Kuchiyuku ōkoku - Capítulo 43
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Capítulo 43: Capítulo 43 — : “Fuera del mundo”La ciudad no se despidió.
🔥🕯️Capítulo 43 — : “Fuera del mundo”
La ciudad no se despidió.
No hubo palabras finales, ni promesas, ni miradas largas hacia atrás. Solo una línea irregular de luces alejándose mientras el transporte avanzaba por rutas secundarias, caminos que no figuraban en ningún registro civil ni militar.
Eiden yacía en la parte trasera, envuelto en mantas térmicas. Su respiración era estable… demasiado. Regular como un mecanismo, no como un cuerpo vivo. Cada tanto, sus dedos se contraían apenas, como si algo dentro de él probara límites invisibles.
Azu iba sentada frente a él.
No vigilándolo.
Custodiándolo.
El motor emitía un zumbido bajo, constante. No era un vehículo de combate. No estaba blindado. No llevaba insignias. Era deliberadamente insignificante, como si su única defensa fuera pasar desapercibido.
—No deberíamos usar las rutas largas —murmuró el conductor, sin girarse—. Si alguien está rastreando—
—No lo están —interrumpió Azu—.
—Todavía.
El hombre no insistió. Cambió de carril y tomó un desvío estrecho, bordeado por estructuras abandonadas que alguna vez fueron fábricas, depósitos… o algo peor.
Eiden se movió.
No fue brusco. Solo un leve temblor en el pecho, seguido de un jadeo corto, contenido.
Sus ojos se abrieron.
No enfocados.
—¿…dónde…? —la voz salió seca, como si llevara tiempo sin usarse.
Azu no respondió de inmediato.
Esperó.
Eiden parpadeó varias veces, intentando reconstruir el mundo a partir de fragmentos: luces tenues, metal frío bajo su mano, el sonido del motor… y nada más.
Nada adentro.
—No siento… —tragó saliva—. No siento el fuego.
Azu sostuvo su mirada.
—Eso es bueno.
Eiden frunció apenas el ceño. No con miedo. Con desconcierto.
—No —dijo—. No lo es.
Intentó moverse. Su cuerpo respondió, lento pero obediente. Demasiado obediente. Como si algo que siempre estaba ahí… ya no lo acompañara.
—Es como si me hubieran vaciado —susurró.
Azu apoyó un antebrazo sobre la rodilla.
—No te vaciaron —corrigió—. Te cerraron.
Silencio.
El transporte avanzaba ahora por un camino de tierra. No había señalización. No había torres de comunicación. El cielo comenzaba a cambiar, cubriéndose de nubes bajas, espesas, que apagaban el reflejo de la luna.
—¿Riku…? ¿Lia…? —preguntó Eiden sin mirarla.
Azu no esquivó la respuesta.
—Se quedaron.
Eiden cerró los ojos.
No hubo lágrimas. No hubo temblores. Solo un asentimiento mínimo, como quien acepta una pérdida que ya intuía.
—Entonces… —respiró hondo—. Esto es una huida.
—No —dijo Azu—.
—Es una retirada.
El vehículo se detuvo.
El motor se apagó, y con él, cualquier sonido mecánico. El silencio que quedó no fue natural. Era denso, como si el aire absorbiera el ruido antes de que pudiera nacer.
Azu fue la primera en bajar.
Eiden la siguió, apoyándose en el borde del transporte. Al poner un pie en el suelo, algo le recorrió la espalda. No dolor. No energía.
Presión.
El lugar era amplio. Demasiado. Una planicie irregular, rodeada de formaciones rocosas que parecían erosionadas no por el tiempo, sino por algo más preciso. Las ruinas emergían del suelo como huesos antiguos: muros circulares, pilares quebrados, símbolos borrados a propósito.
—Esto no figura en los mapas —dijo Eiden.
—No —respondió Azu—.
—Porque no debería existir.
Avanzaron unos pasos.
Cada uno que Eiden daba se sentía… distinto. El aire era más frío, pero no cortante. El silencio no tranquilizaba. Vigilaba.
Instintivamente, buscó dentro de sí.
El fuego no respondió.
No ardió. No dolió. No brilló.
Nada.
—Azu… —dijo, con una calma que no le pertenecía—. ¿Y si no vuelve?
Ella se detuvo.
No se giró enseguida.
—Entonces vas a aprender algo más difícil que controlarlo —dijo al fin—.
—Vas a aprender a vivir sin él.
Eiden apretó el puño.
Por un instante, bajo su piel, algo pareció moverse.
Pero se apagó antes de nacer.
A lo lejos, entre las ruinas, el viento recorrió un pasaje hundido…
y produjo un sonido bajo, grave, como un eco antiguo respondiendo a su llegada.
Azu alzó la vista.
—Ya lo sentiste, ¿no? —preguntó.
Eiden asintió lentamente.
—Sí.
No sabía qué era.
Pero supo algo peor.
No estaban solos.
Y aun así…
nadie los estaba observando.
El mundo había quedado atrás.El silencio no desapareció con el amanecer.
Simplemente… se aclaró.
La luz llegó sin calor, filtrándose entre nubes altas que no se movían. No había aves. No había insectos. Ni siquiera viento constante. El lugar parecía suspendido en un estado que no era noche ni día, como si el tiempo hubiese sido aceptado solo a medias.
Eiden estaba sentado sobre un bloque de piedra caída.
No recordaba haberse movido hasta allí.
Había despertado de pie, desorientado, con el cuerpo rígido y la mente lenta, como si cada pensamiento tuviera que cruzar un terreno espeso antes de formarse.
Azu observaba el perímetro.
No patrullaba.
Reconocía.
—No hay señales recientes —dijo al cabo—.
—Eso es malo.
Eiden levantó la vista.
—¿Por qué?
Azu tardó en responder.
—Porque este lugar no rechaza a cualquiera —dijo—.
—Solo a los que no sobreviven.
Eiden apoyó los codos sobre las rodillas. Inspiró hondo. El aire entró… pero no llenó. Era como respirar en altura: suficiente para vivir, insuficiente para estar cómodo.
—Sigo sin sentirlo —dijo—.
—Ni siquiera dormido.
Azu se volvió hacia él.
—Eso ya lo noté.
Eiden frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Porque cuando alguien pierde el control de su poder —respondió—, el cuerpo lo busca solo. En sueños. En reflejos.
Hizo una pausa.
—Vos no lo estás buscando.
Eiden bajó la mirada a sus manos.
No temblaban.
—Es como si… —buscó las palabras—.
—Como si algo que siempre estaba empujando desde adentro se hubiese callado.
Azu asintió.
—Eso no es paz.
Silencio.
Eiden se puso de pie. No con dificultad. No con dolor. Simplemente… con peso. Cada músculo parecía exigir permiso para moverse, como si hubiera perdido una referencia interna.
Caminó unos pasos.
El suelo respondió firme, pero irregular. La gravedad se sentía levemente distinta. No más fuerte. Más presente.
—¿Este lugar… —preguntó—.
—Hace esto a todos?
Azu lo miró de arriba abajo.
—No.
Eiden se detuvo.
—Entonces, ¿por qué a mí?
Azu se acercó. Se agachó y tomó una pequeña piedra del suelo. La lanzó suavemente hacia una pared cercana.
La piedra golpeó…
y no rebotó.
Se desintegró en polvo fino antes de tocar el suelo.
—Porque vos no entraste acá —dijo Azu—.
—Vos fuiste admitido.
Eiden sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Eso no suena tranquilizador.
—No lo es.
Eiden cerró los ojos.
Intentó, por primera vez desde que llegaron, forzar.
No con desesperación.
Con terquedad.
Apretó los dientes. Recordó el dolor. La luz. El rugido interno. Empujó desde donde siempre había estado el fuego.
Nada.
Pero esta vez… algo distinto ocurrió.
No rechazo.
No vacío.
Presión.
Como si su voluntad chocara contra una superficie invisible.
Eiden abrió los ojos de golpe. Dio un paso atrás.
—Hay algo ahí —dijo—.
—No es el fuego… pero tampoco soy yo.
Azu lo observó con atención renovada.
—Bien —dijo—.
—¿Bien? —Eiden soltó una risa breve—. Acabo de chocar contra algo que no entiendo.
—Exacto —respondió ella—.
—Y no te quebraste.
Eiden respiraba con fuerza ahora. No por cansancio. Por tensión.
—¿Eso es la prueba?
Azu negó lentamente.
—No.
Se dio media vuelta y comenzó a caminar hacia una estructura circular semienterrada.
—Eso fue solo el aviso.
Eiden la siguió.
Cada paso se sentía más pesado que el anterior.
—Azu… —dijo—.
—Si este lugar no enseña a controlar el fuego…
Ella se detuvo frente a la entrada oscura de la estructura.
—No —dijo—.
—Este lugar enseña qué queda de vos…
Giró apenas la cabeza, lo suficiente para mirarlo de reojo.
—…cuando el fuego deja de sostenerte.
Dentro de la estructura, algo se movió.
No rápido.
No agresivo.
Paciente.
Eiden tragó saliva.
Por primera vez desde que despertó…
deseó sentir dolor.
Y no lo tuvo.
El lugar estaba empezando a decidir si merecía seguir en pie.El interior de la estructura no estaba oscuro.
Estaba apagado.
Las paredes curvas absorbían la luz que entraba desde afuera, dejándola morir a medio camino, como si el lugar decidiera qué merecía ser visto. El suelo descendía en una leve pendiente, irregular, marcado por surcos antiguos que no parecían desgaste… sino marcas de arrastre.
Eiden dio un paso adentro.
Nada ocurrió.
Dio otro.
El aire cambió.
No en temperatura.
En densidad.
Cada respiración ahora requería intención. No esfuerzo físico, sino decisión. Como si el simple acto de inhalar tuviera que ser justificado.
—No cruces el centro —dijo Azu detrás de él—.
—Todavía no.
Eiden se detuvo.
Frente a él, el espacio se abría en una sala circular. En el centro, el suelo estaba hundido, formando un anillo perfecto. No había símbolos. No había restos. Solo piedra lisa… demasiado lisa.
—¿Qué es este lugar? —preguntó.
Azu no respondió enseguida.
—Un filtro —dijo al final—.
—Los que dependían de su poder… no pasaban de acá.
Eiden tragó saliva.
—¿Y los que sí?
Azu lo miró.
—No todos sobrevivieron al resto.
Silencio.
Eiden avanzó un paso más.
El suelo crujió.
No se quebró.
Respondió.
Una vibración recorrió la sala, profunda, lenta, como un pulso que no pertenecía a ningún corazón humano.
—Eiden —advirtió Azu—.
—Solo quiero mirar —respondió él.
Otro paso.
La presión aumentó de golpe.
No era externa. No lo empujaba hacia atrás ni hacia abajo. Era interna, como si algo dentro de él fuera comprimido, replegado contra sí mismo.
Eiden apretó los dientes.
—No… es… —jadeó—. No es fuerza…
Intentó usar el fuego.
Por reflejo.
Por costumbre.
Por miedo.
Nada salió.
Pero el intento fue suficiente.
El pulso se detuvo.
Un segundo absoluto.
Y luego—
El anillo central colapsó.
No hacia adentro.
Hacia abajo.
El suelo desapareció bajo los pies de Eiden sin ruido, sin aviso. No hubo grito. No hubo tiempo para reacción.
Cayó.
No mucho.
Pero mal.
Su cuerpo impactó contra piedra irregular. El golpe le arrancó el aire de los pulmones. El dolor llegó tarde, difuso, sin foco, como si el cuerpo no supiera dónde registrar el daño.
Eiden intentó incorporarse.
No pudo.
Algo en su pierna derecha no respondió.
—¡Eiden! —la voz de Azu resonó desde arriba, firme, contenida—. ¡No te muevas!
Demasiado tarde.
Eiden apoyó mal el peso.
El sonido fue seco.
Un crujido corto, definitivo.
El dolor finalmente encontró forma.
No fue agudo.
Fue pesado.
Aplastante.
Eiden gritó.
No de rabia.
No de desafío.
De comprensión.
Azu descendió con rapidez controlada. Se arrodilló a su lado. Sus manos se movieron con precisión, evaluando, tocando, midiendo sin piedad.
Se detuvo.
Cerró los ojos un segundo.
—Fractura limpia —dijo—.
—Y mala.
Eiden respiraba con dificultad. El sudor le corría por la frente. Sus dedos se aferraban a la piedra como si pudieran arrancarla.
—¿Se… cura? —preguntó.
Azu lo miró.
No esquivó la verdad.
—No acá.
Silencio.
—¿Y con el fuego? —insistió Eiden, desesperado—. Si vuelve, si lo fuerzo, si—
—No —lo cortó Azu—.
—Si lo forzás ahora, lo único que vas a hacer es quebrarte completo.
Eiden dejó caer la cabeza contra el suelo.
La respiración le temblaba.
—Entonces… fallé.
Azu negó lentamente.
—No —dijo—.
—Elegiste mal.
La diferencia pesó más que el dolor.
Azu se puso de pie.
—Escuchá bien —dijo—.
—Este lugar no te castigó.
Eiden alzó la mirada, con dificultad.
—Te dio una advertencia que el mundo no da —continuó—.
—Acá, cuando cometés un error… no te mata.
Pausa.
—Te deja vivir con él.
Eiden cerró los ojos.
Por primera vez, no pensó en el fuego.
Pensó en caminar.
En entrenar.
En pelear.
En todo lo que ahora estaba… en duda.
Desde lo alto de la estructura, el silencio volvió a asentarse.
Paciente.
Aceptando el resultado.
Azu habló en voz baja, pero firme, como una sentencia antigua:
—Bienvenido al entrenamiento.
La cámara se eleva lentamente.
Desde arriba, la sala circular parece intacta otra vez.
Solo una grieta nueva rompe la simetría perfecta del suelo.
Una marca mínima.
Pero irreversible.
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