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Kuchiyuku ōkoku - Capítulo 46

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Capítulo 46: Capítulo 46 —“Caminar sin promesas”

🕯️ Capítulo 46 —

“Caminar sin promesas”

Eiden tardó en moverse.

No porque el cuerpo no respondiera,

sino porque antes hizo algo que no había hecho en días.

Cerró los ojos.

No para buscar fuerza.

No para pedir alivio.

Para ordenar el corazón.

Apoyó una mano en el suelo, sintiendo el frío firme de la piedra, y bajó la cabeza apenas. No fue una postura solemne. No había templo, ni símbolos, ni testigos. Solo él… y lo que creía.

—Señor… —susurró.

La voz le salió baja. Desgastada. Honesta.

—No sé si hoy voy a avanzar.

—No sé si mañana voy a poder.

—Y ya no quiero prometerte nada que no pueda cumplir.

Respiró.

El dolor seguía ahí.

No interrumpió la oración.

Tampoco la acompañó.

—Pero no me dejes mentirme —continuó—.

—Si me caigo, que no sea por soberbia.

—Si sigo, que no sea por orgullo.

Tragó saliva.

—Y si no soy fuerte…

—ayudame a ser fiel.

No pidió que el fuego volviera.

No pidió que la pierna sanara.

No pidió respuestas.

Solo eso.

Abrió los ojos.

El mundo no había cambiado.

La piedra seguía siendo dura.

El aire seguía siendo pesado.

El dolor seguía donde estaba.

Eiden asintió apenas, como si aceptara un acuerdo silencioso.

—Vamos —murmuró.

No era una orden al cuerpo.

Era una invitación.

Apoyó primero el pie sano. Luego la rodilla. El movimiento fue torpe, lento, deslucido. El cuerpo protestó. No gritó. Informó. Eiden escuchó.

Se puso de pie.

No derecho.

No estable.

Pero sincero.

Dio un primer paso.

Corto.

Imperfecto.

Doloroso.

El segundo costó más.

El tercero casi no salió.

Las piernas temblaban. No por miedo. Por esfuerzo real. El tipo de esfuerzo que no tiene música épica detrás. El que nadie aplaude.

Alguien pasó cerca.

Eiden no levantó la vista al principio, pero escuchó el murmullo. No fue insulto directo. Fue peor. Desinterés.

—¿Ese es el que entrena Azu? —dijo una voz joven, sin cuidado—.

—Pensé que exageraban.

Otra risa baja.

Eiden sintió el golpe, no en el cuerpo… sino en la memoria. Antes, eso lo habría quebrado. Antes habría apretado los dientes. Antes habría querido demostrar algo.

Hoy no.

Respiró.

Dio otro paso.

La pierna rota protestó con un dolor agudo. Eiden se inclinó apenas, ajustó el equilibrio, y siguió. No miró a nadie. No aceleró. No respondió.

Solo caminó.

Llegó hasta una marca en la piedra. No era un destino. Era un límite natural. El cuerpo avisó que no había más margen. Eiden se detuvo.

No cayó.

Eso ya era suficiente.

Dejó que las piernas cedieran después, con control, usando el movimiento aprendido. Rodó, apoyó el hombro, terminó sentado contra el suelo frío, respirando fuerte.

El corazón le latía como un tambor cansado.

Pero firme.

—Gracias… —susurró, sin levantar la cabeza—.

—Por hoy.

Pasos suaves.

Azu estaba ahí. No había intervenido. No había corregido. Había observado lo importante.

—¿Rezaste? —preguntó, sin juicio.

Eiden asintió.

—No para ganar fuerza.

—Lo sé —respondió ella.

Silencio.

—Caminaste mal —dijo Azu—.

—Fuiste lento.

—Doloroso.

—Visible.

Eiden respiró hondo.

—Sí.

Azu lo miró de arriba abajo. No con dureza. Con precisión.

—Pero no negociaste tu centro —añadió—.

—Eso no se entrena todos los días.

Empujó el bastón un poco más lejos con el pie. Otra vez.

—Mañana —dijo—, el mundo no va a ser más amable.

Eiden alzó la vista.

—Nunca lo fue —respondió.

Azu asintió, apenas.

—Exacto.

Se dio media vuelta.

—Mañana caminás otra vez.

—No para mejorar.

—Para sostener.

Eiden quedó solo.

El dolor seguía ahí.

La fe también.

Y por primera vez, no sintió que una dependiera de la otra.

Caminó poco.

Cayó temprano.

No impresionó a nadie.

Pero había avanzado sin traicionarse.

Y eso, en un mundo que no perdona debilidad,

era una forma silenciosa de resistencia.Un mes no llegó con anuncios.

No hubo un día exacto en el que Eiden pudiera decir “ya estoy bien”.

La pierna dejó de doler de golpe.

Dejó de doler de a poco.

Como hacen las cosas que sanan de verdad.

Cada mañana empezaba igual.

Antes de moverse.

Antes de probar el cuerpo.

Antes incluso de pensar en el entrenamiento.

Eiden se arrodillaba.

La piedra seguía siendo dura. El lugar seguía siendo frío. Pero su postura ya no era insegura. No era ritual vací­o. Era costumbre con sentido.

—Gracias por hoy —decía, en voz baja—.

—No por lo que voy a ganar.

—Por lo que no me dejaste perder.

No siempre decía más.

No hacía falta.

Después venía el cuerpo.

El primer cambio fue evidente: ya no protegía la pierna por miedo.

La cuidaba por conocimiento. Apoyaba bien. Giraba mejor. El peso se repartía con intención. El bastón seguía ahí… pero cada vez más lejos.

Eiden corría poco.

Saltaba mal.

Caía muchas veces.

Pero se levantaba igual.

Azu ya no corregía cada movimiento. Observaba desde lejos. A veces decía una frase. A veces nada durante días. Eso también era entrenamiento.

—El cuerpo aprendió —dijo una vez—.

—Ahora enseñale a la cabeza a no sabotearlo.

Y Eiden entendió.

El entrenamiento mental no fue silencio eterno ni calma perfecta. Fue algo más incómodo: permanecer.

Cuando el cansancio aparecía, Eiden no se gritaba.

Cuando fallaba, no se despreciaba.

Cuando el recuerdo del padre volvía, no lo empujaba lejos.

Lo dejaba estar.

Respiraba.

Rezaba.

No pidiendo respuestas.

No pidiendo señales.

Solo alineándose.

—No me dejes creerme más de lo que soy —decía—.

—Ni menos de lo que valgo.

El fuego empezó a insinuarse.

No como llamarada.

Como calor leve en el pecho.

Como una presencia que esperaba permiso, no orden.

Eiden no lo llamó.

No todavía.

Había aprendido algo más importante: la mente cansada es más peligrosa que el cuerpo roto.

Una tarde, después de una sesión larga, Eiden se quedó sentado, respirando con dificultad. El sudor le corría por la frente. La pierna estaba firme. Dolorida, pero confiable.

Azu se acercó.

—Estás entrenando como alguien que piensa quedarse —dijo.

Eiden alzó la vista.

—No quiero volver a empezar —respondió—.

—Quiero seguir.

Azu asintió.

—Eso se llama constancia —dijo—.

—Es aburrida.

—Es lenta.

—Y gana guerras.

Eiden sonrió apenas.

Esa noche, antes de dormir, volvió a arrodillarse.

No porque tuviera miedo.

Porque tenía rumbo.

—Si mañana fallo —susurró—, que no sea por descuido.

—Y si mañana gano…

—que no se me suba a la cabeza.

El silencio no respondió.

Pero tampoco se fue.

Y en ese silencio firme, sin promesas mágicas ni atajos,

Eiden entendió que la fe no lo alejaba del esfuerzo.

Lo hacía responsable de él.

El mes había pasado.

La pierna estaba fuerte.

La mente, más clara.

El cuerpo, obediente.

Y Eiden ya no entrenaba para probar que podía.

Entrenaba

porque había decidido

no volver atrás.La noche cayó distinta.

No por el cielo —que seguía siendo el mismo—,

sino por el ruido.

Risas.

Voces superpuestas.

Golpes de jarras contra mesas improvisadas.

El olor fuerte de la cerveza mezclado con polvo, sudor y algo más raro: alivio.

La ciudad estaba despierta.

Antorchas encendidas en esquinas donde antes nadie se detenía. Puertas abiertas. Gente en las calles sin mirar el suelo. El miedo había soltado la garganta… aunque fuera por una noche.

—¡Por Eiden!

—¡Por el chico que no se cayó!

—¡Por el que tiró al Teniente en Jefe!

Las jarras se alzaron otra vez.

El Teniente en Jefe había caído esa tarde.

No de forma gloriosa.

De forma definitiva.

No fue una pelea limpia.

Tampoco fue rápida.

Pero cuando terminó, las cadenas dejaron de sonar.

Y eso bastó.

Eiden estaba sentado a un costado, cerca del fuego. No en el centro. Nunca en el centro. La pierna le dolía, sí. El cuerpo entero le pasaba factura ahora que la tensión había soltado. Tenía una jarra en la mano.

No estaba vacía.

Tampoco llena.

La observó un segundo, pensativo, mientras alrededor suyo la gente cantaba canciones viejas que nadie recordaba completas.

—Eh —dijo una voz cercana—.

—¿Eso es todo lo que vas a tomar?

Eiden alzó la vista. Un hombre mayor, barba canosa, ojos cansados pero vivos. Libre.

—Es suficiente —respondió.

El hombre lo miró unos segundos. Luego sonrió.

—Mi padre decía eso —dijo—.

—Los hombres que saben cuándo parar… suelen ser los que aguantan más.

Chocaron jarras. Un sorbo. Nada más.

Eiden dejó la cerveza a un lado.

No por desprecio.

Por cuidado.

Las risas seguían. Algunos bailaban torpemente. Otros lloraban sin esconderse. Había quienes brindaban por los muertos. Por los que no llegaron a ver esta noche.

Eiden se levantó despacio y se alejó unos pasos del ruido.

Apoyó la mano contra una pared de piedra y cerró los ojos.

La imagen del combate volvió.

El Teniente avanzando seguro.

La presión.

El miedo intentando colarse.

El fuego había estado ahí.

No desbordado.

Obediente.

Eiden respiró hondo.

—Gracias… —susurró—.

—No por ganar.

—Por no perderme.

Bajó la cabeza.

—No permitas que mañana me crea lo que hoy dicen —añadió—.

—Ni que olvide lo que costó.

El bullicio siguió detrás de él.

Nadie lo vio rezar.

Y no importaba.

Cuando volvió al fuego, Azu estaba ahí. Sentada. Con una jarra medio vacía que claramente llevaba más tiempo intacta que bebida.

—No gritaste cuando cayó —dijo ella.

Eiden negó.

—No sentí ganas.

Azu lo observó con atención directa.

—Eso es raro —dijo—.

—La mayoría quiere que el mundo escuche cuando gana.

Eiden miró a la gente.

—Ellos necesitaban gritar —respondió—.

—Yo necesitaba quedarme entero.

Azu asintió.

—El Teniente mandaba por miedo —dijo—.

—Vos ganaste sin usarlo.

Silencio.

—Eso complica las cosas —añadió.

Eiden sonrió apenas.

—Siempre lo hace.

Las jarras volvieron a alzarse. Alguien gritó su nombre otra vez. Esta vez Eiden levantó la mano, breve, en señal de respeto. No habló. No brindó.

La fiesta siguió.

Eiden se sentó, sintiendo el calor del fuego en el rostro, el peso del cansancio en el cuerpo… y algo firme en el pecho.

Había liberado una ciudad.

Había derrotado a un Teniente en Jefe.

Había probado su fuerza.

Y aun así, esa noche no se emborrachó de victoria.

Porque sabía algo que antes no sabía:

Las cadenas más difíciles

no siempre están en las manos.

Y si no se cuidan las noches de triunfo,

el enemigo vuelve

con otro nombre.

Eiden cerró los ojos un segundo más.

La música siguió.

La cerveza corrió.

La ciudad celebró.

Y él…

eligió velar su corazón.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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