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Kuchiyuku ōkoku - Capítulo 53

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Capítulo 53: Capítulo 53 — El que ejecuta

La criatura no terminó de incorporarse.

El ejecutor pasó a su lado.

Y la sombra se deshizo.

Sin gesto. Sin esfuerzo.

La grieta quedó vibrando detrás, inestable.

El ejecutor flexionó apenas los dedos.

—Suficiente ensayo.

Dio un paso hacia Eiden.

El aire cambió.

No bajó la temperatura.

Se comprimió.

Eiden levantó la katana en guardia media. El fuego seguía recorriendo la hoja, firme, controlado.

—No voy a desear nada —dijo.

El ejecutor casi sonrió.

—No hace falta. Ya lo hiciste.

Desapareció.

No fue velocidad.

Fue decisión.

Eiden giró justo a tiempo.

CLANG.

El choque de la katana contra el antebrazo del ejecutor sacudió la sala como si un tronco gigante hubiera partido el suelo.

Afuera, los árboles de Arken temblaron.

Hojas cayeron como lluvia verde.

Eiden retrocedió dos pasos.

El ejecutor ni uno.

—Mejoraste —dijo, y atacó.

Golpe recto al cuello.

Eiden bajó el cuerpo.

Esquive bajo.

Corte ascendente.

El filo rozó la mejilla del ejecutor.

Una línea fina.

No sangre.

Oscuridad líquida.

El ejecutor tocó la herida.

Interesado.

—Ya no dudás cuando atacás.

Avanzó con tres movimientos encadenados.

Codo. Rodilla. Palma abierta.

Eiden bloqueó el codo.

Recibió la rodilla en el costado.

Giró la muñeca para desviar la palma.

El impacto final golpeó el suelo detrás.

La onda de choque salió hacia el exterior.

Los árboles más cercanos se inclinaron como si una ráfaga invisible los hubiera empujado.

En el pueblo, algunos cayeron al suelo.

No era magia descontrolada.

Era precisión desmedida.

Eiden se impulsó hacia atrás, apoyó el pie contra la pared y volvió al frente en un giro horizontal.

La katana trazó un arco ígneo.

El ejecutor lo bloqueó con el antebrazo otra vez.

Pero esta vez el fuego mordió.

Un destello.

El olor a corte real.

El ejecutor retrocedió medio paso.

El primero.

El silencio pesó.

—Interesante —repitió.

Eiden no respondió.

Respiración estable. Postura firme.

Ataque frontal del ejecutor.

Directo al pecho.

Eiden giró apenas lo justo.

El puño rozó su hombro.

La onda expansiva salió disparada hacia el bosque.

Un árbol grueso se partió por la mitad en la distancia.

El sonido retumbó por Arken.

El ejecutor apareció detrás de Eiden en el mismo movimiento.

Demasiado rápido.

Demasiado limpio.

Rodilla a la espalda.

Eiden cayó de rodillas.

El suelo se quebró.

Antes de que el segundo golpe bajara, giró sobre sí mismo desde el suelo y lanzó una estocada baja.

El ejecutor saltó.

La punta de la katana cortó el aire… y la bota del ejecutor.

La tela se abrió.

El fuego dejó una marca.

Ambos quedaron a distancia corta.

Mirándose.

El ejecutor habló bajo.

—Te enseñaron a luchar bien. Pero nadie te enseñó a perder.

Desapareció otra vez.

Esta vez Eiden no miró.

Escuchó.

El sonido mínimo de desplazamiento.

El cambio de presión.

Giró.

Bloqueó por reflejo.

El choque levantó polvo, levantó hojas, levantó tierra en un círculo perfecto alrededor de la construcción.

Los árboles volvieron a sacudirse.

Eiden empujó hacia adelante.

No para herir.

Para romper el ritmo.

Corte vertical. Paso lateral. Golpe con la empuñadura. Patada baja.

El ejecutor absorbió tres.

El cuarto lo obligó a apoyarse con la mano en el suelo.

La tierra se agrietó bajo su palma.

Silencio.

Ambos respirando.

El fuego en la katana ardía estable.

No salvaje.

No hambriento.

Firme.

El ejecutor levantó la mirada.

Y por primera vez, no parecía curioso.

Parecía… atento.

—Si seguís así —dijo—, vas a obligarme a tomar algo que no quería.

El viento cambió dirección.

La grieta detrás vibró con mayor intensidad.

Los árboles dejaron de moverse.

Como si el bosque mismo estuviera esperando.

Eiden ajustó su agarre.

Y dio el siguiente paso

El ejecutor se enderezó lentamente.

No parecía molesto.

Parecía… decidido.

—Ya entendí —dijo en voz baja—. No vas a caer por palabras.

Extendió ambas manos hacia los lados.

El aire dejó de moverse.

No hubo viento.

No hubo vibración.

Hubo presión.

Como si el mundo hubiera sido comprimido dentro de un puño invisible.

La grieta detrás de él respondió.

No se abrió más.

Se volvió densa.

Oscura.

El suelo comenzó a crujir en líneas rectas que avanzaban desde los pies del ejecutor.

—Esto no es fuerza —murmuró—. Es sentencia.

Las grietas se iluminaron con una luz opaca, gris, enferma.

Los árboles alrededor de la estructura se inclinaron hacia el centro.

No por viento.

Por atracción.

Eiden sintió el fuego tensarse.

No quería expandirse.

Quería resistir.

El ejecutor bajó las manos.

Y el mundo cayó.

No hubo explosión.

Hubo colapso.

El aire fue succionado hacia el centro de la sala con violencia brutal.

Las paredes se quebraron hacia adentro.

Las vigas se partieron como huesos secos.

El bosque se sacudió entero.

Varios árboles fueron arrancados de raíz.

Eiden clavó la katana en el suelo para no salir despedido.

El fuego se expandió alrededor de él como ancla.

Pero no todos resistieron.

La mujer del mechón fue arrastrada hacia el centro.

Sus dedos se aferraron inútilmente al piso.

La grieta palpitó.

Eiden la vio.

No dudó.

Soltó la katana.

El fuego explotó en sus piernas.

Desapareció de su posición.

No velocidad visible.

Desplazamiento puro.

Apareció junto a ella en un parpadeo.

La tomó del brazo antes de que cruzara el umbral del colapso.

El ejecutor lo observó.

Interesado.

Eiden giró sobre sí mismo, usando la inercia de la atracción, y lanzó a la mujer hacia el borde exterior del edificio destruido.

Pero no la arrojó sin control.

La sostuvo un segundo.

La miró.

—Corré. No mires atrás.

La dejó en la zona más alta del terreno, fuera del radio del colapso.

Ella lo miró con incredulidad.

—¿Por qué…?

Eiden ya no estaba.

Regresó al centro justo cuando la compresión alcanzaba su punto máximo.

El ejecutor sonrió apenas.

—Elegís a otros. Siempre.

Y cerró el puño.

El impacto invisible golpeó el torso de Eiden en pleno aire.

El sonido fue como un trueno bajo tierra.

Su cuerpo salió disparado contra una columna partida.

La madera explotó en astillas.

El fuego se dispersó un instante.

Silencio.

Polvo cayendo.

Eiden cayó de rodillas.

La katana a un metro de distancia.

Sangre en la comisura de su boca.

Respiró.

Duele.

Costillas resentidas. Pierna izquierda temblando. Hombro parcialmente dislocado.

Pero consciente.

Se apoyó en la rodilla.

Se levantó.

No firme.

Estable.

Lo suficiente.

El ejecutor caminó hacia él entre los restos flotando lentamente.

—Esa técnica… era para borrar el centro entero.

Miró alrededor.

—Pero te interpusiste.

Eiden escupió sangre al suelo.

Recuperó la katana con un giro corto.

El fuego regresó.

Más pequeño.

Más concentrado.

El ejecutor observó su postura.

Pierna izquierda ligeramente atrasada.

Hombro bajo.

Respiración controlada a pesar del dolor.

—Ya estás herido —dijo—. Podés detenerte.

Eiden negó con la cabeza.

—Todavía puedo caminar.

Y avanzó.

El ejecutor atacó primero esta vez.

Puño directo.

Eiden desvió, pero tarde.

El impacto rozó su costado.

Otra onda sacudió el bosque.

Más árboles cayeron.

Eiden respondió con un corte corto al abdomen.

El ejecutor bloqueó.

Pero el fuego quemó.

Un segundo intercambio.

Dos.

Tres.

Cada choque hacía temblar el suelo bajo Arken.

La mujer, desde la altura, miraba.

No entendía cómo el mismo hombre que rechazó a su hijo… la había salvado.

Eiden retrocedió medio paso.

La pierna izquierda flaqueó.

El ejecutor lo vio.

Sonrió.

Y desapareció otra vez.

Eiden escuchó.

Giró.

Bloqueó.

Pero esta vez el impacto lo hizo hincar una rodilla.

La katana vibró violentamente.

Su visión se nubló un segundo.

El ejecutor se inclinó hacia él.

—Te estás rompiendo.

Eiden levantó la mirada.

El fuego en la hoja no titilaba.

—No —dijo con voz ronca—. Me estoy eligiendo.

El ejecutor lo miró en silencio.

Y por primera vez…

su expresión perdió seguridad.

El viento volvió a girar hacia el centro.

La grieta palpitó con mayor intensidad.

Algo estaba por cambiar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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