Kuchiyuku ōkoku - Capítulo 54
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Capítulo 54: Capítulo 54 — La sentencia no escrita
El impacto fue absorbido.
No bloqueado.
No desviado.
Absorbido.
El puño del ejecutor se hundió en la guardia de Eiden…
y el fuego no explotó.
Se comprimió.
La onda que debía arrasar el bosque se apagó en un radio corto.
El polvo cayó recto.
Los árboles no temblaron.
El ejecutor retiró la mano lentamente.
Miró su propio puño.
Oscuridad líquida goteaba desde los nudillos.
No sangre.
Algo más denso.
—Ahora lo entiendo… —murmuró.
Eiden respiraba con dificultad.
La pierna izquierda apenas sostenía.
Las costillas dolían como hierro incrustado.
Pero el fuego seguía firme.
No crecía.
No devoraba.
Sostenía.
El ejecutor dio dos pasos atrás.
No por miedo.
Por evaluación.
La grieta vibró con un sonido grave, casi molesto.
—Yo no vine a destruir Arken —dijo finalmente.
La mujer, desde la altura, dejó de temblar.
Eiden no bajó la katana.
—Entonces ¿a qué viniste?
El ejecutor levantó la mirada hacia la grieta.
—A ejecutar lo que ya fue decidido.
Silencio.
El bosque se quedó quieto otra vez.
—Este lugar fue marcado hace años —continuó—. Cuando eligieron negociar con lo que no entendían. Cuando intentaron abrir la puerta por primera vez.
Los anillos.
Los símbolos.
La mesa.
Arken no era víctima inocente.
Había buscado respuesta.
—El juicio no lo traigo yo —dijo el ejecutor con calma—. Yo solo lo cumplo.
La grieta se expandió apenas un centímetro más.
Una presión fría recorrió el suelo.
Eiden sintió el fuego reaccionar.
No con furia.
Con rechazo.
—Entonces hacelo —dijo Eiden.
El ejecutor lo miró directo.
Por primera vez sin ironía.
—No puedo.
La palabra cayó pesada.
El viento se detuvo por completo.
—El juicio se activa cuando el corazón dominante del lugar cae en desesperación —explicó—. Cuando desea cambiar la ley por intercambio.
La mujer cerró los ojos.
El mechón en su mano tembló.
El ejecutor volvió a mirar a Eiden.
—Ella ya lo hizo.
La grieta respondió.
Un pulso oscuro recorrió la abertura.
—Y tú estuviste a punto.
Eiden no negó.
Porque era verdad.
Hubo un segundo.
Uno solo.
El ejecutor entrecerró los ojos.
—Pero no lo hiciste.
Silencio.
El fuego alrededor de Eiden cambió de tono.
Más profundo.
Menos visible.
Más pesado.
—Eso altera la sentencia —dijo el ejecutor.
La grieta vibró con desagrado.
Como si algo del otro lado no estuviera conforme.
—Yo pruebo —continuó el ejecutor—. Provoco. Empujo. Tiento.
Su mirada se endureció.
—Si caes, ejecuto. Si no… registro.
Eiden apretó el agarre de la katana.
—¿Entonces esto fue una prueba?
El ejecutor negó levemente.
—Fue una medición.
Dio un paso hacia él.
La presión regresó, pero más controlada.
—Porque si hubieras deseado traerlo de vuelta… tu fuego habría cambiado.
La grieta se abrió otro milímetro.
Oscuridad expectante.
—Y habrías sido útil.
Eiden entendió.
No querían destruirlo.
Querían convertirlo.
El ejecutor se inclinó apenas.
—Tu fuego no nació del hambre. Nació de elección.
La palabra quedó flotando.
La grieta respondió con un temblor más fuerte.
Como si algo detrás estuviera perdiendo paciencia.
—Pero aún no terminó la prueba —dijo el ejecutor.
Y por primera vez…
su voz no sonó seguraEl ejecutor no respondió a la grieta.
Respondió con un paso al frente.
—La medición no terminó —dijo.
Desapareció.
Eiden apenas logró girar a tiempo.
CLANG.
El choque levantó una onda corta que hizo vibrar las ramas más cercanas. No arrancó árboles esta vez. Los sacudió como si el bosque contuviera la respiración.
Intercambio inmediato.
Corte vertical.
Bloqueo con antebrazo.
Rodilla al costado.
Desvío bajo.
Eiden ya no peleaba por impulso.
Peleaba midiendo cada ángulo.
El ejecutor lanzó una combinación más rápida que antes. Tres golpes, cuatro, cinco.
Eiden recibió dos en guardia.
Uno rozó su costado herido.
Dolor agudo.
Pero no perdió ritmo.
Giro completo.
Corte horizontal al cuello.
El ejecutor inclinó el torso apenas lo necesario.
La hoja pasó a milímetros.
Sonrieron los dos.
No por diversión.
Por reconocimiento.
El bosque volvió a estremecerse cuando ambos chocaron de nuevo. Las copas de los árboles se inclinaron hacia afuera esta vez, como si la fuerza ahora empujara desde el centro.
El ejecutor apareció a la derecha.
Eiden anticipó.
Bloqueó.
Giró.
Estocada directa al abdomen.
Impacto.
Oscuridad líquida se dispersó en el aire.
El ejecutor retrocedió dos pasos.
Eiden avanzó sin darle espacio.
Corte diagonal.
Patada baja.
Empuñadura al mentón.
El ejecutor cayó hacia atrás por primera vez sin controlar completamente el movimiento.
Silencio denso.
Eiden respiraba con dificultad.
La pierna izquierda temblaba.
Pero estaba de pie.
El ejecutor levantó la mirada.
Y por primera vez había algo distinto.
Cuidado.
Eiden se lanzó.
Golpe descendente con ambas manos.
Si impactaba, lo partiría.
Un segundo antes del contacto…
Todo llegó a su mente.
La grieta. El juicio. La palabra “útil”. El hecho de que el ejecutor no actuaba solo.
Si lo vencía…
¿qué cruzaría después?
Milisegundo.
Duda.
Suficiente.
El ejecutor sonrió.
Desapareció.
Reapareció a menos de un palmo.
Puño directo al estómago.
El golpe no fue ruidoso.
Fue devastador.
El aire abandonó el cuerpo de Eiden en seco.
El sonido que salió de su garganta no fue grito.
Fue vacío.
Su cuerpo fue lanzado hacia atrás.
Atravesó ramas.
Golpeó contra el tronco de un árbol grueso.
La madera se partió en astillas alrededor de su espalda.
El bosque tembló.
Silencio.
Eiden cayó de rodillas.
La katana a dos metros.
Su visión se fragmentó.
Respirar dolía.
El ejecutor caminó hacia él.
—Siempre hay un instante —dijo en voz baja—. Y en ese instante se decide todo.
Eiden tosió.
Sangre ligera en el suelo.
Pero no cayó.
Miró la katana.
El fuego en la hoja seguía encendido.
Pequeño.
Esperando.
El ejecutor levantó la mano.
La oscuridad se condensó en sus dedos.
Se fragmentó.
Se convirtió en cuchillas.
Delgadas. Afiladas. Silenciosas.
Las lanzó.
No como proyectiles.
Como lluvia.
Eiden rodó hacia un lado.
La primera cuchilla atravesó el tronco detrás.
La segunda rozó su hombro.
La tercera le abrió la manga.
Dolor ardiente.
Se impulsó hacia adelante.
Agarró la katana en movimiento.
No se levantó con elegancia.
Se levantó corriendo.
El ejecutor lanzó otra ráfaga.
Eiden giró la hoja.
Desvió dos.
Cortó una en el aire.
La cuarta le rozó la pierna izquierda.
La herida se abrió más.
Pero no se detuvo.
Gritó al avanzar.
No de rabia.
De decisión.
Apretó la katana con ambas manos.
El fuego se comprimió en el filo.
No explosión.
Concentración.
El ejecutor intentó bloquear.
Demasiado tarde.
La hoja atravesó su guardia.
Corte profundo en el pecho.
Oscuridad líquida brotó con violencia.
El ejecutor fue empujado varios pasos hacia atrás.
Sus pies dejaron surcos en la tierra.
El bosque no tembló.
Se quedó en silencio.
Eiden permaneció frente a él.
Respirando pesado.
Herido.
Pero erguido.
La katana baja, firme.
Mirada seria.
Sin duda esta vez.
El ejecutor miró la herida en su pecho.
Luego levantó los ojos hacia Eiden.
No había sonrisa.
Había algo más peligroso.
Respeto.
Y detrás de él…
la grieta empezó a vibrar con una intensidad que ya no parecía esperar permiso.
El bosque ya no crujía.
Respiraba con dificultad.
Eiden y el ejecutor se miraban a pocos metros.
El corte profundo en el pecho del ejecutor aún humeaba. Oscuridad líquida descendía desde la herida… pero no parecía debilitarlo.
Al contrario.
Su expresión cambió.
Ya no era cálculo.
Era irritación.
—¿Por qué sigues? —preguntó, la voz más grave.
Eiden respiraba con esfuerzo. La mano que sostenía la katana estaba roja.
La llama, inestable.
Dolorosa.
—Porque todavía puedo —respondió.
El ejecutor inclinó la cabeza.
—No tienes que hacerlo.
La grieta vibró débilmente detrás de él.
—Puedo traerlos de vuelta.
Silencio.
El viento pareció retroceder.
—A todos —continuó—. Los que perdiste. Los que lloraste en silencio. Los que no pudiste salvar.
Las palabras fueron precisas. Medidas.
Golpes invisibles.
La katana tembló.
Una imagen cruzó la mente de Eiden.
Risas antiguas.
Una mano grande apoyada en su cabeza.
Una voz firme enseñándole a no bajar la mirada.
El ejecutor dio un paso más.
—No es un pecado desearlo.
Otro paso.
—No es traición querer una segunda oportunidad.
El fuego empezó a desordenarse.
—Podrías abrazarlo otra vez.
Eiden no respondió.
La llama subió… pero no con pureza.
Con desesperación.
El ejecutor sonrió apenas.
—Tu padre estaría feliz.
El mundo se quebró.
La llama explotó.
No hacia afuera.
Hacia adentro.
La empuñadura ardió. La piel de Eiden comenzó a quemarse. El olor a carne chamuscada se mezcló con resina de árbol.
Pero no soltó.
Sus ojos ya no tenían duda.
Tenían furia.
—No pronuncies eso —dijo bajo.
El ejecutor abrió los brazos.
—Yo puedo devolverlo.
Eiden dio un paso.
La llama dejó de temblar.
Se estabilizó.
Más pequeña.
Más densa.
—Nadie puede creerse dios —dijo.
Avanzó.
Cada palabra era un golpe.
—Hay uno solo.
El ejecutor lanzó una cuchilla oscura.
Eiden la cortó sin frenar.
Otra más.
La atravesó.
—Y lo que tú haces —continuó— no es misericordia.
Ya estaba frente a él.
—Es manipulación.
El ejecutor bloqueó con el antebrazo. Oscuridad contra fuego.
Chispas negras y doradas volaron.
—Juegas con el dolor ajeno —gruñó Eiden—. Con los que perdieron algo que no se puede reemplazar.
El ejecutor intentó retroceder.
Tarde.
Eiden giró el cuerpo.
Un corte horizontal limpio.
El brazo derecho del ejecutor cayó al suelo en un golpe seco.
No sangre roja.
Oscuridad espesa salpicó la tierra.
El ejecutor miró el muñón.
Sorpresa real.
Por primera vez.
La grieta vibró violentamente.
Como si algo del otro lado gritara.
Eiden no dudó.
No gritó.
No habló.
Avanzó un paso final.
Y clavó la katana directo en el pecho del ejecutor.
Justo en el centro.
Silencio absoluto.
La llama no explotó.
Se hundió.
Atravesó.
La grieta se contrajo bruscamente.
El ejecutor miró a Eiden de cerca.
Muy cerca.
—Interesante… —susurró.
Y su cuerpo comenzó a deshacerse en partículas oscuras.
No en derrota.
En disolución.
La katana siguió clavada hasta que no quedó nada sosteniéndola.
La grieta colapsó en un punto diminuto…
y desapareció.
El bosque quedó en silencio.
Eiden soltó la espada.
La llama se apagó.
Su mano estaba quemada.
Su cuerpo, herido.
Pero estable.
Podía mantenerse en pie.
Respiró.
Una vez.
Dos.
Y por primera vez desde que comenzó todo…
no sentía que alguien estuviera midiendo su corazón.El bosque quedó quieto.
Demasiado quieto.
Eiden respiró hondo y tomó la katana del suelo.
La llama ya no estaba, pero el metal aún conservaba calor.
Con un movimiento lento, la enfundó.
Su mano quemada tembló apenas.
Luego empezó a caminar.
Cada paso era pesado.
La herida en el estómago punzaba.
Las costillas protestaban.
Usaba la katana como soporte, apoyándola en el suelo para no perder equilibrio.
No había triunfo en su rostro.
Solo cansancio.
Y algo más profundo.
Cuando llegó hasta ella, la encontró de rodillas.
El mechón de cabello aún en su mano.
Llorando sin control.
No gritos.
No histeria.
Un llanto que venía de adentro.
—Yo… —su voz se quebró—. Yo pude traerlo de vuelta.
Eiden se detuvo frente a ella.
—Mi hijo… —dijo, apretando el mechón contra el pecho—. Fue un accidente… fue tan injusto…
Levantó la mirada, empapada de lágrimas.
—¡Todo esto fue por él! ¡Todo! ¿Entiendes? ¡Tú lo arruinaste! ¡Lo mataste también!
El bosque absorbió las palabras.
Eiden no respondió con dureza.
No alzó la voz.
No la corrigió.
Se arrodilló frente a ella.
Quedando a la misma altura.
La miró con una expresión que no tenía defensa.
Solo tristeza.
—Todos perdimos a alguien alguna vez —dijo con calma—. Y cuando duele así… parece que el mundo nos debe algo.
Ella bajó la mirada.
Las lágrimas caían más rápido.
—Fue egoísta… —susurró—. Lo que hice… lo que intenté hacer… nadie va a perdonarme. Nadie.
Su voz se rompió por completo.
—Vendí todo por una ilusión…
Eiden extendió la mano sana y la apoyó suavemente sobre la suya.
No como juez.
Como humano.
—Respira profundo —dijo despacio.
Ella intentó hacerlo, pero el llanto la interrumpía.
—No digas más ahora.
Silencio.
El viento volvió a moverse entre las hojas.
—Si abriste el corazón… —continuó él—. Si supiste caer… hay una balanza que sabe responder.
Ella levantó la vista.
Confundida.
Esperando condena.
—El que realmente está arrepentido —dijo Eiden— es el que se salva.
No hablaba de leyes.
Ni de castigos.
Hablaba de algo más antiguo.
Ella lo miró largo rato.
Como si estuviera tratando de entender cómo alguien que también perdió… podía mantenerse en pie.
Luego, sin decir nada más, se levantó.
Y lo sostuvo por el brazo.
—Vamos… —murmuró—. El pueblo está cerca.
Eiden dudó un segundo.
Pero aceptó el apoyo.
Caminaron despacio entre los árboles.
Ella lo ayudaba a mantenerse firme.
Él no se quejaba.
Antes de salir del bosque, ella habló otra vez.
—Gracias.
No fue fuerte.
Pero fue sincero.
Eiden no respondió con palabras.
Solo asintió levemente.
El fuego había terminado.
Pero algo más había empezado
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