Kuchiyuku ōkoku - Capítulo 49
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Capítulo 49: Capítulo 49 —“Las razones que no se dicen”
Capítulo 49 —
“Las razones que no se dicen”
Eiden no salió de la posada al amanecer.
Esperó.
No por miedo.
Por método.
Arken se mostraba distinta según la hora. De día era ruidosa, funcional, terca. De noche, reservada y peligrosa. Pero había un momento intermedio —cuando los talleres abrían y los puestos improvisados empezaban a armarse— en el que la gente bajaba la guardia sin darse cuenta.
Ahí se veía la verdad.
Eiden caminó sin rumbo aparente. Cambió de calle más de una vez. Se detuvo en esquinas donde nadie se detenía. Observó reflejos en vidrios sucios, conversaciones a medio decir, miradas que se interrumpían cuando él pasaba.
No buscaba caras. Buscaba patrones.
En Arken no había soldados visibles.
Tampoco bandos claros.
Pero sí había límites.
Un comerciante levantó la voz contra un cliente… y la bajó apenas un tercero se acercó.
Un chico robó pan… y nadie lo señaló.
Un hombre golpeó una mesa en una discusión… y tres personas lo miraron al mismo tiempo.
No era caos.
Era equilibrio tenso.
Eiden entró a un taller de metal oxidado, como si solo buscara resguardarse del polvo. Nadie lo echó. Nadie lo saludó. El dueño siguió trabajando, pero habló sin mirarlo.
—Acá no se pelea adentro —dijo—. Afuera, si querés.
Eiden asintió.
—¿Regla? —preguntó.
—Costumbre —respondió el hombre—. Las reglas se escriben. Las costumbres sobreviven.
Eso anotó Eiden. No en papel. En memoria.
Más adelante, en una taberna sin nombre, escuchó otra.
—No se pide ayuda gratis —dijo una mujer mientras limpiaba una jarra—. Y no se cobra lo que no se puede pagar dos veces.
—¿Dos veces? —preguntó Eiden.
Ella lo miró recién ahí.
—La primera con monedas. La segunda con silencio.
Eiden entendió.
Arken no rechazaba la autoridad.
Rechazaba la deuda.
Siguió caminando. Vio marcas en paredes: símbolos simples, casi infantiles. No eran amenazas. Eran avisos. Territorio no de poder, sino de responsabilidad.
Cada zona tenía alguien que respondía, no alguien que mandaba.
Y entonces lo vio.
Un edificio bajo, reforzado más de lo necesario para su tamaño. Sin guardias visibles. Sin gente entrando. Pero todos pasaban alrededor. Nadie se detenía frente a él.
El centro de Arken no era una torre.
Era un vacío.
Eiden no se acercó.
No todavía.
Se apoyó contra una pared cercana y pensó, por primera vez desde que llegó, en Azu.
“Porque ahí el fuego no convence a nadie.”
Lo enviaron a Arken no para salvarla.
Ni para conquistarla.
Lo enviaron porque si Eiden entendía Arken, entendería qué venía después.
Y si fallaba…
Arken sería el primer lugar donde su nombre dejaría de ser esperanza
y pasaría a ser advertencia.
Eiden cerró los ojos un segundo.
—Bien —murmuró—. Entonces empecemos bien.
Y dio el primer paso hacia el lugar que nadie miraba.Eiden sintió la presencia antes de verla.
No era amenaza directa.
Era intención mal alineada.
La calle era más angosta ahí, con paredes que habían visto demasiadas discusiones como para sorprenderse por una más. Cuando giró la esquina, ella estaba apoyada contra un poste de madera gastada.
La misma mujer de la posada.
Esta vez no sonreía.
A su lado, un hombre grande. No musculoso por entrenamiento, sino por costumbre. Hombros anchos, nudillos marcados, mandíbula apretada. Alguien acostumbrado a resolver cosas con el cuerpo porque nadie le había enseñado otra forma.
—Te dije que Arken recuerda —dijo ella, sin acercarse—. Pero no todos recuerdan lo mismo.
Eiden se detuvo a dos metros. No adoptó postura. No llevó la mano al arma.
—No vine a faltarle el respeto a nadie —dijo—. Tampoco a probar nada.
El hombre dio un paso adelante.
—Mentís —gruñó—. Nadie camina tanto sin querer algo.
Eiden lo miró. No con desprecio. Con lectura.
—Querés que reaccione —dijo—. Así es más fácil decidir qué hacer conmigo.
La mujer entrecerró los ojos.
—A veces hay que ver hasta dónde llega alguien —respondió—. Para saber si es peligro… o solo raro.
El hombre sonrió, mostrando un diente roto.
—Yo me encargo.
Eiden exhaló despacio.
—No tenés por qué hacer esto.
—Sí tengo —respondió el otro, y lanzó el golpe.
Fue un golpe fuerte. Directo. Sin técnica, pero con intención de lastimar.
No llegó.
Eiden atrapó el puño en el aire con una facilidad insultante. No hubo choque. No hubo esfuerzo visible. Solo control.
El hombre parpadeó.
Eso fue todo lo que necesitó Eiden.
Tiró del brazo hacia adelante, acortando la distancia, y con la otra mano dio un golpe seco y preciso en el costado del cuello. No violento. No brutal.
Exacto.
El cuerpo del hombre se aflojó de inmediato. Cayó de rodillas primero, luego de costado, inconsciente antes de tocar el suelo por completo.
Silencio.
Eiden soltó el brazo y dio un paso atrás.
No miró al caído con triunfo.
Miró a la mujer.
Ella no gritó. No retrocedió. Pero su respiración había cambiado.
—Pudiste matarlo —dijo.
—Lo sé —respondió Eiden—. Y no lo hice.
—Eso no te hace mejor —dijo ella, tensando la mandíbula—. Arken no respeta la misericordia.
—No busco respeto —contestó—. Busco entender.
La mujer lo miró largo rato. Como si recalculara algo que creía cerrado.
—No usaste fuego —murmuró.
—No hacía falta.
—Ni armas.
—Tampoco.
Ella bajó la mirada hacia el hombre inconsciente. Luego volvió a Eiden.
—Ahora sí van a hablar de vos —dijo—. No como antes.
—Eso también lo sé —respondió Eiden.
—Arken castiga a los que sobresalen —agregó ella—. Y protege a los que no toman de más.
Eiden dio media vuelta.
—Entonces deciles esto —dijo sin mirarla—:
No toqué nada que no fuera mío.
Y no crucé ningún límite… hasta que alguien lo hizo por mí.
Caminó sin apurarse.
Detrás de él, la mujer habló por última vez:
—No sos un salvador.
Eiden se detuvo apenas.
—Menos mal —respondió—. Los salvadores siempre cobran.
Y siguió.
Esa noche, en Arken, no se habló de fuego.
Se habló de un hombre que podía romperte el cuello… y decidió no hacerlo.
Y eso, para un lugar como ese,
era mucho más inquietante.A la mañana siguiente, Arken se movía igual… pero no del todo. Los puestos abrían. Las herramientas sonaban. El humo seguía saliendo de los mismos lugares. Sin embargo, cuando Eiden caminó por la calle principal, notó algo nuevo.
La gente lo veía.
No se apartaban.
Tampoco se acercaban.
Le dejaban espacio.
Un espacio medido, exacto, como se deja entre dos personas que ya se cruzaron una vez y no quieren repetir la experiencia sin necesidad.
El hombre que había caído la noche anterior estaba vivo. Eso también se sabía. No por rumores exagerados, sino por la forma en que se transmitía la información en Arken: corta, precisa, sin adjetivos.
“No lo mató.”
“Ni lo humilló.”
“Lo dejó respirar.”
Eso era importante.
Eiden entró a la misma taberna del día anterior. La mujer de las jarras no preguntó qué quería. Le sirvió agua y la dejó frente a él.
—No es gratis —dijo.
Eiden dejó monedas.
—Tampoco es deuda —respondió ella, empujándolas de vuelta—. Es aviso.
—¿De qué?
La mujer miró alrededor, sin moverse.
—Ahora te miran como parte del problema —dijo—. Y como posible solución. Eso es lo peor.
Eiden bebió un sorbo.
—¿Para quién?
—Para los que mantienen el equilibrio —respondió—. Y para los que viven de romperlo.
Al salir, notó algo más.
Dos marcas nuevas en una pared cercana. El mismo símbolo que había visto antes… pero duplicado. No era amenaza. Era señal de atención.
Arken estaba reaccionando.
No para expulsarlo.
No para aceptarlo.
Para medirlo.
Cerca del mediodía, el hombre de la cicatriz —el mismo del primer día— apareció sin anunciarse. Caminó a su lado como si siempre hubiera estado ahí.
—No deberías haberlo dejado respirar —dijo.
—Sí —respondió Eiden—. Por eso lo hice.
El hombre soltó una risa seca.
—Eso te va a traer problemas.
—Ya los trajo —dijo Eiden.
Caminaron dos cuadras sin hablar.
—Hay gente preguntando por vos —continuó el hombre—. No tu nombre. Tu intención.
—¿Y qué dicen?
—Que no sabés mentir —respondió—. Eso es peligroso.
Eiden se detuvo.
—¿Por eso me enviaron acá? —preguntó, más para sí que para él.
El hombre lo miró.
—No —dijo—. Te enviaron porque Arken tiene algo que nadie quiere tocar.
Señaló con la cabeza hacia el edificio reforzado.
—Y porque vos… no parecés alguien que lo usaría para sí mismo.
Silencio.
—¿Qué es? —preguntó Eiden.
El hombre no respondió de inmediato.
—Una decisión vieja —dijo finalmente—. Y una deuda que nadie quiere pagar.
Eiden sintió el peso real de Arken por primera vez.
No era pobreza.
No era miedo.
Era responsabilidad postergada.
—Si te metés —agregó el hombre—, ya no vas a poder irte caminando como entraste.
Eiden asintió.
—Lo sé.
—Y no va a haber fuego que arregle esto.
Eiden miró el edificio una vez más.
—Entonces está bien que haya venido sin él.
El hombre de la cicatriz sonrió apenas.
—Ahora sí entiendo por qué te mandaron.
Arken no lo estaba probando ya.
Lo estaba involucrando.
Y esa…
era la consecuencia más peligrosa de todas
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