KONMETSU - Capítulo 35
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- Capítulo 35 - 35 KONMETSU-CAPITULO 34 LA ESENCIA DEL ALMA
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35: KONMETSU-CAPITULO 34: LA ESENCIA DEL ALMA 35: KONMETSU-CAPITULO 34: LA ESENCIA DEL ALMA 9:12 AM Hiroto caminaba por la carretera con las manos en los bolsillos y la mirada perdida en el asfalto.
El viento frío rozaba su rostro mientras los autos pasaban a su lado sin que él pareciera notarlo.
No llevaba nada consigo, ni mochila, ni destino.
Sus pasos eran, pesados, como lento si cada uno arrastrara el recuerdo de la noche anterior: el fuego devorando su hogar, el humo cubriendo el cielo, las cenizas cayendo como nieve gris.
Intentaba no pensar, pero las imágenes regresaban una y otra vez.
Ahora no tenía casa.
No tenía familia.
Solo un vacío que le oprimía el pecho.
Un camión pasó cerca, levantando polvo, y aún así él siguió avanzando sin reaccionar.
Bajó la mirada y murmuró en voz baja.
Hiroto: «¿A dónde se supone que vaya ahora…?» La pregunta quedó suspendida en el aire, sin respuesta.
En medio de ese silencio interior, solo un nombre apareció en su mente.
Un rostro firme.
Raizen.
Hiroto se detuvo unos segundos, respiró hondo y giró lentamente sobre sus pasos.
Hiroto: «…Supongo que no tengo otra opción.» Entonces comenzó a caminar hacia la ciudad.
ALCANTARILLAS.
El aire en las alcantarillas era pesado, húmedo y frío.
El eco de las gotas cayendo desde las tuberías rompía el silencio en intervalos irregulares.
Hiroto avanzaba por el estrecho pasillo subterráneo con pasos lentos, observando las sombras que se alargaban contra las paredes de concreto.
No parecía sorprendido de estar allí.
Como si, en el fondo, supiera que terminaría en ese lugar.
Una figura se encontró apoyada contra el muro, parcialmente envuelta en la oscuridad.
Raizen.
No se movía.
Solo observaba.
Raizen: «Sabía que vendrías tarde oh temprano.» Hiroto se detuvo a unos metros de él.
Sus ojos reflejaban cansancio, pero también algo más profundo.
Algo que ya no era solo tristeza.
Hiroto: «¿Y bien?» Raizen se separó lentamente de la pared y dio un par de pasos hacia la luz tenue que se filtraba desde una rejilla superior.
Raizen: «Sabes es fácil de leer el alma de las personas cuando lo pierden todo…» El sonido del agua corriendo bajo la rejilla llenó el breve silencio que siguió.
Hiroto apretó los puños.
Hiroto: «No vine ah escuchar acertijos.» Raizen inclinó ligeramente la cabeza, como si esa respuesta confirmara algo.
Raizen: «No.
Viniste porque ya no tienes nada.» El ambiente se volvió más denso.
Hiroto sostuvo su mirada.
Hiroto: «…Dijiste que me estabas esperando.» Raizen afirmó despacio.
Raizen: «Desde hace mucho.» El eco del agua recorriendo los túneles llenaba los espacios entre sus respiraciones.
La luz que entraba por las rejillas apenas iluminaba sus rostros.
Hiroto permanecía de pie frente a Raizen, todavía con el peso de todo lo ocurrido presionándole el pecho.
Hiroto: «Dime algo… ¿cómo puedo activar mi técnica de liberación?
Si de verdad tengo algo así, quiero usarlo.
No quiero volver a ser el que se queda en el suelo mirando cómo todo se destruye frente a él.» Raizen lo observó con calma, como si hubiera estado esperando exactamente esa pregunta.
Raizen: «No te preocupes.
No estás solo en eso.
Yo te ayudaré a despertarla, pero antes necesitas entender qué es lo que estás intentando liberar.» Hiroto frunció el ceño.
Hiroto: «¿Liberar?
¿No es solo cuestión de querer hacerlo?
¿De concentración y ya?» Raizen negó suavemente con la cabeza.
Raizen: «Si fuera tan simple, cualquiera podría hacerlo.
Las técnicas de liberación no son fuerza física, ni energía común.
Nacen de algo más profundo… de la esencia del alma.
Dime, Hiroto, ¿qué sabes sobre la esencia del alma?» Hiroto guardó silencio unos segundos.
Hiroto: «Nada.
No sé ah qué te refieres.» Raizen dio un paso más cerca, su voz se volvió más grave, más didáctica.
Raizen: «Escucha… la esencia del alma es el núcleo invisible que define quién eres realmente.
No es tu cuerpo, no es tu mente, no son tus recuerdos.
Es la raíz de tu voluntad.
Es lo que permanece incluso cuando todo lo demás se quiebra.
Cada persona posee una esencia distinta, moldeada por su naturaleza, sus miedos, sus deseos más profundos y las decisiones que toma cuando está al límite.» El sonido del agua goteando marca una pausa.
Raizen: «Las técnicas de liberación funcionan cuando esa esencia deja de estar contenida.
Normalmente, el alma está sellada dentro del cuerpo, limitada por el miedo, por las dudas y por la necesidad de sobrevivir.
Pero cuando alguien enfrenta una pérdida absoluta, una emoción extrema o una determinación inquebrantable… la esencia comienza a filtrarse hacia afuera.
Eso es la liberación.» Hiroto lo escuchaba sin apartar la mirada.
Hiroto: «Entonces… ¿mi técnica depende de lo que soy por dentro?» Raizen asistió.
Raizen: «Exactamente.
No eliges tu técnica como si fuera una herramienta cualquiera.
Tu técnica es la manifestación física de tu esencia.
Si tu alma arde con ira contenida, tu poder puede volverse destructivo.
Si tu esencia es firme e inquebrantable, tu técnica puede volverse defensiva o dominante.
La liberación ocurre cuando dejas de resistirte a esa verdad interna y permite que fluya sin restricciones.» Hiroto apretó los puños.
Hiroto: «¿Y cómo hago eso?
¿Cómo dejo de contener algo que ni siquiera entiendo?» Raizen lo miró fijamente.
Raizen: «Primero, debes aceptar lo que sientes.
No huir del dolor.
No disfrazarlo.
La esencia responde a la honestidad absoluta contigo misma.
Después, debes aprender a sentir el flujo interno.
No es visible, pero está ahí.
Es una presión en el pecho, una vibración bajo la piel, una sensación que aumenta cuando tus emociones alcanzan su punto más alto.
Cuando logres concentrarte en esa sensación y dirigirla en lugar de dejar que te controle… entonces tu técnica se activará.» El silencio volvió a llenar el túnel.
Hiroto bajó la mirada hacia sus manos.
Hiroto: «¿Y si pierdes el control?» Raizen respondió sin dudar.
Raizen: «Entonces significará que tu esencia es más fuerte que tu voluntad.
Por eso estoy aquí.
Para enseñarte a no ser consumido por ella… sino a convertirla en tu arma.» El eco de sus palabras se expandió por las alcantarillas, como si incluso las paredes estuvieran escuchando.
El silencio en las alcantarillas se volvió más denso.
Hiroto aún procesaba cada palabra cuando Raizen levantó lentamente la mano derecha, extendiendo los dedos como si estuviera sosteniendo algo invisible.
Raizen cerró los ojos por un instante.
El aire alrededor de su palma comenzó a distorsionarse, como si una presión invisible comprimiera el espacio.
Una vibración sutil recorrió el túnel.
Raizen: «Observa con atención.
Esto es una técnica de liberación.» Una sombra comenzó a condensarse sobre su mano.
No era humo ni energía común; Parecía una masa oscura formada por pensamientos materializados.
Poco a poco, aquella forma tomó estructura.
Patas delgadas.
Un caparazón segmentado.
Mandíbulas finas y afiladas.
Un insecto negro, del tamaño de una mano, terminó de formarse y se movió con vida propia sobre la palma de Raizen.
Hiroto abrió los ojos con sorpresa.
Hiroto: «Eso… ¿es real?» El insecto movió sus antenas y emitió un leve sonido antes de saltar al suelo húmedo.
Raizen: «Tan real como tú y como yo.» El insecto caminó unos pasos y luego se desintegró en partículas oscuras, desapareciendo como si nunca hubiera existido.
Raizen bajó la mano.
Raizen: «Mi técnica de liberación se llama “Génesis Mental”.» Hiroto repitió el nombre en silencio.
Raizen: «Mi esencia está ligada a la creación imaginaria.
Todo lo que puedo visualizar con claridad absoluta puede manifestarse en el mundo físico.
No es una ilusión.
No es un truco.
Es materialización directa de la mente.» El eco del agua acompañó sus palabras.
Raizen: «Pero hay una condición.
La creación depende de la profundidad de mi imaginación.
Cuanto más detallado sea el pensamiento —textura, peso, movimiento, propósito— más estable será lo que cree.
Si mi concentración falla, la creación se desintegra.» Hiroto observó el lugar donde el insecto había estado.
Hiroto: «Entonces puedes crear cualquier cosa… ¿armas?
¿criaturas?» Raizen sostuvo su mirada.
Raizen: «Sí.
Siempre que mi mente pueda concebirlo.» Una leve sombra cruzó su expresión.
Raizen: «Mi mente es… oscura.
Retorcida.
Siempre ha sido así.
Donde otros imaginan herramientas, yo imagino depredadores.
Donde otros ven límites, yo veo posibilidades distorsionadas.
Esa oscuridad es lo que alimenta mi técnica.
Mientras más profundo y perturbador sea el concepto, más sólida y poderosa se vuelve la creación.» La humedad del túnel parecía volverse más fría.
Raizen: «Las técnicas de liberación no juzgan si tu esencia es luminosa o sombría.
Solo amplifican lo que ya existe dentro de ti.
Yo no elegí tener una mente así.
Pero la acepté.
Y al aceptarla… pude crear sin restricciones.» Hiroto apretó ligeramente los puños.
Hiroto: «Entonces… ¿mi técnica también dependerá de lo que haya dentro de mí?» Raizen afirmó con calma.
Raizen: «Exactamente.
Y cuando la descubras, Hiroto… entenderás que tu esencia ya estaba formándose mucho antes de que lo perdiera todo.» Raizen: «Así que preparate por que vamos ah averiguar cuál es la verdadera esencia de tu alma.» La mañana transcurría con normalidad en la escuela.
Los estudiantes conversaban en los pasillos, algunos reían cerca de las ventanas y otros se dirigían a sus aulas sin notar nada fuera de lo común.
El ambiente parecía tranquilo, casi rutinario.
En la parte trasera del edificio, cerca de las escaleras de servicio donde casi nadie pasaba a esa hora, tres chicos rodeaban a otro estudiante más bajo, empujándolo contra la pared.
Chico 3 lo sujetaba del cuello de la camisa y lo sacudía ligeramente, disfrutando de la sensación de control.
Chico 3: «¿Qué miras tanto?
¿Quieres decir algo?» El chico no respondió.
Mantenía la cabeza baja.
Unos pasos más atrás, Chico 1 y Chico 2 observaban.
Chico 2 hablaba en voz más baja, con cierta tensión.
Chico 2: «Oye… ¿no crees que fue demasiado lo que hicimos?» Chico 1 lo miró de reojo, molesto.
Chico 1: «¿Qué ahora tienes miedo?» Chico 2 desvió la mirada hacia el suelo.
Chico 2: «No es eso… solo digo que… las cosas se salieron de control.» Chico 1 soltó una risa seca.
Chico 1: «Nadie nos vio.
Nadie sabe nada.» Chico 3 empujó otra vez al chico contra la pared.
Chico 3: «Habla cuando te pregunten.» El chico apenas pudo mantenerse en pie.
Chico 2 tragó saliva.
Chico 2: «Quemamos una casa…» El silencio se hizo más pesado.
Chico 2 continuó, casi en un susurro.
Chico 2: «Y murió una persona.» Chico 1 aguantó la expresión.
Chico 1: «Fue un accidente.» Chico 2: «Pero pasó.» Chico 1 dio un paso hacia él, bajando la voz.
Chico 1: «Escúchame bien.
Nadie sabe que fuimos nosotros.
Y si sigues hablando así, vas a ser el único que termina metido en problemas.» Chico 3 soltó finalmente al chico contra la pared, dejándolo caer al suelo.
Chico 3: «Déjalo.
No vale la pena.» El chico en el suelo temblaba ligeramente, sin atreverse a levantar la mirada.
Mientras tanto, en el resto de la escuela, la rutina seguía como si nada hubiera ocurrido.
Como si el humo de la noche anterior nunca hubiera existido.
El ruido de la ciudad llenaba el ambiente: autos pasando, conversaciones lejanas, el viento moviendo letreros metálicos.
Era una mañana aparentemente normal.
Seiji caminaba por la calle con paso tranquilo, las manos en los bolsillos y la mirada al frente.
No parecía apurado ni preocupado.
Solo avanzaba, como si su mente estuviera en otra parte.
Doblando la esquina de una calle poco transitada, redujo ligeramente el paso.
Alguien estaba de pie a mitad de la acera.
Esperándolo.
Raizen.
No estaba apoyado en nada esta vez.
Solo permanecía ahí, inmóvil, observándolo.
El ruido de los autos parecía distante de repente.
Seiji se detuvo.
Sus ojos se afilaron apenas un segundo.
Sin decir nada, dio medio paso atrás y adoptó una postura firme.
Un pie adelantado, rodillas flexionadas, hombros alineados.
Sus manos se elevaron con naturalidad, listas para reaccionar.
Seiji: «Que estas haciendo aquí Raizen.» Raizen inclinó ligeramente la cabeza, como si analizara cada detalle de su postura.
Raizen: «Buena reacción.
Tu cuerpo decidió antes que tu mente.» Seiji no bajó la guardia.
Seiji: «¿Qué quieres?» Raizen dio un paso al frente, sin mostrar intención inmediata de atacar.
Raizen: «Solo pasaba por aquí eso es todo.» El aire entre ambos se volvió tenso.
Los peatones pasaban a lo lejos sin notar nada inusual, ajenos a la presión silenciosa que se acumulaba en ese tramo de calle.
Seiji mantuvo la mirada firme.
Seiji: «Y tu crees que me comeré ese cuento.» Raizen esbozó una leve sonrisa.
La calma en la calle estaba a punto de romperse.
El viento movió ligeramente la ropa de ambos mientras permanecían frente a frente en medio de la calle casi vacía.
La tensión no se había roto, pero tampoco había estallado.
Raizen observaba a Seiji como si midiera algo que no era visible a simple vista.
Raizen: «Dime, Seiji… ¿qué ocurre cuando una chispa cae en un bosque seco que lleva años acumulando hojas muertas?» Seiji no cambió su postura.
Seiji: «Habla claro.» Raizen ladeó la cabeza.
Raizen: «¿Y qué sucede cuando alguien que lo ha perdido todo descubre que nunca fue débil, solo que se estaba oprimiendo?» Seiji frunció el ceño.
Seiji: «Deja de hablar en acertijos.» Raizen guardó silencio unos segundos, como si disfrutara la incomodidad.
Seiji dio un paso firme al frente.
Seiji: «¿Qué estás haciendo?» La pregunta fue directa.
Sin adornos.
Raizen relajó ligeramente los hombros.
Raizen: «Yo… no haré nada.» El ruido lejano de un auto cruzando la intersección rompió el silencio por un instante.
Seiji no bajó la guardia.
Seiji: «Entonces, ¿por qué estás aquí?» Una sombra cruzó la mirada de Raizen.
Raizen: «Porque aunque yo no haga nada… Hiroto sí hará algo.» El nombre quedó suspendido en el aire.
Seiji entrecerró los ojos apenas un poco.
Seiji: «¿Qué significa eso?» Raizen dio medio paso atrás, manteniendo la distancia.
Raizen: «Significa que hay fuerzas que no se detendrán.
Y Hiroto… está a punto de abrir los ojos oh tal vez ya los abrió quién sabe.» La tensión aumentó.
Seiji presionó ligeramente los puños.
Seiji: «Si le hiciste algo—» Raizen lo interrumpió con calma.
Raizen: «No le hice nada.
Solo le mostré lo que siempre estuvo dentro de él.» El viento volvió a soplar entre ambos.
La calma de la calle ya no se sentía normal.
Se sintió como el preludio de algo inevitable.
El bullicio de la ciudad quedaba atrás mientras Hiroto caminaba lentamente por la acera, con la mirada fija en el suelo.
Sus pasos no tenían prisa, pero tampoco dudaban.
Cada movimiento parecía arrastrar el peso de algo más profundo que el cansancio.
En su mente, las escenas se repetían una y otra vez.
Las risas.
Los empujones.
Los golpes.
La sensación del suelo frío contra su rostro.
Las voces diciéndole que no valía nada.
Recordaba cada momento en que fue golpeado.
Cada vez que intentó levantarse y lo volvieron ah tirar.
Cada vez que decidió callar.
Sus manos se cerraron lentamente.
El sonido de su propia respiración comenzó a sentirse más pesado.
El recuerdo del incendio se mezcló con todo lo demás.
El fuego consumiendo su hogar.
Las palabras de los vecinos.
El nombre de su madre pronunciado en medio del caos.
Algo dentro de él ya no se sentía igual.
No era solo tristeza.
Una presión constante en el pecho.
Levantó la mirada.
Frente a él, al otro lado de la calle, se alzaba el edificio de la preparatoria.
Las rejas.
El patio.
Las ventanas donde tantas veces miró hacia afuera sintiéndose atrapado.
Se detuvo por un instante.
El viento movió ligeramente su ropa.
Sus ojos ya no reflejaban la misma inseguridad de antes.
Eran más profundos.
Más oscuros.
Sin decir una palabra, cruzó la calle.
Y comenzó a caminar hacia la entrada de la preparatoria.
Hiroto avanzó por el portón principal sin detenerse.
El sonido metálico de las rejas al moverse pareció más fuerte de lo normal, como si marcara su entrada.
El patio estaba lleno de estudiantes conversando, riendo, viviendo una mañana comun.
Nadie notó nada diferente.
Nadie notó lo que había cambiado.
Hiroto caminó recto, sin bajar la mirada esta vez.
Cada paso era firme, constante.
Los recuerdos seguían presentes, pero ya no lo doblaban.
Ahora eran algo más.
Eran combustible.
Se detuvo unos segundos en medio del patio, observando el edificio frente a él.
El lugar donde fue humillado.
El lugar donde todo comenzó.
Su respiración fue lenta.
Controlada.
Hiroto: «Ya no voy a quedarme en el suelo.» El viento sopló suavemente entre los árboles del campus.
Sin mirar atrás, dio el siguiente paso hacia el edificio.
Seiji corría como si el suelo estuviera ardiendo bajo sus pies.
El aire le quemaba los pulmones y el corazón le golpeaba el pecho con una violencia que no tenía nada que ver con entrenamiento.
No era una misión.
No había órdenes.
No había estrategia.
Solo una idea fija atravesándole la cabeza.
Hiroto.
Las calles pasaban borrosas a su alrededor.
Semáforos, gente, autos, todo se convertía en ruido sin sentido.
Apenas escuchaba el tráfico.
Apenas sentía el cansancio.
Cada paso era más rápido que el anterior, como si pudiera ganarle al destino si apretaba los dientes lo suficiente.
Seiji: [Que esté bien, que esté bien, que esté bien.] Lo repetía en su mente, casi como un rezo que nunca aprendió a hacer.
La imagen de la preparatoria apareció al fondo de la avenida.
El edificio blanco, tranquilo, normal.
Demasiado normal.
Y eso lo asustó más.
Porque sabía que el mal no siempre gritaba.
A veces esperaba.
Seiji apretó el puño mientras corría.
Sentía esa presión en el pecho, la misma que precede a algo horrible.
La misma sensación que tuvo antes de perder a otros.
No otra vez.
No él.
El viento le empujaba el cabello hacia atrás y el sudor le corría por la sien, pero no redujo la velocidad.
Si algo estaba pasando ahí dentro, llegaría antes.
Si alguien estaba en peligro, él estaría enfrente.
No importaba si era humano, demonio o algo peor.
Solo quería llegar a tiempo.
Por una vez, solo quería que nada malo pasara.
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