Kuchiyuku ōkoku - Capítulo 44
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Capítulo 44: Capítulo 44 — “Lo que pesa”
🕯️Capítulo 44 —
“Lo que pesa”
El dolor no despertó a Eiden.
Ya estaba ahí.
No como un golpe, ni como un recuerdo reciente. Era una presencia instalada, constante, sin urgencia. No subía ni bajaba. Simplemente… ocupaba espacio.
Abrió los ojos.
La luz era la misma de siempre en ese lugar: clara, sin calor, como si el día fuera una idea mal copiada. Estaba recostado sobre una superficie de piedra cubierta apenas por una tela áspera. No era una cama. Era una concesión mínima.
Intentó mover la pierna derecha.
El cuerpo respondió con honestidad brutal.
El dolor no gritó.
Pesó.
Eiden apretó la mandíbula. Inspiró lento. No buscó el fuego. No por disciplina. Por algo peor: no se le ocurrió hacerlo.
Eso lo asustó más que la fractura.
—Estás despierto —dijo Azu desde algún punto fuera de su campo de visión.
Eiden giró apenas la cabeza. Azu estaba sentada contra una pared, con la espalda recta, los brazos apoyados sobre las rodillas. No parecía cansada. Tampoco relajada. Estaba… presente.
—¿Cuánto tiempo pasó? —preguntó él.
—El suficiente.
Eiden dejó escapar una risa seca que murió antes de tomar forma.
—Eso no es una respuesta.
—Lo es acá.
Silencio.
El lugar no había cambiado. La estructura seguía absorbiendo los sonidos. La grieta del suelo ya no se veía desde donde estaba, pero Eiden la sentía. No bajo los pies. Adentro.
—No me curaste —dijo.
No fue un reproche. Fue una constatación.
—No —respondió Azu.
—Podrías haberlo hecho.
—Sí.
—Y aun así—
—No.
Eiden cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, su voz era más baja.
—¿Es parte del entrenamiento?
Azu lo observó con atención medida.
—No —dijo—. Es parte de la consecuencia.
Eso dolió más que la pierna.
Eiden apoyó los antebrazos a los costados del cuerpo e intentó incorporarse. El movimiento fue torpe. El peso se desbalanceó. El dolor volvió a aplastarlo desde dentro, como una advertencia sin palabras.
Cayó de lado.
No gritó.
Respiró.
Una vez.
Dos.
—No intentes levantarte así —dijo Azu—.
—Entonces ayudame.
Azu se puso de pie.
Caminó hasta quedar frente a él.
—No.
Eiden alzó la vista, incrédulo.
—¿Ese es el plan? —preguntó—. ¿Dejarme tirado hasta que aprenda algo?
Azu se agachó a su altura. No para asistirlo. Para mirarlo a los ojos.
—No estás tirado —dijo—. Estás donde decidiste estar.
Silencio.
—Elegiste avanzar cuando no debías —continuó—. Elegiste forzar algo que no entendías. Elegiste confiar en que el fuego iba a salvarte de caer mal.
Se enderezó.
—Ahora elegí qué vas a hacer sin eso.
Eiden tragó saliva.
Miró sus manos. Estaban sucias. Tenían pequeños cortes que no recordaba haberse hecho. Temblaban apenas. No de miedo. De esfuerzo contenido.
—¿Y si no puedo? —preguntó.
Azu no respondió de inmediato.
—Entonces no seguís —dijo al fin—.
La frase no tenía amenaza. Tampoco consuelo.
Era una verdad desnuda.
Eiden apoyó la mano izquierda contra la piedra. Con cuidado extremo, movió el torso. El dolor respondió de inmediato, expandiéndose como una marea lenta. Cada músculo parecía discutirle el permiso para existir.
Apretó los dientes.
No llamó al fuego.
No pensó en él.
Pensó en el peso.
En el suelo.
En el aire que entraba poco, pero entraba.
Logró sentarse.
El mundo no aplaudió.
Nada vibró.
Nada se abrió.
Pero no cayó.
Eiden respiró con fuerza, sorprendido de seguir ahí.
Azu lo observó sin decir palabra.
—Esto… —murmuró él—. Esto es peor que perder el poder.
—Claro —dijo ella—.
—Porque ahora cada cosa cuesta.
Azu asintió.
—Bienvenido a la medida real de las decisiones.
Eiden soltó el aire. Una risa breve, casi amarga, se le escapó del pecho.
—Qué entrenamiento de mierda.
Por primera vez desde que habían llegado, algo mínimo cambió en el rostro de Azu.
No fue una sonrisa.
Fue aprobación.
—Todavía no empezamos —dijo.
Azu dio media vuelta y se alejó unos pasos. Luego habló sin mirarlo:
—Cuando el sol esté en ese punto —señaló una abertura alta en la pared— vas a intentar ponerte de pie.
—¿Y si no puedo?
—Entonces lo vas a intentar igual.
Eiden miró la abertura. La luz avanzaba lento. Implacable.
Apoyó de nuevo las manos en el suelo.
El dolor estaba ahí.
Pero él también.
Y por primera vez desde que el fuego se había apagado…
no se sintió vacío.
Solo pesado.
Y seguía siendo él.La luz avanzó.
No rápido. No lenta.
Indiferente.
Eiden no dejó de mirarla. No porque le importara el sol, sino porque Azu había señalado ese punto como si fuera una orden escrita en piedra. Y en ese lugar, las órdenes no se discutían. Se sobrevivían.
Apoyó las manos en el suelo una vez más.
La piedra estaba fría. No ayudaba. No estorbaba. Simplemente estaba ahí, cumpliendo su función sin preocuparse por la suya.
Flexionó el torso.
El dolor respondió de inmediato, puntual, preciso. Esta vez no lo aplastó: lo midió. Como si la fractura supiera exactamente hasta dónde podía protestar sin romperlo del todo.
Eiden respiró hondo.
Un paso mental. Luego otro.
Se llevó la rodilla sana hacia adelante. Apoyó el peso con cuidado extremo. La pierna rota protestó al instante. Un latigazo interno le recorrió el muslo hasta la cadera.
Casi cae.
Casi.
El cuerpo tembló entero, buscando un apoyo que no estaba. El fuego no respondió. No por castigo. Porque no había sido invitado.
Eiden gruñó entre dientes.
—Vamos… —susurró.
Nada ocurrió.
Ni ayuda.
Ni obstáculo.
Solo él y su propio peso.
Logró quedar medio incorporado, sostenido por una pierna y dos manos. La postura era ridícula. Inestable. Humillante.
Azu observaba desde la distancia.
No se movía.
No corregía.
No alentaba.
Eso era peor que cualquier grito.
La luz avanzó un centímetro más por la pared.
Eiden apretó los dientes y empujó.
Por un segundo eterno, estuvo de pie.
No erguido.
No firme.
Pero arriba.
El mundo no cambió.
El lugar no reaccionó.
El silencio no se rompió.
Eiden sonrió.
Y cayó.
El impacto fue torpe. La caída no fue violenta, pero la pierna rota tocó el suelo en mal ángulo. El dolor explotó esta vez, nítido, cortante, obligándolo a jadear.
Se quedó quieto.
Respirando mal.
—Tres segundos —dijo Azu—.
Eiden giró la cabeza hacia ella, incrédulo.
—¿Qué?
—Te mantuviste de pie tres segundos —repitió—. Ayer no hubieras durado uno sin el fuego.
Eiden cerró los ojos. El dolor seguía ahí, pero algo más lo acompañaba ahora.
Una certeza mínima.
—No fue suficiente.
Azu se acercó.
Se detuvo frente a él.
—No —dijo—. Fue real.
Se inclinó y dejó algo en el suelo, al alcance de su mano.
Un trozo de madera recto, gastado en los extremos.
—¿Un bastón? —murmuró Eiden.
—No —corrigió Azu—. Es un límite.
Eiden frunció el ceño.
—¿Cuál?
—Si lo usás para apoyarte, no cuenta —dijo—.
—Si lo usás para no caerte, sí.
Eiden soltó una risa ronca.
—Qué diferencia tan conveniente.
—La diferencia —respondió ella— es si el peso está en vos… o en otra cosa.
Eiden tomó el trozo de madera. Era liviano. Demasiado como para sostenerlo de verdad. Demasiado inútil como arma.
Perfecto.
Azu se alejó unos pasos más.
—Otra vez —ordenó—.
Eiden tragó saliva. Apoyó el palo contra el suelo. No lo cargó. No se colgó de él. Solo lo dejó estar, como una promesa frágil.
Empujó.
El dolor volvió, puntual, constante, sin sorpresa.
Esta vez no intentó levantarse rápido.
Midió.
Respiró.
Aceptó el temblor.
El cuerpo protestó, pero no colapsó.
Quedó de pie.
Un segundo.
Dos.
El palo tocó el suelo.
No lo sostuvo.
El tercer segundo llegó… y pasó.
El cuarto.
El quinto.
Eiden respiraba con dificultad, pero seguía arriba.
Azu lo observaba en silencio absoluto.
—¿Eso es todo? —preguntó él, con voz temblorosa—.
—¿Eso es lo que queda de mí?
Azu respondió sin dudar.
—No —dijo—.
—Eso es lo primero que no te quitó el fuego.
Las piernas de Eiden cedieron y volvió a caer, esta vez con cuidado torpe. El impacto dolió menos. No porque el cuerpo estuviera mejor. Porque él estaba más atento.
Se quedó sentado, jadeando.
—Esto es lento —dijo.
—Sí.
—Duele.
—Sí.
—No se siente como avanzar.
Azu lo miró desde arriba.
—Nunca lo hace —dijo—.
—Por eso casi nadie lo elige.
La luz alcanzó el punto que Azu había señalado.
Ella asintió apenas.
—Bien —dijo—.
—Mañana, apuntamos a diez segundos.
Eiden dejó caer la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada seca, agotada.
—Mañana voy a odiarte.
Azu ya se estaba alejando cuando respondió:
—Eso también cuenta como progreso.
Eiden quedó solo.
El dolor seguía ahí.
La pierna seguía rota.
El fuego seguía ausente.
Pero algo más ocupaba ahora ese espacio vacío.
Resistencia.
Y por primera vez, no nacía del poder.
Nacía de él.La noche no cayó.
Simplemente ocurrió.
La luz se retiró sin dramatismo, como si nunca hubiera tenido intención de quedarse. El cielo volvió a ese tono indefinido, gris profundo, donde no había estrellas ni oscuridad completa. El lugar no dormía. Tampoco despertaba.
Eiden seguía despierto.
No porque pudiera descansar, sino porque el cuerpo había olvidado cómo hacerlo sin el fuego sosteniéndolo desde adentro. Cada intento de relajarse terminaba en una punzada sorda que le recordaba dónde estaba y qué había perdido.
La pierna dolía.
Pero ya no gritaba.
Azu había dejado una manta cerca. No sobre él. Cerca. La había alcanzado sin palabras, como todo lo que hacía ahí. Eiden la había tomado cuando el frío empezó a calar más de lo esperado.
No agradeció.
No hizo falta.
Estaba sentado, la espalda apoyada contra un bloque de piedra. El bastón improvisado descansaba a su lado. No como apoyo. Como referencia. Una línea que no debía cruzar.
Intentó levantarse otra vez.
No porque se lo hubieran pedido.
Porque lo necesitaba.
Apoyó las manos. Ajustó la respiración. El dolor apareció de inmediato, familiar ya, casi… honesto. El cuerpo no exageraba. No castigaba. Simplemente informaba.
No llegó a ponerse de pie.
Cayó de nuevo, lento, controlado.
Se quedó ahí, respirando mal, con la frente apoyada en la piedra fría.
—Esto es estúpido —murmuró—.
—Antes no me costaba nada.
El lugar no respondió.
Pero algo escuchó.
No fue un sonido.
Fue una sensación.
Como cuando alguien entra a una habitación sin hacer ruido y, aun así, uno lo sabe.
Eiden levantó la cabeza.
Nada había cambiado.
Las paredes seguían inmóviles. El aire seguía denso. El silencio seguía siendo ese silencio que no tranquilizaba, que observaba sin ojos.
Apretó el puño.
Por reflejo, buscó el fuego.
No con urgencia.
Con cansancio.
Nada respondió.
Pero esta vez no sintió vacío.
Sintió… eco.
No interno.
No externo.
Como si el lugar devolviera su intención deformada, sin energía, sin luz.
Eiden frunció el ceño.
—¿Eso sos vos? —susurró—.
—¿O soy yo?
No hubo respuesta.
Pero el aire pareció tensarse apenas. No más pesado. Más atento.
Eiden apoyó la espalda otra vez contra la piedra y cerró los ojos.
Recordó.
No el fuego.
Recordó a Riku riendo sin entender el peligro.
A Lia apretándole la mano cuando el miedo se le escapaba por los ojos.
A su padre, sin palabras, poniéndose entre él y algo que no podía vencer.
El pecho se le cerró.
No lloró.
El dolor no lo permitió del todo.
—No soy fuerte —dijo en voz baja—.
—Nunca lo fui.
Abrió los ojos.
—El fuego me hacía parecerlo.
El silencio no lo contradijo.
Eso fue lo peor.
Eiden apoyó una vez más las manos en el suelo.
No miró el bastón.
No miró la luz.
No miró a Azu.
Miró el espacio justo frente a él.
Empujó.
El cuerpo tembló. La pierna sana cargó más peso del que debía. La rota gritó, pero él no la forzó. Ajustó. Midió. Cedió donde hacía falta.
No se levantó.
Se arrodilló.
El movimiento fue torpe, feo, doloroso.
Pero fue suyo.
Se quedó ahí, respirando fuerte, sudando frío.
El aire se movió.
No como viento.
Como reconocimiento.
Una vibración mínima recorrió el suelo, tan leve que podría haber sido imaginación. Pero Eiden la sintió subir por las rodillas, por la espalda, hasta el pecho.
No energía.
Presencia.
El lugar no lo empujó.
No lo ayudó.
Lo aceptó.
Eiden tragó saliva.
—¿Eso es suficiente? —preguntó.
La estructura no respondió.
Pero el peso en el aire disminuyó apenas, lo justo para que respirar fuera… un poco menos difícil.
Eiden sonrió, cansado.
—Ya sé —murmuró—.
—Nunca lo es.
Detrás de él, pasos suaves resonaron sobre la piedra.
Azu se detuvo a su lado.
No dijo nada al principio.
Observó la postura. La respiración. El temblor controlado.
—¿Te arrodillaste? —preguntó.
—No podía levantarme —respondió Eiden.
Azu asintió.
—Entonces elegiste no mentirte.
Se quedó un momento más en silencio.
—Este lugar no reacciona al poder —dijo—.
—Reacciona a lo que queda cuando el poder falla.
Eiden bajó la mirada.
—¿Y qué queda de mí?
Azu lo miró con seriedad absoluta.
—Todavía no lo sé —dijo—.
—Por eso seguimos.
Eiden dejó caer el peso hacia atrás, sentándose con cuidado. El dolor volvió a instalarse, pero ya no lo sorprendía. Era parte del terreno.
—Mañana… —murmuró—.
—¿Diez segundos?
Azu negó.
—No.
Eiden alzó la vista, sorprendido.
—Mañana —continuó ella—, no te vas a levantar.
—¿Qué?
—Vas a aprender a caer bien —dijo—.
—Y a volver a intentarlo sin rabia.
Se dio media vuelta.
—Eso es más difícil que pararse.
Azu se alejó sin mirar atrás.
Eiden quedó solo otra vez.
La estructura no se cerró.
El silencio no se fue.
Pero ya no parecía estar esperando que fallara.
Parecía estar esperando…
que insistiera.
Eiden apoyó la espalda contra la piedra, agotado.
El fuego seguía ausente.
La pierna seguía rota.
El entrenamiento había sido humillante, lento y cruel.
Y aun así…
Por primera vez desde que lo habían sacado del mundo,
Eiden no se sintió fuera de lugar.
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