Kuchiyuku ōkoku - Capítulo 47
- Inicio
- Todas las novelas
- Kuchiyuku ōkoku
- Capítulo 47 - Capítulo 47: Capítulo 47 — “Los que vuelven”
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 47: Capítulo 47 — “Los que vuelven”
🕯️Capítulo 47 —
“Los que vuelven”
El día después no celebró nada.
La luz entró temprano por las aberturas irregulares de la base secreta, clara y sin ceremonia. No hubo música. No hubo risas. Solo el sonido bajo de gente moviéndose con cuidado: pasos, armas acomodadas, telas ajustadas, murmullos prácticos.
La ciudad había festejado. Ellos no.
Eiden estaba sentado contra la pared de piedra, con la espalda recta y la pierna extendida. La revisaba en silencio. No buscando daño nuevo. Confirmando límites. El cuerpo hablaba distinto ahora. No pedía permiso. Informaba.
A unos metros, Azu daba indicaciones cortas. Nada heroico. Distribución de guardias. Rutas de salida. Qué se quemaba. Qué se guardaba. Qué no se llevaba bajo ningún motivo.
—No se queden con nada que no puedan defender —dijo—. —Y no defiendan nada que los haga lentos.
Nadie discutió.
Eiden escuchaba sin intervenir. No era desinterés. Era ubicación. Sabía cuándo estar al frente… y cuándo no estorbar.
Fue entonces cuando el sonido cambió.
No fue una alarma. No fue un aviso claro. Fue un murmullo extraño, desacompasado con el resto del lugar. Dos voces nuevas. Una demasiado expresiva. La otra… demasiado silenciosa.
Eiden no levantó la cabeza de inmediato.
—Te digo que era por acá —dijo una voz conocida, con convicción mal colocada—. —Eso dijiste hace diez minutos —respondió otra, suave, firme—. —Y también hace quince.
Eiden cerró los ojos un segundo.
Conocía ese ritmo. Ese tono. Ese cansancio contenido.
Azu fue la primera en girarse. No tensó el cuerpo. Solo observó.
—¿Quiénes son? —preguntó alguien.
Antes de que nadie respondiera, Riku apareció en la entrada baja, inclinándose torpemente para no golpearse la cabeza. Tenía polvo en la ropa, una venda mal puesta en el antebrazo y esa sonrisa que siempre llegaba medio segundo antes que la prudencia.
—¡Viste! —dijo—. Te dije que no estaba muerto.
Detrás de él, Lia entró sin apuro. Miró el lugar con atención rápida, registrando salidas, gente armada, posiciones. Luego… lo vio.
Eiden.
No se llevó la mano a la boca. No corrió. No dijo su nombre.
Solo lo miró.
Y algo en su expresión cambió.
Riku también lo vio entonces. Se quedó quieto. La sonrisa se le apagó de a poco, como una lámpara mal conectada.
—Eh… —dijo—. —Estás… entero.
Eiden levantó la vista despacio y se puso de pie. No rápido. No solemne. Con el mismo cuidado con el que había aprendido a caminar otra vez.
—Hola, Riku —dijo—. —Hola, Lia.
La voz era la misma. El peso no.
Riku dio dos pasos y se detuvo, inseguro por primera vez en mucho tiempo.
—Pensé que… —empezó—. —Bueno. Pensé muchas cosas.
Lia fue la que habló.
—Se nota —dijo—. —Que no dormiste poco por miedo.
Eiden inclinó apenas la cabeza.
—Dormí poco por trabajo.
Silencio.
Azu observó la escena sin interrumpir. Sus ojos se estrecharon apenas. No por sospecha. Por evaluación.
Riku fue el primero en apartar la mirada.
No por vergüenza. Por desorientación.
Eiden no estaba distinto en lo evidente. No había una cicatriz nueva, ni una postura altiva, ni ese aire de “mírenme” que Riku había visto en otros después de una victoria. Y sin embargo… algo no encajaba. Como una habitación conocida a la que alguien le cambió el orden sin avisar.
—Che… —dijo Riku, rascándose la nuca—. —¿Te duele mucho?
La pregunta salió sola. Vieja. Segura. Era la pregunta de siempre.
Eiden respondió sin apuro.
—Lo suficiente.
Y no agregó nada más.
Riku esperó la broma. El comentario. La minimización.
No llegó.
Eso fue lo que le apretó el pecho.
Antes, Eiden siempre explicaba. Justificaba. Pedía disculpas por seguir de pie. Por ocupar espacio. Por necesitar tiempo. Ahora no. Respondía lo justo. Como alguien que ya no se siente en falta.
Riku tragó saliva.
—Cuando escuchamos los rumores —continuó—… —Pensé que exageraban. —Que te habían cargado una pelea que no era tuya.
Eiden lo miró.
—Lo era.
Corto. Sin épica. Sin orgullo.
Riku asintió despacio, como si la frase necesitara bajar por el cuerpo antes de llegar a la cabeza.
Miró sus propias manos. Las mismas que antes se cerraban antes que las de Eiden. Las mismas que habían empujado, cubierto, tironeado de él más veces de las que podía contar.
Se dio cuenta de algo incómodo.
Si esa pelea había sido de Eiden… él no había estado.
Y no porque no quisiera. Porque no había llegado.
El pensamiento no lo acusó. Le mostró la distancia.
—Yo… —empezó, y se detuvo—. —Pensé que cuando te encontráramos ibas a estar… enojado.
Eiden negó.
—No tuve tiempo.
Eso fue peor.
Riku soltó una risa baja, sin humor.
—Claro. —Uno se enoja cuando puede darse el lujo.
Lia lo miró de reojo. No lo frenó. Sabía que Riku necesitaba terminar de caer solo.
—Antes —dijo Riku, sin levantar la vista—, —cuando te pasaba algo… —yo sabía qué hacer.
Silencio.
—Te cubría. —Te gritaba. —O hacía alguna estupidez para distraer.
Alzó la vista, y por primera vez no sonrió.
—Ahora no sé dónde entro.
No fue reproche. Fue constatación.
Eiden respiró hondo. No avanzó. No se acercó.
—Seguís entrando —dijo—. —Solo que ya no adelante mío.
Riku cerró los ojos un instante.
Eso era. Eso dolía.
No había sido desplazado por alguien más fuerte. Ni traicionado. Ni dejado atrás con desprecio.
Había sido alcanzado… y pasado.
La base siguió con su movimiento. Un arma chocó contra otra. Alguien dio una orden corta.
El mundo no se detuvo para ese momento.
—Me alegra verte así —dijo Riku al final—. Y esta vez lo dijo en serio. —Solo que voy a tardar un poco en acostumbrarme.
Eiden asintió.
—Yo también.
Riku respiró profundo. Enderezó los hombros. No volvió a hacer chistes.
Todavía.
Había perdido algo esa mañana. Pero no a Eiden.
Había perdido el lugar cómodo desde el que lo cuidaba.
Y entendió algo que nunca se había animado a pensar: si quería seguir caminando a su lado, iba a tener que crecer también.Lia no intervino mientras Riku hablaba.
No porque no tuviera nada que decir. Sino porque ya había visto suficiente.
Cuando el silencio cayó entre los tres, no fue incómodo. Fue denso. Como esas pausas donde algo importante ya ocurrió y nadie quiere arruinarlo con palabras innecesarias.
Lia dio unos pasos y se detuvo frente a Eiden. No invadió su espacio. No lo rodeó. Se colocó apenas a un lado, como siempre había hecho. Observó la pierna. El peso. La forma en que apoyaba el pie.
No buscaba debilidad. Buscaba verdad.
—No te forzaste —dijo al fin—. No fue una pregunta.
Eiden la miró. Negó apenas.
—Aprendí cuándo parar.
Lia asintió, despacio.
Eso era nuevo. Y no.
Antes, Eiden se exigía hasta romperse. Ahora se sostenía hasta poder seguir.
Lia bajó la vista un momento. Se llevó una mano al vendaje que todavía cubría parte de su brazo. Viejo hábito. Recordatorio constante.
—Pensé que cuando te volviera a ver —dijo—, —ibas a estar más lejos.
Eiden frunció levemente el ceño.
—¿De ustedes?
Lia negó.
—De vos.
Levantó la mirada. Sus ojos no temblaban.
—Pero estás más presente. —Eso es… más difícil.
Eiden no respondió de inmediato.
Ella se acercó un poco más. No para tocarlo. Para asegurarse de que la escuchara.
—No usaste el fuego como escape —continuó—. —Lo sentiste. —Lo dejaste estar. —Y elegiste.
Silencio.
—Eso no lo hace cualquiera.
Eiden respiró hondo.
—Tampoco lo hice solo.
Lia no sonrió.
—Lo sé. —Pero fuiste el que se quedó cuando nadie aplaudía.
Azu, desde la distancia, observaba sin interrumpir. Reconocía ese tipo de conversación. Las que no se entrenan. Las que se sobreviven.
Lia dio un paso atrás. Les dio espacio. Pero antes de irse, dijo algo más.
—Riku va a necesitar tiempo. —No para aceptarte. —Para aceptarse.
Eiden asintió.
—Y vos —preguntó—, —¿estás bien?
Lia se tomó un segundo antes de responder.
—Estoy aprendiendo —dijo—. —Que cuidar no siempre es sostener. —A veces es dejar que el otro camine sin tocarlo.
Eiden la miró con atención nueva. No como amiga de siempre. Sino como igual.
—Gracias —dijo.
Lia inclinó la cabeza.
—Seguimos siendo los mismos —añadió—. —Solo que ahora nadie necesita estar adelante todo el tiempo.
Se dio media vuelta y caminó hacia donde Riku revisaba su equipo en silencio. No lo consoló. No hizo falta. Estar ahí era suficiente.
Eiden quedó unos segundos quieto.
Algo se había acomodado. No como antes. Mejor.
No había perdido a sus amigos. Habían cambiado de lugar. Y eso, aunque dolía un poco, era señal de que habían sobrevivido juntos.
El día siguió avanzando. La base se preparó. Las rutas se marcaron. Las salidas se planearon.
Y por primera vez desde que todo había empezado, Eiden no sintió que caminaba solo…
ni que necesitaba que alguien lo guiara.
Eiden se alejó cuando nadie lo notó.
No fue huida. Fue necesidad.
Cruzó uno de los pasillos laterales de la base, más angosto, menos transitado. La piedra ahí estaba más fría. Más vieja. Como si ese lugar no esperara victorias, solo pasos.
Apoyó la espalda contra la pared y dejó caer la cabeza hacia atrás.
El cuerpo dolía. No como antes. Dolía con sentido.
Cerró los ojos.
El fuego respondió.
No explotó. No ardió. No pidió salir.
Estaba ahí. Presente. Silencioso. Como un animal que aprendió a sentarse sin correa.
Eiden respiró despacio.
—No soy el mismo —susurró—. —Y tampoco quiero ser otro.
El recuerdo de Max apareció sin aviso. No el del final. El de antes. Riendo. Corrigiéndolo con paciencia. Empujándolo un paso más adelante de lo que se animaba.
—Me estarías diciendo que no me agrande —murmuró—. —Y después que no sea idiota.
Una sonrisa leve. Cansada. Verdadera.
Abrió los ojos.
—Estoy tratando —dijo en voz baja—. —De hacer las dos cosas.
El fuego se mantuvo quieto. Eso fue suficiente respuesta.
Eiden se enderezó. Se empujó de la pared. Y volvió.
No porque lo esperaran. Porque los había elegido.
Riku estaba sentado limpiando una hoja que ya estaba limpia. Lia revisaba provisiones sin apuro. Ninguno habló cuando Eiden se acercó.
Esta vez, fue él quien rompió el silencio.
—Antes —dijo—, —yo necesitaba que ustedes me sostuvieran.
Riku levantó la vista. Lia también.
—Hoy no —continuó—. —Hoy los necesito conmigo.
Riku parpadeó, sorprendido.
—Eso sonó peligrosamente serio —dijo—. —¿Estás bien?
Eiden lo miró.
—No. —Pero estoy mejor por ustedes.
Riku soltó una risa corta. Lia bajó la cabeza un segundo.
—No soy bueno diciendo estas cosas —agregó Eiden—. —Pero quiero que sepan algo.
Se tomó un segundo.
—Riku, si yo sigo de pie… —es porque siempre hubo alguien dispuesto a ponerse adelante cuando yo no podía.
Riku abrió la boca, pero no dijo nada.
—Y Lia —continuó—, —si no me perdí cuando todo dolía… —es porque vos mirabas incluso cuando yo no quería verme.
Lia levantó la vista. No sonrió. Pero los ojos le brillaron apenas.
—Max estaría feliz —dijo Riku de golpe—. Lo dijo sin drama. Como una verdad simple. —No solo porque sos más fuerte. —Sino porque dejaste de querer probarlo.
Eiden bajó la mirada. Asintió una vez.
—Eso espero.
Se sentaron juntos. No hablaron mucho más. No hacía falta.
Muy lejos de ahí, en la sala de los jefes, el tono era otro.
Mapas extendidos. Marcas nuevas. Ciudades señaladas con carbón y sangre vieja.
Azu estaba de pie, bastón apoyado contra la mesa. Thomas cruzado de brazos. Brisa sentada de costado, con una pierna colgando del banco. Emily apoyada contra la pared, brazos cruzados y sonrisa peligrosa.
—Liberar una ciudad no crea un patrón —dijo Azu—. —Crea atención.
—Y la atención se propaga —agregó Thomas—. —Ya hay movimientos en el segundo continente. —Demasiado coordinados.
Brisa chasqueó la lengua.
—Genial. —Les sacamos un teniente y ahora creen que somos una revolución.
Emily sonrió.
—¿No lo somos?
Silencio.
—Eiden es un factor —dijo Thomas—. —No por el fuego. —Por cómo lo usa.
Azu asintió.
—No domina. —Contiene.
Emily inclinó la cabeza, divertida.
—Y además creció —dijo—. —Está más alto. —Más firme. —Y admitámoslo… más guapo.
Brisa giró la cabeza de golpe.
—¿En serio estás mirando eso ahora?
—Siempre miro todo —respondió Emily—.
Brisa bufó.
—Es un tonto. —Sigue caminando como si el mundo no fuera a morderle la espalda.
—Por eso funciona —dijo Thomas—. —Los hombres así hacen que otros caminen con ellos.
Azu apoyó el bastón con más peso.
—Si seguimos avanzando continente por continente —dijo—, —necesitamos algo más que fuerza. —Necesitamos alguien que no quiera el centro.
Emily miró el mapa. Luego sonrió.
—Qué mala suerte para nuestros enemigos —dijo—. —Ese chico no quiere ser rey.
Brisa se levantó.
—Ojalá no lo rompan antes de que termine de entender lo que es.
Azu no respondió. Pero sus ojos fueron hacia la puerta. Hacia donde Eiden no estaba.
—Si lo cuidan mal —dijo al fin—, —sí. —Si lo dejan caminar… —tal vez sea la clave.
El silencio se asentó. Pesado. Lleno de decisiones que todavía no tenían nombre.
Eiden no sabía nada de eso.
Estaba sentado con sus amigos. Cansado. Dolorido. Entero.
Y por ahora… eso bastaba.
El camino seguía. Las ciudades también. Los enemigos aprenderían.
Pero ese día, Eiden había elegido algo simple y difícil a la vez:
no caminar solo, y no dejar que otros caminaran por él.
Y así, sin promesas grandiosas, el siguiente paso ya estaba dado.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com