expandía de forma caótica como la de los demonios que habían enfrentado antes.
Era más estable.
Más calculada.
Como si algo hubiera pasado por allí sin intención de dejar huellas… pero sin poder borrar completamente su presencia.
Aozora abrió los ojos.
El túnel frente a ella se extendía como una boca oscura, tragándose la poca luz que llegaba desde el exterior.
Una corriente de aire frío emergió desde el interior, arrastrando polvo y pequeños fragmentos de papel.
Por un instante, incluso las ratas parecieron disminuir su movimiento.
La estación ya no parecía solo un sitio abandonado.
Aozora descendió de la plataforma hacia las vías con paso firme.
La grava cruzó bajo sus botas mientras avanzaba hacia la oscuridad del túnel.
Sin detenerse.
Sin dudar.
El lugar se había convertido en el posible origen de todo.
Y ella estaba en la lista para encontrarlo.
La oscuridad del túnel se volvía más densa a cada paso.
El sonido de la grava bajo sus botas era lo único constante, hasta que… Otro sonido se mezcla con el eco.
Pasos.
Lentos.
Firmes.
No eran el movimiento irregular de una rata ni el arrastre ligero de insectos.
Eran pisadas claras, medidas, avanzando desde el interior del túnel hacia ella.
Aozora se detuvo.
El viento que corría desde el fondo parecía cambiar de dirección.
Una silueta comenzó a formarse entre la penumbra.
Primero una sombra alta.
Luego la forma de un hombre emergiendo con calma, como si aquel lugar le perteneciera.
Aozora no retrocedió.
Mientras lo observaba, un recuerdo cruzó su mente.
RECUERDO.
Un patio iluminado por la tarde.
Mei apoyada contra la baranda, cruzada de brazos.
Mei: «¿Cómo va el entrenamiento de Seiji?» Aozora, de pie frente a ella, respondió con serenidad.
Aozora: «Ha mejorado.
Su control sigue siendo inestable, pero su potencial es muy alto.» Mei sonrió levemente.
Mei: «Eso suena ah que te estás encariñando con tu alumno.» Aozora no respondió a la provocación.
Después de un momento, fue ella quien cambió el tema.
Aozora: «El demonio que te atacó ese día… puedes describírmelo.» La expresión de Mei se tornó más seria.
Mei: «No era como los demás.
No irradiaba energía de forma salvaje.» Aozora guardó silencio, escuchando.
Mei continuó.
Mei: «Alto.
Delgado.
Movimientos tranquilos.
No parecía tener prisa.» Hizo una pausa breve.
Mei: «Y su mirada… no era la de una criatura irracional.
Era la de una consciente.» Aozora: «¿Sabes su nombre?» Mei asegure apenas.
Mei: «Dijo que lo recordará.
Que pronto todos sabrían.» FIN DEL RECUERDO.
Aozora: «Alto.
Energía comprimida.
Presencia estable.
No actúas por impulso.» El hombre sonrió apenas.
Aozora entrecerró ligeramente los ojos.
Aozora: «Eres el mismo que atacó a Mei.» El silencio se tensó.
Aozora dio un paso firme hacia adelante.
Aozora: «¿Tu nombre es Dalmor no es asi?» El sujeto inclina levemente la cabeza, como si confirmara una cortesía.
Dalmor: «Así es.» Su voz era tranquila.
Segura.
Dalmor: «Me alegra saber que mi nombre ya circula.» Una leve sonrisa cruzó su rostro.
Dalmor: «Al parecer… me he vuelto bastante famoso.» El eco de sus palabras se expandió por el túnel.
Y la verdadera presencia que había drenado a los trabajadores… ahora estaba frente a ella.
El túnel quedó envuelto en un silencio pesado.
El aire parecía comprimido entre ambos.
Dalmor observaba a Aozora con una calma inquietante, como si la estuviera evaluando más allá de lo visible.
Dalmor: «Eres más puntual de lo que imaginaba.» Aozora no reaccionó ante la provocación.
Aozora: «No acostumbro a dejar asuntos inconclusos.» Dalmor ladeó ligeramente la cabeza, casi divertido.
Dalmor: «Eso explica por qué estás aquí sola.» Un leve eco acompañó sus palabras.
Aozora mantuvo la mirada firme.
Aozora: «Ah que te refieres con sola.» Una leve sonrisa cruzó el rostro de Dalmor hubo un breve silencio antes de que él volviera a hablar.
Dalmor: «¿Y dónde está el chico de pelo rosa?» La pregunta cayó con naturalidad.
Aozora repitió lentamente.
Aozora: «¿Chico… de pelo rosa?» Por una fracción de segundo, la imagen de Seiji cruzó su mente.
Su energía inestable.
Su convergencia imperfecta.
El agujero que abrió en el edificio.
Su expresión no cambió, pero su atención se agudizó.
Aozora: «¿Por qué preguntas por Seiji?» Dalmor no respondió de inmediato.
Dio un paso lento hacia un costado, como si simplemente paseara dentro del túnel.
Dalmor: «Curiosidad.» Sus ojos regresaron a ella.
Dalmor: «Eso es todo.» El eco de su voz recorrió las paredes húmedas.
No había burla.
No había amenazado limpiamente.
Solo una calma que hacía que la palabra “curiosidad” sonara más peligrosa de lo que debería.
Aozora no apartó la mirada.
Ahora no solo estaba frente al responsable de las muertes.
También estaba frente a alguien que ya había puesto los ojos en Seiji.
CAMBIO DE LUGAR.
El sol comenzaba a bajar cuando Seiji y Hiroto seguían caminando por la acera, ahora con un ambiente mucho más ligero que al inicio.
Hiroto: «La próxima vez tú eliges el lugar.
Siempre terminamos donde yo digo.» Seiji soltó una pequeña risa.
Seiji: «Porque tú decides antes de preguntar.» Hiroto: «Exacto.
Ah eso se le llama eficiencia.» Caminaron unos pasos más en silencio cómodo.
Hiroto: «Me alegra que vinieras hoy.» Seiji lo miró de reojo.
Seiji: «Yo también.» Hiroto se detuvo en una esquina donde sus caminos se dividían.
Hiroto: «Oye.» Seiji se giró hacia él.
Hiroto: «No desaparezcas otra vez ¿quieres?» Hubo una breve pausa.
Seiji sostuvo su mirada.
Seiji: «No lo haré.» Hiroto: «Entonces volvamos a vernos pronto.» Seiji asintió con firmeza.
Seiji: «Te lo aseguro.» Se dieron un último choque de puños.
Hiroto sonrió.
Hiroto: «Cuídate.» Seiji: «Tú también.» Y así, cada uno tomó un camino distinto.
Seiji avanzó por la avenida principal, mezclándose con la gente que regresaba a casa.
Hiroto dobló por una calle más tranquila, con las manos en los bolsillos.
A varios metros de allí, en un callejón estrecho entre dos edificios, una figura permanecía en las sombras.
Raizen observaba con atención.
Su mirada seguía cada movimiento, cada gesto, como si analizara algo más profundo que una simple conversación entre amigos.
No hacía ruido.
No intervenía.
Solo miraba.
Cuando Seiji y Hiroto se alejaron lo suficiente, Raizen dio medio giro con calma.
Sin prisa.
Sin expresión.
Y se marchó por el fondo del callejón, desapareciendo entre las sombras.
CAMBIO DE LUGAR.
Aozora corria hacia el frente sin titubear, activando su Técnica de Liberación.
Su mano izquierda alteraba la atracción del entorno, distorsionando la presión del espacio; la derecha invertía la fuerza, expulsando todo con violencia controlada.
El suelo se resquebrajó cuando enormes rocas se elevaron, arrancadas como si la gravedad hubiera olvidado su función.
Las piedras salieron disparadas hacia Dalmor.
Él ni siquiera retrocedió.
Extendió su mano con una calma perturbadora.
Las rocas comenzaron a desmoronarse en el aire.
No explotaban, no se rompían… simplemente se deshacían en partículas invisibles antes de alcanzarlo.
Era como si la materia olvidara cómo existir.
Aozora frunció el ceño y aumentó la presión.
Fragmentos de metal cercanos —faroles, señales, restos oxidados— fueron arrancados y comprimidos en una masa densa que lanzó en múltiples trayectorias para rodearlo.
Dalmor giró apenas la muñeca.
El metal se desintegró igual que las rocas.
Ni siquiera llegó a rozarlo.
Aozora se desplazó lateralmente, acelerando, usando su propia fuerza de atracción para impulsarse como si el aire fuera una superficie sólida.
Cada vez que lanzaba algo, él lo borraba del mundo.
Aozora: «Es exactamente como Mei lo describió… Este demonio desintegra todo lo que toca… incluso antes de tocarlo.» Dalmor ladeó la cabeza ligeramente.
Dalmor: «Lo entendiste rápido.» Aozora comprimió el suelo bajo sus pies y salió disparada hacia él, usando su técnica no para lanzar objetos, sino para alterar su propio vector de movimiento.
Apareció a su costado e intentó golpearlo con una onda de expulsión directa.
La energía que liberó se distorsionó frente a la palma de Dalmor.
La presión desapareció.
No fue bloqueada.
Fue anulada.
El espacio entre ambos vibró, y durante un segundo, Aozora sintió cómo su técnica era erosionada antes de manifestarse por completo.
Saltó hacia atrás, evitando el contraataque.
Dalmor avanzó con pasos lentos, dejando que todo lo que rozaban sus dedos se volviera polvo inexistente: el pavimento, un muro, incluso el aire parecía fragmentarse donde él pasaba la mano.
Dalmor: «Tu control del magnetismo es interesante… pero dependes demasiado de lo que te rodea.» Aozora elevó varias capas de escombros a su alrededor como un escudo flotante.
Aozora: «Y tú dependes demasiado de tocar las cosas para poder desintegrarlas.» Dalmor esbozó una sonrisa leve.
Dalmor: «¿Eso crees?» Sin moverse bruscamente, extendió la mano hacia el vacío frente a él.
El escudo de escombros que rodeaba a Aozora comenzó a desintegrarse desde la distancia, como si una frontera invisible avanzara devorándolo todo.
No era un simple contacto físico.
Era como si su técnica definiera un límite absoluto de existencia.
Aozora sintió la presión acercarse.
Saltó hacia atrás otra vez, usando la fuerza de expulsión para impulsarse en diagonal, mientras arrancaba una estructura metálica completa desde el suelo y la comprimía en una esfera densa.
La lanzó con máxima velocidad.
Dalmor dio un paso al frente.
La esfera desapareció a centímetros de su rostro.
Silencio.
El polvo que quedaba flotando en el aire también comenzó a diluirse lentamente, absorbido por el alcance de su técnica.
Aozora apretó los dientes.
Aozora: [Maldición parece que me equivoque no solo desintegra lo que toca… también puede desintegrar todo a su alrededor gracias ah su alcance.] Dalmor la miró fijamente, sin parpadear.
Dalmor: «Con ver tu mirada puedo deducir que ya lo comprendiste no es asi.» El suelo entre ellos se desmoronaba por zonas, creando un campo inestable.
Cada avance de Dalmor convertía el terreno en vacío erosionado.
Cada movimiento de Aozora alteraba la gravedad local para mantenerse a salvo.
La pelea apenas comenzaba.
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