KONMETSU - Capítulo 34
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- Capítulo 34 - 34 KONMETSU-CAPITULO 33 LA MALDAD DE LAS PERSONAS
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34: KONMETSU-CAPITULO 33: LA MALDAD DE LAS PERSONAS.
34: KONMETSU-CAPITULO 33: LA MALDAD DE LAS PERSONAS.
El patio de la escuela estaba lleno del murmullo habitual del mediodía.
Estudiantes caminaban de un lado a otro, algunos sentados bajo la sombra de los árboles, otros apoyados en las barandas del segundo piso .
El sol caía directo sobre el concreto, calentándolo todo, pero el ambiente era tranquilo.
Hiroto estaba sentado en uno de los bancos del patio junto a tres amigos.
Tenían las mochilas a un lado y hablaban sin mucha preocupación, riéndose por cosas simples: un examen difícil, un profesor exagerado, un rumor que corría por los pasillos.
Hiroto se veía relajado.
Apoyado hacia atrás, con los brazos descansando sobre el respaldo del banco, escuchaba mientras uno de sus amigos contaba una historia con dramatización innecesaria.
Otro intentaba corregir detalles entre risas.
El cuarto solo negaba con la cabeza, sonriendo.
Por un momento, todo era normal.
Hasta que el ambiente cambió.
No fue un ruido fuerte.
Fue el silencio que empezó a formarse alrededor.
Algunos estudiantes dejaron de hablar.
Otros desviaron la mirada discretamente.
Desde el extremo del patio, un grupo de tres chicos mayores se acercaba con paso lento y seguro.
No llevaban prisa.
No la necesitaban.
Uno de ellos empujó ligeramente a un estudiante que iba pasando, solo porque estaba en el camino.
Otro soltó una risa burlona.
Hiroto los vio antes de que llegaran.
Su expresión cambió apenas.
No miedo visible.
Pero sí tensión.
Sus amigos también lo notaron.
El grupo se detuvo frente a ellos.
El más alto inclinó la cabeza, observándolos como si evaluara algo insignificante.
Chico 3: «Vaya… miren quiénes están aquí.» Uno de los amigos de Hiroto bajó la mirada.
Otro apretó los labios.
Sin previo aviso, uno de los abusadores pateó una de las mochilas, lanzándola al suelo.
chico 2: «¿Qué hacen tan tranquilos?
—añadió otro cruzándose de brazos—.
¿No deberían estar agradeciendo que los dejamos sentarse aquí?» La risa que siguió no fue fuerte, pero sí lo suficientemente incómoda.
Hiroto se puso de pie despacio.
No dijo nada todavía.
Pero su postura ya no era relajada.
El patio entero parecía observar sin querer involucrarse.
Y lo que había comenzado como un día común… acababa de volverse tenso.
El silencio en el patio se volvió incómodo.
Los tres abusadores se quedaron frente a ellos, bloqueando cualquier salida directa.
Chico 1: «¿Qué pasa?
¿Se quedaron mudos de repente?» Uno de los amigos de Hiroto intentó recoger su mochila del suelo, pero Chico 2 la empujó otra vez con el pie.
Chico 2: «Cuando hablamos, no se muevan.» Chico 3 soltó una risa corta mientras miraba a los cuatro de arriba abajo.
Chico 3: «Siempre sentados aquí como si fueran importantes.» Hiroto permanecía de pie, serio.
Chico 1 dio un paso más cerca.
Chico 1: «Hoy estamos de buen humor.
Así que lo haremos simple.» Miró a los otros tres chicos.
Chico 3: «Lárguense… y dejen todo su dinero.» El tono dejó de ser burlón.
Era directo.
Uno de los amigos de Hiroto tragó saliva.
Amigo 1: «N-nosotros no—» Chico 2 lo interrumpió con un empujón leve en el pecho.
Chico 2: «No hagan esto más difícil.» Hubo unos segundos de tensión.
Temblando, el primer amigo sacó el poco dinero que tenía del bolsillo y lo dejó en el banco.
El segundo lo imitó.
El tercero dudó… pero también dejó unas monedas y un billete arrugado.
Chico 3 recogió el dinero con una sonrisa satisfecha.
Chico 3: «Así me gusta.» Pero Hiroto no se movió.
Seguía de pie.
Con las manos a los costados.
Chico 1 inclinó la cabeza.
Chico 1: «¿Y tú?» Silencio.
Chico 1 dio un paso más cerca.
Chico 1: «¿Por qué no lo haces?» Hiroto no respondió.
No bajó la mirada.
No entregó nada.
Los ojos del líder se endurecieron.
Chico 1: «¿Te crees valiente?» Hiroto permaneció callado.
Los tres comenzaron a rodearlo lentamente.
Chico 2: «Parece que quiere atención.» Chico 3 miró a los otros chicos.
Chico 3: «Ustedes.
Lárguense.» Amigo 2: «Pero—» Chico 1 dio un paso hacia ellos.
Chico 1: «¿Quieren acompañarlo?» Los tres amigos miraron a Hiroto.
Él sostuvo su mirada un segundo.
No dijo nada.
Pero su expresión era clara.
Váyanse.
Dudaron.
El ambiente pesaba como una losa.
Finalmente, uno de ellos retrocedió.
Luego otro.
Y el tercero salió corriendo detrás de los demás.
El patio fingía no ver nada.
Chico 2 sonrió.
Chico 2: «Qué buen amigo eres.» Chico 1 empujó a Hiroto del pecho.
Chico 1: «Última oportunidad.» Hiroto no respondió.
El primer golpe llegó directo al estómago.
El aire salió de sus pulmones de golpe.
El segundo fue al rostro.
Retrocedió un paso, pero no cayó.
Chico 3 lo golpeó por el costado.
Luego otro.
Y otro.
Los tres comenzaron a golpearlo sin pausa, empujándolo contra el suelo.
Patadas, puñetazos, empujones.
Hiroto se cubría como podía, apretando los dientes, soportando en silencio.
El ruido no era fuerte.
Pero la violencia sí lo era.
Y nadie intervenía.
ORGANIZACIÓN GOKUMON KINKA.
Pasillos amplios, paredes sobrias, miembros moviéndose de un lado a otro con documentos y reportes.
El ambiente tenía esa tensión silenciosa que siempre precedía ah algo grande… aunque ese día parecía estable.
Seiji caminaba por el corredor principal después de terminar su entrenamiento cuando la vio al fondo.
Aozora avanzaba con paso firme, pero ligeramente más lento de lo normal.
Su brazo derecho estaba vendado desde el hombro hasta el antebrazo.
La tela blanca contrastaba demasiado con su postura normalmente impecable.
Seiji frunció el ceño y aceleró el paso hasta alcanzarla.
Seiji: «¿Aozora qué fue lo que te pasó en el brazo derecho?» Aozora no se detuvo.
Aozora: «Tranquilo no fue nada.» Seiji la miró de reojo.
Seiji: «Eso no parece “nada”.» Ella suspiró levemente, como si la pregunta fuera una molestia menor.
Aozora: «Encontré al responsable.» Seiji se quedó en silencio un segundo.
Seiji: «¿Al responsable?
acaso hablas el que mato ah los trabajadores.» Aozora asintió apenas.
Aozora: «Lo exterminé.» Mentira.
Su expresión no cambió, pero dentro de ella la imagen de Dalmor de pie entre las ruinas seguía intacta.
Seiji bajó la mirada hacia las vendas.
Seiji: «¿Y eso?» Aozora levantó el brazo ligeramente, restándole importancia.
Aozora: «Solo me dio uno que otro problema antes de exterminarlo.» Seiji la observó unos segundos más, como si intentara leer algo detrás de sus palabras.
Pero ella no le dio nada más.
Aozora: «Creeme esto no es grave.
Además ya me revisaron.» Seiji finalmente apartó la mirada.
Seiji: «…Está bien.» Caminaron juntos el resto del pasillo.
Otros miembros pasaban junto a ellos, algunos saludando con la cabeza, otros demasiado ocupados para notar el vendaje.
El día continuó.
Reportes entregados.
Entrenamientos supervisados.
Conversaciones breves en salas estratégicas.
Aozora mantuvo su compostura en todo momento, aunque cada movimiento del brazo le recordaba la verdad que no había dicho.
Seiji, por su parte, no volvió a mencionar el tema.
Pero en su mente quedó una pequeña duda.
Y mientras el sol comenzaba a caer detrás de las ventanas altas de la organización… El día siguió como si nada hubiera ocurrido.
2:23 PM.
El lugar era silencioso, apenas iluminado por una farola que parpadeaba de vez en cuando.
Hiroto tenía el labio partido.
Un moretón comenzaba a formarse en su mejilla.
Sus nudillos estaban raspados, aunque no por haber golpeado… sino por haber intentado cubrirse.
Miraba al suelo, con los codos apoyados en las rodillas, respirando despacio para que el dolor no se notara tanto.
Entonces, una voz sonó detrás de él.
Raizen: «Veo que te volvieron a dar una golpiza.» Hiroto no se sobresaltó.
No giró de inmediato.
Solo cerró los ojos un segundo.
Raizen estaba apoyado contra la pared, unos pasos detrás, parcialmente cubierto por la sombra.
Sus brazos cruzados, su mirada fija en la espalda de Hiroto como si hubiera estado ahí desde hacía rato.
Hiroto habló sin mirarlo.
Hiroto: «¿Cuánto tiempo llevas detrás de mí?» Raizen inclinó ligeramente la cabeza.
Raizen: «Lo suficiente.» Hiroto soltó una pequeña risa seca que terminó en una mueca de dolor.
Hiroto: «Entonces viste todo.» Raizen no respondió de inmediato.
El silencio fue confirmación suficiente.
La farola volvió a parpadear.
Raizen: «Pudiste haberte defendido, pero no lo hiciste.» Hiroto apretó ligeramente los puños sobre sus rodillas.
Hiroto: «No valía la pena.» Raizen descruzó los brazos y dio un paso hacia adelante, saliendo un poco más de la sombra.
Raizen: «Siempre dices eso.» Hiroto finalmente giró el rostro apenas lo suficiente para verlo por el rabillo del ojo.
Hiroto: «¿Y qué querías que hiciera?» El viento pasó entre los edificios, arrastrando polvo por el suelo.
Raizen lo observó en silencio unos segundos más.
La tensión no estaba en los golpes.
Estaba en lo que Hiroto seguía conteniendo.
La farola volvió a parpadear, dejando sus sombras moverse sobre la pared agrietada.
Raizen se quedó observándolo unos segundos más antes de hablar.
Raizen: «¿Y ya lo pensaste bien?» Hiroto no respondió de inmediato.
Se limpió con el dorso de la mano la sangre seca del labio y miró al frente.
Hiroto: «…¿Pensar qué?» Raizen dio otro paso, quedando ahora a su lado, pero ligeramente detrás.
Raizen: «Cuánto más vas a dejar que esto siga.» Hiroto soltó una risa amarga.
Hiroto: «No todo se arregla golpeando más fuerte.» Raizen lo miró de perfil.
Raizen: «No hablo solo de golpes.» Silencio.
El viento volvió a soplar entre los callejones.
Hiroto frunció el ceño.
Hiroto: «Déjame preguntarte algo.» Raizen lo miró sin cambiar la expresión.
Hiroto: «¿Cómo una persona puede tener… poderes?» La palabra le salió rara.
Insegura.
Raizen sostuvo su mirada unos segundos.
Luego, sin responder directamente, levantó lentamente su mano izquierda frente a él.
La abrió.
La piel de su palma comenzó a oscurecerse, como si algo se moviera debajo.
Una vibración leve recorrió el aire.
Desde el centro de su mano empezó a formarse algo… primero una masa irregular, luego extremidades delgadas, húmedas, retorcidas.
En cuestión de segundos, una criatura grotesca emergió parcialmente desde su palma: pequeña, deforme, con múltiples ojos diminutos que se abrían y cerraban sin sincronía, una boca torcida que parecía no estar bien formada y una piel que se movía como si respirara por sí sola.
No era grande.
Pero era antinatural.
Hiroto se levantó de golpe y retrocedió varios pasos.
Hiroto: «¿¡Qué es esa cosa!?» Su voz se quebró un poco.
La criatura soltó un sonido bajo y desagradable, moviendo una especie de apéndice como si buscara algo.
Raizen la sostuvo con total calma.
Raizen: «Esto… es una manifestación.» Hiroto no apartaba la mirada, mezcla de miedo y fascinación.
Hiroto: «¿La tienes… en la mano?» Raizen cerró ligeramente los dedos y la criatura dejó de moverse, quedando suspendida como una extensión viva de su palma.
Raizen: «El poder no aparece porque sí.» Hiroto tragó saliva.
Hiroto: «Entonces… ¿eso significa que cualquiera puede hacerlo?» Raizen desvió la mirada hacia él.
Raizen: «No cualquiera.» La criatura abrió todos sus ojos al mismo tiempo.
Hiroto dio otro paso atrás, claramente alterado.
Hiroto: «¿Qué es esa cosa que tienes en tu mano?» Raizen sostuvo su mirada.
Y por primera vez, en su expresión no había burla.
Solo una pregunta silenciosa.
Raizen: «¿Estás listo para saberlo?» Raizen cerró completamente la mano.
La criatura se deshizo en una masa oscura que fue absorbida de nuevo por su palma, como si nunca hubiera existido.
El callejón quedó en silencio otra vez.
Hiroto todavía estaba tenso.
Raizen comenzó a caminar.
Sin mirar atrás.
Después de unos segundos, Hiroto lo siguió.
Caminaron uno al lado del otro, el sonido de sus pasos resonando contra las paredes estrechas.
Raizen: «Lo que viste… se llama Técnica de Liberación.» Hiroto frunció el ceño.
Hiroto: «¿Liberación…
de qué?» Raizen metió las manos en los bolsillos mientras avanzaban.
Raizen: «Del alma.» Hiroto lo miró como si acabara de decir algo absurdo.
Hiroto: «No entiendo de qué hablas.» Raizen exhaló lentamente.
Raizen: «Escucha bien todos tienen algo dentro.
Una energía que no es física.
No es músculo.
No es fuerza común.» Se detuvo bajo la luz tenue de otra farola.
Raizen: «Ah eso se le llama energía ánima.» Hiroto permaneció en silencio.
Raizen continuó.
Raizen: «La energía ánima proviene directamente del alma.
Y cada alma es diferente.» Hiroto: «¿Diferente cómo?» Raizen levantó la mirada hacia el cielo oscuro.
Raizen: «Las experiencias.
El carácter.
Los deseos.
El miedo.
La furia.
La convicción y todo lo demás que conforma al ser humano.» Bajó la mirada hacia él.
Raizen: «Todo eso moldea el alma.
Y como cada alma es única… la técnica que nace de ella también es unica.» Hiroto recordó la criatura.
Hiroto: «Entonces… eso que hiciste…» Raizen: «Es la manifestación de mi alma.» Hiroto tragó saliva.
Hiroto: «¿Y todos pueden hacer eso?» Raizen negó levemente con la cabeza.
Raizen: «Todos poseen energía ánima.
Pero no todos pueden despertarla oh comprenderla.» Comenzaron a caminar otra vez.
Raizen: «Una Técnica de Liberación ocurre cuando alguien rompe el límite que mantiene su alma contenida.» Hiroto: «¿Rompe el límite?» Raizen: «Cuando algo dentro de ti cambia.
Cuando decides no seguir siendo el mismo.» El silencio se hizo pesado.
Hiroto bajó la mirada a sus manos.
Moretones.
Raspones.
Rabia contenida.
Hiroto: «Y si alguien la despierta… ¿qué pasa?» Raizen lo miró de reojo.
Raizen: «Su alma toma forma…» Una pausa.
Raizen: «Y esa forma… puede destruir y ser caótica.» El viento cruzó la calle.
Hiroto respiró más profundo.
Hiroto: «Entonces cada técnica es diferente… porque cada alma lo es.» Raizen asintió.
Raizen: «Exacto.» Se detuvo frente a una intersección oscura.
Raizen: «Nadie puede copiar la Técnica de Liberación de otro.
Porque nadie puede tener su alma.» Hiroto levantó lentamente la mirada.
Una mezcla de miedo.
Curiosidad.
Y algo más comenzaba a formarse en su interior.
Hiroto: «… ¿Y cómo puedo despertar la mía?» Raizen lo observó en silencio unos segundos.
Raizen: «Eso déjamelo ah mí.» La tarde caía con un tono anaranjado sobre el sendero que bordeaba el rio.
Las hojas se movían suavemente con el viento y el ruido lejano de la ciudad apenas llegaba hasta ahí.
Hiroto caminaba solo.
Las manos en los bolsillos.
Los audífonos puestos.
La música amortiguaba el mundo exterior, creando una burbuja donde no existían golpes, ni burlas, ni miradas que evitar.
Su expresión era neutra.
Incluso tranquila.
El sendero estaba casi vacío.
No escuchó los pasos detrás de él.
No vio las sombras acercarse.
De repente— Un golpe seco impactó la parte trasera de su cabeza.
El sonido fue sordo.
Los audífonos salieron despedidos mientras su cuerpo se tambaleaba hacia adelante.
Cayó de rodillas, desorientado, la vista borrosa por unos segundos.
La música se cortó.
Una risa conocida resonó detrás de él.
Chico 1: «Deberías tener más cuidado cuando caminas solo.» Hiroto intentó enfocarlos mientras se sostenía la cabeza.
Chico 2 recogió uno de los audífonos del suelo y lo dejó caer otra vez con desdén.
Chico 2: «Qué tranquilo ibas…» Chico 3 se cruzó de brazos frente a él.
Chico 3: «Parece que no aprendiste nada.» Hiroto apretó los dientes, intentando levantarse, pero Chico 1 lo empujó de nuevo al suelo con el pie en el hombro.
Chico 1: «Te dijimos que no nos mires así.» El mundo todavía le daba vueltas por el golpe.
Chico 2 se inclinó un poco hacia él.
Chico 2: «En serio… ten más cuidado.» Chico 3 soltó otra risa.
Chico 3: «No siempre estaremos de buen humor.» Hiroto permanecía en el suelo, respirando con dificultad, la mano aún en la parte trasera de su cabeza.
El atardecer seguía siendo hermoso.
Pero el sendero ya no se sentía tranquilo.
Hiroto intentó incorporarse apoyándose en una mano, todavía aturdido por el golpe en la cabeza.
Chico 2 le dio una patada leve en el costado, más para humillarlo que para dañarlo.
Chico 2: «Míralo… ni siquiera puede caminar derecho.» Chico 3 tomó uno de los audífonos del suelo y lo lanzó hacia el sendero de tierra.
Chico 3: «¿Esa música te hace sentir fuerte o qué?» Hiroto respiró hondo.
Le dolía la cabeza, el orgullo, todo.
Intentó levantarse otra vez.
Chico 1 lo empujó con el pie en el pecho.
Chico 1: «Quédate ahí.» Hiroto apretó los dientes.
Hiroto: «…Déjenme en paz.» Hubo un silencio breve.
Chico 1 dejó de sonreír.
Se agachó frente a él, quedando cara a cara.
Chico 1: «¿Qué dijiste?» Hiroto lo miró, con furia contenida.
Chico 1 inclinó la cabeza, acercándose más.
Chico 1: «Repítelo.» Hiroto abrió la boca para hablar— Pero el golpe llegó antes.
El puñetazo impactó directo en su rostro, girándole la cabeza con violencia.
Su cuerpo perdió el equilibrio y rodó por el borde del sendero.
La tierra cedió bajo él.
Cayó por la pendiente cubierta de piedras y raíces, rodando sin poder detenerse hasta llegar al suelo húmedo junto al río.
El impacto final le sacó el aire.
Quedó boca arriba, mirando el cielo que ya comenzaba a oscurecerse.
Arriba, las siluetas de los tres aparecieron en el borde.
Luego comenzaron a bajar con cuidado por la pendiente.
Chico 2: «Vaya caída.» Chico 3: «Ni siquiera tuvimos que empujarlo tanto.» Chico 1 fue el primero en llegar abajo.
Se colocó frente a Hiroto, que aún estaba en el suelo intentando recuperar la respiración.
Los otros dos se posicionaron a los lados, bloqueando cualquier salida.
Chico 1 lo miró desde arriba.
Chico 1: «Te dije que tuvieras cuidado.» El sonido del río corriendo era lo único constante.
Hiroto permanecía en el suelo, sucio, adolorido… rodeado.
Y esta vez, no había nadie mirando.
El sonido del río seguía constante, como si nada estuviera ocurriendo.
Hiroto tosió, girándose de lado mientras intentaba recuperar el aire.
Le dolía la cabeza por la caída, el rostro por el golpe… pero aun así apoyó una mano contra el suelo húmedo y se levantó como pudo.
Sus piernas temblaban.
Aun así, logró ponerse de pie frente a ellos.
Respiraba agitado.
Hiroto: «…Déjenme en paz.» Su voz no fue fuerte.
Pero fue clara.
Chico 2 soltó una risa corta.
Chico 2: «¿Otra vez con eso?» Chico 3 se acercó por la derecha.
Chico 3: «Este no aprende.» Ambos avanzaron al mismo tiempo.
Antes de que Hiroto pudiera retroceder, Chico 2 lo sujetó por un brazo y Chico 3 por el otro, inmovilizándolo.
Hiroto intentó soltarse, pero el cansancio y los golpes anteriores lo tenían debilitado.
Chico 1 caminó hacia él con calma.
Se detuvo frente a su rostro.
Chico 1: «Te dimos oportunidades.» Hiroto lo miró con rabia, aunque su cuerpo ya estaba al límite.
Chico 1 dio un paso más cerca.
Y sin advertencia— Le dio un puñetazo directo en el estómago.
El aire abandonó los pulmones de Hiroto de golpe.
Su cuerpo se dobló hacia adelante, pero los otros dos lo mantuvieron firme.
Chico 1 volvió a golpearlo.
Otra vez al estómago.
Luego al costado.
Luego al rostro.
Cada impacto hacía que su cabeza se sacudiera hacia un lado diferente.
Chico 2 y Chico 3 lo soltaron solo para empujarlo contra el suelo húmedo.
Hiroto cayó de rodillas.
El siguiente golpe vino desde arriba.
Y otro.
Y otro.
Puñetazos.
Empujones.
Patadas que lo hacían rodar unos centímetros sobre la tierra mojada.
El río seguía fluyendo.
El cielo se oscurecía más.
Hiroto apenas podía cubrirse el rostro con los brazos mientras soportaba los golpes en silencio, apretando los dientes para no gritar.
Chico 3 retrocedió un paso, respirando agitado.
Chico 3: «Ya es suficiente.» Chico 2 escupió al suelo.
Chico 2: «Siempre pone esa cara.» Chico 1 dio un último golpe antes de apartarse.
Hiroto quedó tendido cerca del borde del agua, respirando con dificultad, el cuerpo adolorido, la vista nublada.
Los tres lo miraron desde arriba.
El sendero estaba lejos.
Y el río seguía su curso… indiferente.
Los tres comenzaron a subir la pendiente, riéndose entre ellos.
Hiroto, aún en el suelo, respiraba con dificultad.
Le dolía cada parte del cuerpo… pero algo dentro de él ardía más que el dolor.
Apretó los dientes.
Y habló.
Hiroto: «…Cobardes.» Los tres se detuvieron.
Chico 2 giró primero.
Chico 2: «¿Qué dijiste?» Hiroto levantó apenas la cabeza, con el labio partido y la mirada llena de furia.
Hiroto: «Tres contra uno… y aun así necesitan golpear por la espalda.» Silencio.
La expresión de Chico 1 se endureció.
Chico 1: «¿Quieres más?» Los tres bajaron otra vez por la pendiente.
Chico 3 se arremangó ligeramente.
Chico 3: «Te vamos a enseñar a cerrar la boca.» Chico 2 dio un paso adelante.
Chico 2: «Y esta vez no vamos a parar.» Chico 1 levantó el puño— Pero antes de que descendiera— Una voz firme cortó el aire.
Seiji: «Ya es suficiente.» Los tres se congelaron.
Giraron lentamente.
En la parte alta de la pendiente, de pie bajo la luz tenue del atardecer, estaba Seiji.
Su expresión era fría.
Silenciosa.
Chico 2 frunció el ceño.
Chico 2: «¿Y este quién es?» Seiji no respondió.
Solo comenzó a bajar con paso firme.
Sin prisa.
Chico 3 caminó hacia él, molesto.
Chico 3: «Oye, esto no es asunto tuyo.» Seiji siguió avanzando.
Chico 3 levantó una mano en gesto de advertencia.
Chico 3: «Lárgate antes de que—» No terminó la frase.
Seiji lo tomó por el brazo con un movimiento preciso.
Giró su cuerpo con fluidez.
Y en un instante, Chico 3 fue proyectado contra el suelo con un golpe seco que levantó polvo y pequeñas piedras.
El impacto lo dejó sin aire.
Silencio.
Chico 2 dio un paso atrás.
Chico 1 endureció la mirada.
Seiji soltó el brazo y miró a los otros dos.
No dijo nada.
Pero su postura dejó claro algo.
La situación había cambiado.
Chico 1 apretó los puños.
Chico 2 miró a su compañero en el suelo y luego a Seiji.
Sin pensarlo más, ambos se lanzaron al ataque al mismo tiempo.
Chico 2 intentó golpear primero, directo al rostro.
Seiji inclinó apenas la cabeza.
El puño pasó de largo.
Con un movimiento corto y preciso, Seiji golpeó el estómago de Chico 2.
El aire salió de sus pulmones al instante.
Antes de que pudiera reaccionar, otro golpe al costado lo hizo caer de rodillas.
Chico 1 gritó y lanzó un golpe amplio.
Seiji lo bloqueó con el antebrazo y respondió con un puñetazo recto al rostro.
El impacto lo hizo retroceder varios pasos.
Chico 2 intentó levantarse, pero Seiji lo tomó del hombro y lo empujó contra el suelo con fuerza controlada.
No había furia en sus movimientos.
Solo precisión.
Chico 1 volvió a lanzarse.
Seiji giró el cuerpo, lo esquivó y lo golpeó en el abdomen.
Luego en la mandíbula.
El sonido fue seco.
Chico 1 cayó al suelo junto a su compañero.
Pero en ese instante— Chico 3, que ya se había recuperado del lanzamiento anterior, se levantó y se lanzó por la espalda de Seiji, rodeándolo con ambos brazos.
Chico 3: «¡Ahora!» Chico 1 se levantó tambaleándose y corrió hacia él.
Lanzó un puñetazo directo al rostro de Seiji.
El golpe impactó.
Pero Seiji no se movió.
No retrocedió.
No parpadeó.
Chico 1 frunció el ceño.
Chico 1: «¿Qué…?» Le dio otro golpe.
Y otro.
Nada.
Seiji lo miró fijamente, completamente inmóvil pese a estar sujeto.
Chico 1 empezó a dudar.
Chico 1: «¿Qué eres tú…?» Seiji flexionó ligeramente el cuerpo.
Con un movimiento brusco de hombros y cadera, rompió el agarre de Chico 3 como si no tuviera peso.
Giró sobre sí mismo y le dio un golpe en el estómago que lo dejó sin aire.
Luego otro en el rostro.
Chico 3 cayó de lado.
Seiji avanzó hacia Chico 1.
Un golpe al abdomen.
Otro al pecho.
Un último directo a la mandíbula que lo lanzó contra el suelo húmedo.
Chico 2 intentó levantarse por detrás.
Seiji lo tomó del brazo, lo giró y lo derribó con un movimiento limpio.
En menos de un minuto, los tres estaban en el suelo, adoloridos, cubiertos de polvo y moretones.
Seiji permanecía de pie.
Respirando normal.
Los tres tardaron unos segundos en reaccionar.
Chico 1 escupió sangre al suelo y logró ponerse de pie con ayuda de los otros dos.
Chico 1: «Esto… no se quedará así me escucharon me vengare.» Chico 2 lo miró con odio.
Chico 2: «Si vamos a vengar.» Chico 3 sostuvo su costado, respirando con dificultad.
Chico 3: «Te vas a arrepentir.» Retrocedieron lentamente.
Luego comenzaron a subir la pendiente, tambaleándose, sin dejar de mirar a Seiji.
Cuando finalmente desaparecieron del sendero, el único sonido volvió a ser el del río.
Seiji bajó la mirada hacia Hiroto, que seguía en el suelo, observándolo en silencio.
El río volvió a quedar en silencio.
Seiji miró a Hiroto, que aún estaba sentado en el suelo, cubierto de polvo y moretones.
Seiji: «¿Por qué no me dijiste que te estaban molestando?» Hiroto evitó su mirada mientras se limpiaba la sangre del rostro.
Hiroto: «No es nada importante… Puedo manejarlo.» Seiji frunció ligeramente el ceño.
Seiji: «No parecía que pudieras.» Hiroto se puso de pie como pudo, ignorando el dolor.
Hiroto: «No quería meterte en esto.» Seiji lo observó unos segundos más, pero no insistió.
Seiji: «Vámonos.» Ambos comenzaron a caminar por el sendero en silencio.
El sonido del río quedó atrás.
Después de varios minutos, el camino se dividió.
Se detuvieron.
Seiji: «Nos vemos mañana.» Hiroto: «Sí…» Se separaron.
Hiroto continuó solo.
Mientras caminaba, su mente volvió a la pelea.
Recordaba cómo Seiji había resistido los golpes sin moverse, cómo había derrotado a los tres sin perder el control.
Apretó los dientes.
Entonces lo notó.
Un olor.
Algo quemado.
Al principio no le dio importancia.
Pero el olor se volvió más fuerte.
Más pesado.
Venía de su dirección.
Hiroto levantó la vista y vio humo elevándose en el cielo.
Su corazón se detuvo un segundo.
Comenzó a correr.
Al doblar la esquina, se quedó paralizado.
Su casa estaba envuelta en llamas.
El fuego salía por las ventanas.
El techo crujía bajo el calor.
El humo lo cubría todo.
Hiroto: «No…» Intentó correr hacia la entrada, pero varios vecinos lo sujetaron.
Hiroto: «¡Suéltenme ¡Mi mamá está ahí!» Entre el caos, escuchó voces.
Persona 1: «¡Aiko sigue adentro!» Persona 2: «¡No logró salir!» El nombre de su madre retumbó en su cabeza.
Hiroto: «¡Déjenme entrar!» Gritó desesperado.
Pero lo sostuvieron con más fuerza.
Persona 3: «¡Es demasiado tarde!» Las sirenas de los bomberos llenaron el aire mientras el fuego seguía devorando todo.
Hiroto cayó de rodillas, mirando impotente cómo las llamas consumían su hogar.
Las horas pasaron.
Finalmente, el incendio fue apagado.
Solo quedaron escombros y cenizas humeantes.
Hiroto permanecía inmóvil, con la mirada vacía.
Los bomberos comenzaron a remover los restos.
El silencio era pesado.
Luego, entre los escombros, sacaron un cuerpo cubierto.
Un vecino bajó la mirada.
Nadie dijo nada.
Hiroto tampoco.
Las cenizas flotaban en el aire mientras algo dentro de él se quebraba en silencio.
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