Kuchiyuku ōkoku - Capítulo 52
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Capítulo 52: Capítulo 52 — Que el fuego elija
La mano cruzó por completo.
No hizo ruido al tocar el suelo.
Lo apagó.
La madera ennegreció bajo sus dedos como si recordara algo que nunca debió existir. El frío se expandió en círculos invisibles. La respiración del joven herido se detuvo del todo.
Eiden dio un paso adelante.
El fuego no salió.
Se compactó.
La criatura terminó de atravesar la grieta. Su forma era inestable. No tenía peso correcto. Las articulaciones parecían aprender a doblarse.
El ejecutor habló sin alzar la voz.
—No la ataques todavía.
La criatura inclinó la cabeza.
Y cambió.
La silueta se ajustó. Se contrajo. La altura disminuyó.
Un hombre.
De pie.
Espalda recta.
Cicatriz sobre el pómulo izquierdo.
Los ojos firmes.
El padre.
No el día que murió.
El día que lo empujó fuera del fuego.
Eiden sintió el pecho romperse desde adentro.
El fuego titubeó.
—Hijo —dijo la figura.
La voz no tenía eco extraño. No estaba distorsionada. Era perfecta.
La mujer detrás dejó escapar un sollozo, creyendo.
El ejecutor observaba.
Eiden dio otro paso.
El suelo crujió.
—No es él —murmuró.
Pero su voz no estaba segura.
La figura avanzó.
—No tenías que cargar con esto —dijo—. Yo debía hacerlo por vos.
La culpa es un idioma que el corazón entiende rápido.
El fuego descendió unos centímetros.
La criatura extendió la mano.
—Podemos arreglarlo —susurró.
Un segundo.
Solo uno.
Eiden recordó otro rostro.
Azu gritándole que mantuviera postura.
Riku tropezando en el entrenamiento.
Lia limpiándole la sangre sin mirarlo a los ojos.
Y entonces…
El rostro cambió.
Más alto.
Más firme.
Cabello recogido.
Mirada fría.
Max.
El maestro que le enseñó a respirar antes de golpear.
—Fallaste —dijo la figura con su tono exacto—. Siempre dudás cuando no deberías.
El fuego reaccionó.
No hacia afuera.
Hacia adentro.
Quemándole el pecho.
—Podría terminar tu entrenamiento —continuó la figura—. Esta vez sin límites.
El ejecutor habló detrás.
—Te estamos dando lo que perdiste. No estamos quitando nada.
La temperatura bajó otro grado.
El joven en el suelo comenzó a volverse pálido.
Eiden apretó los dientes.
La criatura dio un paso más.
El aire a su alrededor se vació.
Y Eiden sintió algo peor que miedo.
Deseo.
No traer de vuelta el pasado.
Sino dejar de cargarlo.
El fuego quiso obedecer a la tentación.
Quiso arrodillarse.
Quiso aceptar.
La figura de Max extendió la mano.
—Elegí descansar.
Silencio.
Entonces Eiden inhaló.
No profundo.
Correcto.
Como Max le enseñó.
Y avanzó.
El golpe no fue enorme.
No fue explosivo.
Fue limpio.
Su puño atravesó el pecho de la figura.
El cuerpo no sangró.
Se deshizo en humo oscuro que quemaba sin calor.
La forma del padre apareció otra vez, esta vez distorsionada.
—Siempre elegís sufrir —dijo con voz partida.
El fuego estalló.
No en furia.
En decisión.
Una llamarada compacta salió de su pecho y empujó a la criatura varios metros atrás.
El frío retrocedió un paso.
La grieta vibró.
La mujer gritó.
—¡No lo destruyas!
La criatura se levantó lentamente.
Sonrió con demasiados dientes.
Y por primera vez habló con su propia voz.
No era grave.
Era vacía.
—Si no nos querés a nosotros… alguien pagará en tu lugar.
El cuerpo del joven en el suelo se arqueó.
Una sombra comenzó a entrar por su boca.
Eiden giró.
El ejecutor no se movía.
Solo miraba.
—Elegí rápido —dijo con calma—. Salvalo a él… o cierra la puerta.
El fuego dentro de Eiden rugió.
No pedía salir.
Exigía juicio.
Y esta vez…
la tentación no era traer al muerto.
Era decidir quién vive.La sombra avanzaba por la garganta del joven.
Eiden no dudó.
Giró la muñeca.
La katana salió de su funda con un sonido limpio.
Pero el acero no reflejó la luz.
La absorbió.
El fuego brotó desde su palma y recorrió la hoja como una vena viva.
No la envolvió.
La marcó.
Una línea incandescente se dibujó desde la empuñadura hasta la punta.
El aire vibró.
El ejecutor ladeó la cabeza.
—Interesante…
La criatura se lanzó primero.
Rápida.
Demasiado rápida para su forma inestable.
Eiden no retrocedió.
Paso lateral. El filo descendió en diagonal.
El impacto no fue metálico.
Fue sísmico.
El sonido del choque se expandió como un trueno seco.
En el exterior, las ventanas de Arken temblaron.
En las calles, la gente levantó la mirada.
Otro cruce.
La criatura atacó desde abajo, una extensión oscura intentando perforar el abdomen.
Eiden giró sobre su eje.
La katana trazó un arco perfecto.
La sombra fue cortada.
No sangró.
Chilló.
Un sonido que no pertenecía al mundo.
El ejecutor habló sin alterar su postura.
—Podrías usar esa energía para algo más útil.
La criatura cambió otra vez.
Mitad padre.
Mitad vacío.
Atacó con fuerza bruta.
Eiden bloqueó.
Las rodillas le temblaron por el impacto.
El suelo se agrietó bajo sus pies.
El sonido recorrió el pueblo entero como un tambor de guerra.
Arken lo escuchó.
Algunos huyeron.
Otros se quedaron.
El hombre encorvado miró la grieta.
—Si cae… no podremos cerrarla.
La mujer del mechón no podía apartar los ojos.
La criatura susurró mientras presionaba la hoja contra la suya.
—Podrías terminar esto ahora. Dejar que cruce completamente. Verlo otra vez.
La presión aumentó.
El fuego en la katana empezó a apagarse.
El ejecutor dio un paso al frente.
Por primera vez.
—Solo decilo —murmuró—. Solo desealo.
Eiden respiró.
Recordó la voz de Max.
No luches con rabia. Lucha con intención.
La mirada de Eiden cambió.
No más impulso.
Cálculo.
Soltó presión de repente.
Retrocedió medio paso.
La criatura perdió equilibrio un segundo.
Suficiente.
Eiden giró la hoja en sentido inverso.
Un corte horizontal.
Preciso.
La mitad del torso oscuro se abrió.
El fuego no explotó.
Penetró.
La criatura retrocedió tres metros, dejando una línea negra en el suelo.
El pueblo escuchó el golpe final como si una torre hubiera caído.
El ejecutor sonrió.
No molesto.
Interesado.
—Ya no estás reaccionando —dijo—. Estás eligiendo.
La criatura se regeneró parcialmente.
Pero más lento.
El frío no avanzaba con la misma fuerza.
Eiden avanzó esta vez.
Paso firme.
Golpe ascendente.
Desvío.
Rodilla al suelo.
Giro.
Cada impacto era un eco que recorría Arken.
No era solo combate.
Era declaración.
La criatura lanzó un ataque múltiple, fragmentando su forma en tres sombras.
Eiden cerró los ojos un instante.
Escuchó.
Respiración.
Vibración.
Intención.
Abrió los ojos.
El fuego se concentró en la punta de la katana.
Una estocada directa al núcleo.
Un punto más oscuro dentro de la sombra.
La hoja atravesó.
Silencio.
Un segundo suspendido.
La criatura gritó.
El sonido rompió tejas en los techos cercanos.
La grieta tembló.
Pero no se cerró.
El ejecutor aplaudió una vez.
Lento.
—Podrías ser el guardián perfecto… si dejaras de aferrarte a la esperanza equivocada.
La criatura cayó de rodillas.
No muerta.
Inestable.
El joven en el suelo volvió a respirar… apenas.
La mujer lloró.
No de alegría.
De confusión.
El ejecutor miró la grieta.
—Arken no soportará otra descarga como esa —dijo con calma—. Si continúas, el pueblo pagará.
El viento comenzó a girar hacia el centro de la sala.
El fuego de Eiden ardía estable.
No descontrolado.
No hambriento.
Juicio.
El ejecutor extendió la mano hacia la grieta.
—Última oportunidad.
El pueblo empezaba a dividirse afuera.
Huir.
O quedarse.
Y Eiden entendió algo frío y claro:
Cerrar la puerta requeriría más que técnica.
Requeriría entregar algo.
Y el ejecutor lo sabía.
La criatura comenzó a levantarse otra vez.
Más pequeña.
Más concentrada.
Más peligrosa.
Y el fuego en la katana no tembló
La criatura no terminó de incorporarse.
El ejecutor pasó a su lado.
Y la sombra se deshizo.
Sin gesto. Sin esfuerzo.
La grieta quedó vibrando detrás, inestable.
El ejecutor flexionó apenas los dedos.
—Suficiente ensayo.
Dio un paso hacia Eiden.
El aire cambió.
No bajó la temperatura.
Se comprimió.
Eiden levantó la katana en guardia media. El fuego seguía recorriendo la hoja, firme, controlado.
—No voy a desear nada —dijo.
El ejecutor casi sonrió.
—No hace falta. Ya lo hiciste.
Desapareció.
No fue velocidad.
Fue decisión.
Eiden giró justo a tiempo.
CLANG.
El choque de la katana contra el antebrazo del ejecutor sacudió la sala como si un tronco gigante hubiera partido el suelo.
Afuera, los árboles de Arken temblaron.
Hojas cayeron como lluvia verde.
Eiden retrocedió dos pasos.
El ejecutor ni uno.
—Mejoraste —dijo, y atacó.
Golpe recto al cuello.
Eiden bajó el cuerpo.
Esquive bajo.
Corte ascendente.
El filo rozó la mejilla del ejecutor.
Una línea fina.
No sangre.
Oscuridad líquida.
El ejecutor tocó la herida.
Interesado.
—Ya no dudás cuando atacás.
Avanzó con tres movimientos encadenados.
Codo. Rodilla. Palma abierta.
Eiden bloqueó el codo.
Recibió la rodilla en el costado.
Giró la muñeca para desviar la palma.
El impacto final golpeó el suelo detrás.
La onda de choque salió hacia el exterior.
Los árboles más cercanos se inclinaron como si una ráfaga invisible los hubiera empujado.
En el pueblo, algunos cayeron al suelo.
No era magia descontrolada.
Era precisión desmedida.
Eiden se impulsó hacia atrás, apoyó el pie contra la pared y volvió al frente en un giro horizontal.
La katana trazó un arco ígneo.
El ejecutor lo bloqueó con el antebrazo otra vez.
Pero esta vez el fuego mordió.
Un destello.
El olor a corte real.
El ejecutor retrocedió medio paso.
El primero.
El silencio pesó.
—Interesante —repitió.
Eiden no respondió.
Respiración estable. Postura firme.
Ataque frontal del ejecutor.
Directo al pecho.
Eiden giró apenas lo justo.
El puño rozó su hombro.
La onda expansiva salió disparada hacia el bosque.
Un árbol grueso se partió por la mitad en la distancia.
El sonido retumbó por Arken.
El ejecutor apareció detrás de Eiden en el mismo movimiento.
Demasiado rápido.
Demasiado limpio.
Rodilla a la espalda.
Eiden cayó de rodillas.
El suelo se quebró.
Antes de que el segundo golpe bajara, giró sobre sí mismo desde el suelo y lanzó una estocada baja.
El ejecutor saltó.
La punta de la katana cortó el aire… y la bota del ejecutor.
La tela se abrió.
El fuego dejó una marca.
Ambos quedaron a distancia corta.
Mirándose.
El ejecutor habló bajo.
—Te enseñaron a luchar bien. Pero nadie te enseñó a perder.
Desapareció otra vez.
Esta vez Eiden no miró.
Escuchó.
El sonido mínimo de desplazamiento.
El cambio de presión.
Giró.
Bloqueó por reflejo.
El choque levantó polvo, levantó hojas, levantó tierra en un círculo perfecto alrededor de la construcción.
Los árboles volvieron a sacudirse.
Eiden empujó hacia adelante.
No para herir.
Para romper el ritmo.
Corte vertical. Paso lateral. Golpe con la empuñadura. Patada baja.
El ejecutor absorbió tres.
El cuarto lo obligó a apoyarse con la mano en el suelo.
La tierra se agrietó bajo su palma.
Silencio.
Ambos respirando.
El fuego en la katana ardía estable.
No salvaje.
No hambriento.
Firme.
El ejecutor levantó la mirada.
Y por primera vez, no parecía curioso.
Parecía… atento.
—Si seguís así —dijo—, vas a obligarme a tomar algo que no quería.
El viento cambió dirección.
La grieta detrás vibró con mayor intensidad.
Los árboles dejaron de moverse.
Como si el bosque mismo estuviera esperando.
Eiden ajustó su agarre.
Y dio el siguiente paso
El ejecutor se enderezó lentamente.
No parecía molesto.
Parecía… decidido.
—Ya entendí —dijo en voz baja—. No vas a caer por palabras.
Extendió ambas manos hacia los lados.
El aire dejó de moverse.
No hubo viento.
No hubo vibración.
Hubo presión.
Como si el mundo hubiera sido comprimido dentro de un puño invisible.
La grieta detrás de él respondió.
No se abrió más.
Se volvió densa.
Oscura.
El suelo comenzó a crujir en líneas rectas que avanzaban desde los pies del ejecutor.
—Esto no es fuerza —murmuró—. Es sentencia.
Las grietas se iluminaron con una luz opaca, gris, enferma.
Los árboles alrededor de la estructura se inclinaron hacia el centro.
No por viento.
Por atracción.
Eiden sintió el fuego tensarse.
No quería expandirse.
Quería resistir.
El ejecutor bajó las manos.
Y el mundo cayó.
No hubo explosión.
Hubo colapso.
El aire fue succionado hacia el centro de la sala con violencia brutal.
Las paredes se quebraron hacia adentro.
Las vigas se partieron como huesos secos.
El bosque se sacudió entero.
Varios árboles fueron arrancados de raíz.
Eiden clavó la katana en el suelo para no salir despedido.
El fuego se expandió alrededor de él como ancla.
Pero no todos resistieron.
La mujer del mechón fue arrastrada hacia el centro.
Sus dedos se aferraron inútilmente al piso.
La grieta palpitó.
Eiden la vio.
No dudó.
Soltó la katana.
El fuego explotó en sus piernas.
Desapareció de su posición.
No velocidad visible.
Desplazamiento puro.
Apareció junto a ella en un parpadeo.
La tomó del brazo antes de que cruzara el umbral del colapso.
El ejecutor lo observó.
Interesado.
Eiden giró sobre sí mismo, usando la inercia de la atracción, y lanzó a la mujer hacia el borde exterior del edificio destruido.
Pero no la arrojó sin control.
La sostuvo un segundo.
La miró.
—Corré. No mires atrás.
La dejó en la zona más alta del terreno, fuera del radio del colapso.
Ella lo miró con incredulidad.
—¿Por qué…?
Eiden ya no estaba.
Regresó al centro justo cuando la compresión alcanzaba su punto máximo.
El ejecutor sonrió apenas.
—Elegís a otros. Siempre.
Y cerró el puño.
El impacto invisible golpeó el torso de Eiden en pleno aire.
El sonido fue como un trueno bajo tierra.
Su cuerpo salió disparado contra una columna partida.
La madera explotó en astillas.
El fuego se dispersó un instante.
Silencio.
Polvo cayendo.
Eiden cayó de rodillas.
La katana a un metro de distancia.
Sangre en la comisura de su boca.
Respiró.
Duele.
Costillas resentidas. Pierna izquierda temblando. Hombro parcialmente dislocado.
Pero consciente.
Se apoyó en la rodilla.
Se levantó.
No firme.
Estable.
Lo suficiente.
El ejecutor caminó hacia él entre los restos flotando lentamente.
—Esa técnica… era para borrar el centro entero.
Miró alrededor.
—Pero te interpusiste.
Eiden escupió sangre al suelo.
Recuperó la katana con un giro corto.
El fuego regresó.
Más pequeño.
Más concentrado.
El ejecutor observó su postura.
Pierna izquierda ligeramente atrasada.
Hombro bajo.
Respiración controlada a pesar del dolor.
—Ya estás herido —dijo—. Podés detenerte.
Eiden negó con la cabeza.
—Todavía puedo caminar.
Y avanzó.
El ejecutor atacó primero esta vez.
Puño directo.
Eiden desvió, pero tarde.
El impacto rozó su costado.
Otra onda sacudió el bosque.
Más árboles cayeron.
Eiden respondió con un corte corto al abdomen.
El ejecutor bloqueó.
Pero el fuego quemó.
Un segundo intercambio.
Dos.
Tres.
Cada choque hacía temblar el suelo bajo Arken.
La mujer, desde la altura, miraba.
No entendía cómo el mismo hombre que rechazó a su hijo… la había salvado.
Eiden retrocedió medio paso.
La pierna izquierda flaqueó.
El ejecutor lo vio.
Sonrió.
Y desapareció otra vez.
Eiden escuchó.
Giró.
Bloqueó.
Pero esta vez el impacto lo hizo hincar una rodilla.
La katana vibró violentamente.
Su visión se nubló un segundo.
El ejecutor se inclinó hacia él.
—Te estás rompiendo.
Eiden levantó la mirada.
El fuego en la hoja no titilaba.
—No —dijo con voz ronca—. Me estoy eligiendo.
El ejecutor lo miró en silencio.
Y por primera vez…
su expresión perdió seguridad.
El viento volvió a girar hacia el centro.
La grieta palpitó con mayor intensidad.
Algo estaba por cambiar.
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