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KONMETSU - Capítulo 33

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  4. Capítulo 33 - 33 KONMETSU-CAPITULO 32 MENTE CERRADA
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33: KONMETSU-CAPITULO 32: MENTE CERRADA 33: KONMETSU-CAPITULO 32: MENTE CERRADA El terreno ya no parecía un campo de batalla… sino un espacio condenado.

Grietas abiertas, estructuras a medias, polvo flotando donde antes había materia sólida.

Aozora respiraba con control forzado, manteniendo activa su Técnica de Liberación mientras medía la distancia.

Dalmor avanzaba.

Lento.

Imparable.

Aozora fue la primera en moverse.

Impulsó su cuerpo usando atracción inversa bajo sus pies y desapareció del suelo, reapareciendo sobre una estructura inclinada.

Con un giro brusco de su mano izquierda, arrancó bloques completos de concreto y los comprimió hasta volverlos proyectiles densos como meteoritos.

Los lanzó en ráfaga.

Dalmor extendió ambas manos.

Dalmor: «Eso es inútil.» Los bloques comenzaron a deshacerse en el aire.

Pero esta vez Aozora no se detuvo ahí.

Con la mano derecha activó expulsión máxima.

Los restos que comenzaban a desintegrarse fueron empujados violentamente, forzando la expansión de la técnica de Dalmor.

La colisión entre ambas energías generó una vibración grave en el ambiente, como si el espacio estuviera siendo forzado a decidir qué regla obedecer.

Dalmor dio un paso atrás por primera vez.

Aozora lo notó.

Aozora: «Entonces sí tiene límite.» Se lanzó directo hacia él.

No le arrojó nada.

No usó objetos.

Usó el aire.

Comprimió la presión atmosférica frente a su puño y la liberó a centímetros del rostro de Dalmor.

La onda distorsionó el espacio.

Dalmor levantó la mano.

La onda comenzó a erosionarse… pero no desapareció por completo.

El impacto lo obligó a deslizarse varios metros hacia atrás, dejando una línea de desintegración en el suelo.

Sus ojos se afilaron.

Dalmor: «Interesante… estás aprendiendo.» Aozora no respondió.

Elevó todo lo que quedaba en pie alrededor: postes, placas de concreto, restos metálicos, incluso fragmentos diminutos de piedra.

Los hizo girar a su alrededor formando un anillo de alta velocidad.

Un campo gravitacional artificial.

Luego lo contrajo.

Todo salió disparado desde múltiples ángulos al mismo tiempo.

Dalmor cerró el puño.

Una expansión invisible brotó desde su cuerpo.

Todo lo que entró en ese rango comenzó a desintegrarse simultáneamente.

Pero la presión gravitatoria de Aozora comprimía los objetos antes de que fueran completamente borrados, forzando fricción entre ambas técnicas.

El aire chilló.

El suelo tembló.

Aozora descendió desde arriba, usando atracción para caer con peso multiplicado, concentrando toda la fuerza en una sola expulsión descendente.

Dalmor alzó la mirada.

Dalmor: «Te acercas demasiado.» Extendió la palma hacia ella.

Aozora sintió cómo su manga comenzaba a desintegrarse en el borde del alcance.

Cortó la atracción en seco y giró el cuerpo, usando expulsión lateral para desviarse apenas unos centímetros.

La onda de desintegración logro rozar su brazo derecho.

Dolor agudo.

Su chaqueta desapareció en esa zona.

Aterrizó rodando y se levantó de inmediato.

Aozora: «Maldición…

apenas me rozo.» Dalmor sonrió.

Dalmor: «Mi técnica define qué puede existir… y qué no.» El suelo bajo Aozora comenzó a deshacerse.

Saltó, impulsándose con violencia hacia una pared que aún seguía intacta.

Con ambas manos alteró la gravedad en direcciones opuestas, creando una distorsión que dobló momentáneamente la trayectoria del avance de Dalmor.

Por primera vez, la expansión de desintegración se deformó.

Dalmor entrecerró los ojos.

Aozora aprovechó ese instante.

Comprimió todo el campo gravitatorio en un solo punto frente a su palma derecha.

No lanzó objetos.

No lanzó aire.

Lanzó presión pura.

Un disparo invisible que dobló el espacio a su paso.

Dalmor extendió ambas manos para desintegrarlo.

El impacto lo alcanzó.

La desintegración erosionó parte de la energía… pero no toda.

La explosión resultante generó una onda que arrasó el terreno restante.

El polvo se elevó en una nube espesa.

Silencio.

Cuando la nube comenzó a disiparse, Dalmor seguía en pie… aunque una parte de su brazo había sido forzada hacia atrás y su expresión ya no era relajada.

Aozora respiraba con dificultad, manteniendo su postura.

Dalmor: «Ahora sí… esto empieza a ser divertido.» Aozora ajustó la posición de sus manos, la izquierda vibrando con atracción concentrada, la derecha lista para expulsión total.

Aozora: «No pienso dejar que sigas borrando todo a tu paso.» El suelo bajo ambos volvió a fracturarse.

Las fuerzas invisibles chocaron otra vez.

Y esta vez… Ninguno estaba probando al otro.

Ambos estaban peleando en serio.

El aire volvió a tensarse tras la explosión.

El polvo aún no terminaba de caer cuando Dalmor desapareció de su posición.

No fue velocidad común.

Fue decisión absoluta.

En un instante ya estaba frente a ella.

Aozora apenas alcanzó a levantar la mano izquierda para alterar la atracción, intentando frenar su avance, pero Dalmor extendió el brazo atravesando la distorsión gravitatoria como si no existiera.

Dalmor: «Si me acerco lo suficiente… tu técnica no importa.» Su palma quedó a centímetros de su torso.

Aozora giró el cuerpo para evitar el impacto directo, pero el borde del alcance la rozó.

Su manga se desintegró al instante.

Luego la piel.

Una línea ardiente recorrió su brazo derecho mientras la materia desaparecía en fragmentos invisibles.

No fue un corte limpio; fue como si su existencia estuviera siendo borrada por capas.

Aozora soltó un grito y rápidamente activó expulsión máxima bajo sus pies.

El suelo explotó hacia abajo y su cuerpo salió disparado hacia atrás varios metros, rodando hasta estabilizarse sobre una losa inclinada.

Se incorporó con dificultad.

Su brazo derecho temblaba.

La tela había desaparecido desde el hombro hasta el antebrazo, y una zona de su piel estaba erosionada, enrojecida y marcada por una herida irregular donde la desintegración alcanzó a morder.

Dolía.

No como un golpe.

Como si el vacío hubiera intentado reclamar una parte de ella.

Dalmor caminó hacia adelante, lento otra vez.

El suelo se deshacía bajo cada paso.

Dalmor: «Te dije que mi técnica define lo que puede permanecer.» Aozora apretó los dientes y sostuvo su brazo herido con la otra mano.

Sentía la vibración residual de la desintegración aún recorriendo el área afectada.

Aozora: «…Si eso me hubiera alcanzado de lleno… mi brazo ya no existiría…

maldición que hago.» Elevó la mirada hacia él, respirando profundo, obligando a su técnica a estabilizar el entorno a su alrededor para evitar que el terreno cediera bajo sus pies.

Dalmor inclinó ligeramente la cabeza al ver la herida.

Dalmor: «Te alejaste a tiempo.

Si te hubieras quedado un poco más de tiempo ese brazo ya seria pura ceniza.» Aozora bajó la vista un segundo hacia su brazo lastimado.

La piel ardía.

La sangre comenzaba a deslizarse lentamente por su antebrazo.

Pero la extremidad seguía ahí.

Seguía existiendo.

Volvió a alzar la mano izquierda.

La gravedad a su alrededor se comprimió, levantando polvo y fragmentos pequeños en un halo irregular.

Aozora: «No pienso dejar que me toques otra vez.» Dalmor sonrió apenas.

Dalmor: «Estamos ver verlo.» El suelo volvió a quebrarse entre ambos.

Y aunque el dolor recorría su brazo… Aozora no retrocedió esta vez.

El dolor en su brazo seguía ardiendo… pero Aozora dejó de mirarlo.

Ahora solo miraba a Dalmor.

Cada respiración.

Cada movimiento de sus dedos.

Cada cambio en la presión del aire cuando su técnica comenzaba a expandirse.

Esta vez no atacó primero.

Esperó.

Dalmor avanzó un paso.

La desintegración comenzó a extenderse en ondas irregulares alrededor de su cuerpo.

Aozora se movió al instante, usando impulsos cortos de expulsión para cambiar de dirección constantemente.

No buscaba atacar; buscaba leerlo.

Dalmor giró la muñeca.

El suelo bajo ella comenzó a deshacerse.

Aozora saltó, comprimió gravedad en el aire y descendió con una patada envuelta en presión.

Dalmor levantó el brazo; la onda se erosionó al contacto.

Ella giró sobre sí misma, usando atracción lateral para desplazarse detrás de él.

Dalmor extendió la mano sin mirar.

La desintegración se expandió hacia atrás.

Aozora se detuvo en seco y retrocedió apenas lo suficiente para que el borde del alcance no la tocara.

Respiraba agitado.

Aozora: «Esa técnica sí que es un maldito fastidio…» No importaba desde qué ángulo atacara.

No importaba cuánta presión usara.

Mientras existiera ese rango invisible, todo era borrado antes de impactar.

Dalmor avanzó otra vez, más rápido ahora.

Aozora lo enfrentó directamente.

Intercambiaron movimientos cerrados: ella lanzando ondas comprimidas a corta distancia, él extendiendo la palma para erosionarlas.

Cada choque generaba vibraciones violentas, el aire temblando como vidrio a punto de romperse.

El brazo herido le ardía cada vez que forzaba la energía.

Retrocedió unos metros, respirando con fuerza.

Dalmor caminó hacia ella sin prisa.

Dalmor: «Veo que te estás quedando sin opciones.» Aozora apretó los dientes.

Su técnica manipulaba fuerzas externas.

Objetos.

Presión.

Trayectorias.

Pero la desintegración no parecía afectar energía pura de inmediato… afectaba materia.

Sus ojos se abrieron levemente.

Pensó en el momento en que su manga desapareció.

Pensó en cómo la erosión comenzó desde la superficie.

Materia.

No energía.

Aozora: [… ¿Ummm me pregunto qué pasaría si…?] Bajó la mirada hacia su mano.

¿Qué pasaría si en lugar de usar su energía ánima para manipular el entorno… La usaba para cubrirse?

Si envolvía su cuerpo completamente con su propia energía, creando una capa densa, compacta… algo que no fuera materia física directa.

Dalmor dio otro paso.

Aozora inhaló profundo.

Y lo hizo.

La energía ánima comenzó a fluir desde su núcleo hacia la superficie de su piel.

No como un aura dispersa, sino como una capa comprimida, ajustada a su cuerpo.

Una segunda piel invisible, vibrando con gravedad contenida.

El aire a su alrededor se distorsionó.

Dalmor entrecerró los ojos.

Dalmor: «¿Qué estás haciendo?» Aozora levantó la mirada.

Aozora: «Probando algo.» Se impulsó hacia adelante.

No lanzó nada.

No creó proyectiles.

Corrió directamente hacia él.

Dalmor extendió la mano para desintegrarla.

El borde de su técnica tocó la capa de energía ánima que la cubría.

Hubo fricción.

Una vibración intensa.

La energía comenzó a erosionarse… pero no desapareció de inmediato.

Aozora apretó los dientes y aumentó la densidad de la capa.

Atravesó el rango.

Dalmor abrió ligeramente los ojos.

Por primera vez… Ella estaba dentro.

Aozora giró el torso y concentró expulsión máxima en su puño derecho, manteniendo la cobertura energética firme.

El golpe impactó directo en el rostro de Dalmor.

La explosión de presión dobló el aire.

El sonido fue seco.

Contundente.

Dalmor salió disparado varios metros hacia atrás, atravesando una estructura ya debilitada y rodando entre escombros que no llegaron a desintegrarse de inmediato por la interrupción de su concentración.

Silencio.

El polvo se elevó lentamente.

Aozora permanecía de pie, su cuerpo aún envuelto en la capa de energía vibrante, respirando con fuerza.

Miró su mano.

Luego al lugar donde Dalmor había caído.

Aozora: «…Al parecer tenía razón y mi teoría era correcta.» La energía pura podía resistir lo suficiente.

Y eso… Cambiaba completamente la pelea.

El polvo aún flotaba cuando Dalmor se levantó lentamente de entre los escombros.

Ya no sonreía.

La sangre que corría desde su labio desapareció al instante bajo su propia técnica, como si incluso su herida se negara a permanecer.

Sus ojos ya no tenían rastro de burla.

Dalmor: «Ya veo…» Se incorporó por completo cambiando su expresion por completo.

Dalmor: «Entonces dejaré de jugar.» La presión en el ambiente cambió.

No fue una expansión común de su técnica.

Fue densidad.

El rango de desintegración dejó de sentirse como ondas dispersas y se convirtió en un dominio compacto, estable, extendiéndose a su alrededor como un territorio absoluto.

Aozora reforzó la capa de energía ánima que cubría su cuerpo.

Sabía que ahora no habría margen de error.

Dalmor desapareció.

Aozora apenas logró cruzar los brazos cubiertos de energía frente a su cuerpo cuando él apareció encima de ella.

La palma descendió.

El impacto contra su capa energética generó una explosión brutal que fracturó el suelo de la estación completa.

Columnas se partieron.

El techo crujió.

Aozora fue lanzada contra una pared, atravesándola.

Se levantó de inmediato.

Se impulsó hacia adelante.

Golpeó.

Dalmor bloqueó con el antebrazo; la energía comprimida explotó a su alrededor, arrancando estructuras completas.

Vagones abandonados fueron arrancados del suelo por la distorsión gravitatoria y lanzados como proyectiles masivos.

Dalmor extendió ambas manos.

Los vagones comenzaron a desintegrarse en pleno vuelo, pero Aozora ya estaba encima de él, alterando la gravedad en múltiples direcciones al mismo tiempo.

El suelo se levantó.

El techo colapsó.

La estación entera comenzó a venirse abajo.

Dalmor la tomó del hombro; la capa de energía ánima chisporroteó mientras la desintegración intentaba atravesarla.

Aozora gritó y liberó expulsión máxima a quemarropa.

La explosión los separó violentamente.

Una columna gigante cayó entre ambos.

Dalmor emergió atravesándola, borrando la estructura a su paso.

Dalmor: «Tu energía ya me está comenzando ah molestar.» Su tono era frío.

Plano.

Sin rastro de diversión.

Extendió ambas manos hacia el suelo.

La desintegración se expandió en una ola masiva.

El pavimento completo comenzó a desaparecer en bloques enteros.

Aozora saltó mientras el terreno bajo sus pies dejaba de existir.

Usó atracción para sostenerse en el aire, comprimiendo escombros gigantes en una esfera colosal.

La lanzó con todo lo que le quedaba.

Dalmor no intentó esquivarla.

Avanzó directo.

La esfera comenzó a desintegrarse… pero Aozora aumentó la compresión hasta el límite.

La fricción entre ambas técnicas generó una detonación ensordecedora.

El techo final de la estación colapsó.

Hierro retorcido.

Concreto pulverizado.

Polvo cubriéndolo todo.

El impacto lanzó ah ambos en direcciones opuestas.

Silencio.

Solo sonido de estructuras cayendo.

Cuando el polvo comenzó ah asentarse… ya no quedaba la estación.

Solo ruinas.

Aozora estaba de rodillas, su capa de energía desvaneciéndose por agotamiento.

Su brazo herido sangraba más.

, Tenía cortes en el rostro.

La respiración le temblaba.

A varios metros, Dalmor se mantenía de pie.

Su ropa estaba parcialmente destruida.

Su mirada era fría.

Seria.

Pero no avanzó.

Ambos se observaron entre el humo y la destrucción.

Aozora intentó ponerse de pie completamente.

t Su cuerpo le dolía con cada movimiento que intentaba dar.

Sabía algo con claridad.

No lo había exterminado.

Y él tampoco había podido atravesarla por completo.

Dalmor dio un paso hacia adelante.

Luego se detuvo.

Dalmor: «La próxima vez… terminaré esto.» Aozora sostuvo su mirada, aunque sus piernas temblaban.

No respondió.

El viento atravesó las ruinas.

Después de unos segundos, Dalmor se dio la vuelta y comenzó a alejarse entre los restos destruidos hasta desaparecer en la distancia.

Aozora permaneció inmóvil unos instantes más.

Miró el desastre.

La estación completamente reducida a escombros.

Luego miró su brazo.

La herida.

La sangre.

El desgaste en su energía.

Aozora: «…No fue suficiente.» Respiró hondo.

Desactivó por completo su técnica.

Y, sin mirar atrás, comenzó a caminar entre las ruinas.

Paso a paso.

Alejándose.

Con el cuerpo dañado.

Con la certeza de que la pelea no había terminado realmente.

El humo aún se alzaba en columnas delgadas desde lo que alguna vez fue la estación.

Aozora avanzó entre montañas de concreto quebrado y rieles retorcidos.

Cada paso levantaba polvo.

El silencio era pesado, apenas interrumpido por el crujido de estructuras que terminaban de colapsar a lo lejos.

No salió por la entrada principal.

Esa ya no existía.

Se abrió paso por un túnel lateral medio derrumbado, apartando restos con pequeños impulsos de expulsión controlada.

La luz del exterior comenzó a filtrarse entre las grietas, iluminando su silueta herida.

Finalmente cruzó el límite de las ruinas.

El aire fresco golpeó su rostro.

Aozora se detuvo unos metros más adelante, lejos del desastre, y bajó la mirada hacia su brazo derecho.

La herida seguía marcada, irregular, como si una parte de ella hubiera sido arrancada del mundo y devuelta a medias.

La sangre ya no fluía con fuerza, pero el dolor persistía.

Flexionó los dedos lentamente.

Aozora: «…Tengo que ir a que lo traten.» Sabía que si la desintegración había dejado residuos de energía, no podía ignorarlo.

Forzó una respiración profunda, estabilizando lo que quedaba de su ánima.

Pero entonces… Un pensamiento regresó.

Claro.

Inoportuno.

La voz de Dalmor.

[“¿Dónde está el chico de pelo rosa?”] Se detuvo.

Sus ojos se entrecerraron apenas.

Aozora: «…¿Por qué preguntó por Seiji?» La duda se instaló en su mente como una grieta invisible.

No había sido una pregunta casual.

No con esa mirada.

No en medio de todo.

Pensó en Seiji.

En su forma de pelear.

En su energía.

En lo que podría significar para alguien como Dalmor.

Pero no encontró respuesta.

Solo incertidumbre.

Aozora apretó ligeramente el puño sano.

Aozora: «…No importa.» Si Dalmor lo buscaba… No sería por algo insignificante.

Sin poder descifrarlo, sin tener aún las piezas completas, decidió una sola cosa: Debía recuperarse primero.

Giró sobre sus talones y comenzó a alejarse por el camino que bordeaba las ruinas, perdiéndose entre las sombras de la ciudad.

Detrás de ella, la estación terminó de colapsar con un estruendo lejano.

Y en su mente, una pregunta quedó suspendida.

[¿Por qué Seiji?] Sin respuesta.

Por ahora.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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