Kuchiyuku ōkoku - Capítulo 48
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Capítulo 48: Capítulo 48 —“Donde empieza el camino”
🕯️Capítulo 48 —
“Donde empieza el camino”
(Primera parte)
La partida no fue anunciada.
No hubo discurso. No hubo despedidas largas. No hubo promesas dichas en voz alta. Solo movimiento organizado y rostros atentos. La base secreta se desperezaba como un animal viejo que sabía que no podía quedarse quieto mucho tiempo.
Eiden ajustó las correas del equipo sin apuro. Cada gesto era exacto. No rígido. Exacto. El cuerpo ya no preguntaba qué seguía. Esperaba instrucciones claras.
Azu lo observaba desde el otro lado del pasillo.
No como entrenadora.
Como alguien que estaba midiendo el alcance de una decisión que todavía no había sido dicha.
—No vas a encabezar esta salida —dijo finalmente.
Eiden levantó la vista. No sorprendido. Solo atento.
—Lo imaginé.
Azu apoyó el bastón en el suelo. El sonido seco se perdió entre los pasos de fondo.
—Tampoco vas a ir como apoyo —continuó—. Ni como símbolo.
Eso sí detuvo a Eiden un segundo.
—Entonces… —empezó.
—Vas a ir solo —dijo Azu—. Y sin fuego.
Silencio.
No fue un silencio tenso. Fue uno que obligaba a pensar.
Eiden bajó la mirada hacia sus manos. Las abrió. Las cerró. El fuego respondió, apenas. Como una respiración contenida.
—¿Destino? —preguntó.
Azu desplegó un mapa pequeño, doblado y gastado. No era una ciudad marcada en rojo. No era una fortaleza enemiga. Era un punto gris, casi olvidado.
—Distrito bajo de Arken —dijo—. —No pidió ayuda. —No se levantó. —Y no cree en nosotros.
Eiden frunció apenas el ceño.
—¿Por qué ir entonces?
Azu lo miró fijo.
—Porque ahí el fuego no convence a nadie.
—Y porque ya están hablando de vos.
Eiden alzó la cabeza.
—¿Cómo?
—Como se habla de alguien cuando no está —respondió—. Mezclando verdad con miedo.
Hizo una pausa.
—Dicen que quemaste una ciudad para salvar otra.
—Que no dudás.
—Que el que se interpone, desaparece.
Eiden sintió el peso de esas palabras como una capa que no había pedido.
—No fue así —dijo.
—No importa —respondió Azu—. Ya empezó.
Un grupo pasó cerca cargando provisiones. Uno de ellos miró a Eiden más tiempo del necesario. No con admiración. Con expectativa.
Eso fue nuevo.
—En Arken —continuó Azu— hay gente que no necesita un salvador. —Necesita saber si puede caminar sin ser empujada.
Eiden entendió.
No se trataba de ganar.
Se trataba de no imponer.
—¿Y si me rechazan? —preguntó.
Azu sonrió apenas.
—Entonces habrás hecho bien el trabajo.
Silencio otra vez.
Eiden dobló el mapa con cuidado y lo guardó.
—¿Cuándo salgo?
—Ya deberías estar yendo —respondió Azu.
No hubo más que decir.
Eiden ajustó la capa ligera que le habían preparado. No llevaba insignias. No llevaba marcas. No llevaba fuego visible.
Al cruzar el pasillo principal, Riku lo vio.
—Eh —dijo—. ¿Salís sin avisar?
—No me voy lejos —respondió Eiden.
Riku lo miró de arriba abajo.
—Eso es mentira —dijo—. Pero está bien.
Lia se acercó sin ruido.
—No uses lo que no te pidan —dijo—. Y no te escondas si te ven.
Eiden asintió.
—Vuelvo caminando —agregó.
Riku soltó una risa breve.
—Como siempre.
Pero esta vez no sonó igual.
Eiden cruzó la salida secundaria. La luz del exterior lo recibió sin solemnidad. El camino se extendía delante suyo, irregular, polvoriento, sin promesas claras.
Detrás de él, alguien murmuró su nombre.
No como un llamado.
Como una advertencia.
Eiden no se giró.
Porque por primera vez, el siguiente paso no necesitaba fuego…
solo dirección.Arken no se anunciaba.
No había murallas imponentes ni estandartes visibles desde la distancia. El distrito bajo se extendía como una herida vieja: calles angostas, techos irregulares, humo bajo que no venía de incendios sino de cocinas pobres y talleres cansados.
Eiden redujo el paso antes de entrar.
No por cautela.
Por respeto.
La gente lo vio antes de que él los viera a ellos.
Un hombre con un carro cargado de chatarra detuvo el avance al notarlo. Una mujer cerró una ventana que ya estaba medio cerrada. Un chico dejó de correr y se quedó quieto, observando con los ojos grandes, calculando si ese extraño traía problemas.
Nadie gritó.
Nadie huyó.
Nadie dio la bienvenida.
Eso era Arken.
Eiden avanzó sin tocar nada. Sin mirar demasiado fijo. Sin esconderse. No llevaba fuego. No llevaba armas visibles. Solo el cansancio del camino y una presencia que no intentaba ocupar más espacio del necesario.
—¿Quién sos?
La voz vino desde un costado. Grave. Desconfiada.
Un hombre mayor, apoyado contra una pared de ladrillo gastado. Tenía los brazos cruzados y una cicatriz vieja que le partía la ceja en dos. No parecía un guardia. Tampoco un civil indefenso. Era alguien que había aprendido a pararse donde nadie más quería.
Eiden se detuvo.
—Eiden —dijo—. Solo eso.
El hombre lo miró unos segundos de más.
—¿Apellido?
—No importa.
Silencio.
—Acá los nombres pesan —respondió el hombre—. Y el tuyo anda dando vueltas.
Eiden asintió apenas.
—Lo imaginé.
Un par de personas más se habían detenido a escuchar. No se acercaban. Se quedaban donde podían escapar rápido si hacía falta.
—Dicen que traés fuego —continuó el hombre—. Que cuando entrás a un lugar, alguien pierde algo.
Eiden sostuvo la mirada.
—No vine a encender nada.
—Eso dicen todos —respondió el otro—. Hasta que lo hacen.
Eiden respiró despacio.
—No vengo a liberar Arken.
Eso generó algo distinto. No alivio. Confusión.
—Entonces… —empezó una mujer desde una puerta— ¿qué querés?
Eiden giró apenas la cabeza hacia ella. No dio un paso.
—Caminar —dijo—. Ver. —Y si me dejan… escuchar.
Un murmullo bajo recorrió la calle.
—¿Escuchar qué? —preguntó el hombre de la cicatriz.
—Por qué nadie pidió ayuda —respondió Eiden sin dureza—. Y por qué siguen acá.
Eso sí molestó.
—Porque este lugar es nuestro —dijo alguien más—. Aunque esté roto.
—Porque cuando vienen “salvadores” —agregó otro—, después vienen las cuentas.
Eiden no discutió.
—Por eso vine solo.
El silencio volvió a asentarse. Espeso. Medido.
El hombre de la cicatriz descruzó los brazos.
—No te vamos a seguir —dijo—. —Ni agradecerte nada.
—No lo espero —respondió Eiden.
—Y si traés problemas…
Eiden lo miró de frente.
—Me iré.
Eso no era valentía.
Era límite.
El hombre lo observó un segundo más. Luego señaló con la cabeza hacia una calle lateral.
—Hay una posada vieja. No pregunta nombres. —Si te echan, no vuelvas.
Eiden asintió.
—Gracias.
—No —corrigió el hombre—. Todavía no.
Eiden siguió caminando.
A sus espaldas, alguien murmuró:
—No parece un rey.
Otro respondió, en voz más baja:
—Eso es lo que da miedo.
Eiden no escuchó las palabras exactas.
Pero sintió el peso.
Arken no lo había rechazado.
Tampoco lo había aceptado.
Y por primera vez, eso era exactamente lo que necesitaba.La posada olía a madera húmeda y a vino barato.
No era sucia. Era cansada. Como todo en Arken.
Eiden dejó unas monedas sobre el mostrador sin preguntar precios. La mujer que atendía lo miró de arriba abajo con atención calculada. No curiosidad. Evaluación.
—La habitación del fondo —dijo—. Las paredes son más gruesas.
Eiden asintió y tomó la llave.
El cuarto era pequeño. Una cama firme, una mesa baja, una vela ya gastada. Nada más. Cerró la puerta con cuidado y dejó el equipo a un lado. Se sentó un momento, apoyando los antebrazos sobre las rodillas.
El silencio ahí no era paz.
Era espera.
El golpe en la puerta llegó después de eso. Suave. Demasiado seguro para ser casual.
Eiden no se levantó de inmediato.
—Está ocupado —dijo.
—No por mucho —respondió una voz femenina—, si no te molesta.
No era una voz joven. Tampoco vieja. Era… entrenada.
Eiden abrió la puerta lo justo.
La mujer era hermosa. No de forma ostentosa. Hermosa como alguien que sabe qué mostrar y qué no. Cabello oscuro, suelto. Ropa sencilla, pero ajustada donde hacía falta. Ojos atentos, sonrisa lenta.
—No soy problema —dijo—. Solo compañía.
Eiden la observó en silencio.
—No la busqué.
—Nadie busca lo que necesita —respondió ella, apoyándose apenas en el marco—. En Arken, ofrecer algo es una forma de conocer intenciones.
Eiden entendió.
—¿Quién te mandó? —preguntó.
Ella sonrió más.
—Eso duele un poco —dijo—. Pensé que podía ser interés genuino.
Dio un paso adentro sin ser invitada. Cerró la puerta detrás de ella con cuidado.
—Estás tenso —continuó—. Se nota cuando un hombre carga más de lo que muestra.
Se acercó lo suficiente para que el aire cambiara. No lo tocó. Aún.
—Puedo ayudarte a soltar —susurró—. No pido nada a cambio. Solo… que te quedes.
Eiden se puso de pie.
No retrocedió. No alzó la voz.
—No vine a quedarme —dijo.
Ella alzó una ceja.
—Todos dicen eso. —Especialmente los que están cansados de ser fuertes.
Estiró la mano. Rozó apenas la manga de su ropa. Fue suficiente para sentir la intención. No era ternura. Era control disfrazado de consuelo.
Eiden cerró los ojos un segundo.
El fuego respondió.
No con calor.
Con presión.
La katana vibró levemente en su funda, como si reconociera una amenaza que no necesitaba nombre.
La mujer lo notó.
—Ah… —murmuró—. Así que es verdad.
Sus ojos brillaron. No de miedo. De ambición.
—Con eso podrías tener lo que quieras acá —dijo—. Nadie te diría que no.
Eiden abrió los ojos.
El fuego pedía salir. No para atacar. Para terminar la escena. Bastaba un gesto. Un destello. Un recordatorio de quién tenía el poder.
Durante un instante… lo consideró.
Y decidió no hacerlo.
Afirmó la katana con una mano. No para desenvainarla. Para quedarla quieta.
El fuego obedeció.
—No toques lo que no entendés —dijo Eiden, con voz firme—. Y no ofrezcas lo que no podés sostener.
La mujer retrocedió un paso. Por primera vez, la sonrisa se le quebró apenas.
—¿Me estás rechazando? —preguntó.
—Te estoy respetando —respondió—. Y pidiéndote que hagas lo mismo.
Silencio.
Ella lo miró como si lo viera por primera vez. No como arma. No como hombre. Como algo más incómodo.
—No sos lo que dijeron —admitió.
—Por eso estoy acá —dijo Eiden.
La mujer asintió despacio. Se dio media vuelta y abrió la puerta.
—Arken no perdona fácil —dijo antes de irse—. —Pero recuerda a los que no toman lo que pueden.
Cuando la puerta se cerró, Eiden soltó el aire que había estado conteniendo.
Se sentó de nuevo. Apoyó los codos en las rodillas. La katana seguía quieta. El fuego también.
—Eso también es fuerza —murmuró.
Afuera, la noche siguió su curso.
Y en Arken, alguien empezó a preguntarse si ese hombre realmente había venido a conquistar algo…
o a demostrar que no todo poder necesita ser usado.
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