Kuchiyuku ōkoku - Capítulo 45
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Capítulo 45: Capítulo 45 — “Caer sin romperse”
🕯️ Capítulo 45 —
“Caer sin romperse”
Eiden cayó mal a propósito.
No por torpeza.
Por decisión.
Dejó que el peso se fuera hacia adelante antes de tiempo. No buscó equilibrio. No corrigió. El cuerpo reaccionó tarde, como siempre, y la piedra lo recibió sin intención alguna de cuidarlo.
El impacto fue seco.
El dolor apareció inmediato, subiendo desde la pierna rota como una línea clara, definida, sin exageración. Eiden apretó los dientes y se quedó inmóvil, respirando hondo, esperando que pasara.
Pasó.
No del todo. Pero pasó lo suficiente.
—Bien… —murmuró, más para sí que para el lugar—. Así no.
Rodó de costado y se incorporó apenas, quedando sentado. La pierna protestó, pero ya no lo sorprendía. Había aprendido eso al menos: el dolor no mentía. Solo avisaba.
Volvió a intentarlo.
Esta vez soltó el cuerpo antes. Giró el torso. Permitió que el hombro tocara primero. El impacto fue torpe, pero menos cruel. El aire salió de sus pulmones en un golpe breve.
Cerró los ojos.
—Otra vez.
No había nadie mirando.
Eso era parte del problema.
Cayó una tercera vez. Y una cuarta. No todas salieron bien. En una, la pierna tocó mal el suelo y el dolor fue tan agudo que lo obligó a quedarse quieto, con la frente apoyada contra la piedra fría.
La rabia apareció entonces.
No como un estallido.
Como una presión.
—Antes no me pasaba esto… —susurró—. Antes era fácil.
El silencio no respondió.
Eiden golpeó la piedra con el puño, una sola vez. No fuerte. No para lastimarse. Solo para comprobar que todavía podía.
—Antes yo servía para algo.
El recuerdo llegó sin permiso.
Su padre, sin mirar atrás, avanzando un paso más.
Ese paso de más.
Eiden cerró los ojos con fuerza.
—Si no fuera por mí…
No terminó la frase.
No porque fuera valiente.
Porque no se la creyó del todo.
Apoyó la mano en el suelo y respiró lento. El cuerpo seguía temblando, pero ya no por el impacto. Por la contención. Por todo lo que no había dicho hasta ahora.
—El fuego me hacía útil —murmuró—.
—Sin eso…
Se quedó en silencio.
La idea no dolía.
Eso era lo peor.
Abrió los ojos.
Miró el bastón a un costado.
No lo tocó.
Se inclinó hacia adelante, despacio. No para levantarse. Para caer de nuevo. Esta vez sin prisa. Sin castigo. Aceptando el movimiento como venía.
El cuerpo respondió mejor.
Rodó. Apoyó el antebrazo. Protegió la pierna rota sin pensarlo.
Cuando quedó en el suelo, respirando agitado, algo había cambiado.
No estaba orgulloso.
No estaba fuerte.
Pero no se estaba mintiendo.
—No quiero levantarme para ser fuerte —dijo en voz baja—.
—Quiero levantarme para seguir siendo yo.
El aire se tensó apenas.
No como una reacción.
Como una escucha.
Detrás de él, pasos suaves.
Azu se detuvo a una distancia justa. No demasiado cerca. No lejos.
—Si caés con rabia —dijo—, el cuerpo aprende miedo.
—Si caés con atención… aprende verdad.
Eiden no giró la cabeza.
—¿Y si la verdad es que no soy suficiente?
Azu respondió sin dureza. Sin consuelo.
—Entonces dejá de fingir que lo sos —dijo—.
—Y empezá desde ahí.
Silencio.
—Eso —continuó— también es entrenamiento.
Azu se alejó.
Eiden quedó en el suelo, respirando lento, con el dolor todavía ahí, pero distinto. No como castigo.
Como punto de partida.Eiden no se movió de inmediato.
No porque el cuerpo no pudiera.
Porque la cabeza no quería empujar nada más.
El suelo estaba frío bajo su mejilla. No incómodo. Constante. El tipo de contacto que no promete alivio, pero tampoco traiciona. Respiró hondo una vez. Luego otra.
El dolor seguía ahí.
Ya no reclamaba atención.
Se había vuelto parte del entorno.
Eiden apoyó las palmas en la piedra y se incorporó apenas, quedando de rodillas. La pierna sana absorbió casi todo el peso. La rota protestó, pero él no la silenció ni la forzó. La escuchó.
—Despacio… —murmuró.
No era una orden.
Era un acuerdo.
Se quedó quieto así, arrodillado, respirando. El temblor volvió, leve, contenido. No venía del esfuerzo. Venía de la costumbre rota de querer hacerlo todo rápido.
Antes, levantarse era una decisión.
Ahora era una negociación.
Eiden dejó que el torso se inclinara hacia adelante y volvió a caer, controlado. Esta vez el cuerpo respondió mejor. El impacto fue mínimo. El movimiento, torpe pero honesto.
No hubo rabia.
Eso le llamó la atención.
Se quedó sentado un segundo, sorprendido.
—Ah… —exhaló—. Así.
Repitió el movimiento.
Caer.
Rodar.
Quedar.
Cada vez, el cuerpo ajustaba apenas. No se volvía fuerte. Se volvía atento. Eiden empezó a anticipar el desequilibrio. A ceder antes. A no pelear contra el suelo como si fuera un enemigo.
El fuego no apareció.
Pero el impulso de llamarlo tampoco.
Eso fue nuevo.
En uno de los intentos, la pierna sana falló por cansancio y el cuerpo se desplomó más pesado de lo esperado. El golpe fue seco. El aire salió de sus pulmones con un sonido áspero.
El dolor volvió a subir, intenso.
Eiden cerró los ojos con fuerza.
La rabia apareció otra vez.
No gritó.
No golpeó.
La dejó pasar.
Respiró mal durante unos segundos, hasta que el cuerpo volvió a obedecerle. Cuando abrió los ojos, estaba transpirado. El pecho le latía rápido. Vivo.
—No sos el enemigo… —murmuró, sin saber bien a quién se dirigía—.
—Ni vos… ni yo.
El recuerdo del padre volvió, pero distinto.
No el momento final.
El anterior.
El silencio.
La mano firme en el hombro.
Esa pausa que no pedía permiso ni explicaciones.
Eiden apretó los labios.
—Yo quería ser fuerte —dijo en voz baja—.
—No quería que me cuidaran.
Se incorporó otra vez hasta quedar arrodillado. Esta vez el movimiento fue más limpio. Más consciente. No mejor. Más claro.
Miró hacia adelante.
No había nada que alcanzar.
Eso también era nuevo.
El bastón seguía a un costado. Intacto. Presente como una opción que no había elegido.
Azu no estaba a la vista.
Eso lo obligaba a no actuar para nadie más.
Eiden respiró hondo y apoyó una mano en el suelo. Ajustó el torso. Preparó la caída.
Antes de soltarse, habló.
—No me levanto hoy.
La frase no fue rendición.
Fue límite.
Dejó caer el cuerpo por última vez. Controlado. Limpio. Cuando quedó en el suelo, no sintió frustración. Solo cansancio real.
Se giró de costado y quedó mirando el vacío.
El aire estaba más liviano.
No menos denso.
Más justo.
Pasos suaves rompieron el silencio.
Azu apareció a su lado. No lo miró de inmediato. Observó el suelo, la postura, el bastón intacto.
—No te levantaste —dijo.
—No —respondió Eiden.
—¿Por qué?
Eiden pensó un segundo.
—Porque hoy no iba a ser sincero —dijo—.
—Y no quería mentirle al cuerpo.
Azu asintió apenas.
—Bien.
Se dio media vuelta.
—Mañana —añadió—, vas a caerte peor.
—Y te va a doler menos.
Eiden soltó una risa cansada.
—Eso no tiene sentido.
Azu no se detuvo.
—Todavía no —dijo—.
—Por eso funciona.
Eiden quedó solo otra vez.
El suelo seguía siendo duro.
La pierna seguía rota.
El fuego seguía ausente.
Pero el odio…
Eso sí había cedido un poco.
Y por primera vez, intentar no se sintió como castigo,
sino como elección.Eiden despertó antes de sentir dolor.
Eso fue lo primero que notó.
El cuerpo seguía roto. La pierna seguía siendo un problema sin solución inmediata. Pero la conciencia llegó limpia, sin ese golpe interno que antes lo obligaba a recordar todo de golpe.
Abrió los ojos.
El lugar era el mismo.
La piedra. El aire espeso. El cielo sin cielo.
Pero él no estaba igual.
Se incorporó hasta quedar sentado. El movimiento fue lento, cuidadoso. El dolor apareció, sí, pero no lo sorprendió. No lo empujó hacia atrás. No lo dominó.
Eiden respiró hondo.
No buscó el fuego.
No por fuerza de voluntad.
Porque no hizo falta.
Apoyó una mano en el suelo y llevó la otra hacia la pierna rota. No para revisarla. Para reconocerla. El contacto fue firme, respetuoso.
—Todavía estás ahí —murmuró—.
—Bien.
Se quedó quieto unos segundos.
El cuerpo temblaba apenas. No por debilidad. Por ajuste. Como si algo interno estuviera reordenando prioridades sin pedirle opinión.
Eiden se inclinó hacia adelante.
Esta vez no pensó en caer.
Pensó en pararse.
Apoyó primero la rodilla sana. Luego el pie. El movimiento fue torpe, pero medido. El peso se repartió distinto. No mejor. Más consciente.
El dolor apareció.
Eiden no lo combatió.
Lo dejó estar.
Empujó.
Quedó medio incorporado. La espalda encorvada. Las manos todavía cerca del suelo, listas para corregir.
No tembló.
Eso fue nuevo.
Se enderezó un poco más.
El cuerpo protestó, pero no colapsó. No gritó. No exigió retirada inmediata. Solo informó.
Eiden respiró.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Seguía de pie.
No firme.
No fuerte.
Pero real.
El silencio del lugar se volvió distinto. No expectante. No crítico.
Presente.
Eiden dio un paso mínimo hacia adelante. No con la pierna rota. Con la sana. Ajustó el equilibrio. Corrigió.
El cuarto segundo llegó.
El quinto.
Se permitió sonreír apenas.
No por orgullo.
Por reconocimiento.
Las piernas cedieron después. No de golpe. Con aviso. Eiden dejó que el cuerpo volviera al suelo, controlado, usando el hombro, el costado, el movimiento aprendido.
Cayó bien.
Se quedó sentado, respirando agitado.
El corazón le latía fuerte, pero no desordenado. El cuerpo estaba cansado. De verdad. No vacío.
—Ahí está… —susurró—.
—Eso era.
Pasos suaves detrás de él.
Azu.
No dijo nada al principio. Observó la postura final. La caída limpia. El modo en que Eiden no se apresuró a levantarse otra vez.
—No conté los segundos —dijo ella.
Eiden alzó la vista.
—Yo tampoco.
Azu asintió.
—Eso es nuevo.
Se acercó y, por primera vez desde que habían llegado, empujó el bastón un poco más lejos con la punta del pie.
—Ya no lo necesitás para saber dónde está el límite —dijo—.
—Ahora lo sentís.
Eiden tragó saliva.
—No soy más fuerte —dijo.
Azu lo miró con atención directa.
—No —respondió—.
—Sos más estable.
Silencio.
—El fuego va a volver —añadió—.
—Pero no como antes.
Eiden bajó la mirada.
—No quiero que vuelva como antes.
Azu no sonrió.
Pero tampoco lo corrigió.
—Entonces este cambio es real —dijo—.
—Porque no depende de que algo vuelva.
Se dio media vuelta.
—Mañana caminamos —anunció—.
—Poco. Mal. Doloroso.
Eiden exhaló con cansancio.
—Genial.
Azu se detuvo un segundo antes de irse.
—Hoy —dijo, sin mirarlo—, dejaste de entrenar para recuperar poder.
—Empezaste a entrenar para no romperte cuando lo tengas.
Se fue.
Eiden quedó solo otra vez.
El dolor seguía ahí.
La pierna seguía rota.
El fuego seguía ausente.
Pero el centro…
eso ya no se movía.
Y Eiden entendió algo que no había entendido antes:
Aunque mañana todo empeorara,
aunque nunca volviera a ser como antes,
había una parte de él
que ya no podía perderse.
Y eso…
eso no se entrenaba.
Se elegía.
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