Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior

Kuchiyuku ōkoku - Capítulo 50

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Kuchiyuku ōkoku
  4. Capítulo 50 - Capítulo 50: Capitulo 50 — la deuda que no quiere nombre
Anterior
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 50: Capitulo 50 — la deuda que no quiere nombre

Capitulo 50 — la deuda que no quiere nombre

Eiden cruzó el umbral sin que nadie se lo indicara.

El edificio no reaccionó.

No hubo mecanismos ocultos, ni miradas hostiles, ni armas apuntándole desde la sombra.

Eso fue lo primero que le incomodó.

Adentro, el aire era distinto. No más pesado, sino más quieto. Como si el lugar hubiera aprendido, con los años, a no respirar de más.

Había una sala amplia, sostenida por vigas reforzadas con metal viejo. No brillante. No nuevo. Refuerzos puestos una y otra vez, en épocas distintas, por manos distintas.

Gente distinta.

No parecían un consejo.

Tampoco una reunión.

Eran personas que se habían quedado cuando otros se fueron.

Un hombre de espalda encorvada acomodaba piezas metálicas sobre una mesa larga. Una mujer mayor revisaba papeles amarillentos, alineándolos con cuidado obsesivo. Más allá, dos jóvenes discutían en voz baja sobre números escritos con carbón en una pared.

Nadie levantó la voz.

Nadie se presentó.

Sin embargo, todos sabían que Eiden había entrado.

—No cierres la puerta —dijo alguien al fondo—. Acá no encerramos a nadie.

Eiden obedeció.

Caminó despacio, no por cautela, sino por respeto. Cada paso resonaba lo justo para anunciar que estaba ahí sin exigir atención.

—No vengo a pedir —dijo finalmente—. Tampoco a imponer.

Silencio.

La mujer de los papeles fue la primera en mirarlo de frente.

—Eso dicen todos los que llegan tarde —respondió—.

—¿Tarde para qué? —preguntó Eiden.

Ella no contestó. Señaló la mesa.

Sobre la madera había símbolos tallados. Los mismos que Eiden había visto en las paredes de Arken. No eran idénticos. Eran versiones.

—Cada uno de esos —dijo el hombre encorvado sin levantar la vista— marca una vez que Arken eligió no hacer algo.

Eiden frunció el ceño.

—¿No hacer?

—No usar fuerza.

—No entregar a alguien.

—No cobrar una deuda con sangre.

Las respuestas vinieron de distintos lados, sin orden.

—¿Y el costo? —preguntó Eiden.

La mujer mayor cerró el último documento y lo miró como se mira a alguien que ya sabe demasiado.

—El costo es que esas decisiones no desaparecen —dijo—. Se acumulan.

Eiden entendió.

No estaban protegiendo un objeto.

Estaban sosteniendo el peso de todas las veces que Arken eligió ser Arken.

—¿Por qué yo? —preguntó.

Nadie respondió de inmediato.

Entonces, desde la entrada, habló el hombre de la cicatriz:

—Porque vos ya hiciste lo mismo… y sin saberlo.

Eiden cerró los ojos un instante.

El cuello intacto del hombre caído.

El fuego que no usó.

—Esto no es algo que pueda resolver —dijo.

—Exacto —respondió la mujer—. Por eso te dejamos entrar.

El silencio volvió a caer.

Y por primera vez desde que pisó Arken, Eiden sintió algo más peligroso que una amenaza.

Responsabilidad.Eiden no habló enseguida.

Observó las manos.

No los rostros, no las miradas calculadas.

Las manos.

Unas tenían quemaduras viejas. Otras, cortes mal cerrados. Había dedos torcidos por trabajos repetidos y uñas cortas por costumbre, no por limpieza.

—¿Cuánto tiempo llevan sosteniendo esto? —preguntó.

—Más del que cualquiera querría admitir —respondió la mujer mayor—. Menos del que el mundo nos permite.

Uno de los jóvenes se adelantó. No con valentía, sino con urgencia.

—Antes había más —dijo—. Se fueron cuando entendieron que esperar también desgasta.

—Esperar a que pase qué —preguntó Eiden.

El hombre encorvado dejó una pieza metálica sobre la mesa. Sonó hueca.

—A que alguien decida por nosotros.

Silencio.

Eiden miró los símbolos tallados.

—¿Y si nadie lo hace?

La mujer lo sostuvo la mirada.

—Entonces ya decidimos —dijo—. Decidimos dejar que el tiempo rompa lo que nosotros no quisimos tocar.

Eiden sintió el golpe. No en el pecho. Más abajo. Donde viven las excusas.

—Eso no es una elección —dijo.

—Claro que lo es —respondió ella—. Es la más cómoda.

El joven apretó los dientes.

—Cada año que pasa, alguien afuera cruza un límite que nosotros no cruzamos —dijo—. Y lo hace más fácil porque seguimos cargando con esto.

Eiden entendió la trampa.

Arken no se mantenía pura por fortaleza.

Se mantenía intacta porque otros se ensuciaban por ella.

—¿Qué pasa si decido no decidir? —preguntó.

El hombre de la cicatriz habló desde la entrada, sin entrar del todo.

—Entonces vas a ser como nosotros —dijo—. Alguien que sostiene el peso… mientras otro se lo quita de encima.

Eiden cerró los ojos.

La imagen fue clara.

No elegir.

Irse.

Mantener las manos limpias.

Y permitir que alguien peor tomara el lugar.

—¿Eso esperan de mí? —preguntó—. ¿Que cargue lo que ustedes ya no quieren cargar?

—No —dijo la mujer mayor—. Esperamos que entiendas que no hacerlo también nos condena.

Eiden respiró hondo.

Por primera vez desde que despertó su poder, deseó no tenerlo.

—Si tomo esta decisión —dijo— Arken deja de ser lo que es.

—Y si no la tomás —respondió ella—, también.

Eiden abrió los ojos.

No había salida limpia.

Solo había caminos asumidos… y consecuencias heredadas.

Por primera vez, el fuego no le ofrecía respuestas.

Solo silencio.

Y el peso real de elegir.No hubo orden.

No hubo señal.

El cambio ocurrió en el mismo instante en que Eiden dejó de hablar.

Las manos que antes descansaban sobre la mesa se movieron.

No rápido.

No violentas.

Decididas.

El hombre encorvado cerró un panel del suelo con el pie. El sonido fue seco. Metálico. Los dos jóvenes se separaron, bloqueando la salida sin mirarlo directamente. La mujer mayor dio un paso atrás.

—Esto no es un ataque —dijo—. Es una consecuencia.

Eiden lo entendió tarde.

El aire cambió.

No por magia.

Por presión.

Anillos incrustados en las paredes comenzaron a vibrar, emitiendo una frecuencia baja que no dolía… pero desalineaba. El cuerpo de Eiden reaccionó antes que su mente. El fuego respondió, buscando salir.

No pudo.

No fue sellado.

Fue distraído.

—¿Qué están haciendo? —preguntó.

—Asegurarnos de que no decidas por impulso —respondió el hombre de la cicatriz desde la entrada—. Y de que no te vayas sin decidir nada.

Cadenas no físicas se cerraron alrededor de Eiden.

No ataban los brazos.

Ataban la intención.

El suelo bajo sus pies se volvió más pesado.

Eiden dio un paso.

No avanzó.

—Esto cruza un límite —dijo.

La mujer mayor negó con la cabeza.

—No —respondió—. Esto lo revela.

Eiden sintió algo nuevo.

No miedo.

No rabia.

Duda.

El fuego seguía ahí.

Listo.

Esperando.

Usarlo rompería todo.

No usarlo… lo dejaba atrapado.

Por primera vez desde que obtuvo poder, no sabía qué hacer.

—Si me fuerzo a salir —dijo— Arken va a pagar el precio.

—Y si no lo hacés —respondió ella—, alguien más lo va a hacer por vos.

Silencio.

Eiden bajó la mirada.

Las cadenas invisibles no apretaban.

Esperaban.

—Esta es la deuda —dijo finalmente el hombre encorvado—. No la cosa. No el lugar.

—La carga —agregó la mujer—.

—Y ahora —concluyó el hombre de la cicatriz—, también es tuya.

Eiden cerró los ojos.

No eligió.

Pero tampoco escapó.

Y en Arken,

eso ya era una decisión.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo