Kuchiyuku ōkoku - Capítulo 51
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Capítulo 51: Capítulo 51 — El precio empieza
No fue el impacto lo primero.
Fue el silencio que se rompió mal.
La frecuencia que mantenía inmóvil el fuego de Eiden vibró… y por un segundo perdió ritmo.
No se apagó.
Tartamudeó.
El hombre encorvado alzó la vista.
—Eso no es nuestro —murmuró.
Entonces llegó el sonido.
No explosión.
No gritos.
Un golpe seco, como si algo hubiera decidido que la pared ya no tenía permiso para seguir siendo pared.
Una grieta atravesó uno de los anillos incrustados en el muro.
La vibración cambió de tono.
Más grave.
Más violenta.
El joven más cercano corrió hacia la entrada.
Demasiado tarde.
La puerta no voló.
No fue destruida.
Fue empujada.
Con calma.
Un hombre cruzó el umbral como si estuviera entrando a un templo vacío. No llevaba armadura brillante ni símbolos de rango visibles. Su ropa era oscura, gastada, limpia.
Sus botas no dejaron eco.
Sus ojos sí.
—Así que acá guardan lo que no se atreven a usar —dijo, observando los símbolos tallados.
La mujer mayor no retrocedió.
—Te advertimos que no cruzaras.
El hombre ladeó apenas la cabeza.
—No me advirtieron. Me retrasaron.
Eiden sintió algo distinto a la presión de las cadenas invisibles.
No era energía.
Era intención.
El recién llegado no irradiaba fuerza.
Irradiaba decisión.
Y eso era peor.
Uno de los jóvenes dio un paso al frente.
—No tenés permiso.
El hombre lo miró como se mira a alguien que aún no entiende el mundo.
El movimiento fue pequeño.
Demasiado pequeño.
Un desplazamiento mínimo.
Un sonido breve.
El joven cayó de rodillas sin comprender por qué el aire ya no entraba en sus pulmones.
No hubo sangre visible.
Solo silencio.
La mujer mayor cerró los ojos un instante.
No de sorpresa.
De confirmación.
—Llegaron antes de lo previsto —susurró.
Las cadenas invisibles alrededor de Eiden vibraron con violencia. No por el intruso.
Por él.
El fuego reaccionó.
No con furia.
Con hambre.
—Soltalo —dijo el hombre oscuro, mirando directamente a Eiden por primera vez—.
O van a morir defendiendo una idea que ya no protege a nadie.
Eiden sintió el peso en el pecho.
Ahí estaba.
No teoría.
No debate.
Consecuencia.
El hombre encorvado intentó activar el mecanismo del suelo.
Un segundo impacto.
El metal se dobló como si fuera madera húmeda.
El intruso ni siquiera parecía estar esforzándose.
—La deuda se paga hoy —dijo con calma—. Y Arken ya no tiene crédito.
El fuego dentro de Eiden golpeó las barreras otra vez.
Esta vez no pedía salir.
Exigía.
El hombre oscuro dio un paso más hacia la mesa de los símbolos.
—Si no elegís ahora —dijo sin dejar de mirarlo—, yo lo haré por vos.
Y por primera vez…
Eiden sintió miedo.
No de perder.
Sino de convertirse.
El anillo más cercano estalló en chispas.
La frecuencia se rompió.
Las cadenas invisibles titilaron.
Un segundo.
Solo uno.
Suficiente para decidir.
Y el fuego…
por primera vez desde Arken,
respondió sin pedir permiso.El fuego rompió las cadenas.
No explotó.
Se deslizó.
Como si hubiera estado esperando permiso… y por fin hubiera dejado de pedirlo.
El anillo más cercano se fundió en un círculo negro. El aire recuperó su peso natural. El joven en el suelo intentó respirar.
El hombre oscuro no retrocedió.
Sonrió.
—Bien —dijo—. Ahora sí estás participando.
Eiden dio un paso al frente.
El suelo crujió bajo su pie.
—¿Qué querés realmente? —preguntó.
El hombre inclinó la cabeza, como si la pregunta fuera inocente.
—Lo mismo que cualquiera que haya perdido todo.
La pared detrás de él se abrió.
No por fuerza.
Por diseño.
Tres figuras entraron. No llevaban uniformes. No eran soldados.
Parecían… agotados.
Una mujer sostenía entre sus manos un pequeño objeto envuelto en tela. Un hombre mayor cargaba una cadena oxidada con un medallón colgando. El tercero apenas levantaba la mirada.
—Deciles —ordenó el ejecutor con suavidad.
La mujer dio un paso.
Sus ojos no tenían odio.
Tenían vacío.
—Mi hijo murió esperando —dijo—. Esperando que Dios hiciera algo.
Silencio.
—Esperé años —continuó—. Rezando. Suplicando.
¿Sabés lo que recibí?
Miró al techo.
—Nada.
El hombre del medallón apretó los dientes.
—Nos dijeron que aceptáramos. Que así era el mundo. Que todo tenía propósito.
Escupió al suelo.
—Propósito no devuelve latidos.
El tercero habló apenas.
—Nos prometieron que la muerte no es el final.
Alzó los ojos hacia Eiden.
—Nosotros encontramos la puerta que sí responde.
Eiden sintió el fuego tensarse dentro de su pecho.
—¿A costa de quién? —preguntó.
El ejecutor respondió por ellos.
—De quienes aún tienen algo que perder.
La mujer levantó la tela.
Dentro había un mechón de cabello trenzado.
—No entendés porque todavía tenés fe —dijo ella—.
Cuando la fe no responde… uno aprende a buscar respuestas en otro lado.
Eiden no respondió enseguida.
El rostro de su padre apareció en su memoria. No el día que murió.
El día que decidió salvarlo.
Sintió el peso.
Sintió la tentación.
Si hubiera una puerta…
Si hubiera una forma…
Cerró los ojos un instante.
—No confundas silencio con abandono —dijo finalmente—.
El dolor no convierte lo incorrecto en correcto.
El hombre del medallón rió sin humor.
—Habla el que todavía no ha sido vaciado.
Eiden dio otro paso.
El fuego no ardía afuera.
Ardía adentro.
—Del polvo somos… y al polvo volveremos —dijo, firme—.
Eso nos alcanza a todos.
Pero robarle la vida a otro para cambiar eso… no es fe.
Miró a cada uno.
—Es desesperación.
La mujer tembló.
No por miedo.
Por rabia contenida.
—¿Y qué proponés? —susurró—.
¿Seguir esperando?
El ejecutor extendió la mano hacia la mesa de símbolos.
—No esperamos más.
Los símbolos comenzaron a brillar.
No con fuego.
Con una luz pálida. Enferma.
La madera se partió.
El aire delante de la mesa se rasgó como tela vieja.
No hubo explosión.
Hubo frío.
Un frío que no pertenecía a ese mundo.
La grieta se abrió apenas lo suficiente para que algo mirara desde el otro lado.
No tenía forma clara.
Pero sí contornos familiares.
Una silueta pequeña.
La mujer dejó escapar un sonido que no era llanto.
—Mamá… —susurró la voz desde la grieta.
Perfecta.
Exacta.
Igual.
Eiden sintió el fuego estremecerse.
—No —dijo.
La silueta dio un paso más hacia el borde del rasgado.
La voz se repitió.
—Mamá.
La mujer cayó de rodillas.
El ejecutor sonrió apenas.
—¿Lo ves? —dijo—. Nosotros no le quitamos nada a nadie.
Solo traemos de vuelta lo que fue negado.
Eiden avanzó.
El frío le atravesó la piel.
—Eso no es él.
La silueta inclinó la cabeza.
Demasiado lento.
Demasiado preciso.
Los ojos que asomaron por la grieta no tenían reflejo.
No tenían profundidad.
Solo hambre.
El fuego de Eiden reaccionó.
No por rabia.
Por advertencia.
La grieta se expandió un centímetro más.
El hombre del medallón sonrió con lágrimas en los ojos.
—Funciona…
La silueta alargó la mano hacia el mundo.
Y cuando la piel cruzó el umbral…
La temperatura de la sala cayó en seco.
El joven herido dejó de respirar.
No por herida.
Por vacío.
Eiden entendió.
No devolvía vida.
Intercambiaba.
Y ya había comenzado.
El ejecutor lo miró fijo.
—Todavía podés elegir —dijo—.
O la cerrás…
o aceptás que algunos regresos valen el precio.
La mano de la criatura tocó el suelo de Arken.
La madera comenzó a ennegrecerse bajo sus dedos.
El fuego dentro de Eiden rugió.
No pedía salir.
Exigía.
Y esta vez…
no había tercera opción.
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