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Kuchiyuku ōkoku - Capítulo 42

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Capítulo 42: Episodio 42 — : “El silencio después del rugido”

🔥🕯️ Episodio 42 — : “El silencio después del rugido”

El sonido no volvió.

No sirenas.

No gritos.

No aplausos.

Solo el chisporroteo lejano de los incendios apagándose y el crujido de estructuras heridas acomodándose en la noche.

Eiden no se movía.

Estaba tendido sobre una camilla improvisada, bajo la luz intermitente de un generador portátil. Su pecho subía y bajaba con dificultad, como si cada respiración tuviera que ser convencida de seguir.

La katana descansaba a su lado.

Apagada.

Inerte.

Como si nunca hubiera ardido.

Lia estaba arrodillada junto a él, con las manos manchadas de sangre que no terminaba de secarse. Le limpiaba el rostro con cuidado, como si temiera que un gesto brusco pudiera romperlo.

—Está caliente… —susurró—. Demasiado.

Un médico negó con la cabeza, tenso.

—Las quemaduras no son externas —dijo—. Es como si el fuego… hubiese pasado a través de él.

Riku, apoyado contra una pared derrumbada, intentó sonreír.

—Bueno… —dijo, con la voz ronca—. Siempre fue malo siguiendo instrucciones.

Nadie rió.

Azu permanecía de pie, unos pasos más atrás. Los brazos cruzados. El rostro endurecido… pero los ojos no.

Miraba a Eiden como se mira una espada agrietada:

todavía letal,

todavía valiosa,

pero peligrosamente cerca de romperse.

—No fue una técnica —murmuró finalmente—.

—Fue una decisión.

Lia alzó la vista.

—¿Eso importa ahora?

Azu apretó los dientes.

—Importa más que nunca.

El médico se volvió hacia ella.

—Si vuelve a forzar ese poder sin preparación… —tragó saliva—. No va a morir en combate.

Silencio.

—Se va a quemar desde adentro.

Azu cerró los ojos un segundo.

Uno solo.

Cuando los abrió, ya había decidido algo.

—Muévanlo —ordenó—.

—Ahora.

Riku parpadeó.

—¿A dónde?

Azu miró la ciudad destruida. Las luces temblando. La gente aún reunida en silencio, como si esperaran una señal.

—A un lugar donde nadie lo esté mirando —respondió—.

—Porque si el mundo vuelve a verlo así…

Se giró hacia Eiden.

—…no va a dejarlo vivir.

La cámara se eleva.

Desde lo alto, la ciudad parece contener la respiración.

Muy lejos de allí, en una sala oscura, una pantalla se apaga.

Una voz, tranquila, resuena en la penumbra:

—Así que este es el fuego blanco…

Pausa.

—Interesante.Oscuridad.

No una negra absoluta, sino una oscuridad tibia, como brasas cubiertas de ceniza. Eiden flotaba en ella sin peso, sin dolor… sin cuerpo.

Escuchó un latido.

Lento.

Profundo.

No era el suyo.

Cada pulso hacía temblar la nada.

—Siempre fui débil…

La voz era suya, pero más joven. Más rota.

Imágenes comenzaron a encenderse como chispas:

Manos temblando durante el entrenamiento.

La espada cayendo al suelo.

Risas ajenas.

Miradas de lástima.

El latido se aceleró.

—Pero nunca me detuve…

El fuego apareció.

No como llamas violentas, sino como luz blanca, extendiéndose por grietas invisibles. Donde tocaba, las imágenes se deformaban: el miedo se retorcía, la humillación se quebraba.

Pero el fuego dolía.

No quemaba la piel.

Quemaba la voluntad.

Eiden cayó de rodillas en ese espacio imposible.

—No… —susurró—. Todavía no…

El latido se detuvo.

Silencio absoluto.

Entonces… una presencia.

No una figura.

No una voz clara.

Solo la sensación de algo que estaba arriba, mirando.

Evaluando.

—Ese fuego no te pertenece del todo.

Las palabras no sonaron.

Se imprimieron.

Eiden alzó la cabeza.

—Entonces… —jadeó—. ¿A quién?

La luz blanca titiló.

Por un instante, Eiden vio una silueta reflejada en el fuego: alta, inmóvil, rodeada de sombras geométricas. No tenía rostro… o quizás tenía demasiados.

—Aún no.

El dolor regresó de golpe.

Corte.

Una sala inmensa, circular, sin ventanas.

Pantallas flotantes mostraban la ciudad desde distintos ángulos: el dragón cayendo, el fuego blanco, el Teniente atravesado por el filo.

Una mano se alzó lentamente.

Guantes oscuros.

Dedos largos.

Tranquilos.

La imagen se detuvo justo antes del corte final.

—¿Nivel confirmado? —preguntó una voz grave.

—Teniente superior —respondió alguien fuera de plano—. Pero el patrón energético no coincide con ningún registro.

Silencio.

La mano tocó la pantalla.

El fuego blanco se congeló.

—No es estabilidad —dijo la voz—.

—Es voluntad forzada.

Otra pausa.

—Y eso siempre rompe algo.

Un asistente dudó.

—¿Ordenamos intervención?

La figura se inclinó apenas hacia adelante.

—No.

Las pantallas se apagaron una a una.

—Obsérvenlo.

Oscuridad total.

—Si sobrevive… —continuó—.

—Será útil.

Eiden abrió los ojos.

Un jadeo violento sacudió su cuerpo. El dolor volvió como una ola, atravesándole el pecho.

Vio sombras conocidas.

Escuchó voces distantes.

Pero antes de perder otra vez la conciencia, una certeza quedó grabada en lo profundo:

Alguien había visto su fuego.

Y no había apartado la mirada.

Eiden despertó gritando.

No fue un grito largo, ni heroico.

Fue seco. Animal. Como si el aire le hubiera mordido los pulmones.

Su cuerpo se arqueó sin permiso.

—¡Sujetalo! —ordenó alguien.

Manos firmes lo sostuvieron mientras convulsionaba. La camilla vibró. Los monitores improvisados chillaron con un ritmo errático, nervioso.

Eiden sentía todo.

No dolor localizado.

Dolor difuso.

Como si cada nervio hubiera sido reescrito a la fuerza y ahora reclamara explicaciones.

Fuego.

No afuera.

Adentro.

—¡No está quemándose! —gritó el médico—. ¡Está… colapsando!

Lia lloraba en silencio, apretando la tela de su ropa contra la boca.

—Eiden… —susurró—. Parate… por favor…

Los espasmos cesaron de golpe.

El cuerpo quedó inmóvil.

Demasiado.

Riku se adelantó, pálido.

—Ey… —dijo con una sonrisa rota—. Dale, hermano… ya estuvo el chiste.

Nada.

El médico acercó dos dedos al cuello.

Tragó saliva.

—El pulso es irregular… —murmuró—.

—Su sistema no reconoce el exceso de energía como propio.

Azu avanzó un paso.

—¿Cuánto tiempo?

El médico no respondió enseguida.

—Si sigue así… —dijo al fin—. Incluso sin pelear… puede morir.

Silencio absoluto.

La ciudad, afuera, parecía contener la respiración otra vez.

Más tarde.

Eiden dormía.

No profundamente.

Se notaba en sus dedos, que temblaban aun en reposo.

Azu estaba sentada frente a él.

Sin armas.

Sin postura de combate.

Solo ella… y el chico que había empujado más allá de lo permitido.

Observó las cicatrices nuevas, apenas visibles bajo la piel. Líneas claras, como venas de luz apagada.

—Idiota… —susurró.

Cerró los ojos.

Vio al Eiden de antes.

Débil.

Persistente.

Terco hasta el absurdo.

Lo había entrenado para sobrevivir.

No para arder.

Se puso de pie.

—Riku —dijo sin volverse—.

—Lia.

Ambos levantaron la mirada.

—Desde ahora, Eiden deja de ser soldado activo.

Riku abrió la boca.

—¿Qué…?

—No es un castigo —interrumpió Azu—.

—Es una retirada forzada.

Se acercó a la katana, apoyada contra la pared. La observó con frialdad.

—Ese poder no está maduro. Y el mundo ya lo vio.

Lia negó con la cabeza.

—Si se queda quieto… lo van a encontrar.

Azu asintió.

—Por eso no se va a quedar aquí.

Riku frunció el ceño.

—¿Entonces…?

Azu levantó la vista.

Por primera vez, no había dureza.

Había resolución.

—Me lo llevo.

Silencio.

—¿A dónde? —preguntó Lia.

Azu tardó en responder.

—A un lugar que fue borrado de los mapas —dijo—.

—Donde el fuego no se enseña a controlar…

Se giró hacia Eiden.

—Se enseña a soportar.

Los monitores emitieron un pitido largo.

Eiden, dormido, apretó el puño.

Una brasa blanca cruzó fugazmente bajo su piel… y se apagó.

Azu habló en voz baja, como un juramento antiguo:

—Si seguís este camino sin romperte…

—Vas a dejar de ser observado.

Pausa.

—Vas a ser temido.

La cámara se aleja.

La ciudad queda atrás.

El viaje comienza.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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