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Kuchiyuku ōkoku - Capítulo 55

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Capítulo 55: Capítulo 55 — El peso de elegir

El bosque ya no crujía.

Respiraba con dificultad.

Eiden y el ejecutor se miraban a pocos metros.

El corte profundo en el pecho del ejecutor aún humeaba. Oscuridad líquida descendía desde la herida… pero no parecía debilitarlo.

Al contrario.

Su expresión cambió.

Ya no era cálculo.

Era irritación.

—¿Por qué sigues? —preguntó, la voz más grave.

Eiden respiraba con esfuerzo. La mano que sostenía la katana estaba roja.

La llama, inestable.

Dolorosa.

—Porque todavía puedo —respondió.

El ejecutor inclinó la cabeza.

—No tienes que hacerlo.

La grieta vibró débilmente detrás de él.

—Puedo traerlos de vuelta.

Silencio.

El viento pareció retroceder.

—A todos —continuó—. Los que perdiste. Los que lloraste en silencio. Los que no pudiste salvar.

Las palabras fueron precisas. Medidas.

Golpes invisibles.

La katana tembló.

Una imagen cruzó la mente de Eiden.

Risas antiguas.

Una mano grande apoyada en su cabeza.

Una voz firme enseñándole a no bajar la mirada.

El ejecutor dio un paso más.

—No es un pecado desearlo.

Otro paso.

—No es traición querer una segunda oportunidad.

El fuego empezó a desordenarse.

—Podrías abrazarlo otra vez.

Eiden no respondió.

La llama subió… pero no con pureza.

Con desesperación.

El ejecutor sonrió apenas.

—Tu padre estaría feliz.

El mundo se quebró.

La llama explotó.

No hacia afuera.

Hacia adentro.

La empuñadura ardió. La piel de Eiden comenzó a quemarse. El olor a carne chamuscada se mezcló con resina de árbol.

Pero no soltó.

Sus ojos ya no tenían duda.

Tenían furia.

—No pronuncies eso —dijo bajo.

El ejecutor abrió los brazos.

—Yo puedo devolverlo.

Eiden dio un paso.

La llama dejó de temblar.

Se estabilizó.

Más pequeña.

Más densa.

—Nadie puede creerse dios —dijo.

Avanzó.

Cada palabra era un golpe.

—Hay uno solo.

El ejecutor lanzó una cuchilla oscura.

Eiden la cortó sin frenar.

Otra más.

La atravesó.

—Y lo que tú haces —continuó— no es misericordia.

Ya estaba frente a él.

—Es manipulación.

El ejecutor bloqueó con el antebrazo. Oscuridad contra fuego.

Chispas negras y doradas volaron.

—Juegas con el dolor ajeno —gruñó Eiden—. Con los que perdieron algo que no se puede reemplazar.

El ejecutor intentó retroceder.

Tarde.

Eiden giró el cuerpo.

Un corte horizontal limpio.

El brazo derecho del ejecutor cayó al suelo en un golpe seco.

No sangre roja.

Oscuridad espesa salpicó la tierra.

El ejecutor miró el muñón.

Sorpresa real.

Por primera vez.

La grieta vibró violentamente.

Como si algo del otro lado gritara.

Eiden no dudó.

No gritó.

No habló.

Avanzó un paso final.

Y clavó la katana directo en el pecho del ejecutor.

Justo en el centro.

Silencio absoluto.

La llama no explotó.

Se hundió.

Atravesó.

La grieta se contrajo bruscamente.

El ejecutor miró a Eiden de cerca.

Muy cerca.

—Interesante… —susurró.

Y su cuerpo comenzó a deshacerse en partículas oscuras.

No en derrota.

En disolución.

La katana siguió clavada hasta que no quedó nada sosteniéndola.

La grieta colapsó en un punto diminuto…

y desapareció.

El bosque quedó en silencio.

Eiden soltó la espada.

La llama se apagó.

Su mano estaba quemada.

Su cuerpo, herido.

Pero estable.

Podía mantenerse en pie.

Respiró.

Una vez.

Dos.

Y por primera vez desde que comenzó todo…

no sentía que alguien estuviera midiendo su corazón.El bosque quedó quieto.

Demasiado quieto.

Eiden respiró hondo y tomó la katana del suelo.

La llama ya no estaba, pero el metal aún conservaba calor.

Con un movimiento lento, la enfundó.

Su mano quemada tembló apenas.

Luego empezó a caminar.

Cada paso era pesado.

La herida en el estómago punzaba.

Las costillas protestaban.

Usaba la katana como soporte, apoyándola en el suelo para no perder equilibrio.

No había triunfo en su rostro.

Solo cansancio.

Y algo más profundo.

Cuando llegó hasta ella, la encontró de rodillas.

El mechón de cabello aún en su mano.

Llorando sin control.

No gritos.

No histeria.

Un llanto que venía de adentro.

—Yo… —su voz se quebró—. Yo pude traerlo de vuelta.

Eiden se detuvo frente a ella.

—Mi hijo… —dijo, apretando el mechón contra el pecho—. Fue un accidente… fue tan injusto…

Levantó la mirada, empapada de lágrimas.

—¡Todo esto fue por él! ¡Todo! ¿Entiendes? ¡Tú lo arruinaste! ¡Lo mataste también!

El bosque absorbió las palabras.

Eiden no respondió con dureza.

No alzó la voz.

No la corrigió.

Se arrodilló frente a ella.

Quedando a la misma altura.

La miró con una expresión que no tenía defensa.

Solo tristeza.

—Todos perdimos a alguien alguna vez —dijo con calma—. Y cuando duele así… parece que el mundo nos debe algo.

Ella bajó la mirada.

Las lágrimas caían más rápido.

—Fue egoísta… —susurró—. Lo que hice… lo que intenté hacer… nadie va a perdonarme. Nadie.

Su voz se rompió por completo.

—Vendí todo por una ilusión…

Eiden extendió la mano sana y la apoyó suavemente sobre la suya.

No como juez.

Como humano.

—Respira profundo —dijo despacio.

Ella intentó hacerlo, pero el llanto la interrumpía.

—No digas más ahora.

Silencio.

El viento volvió a moverse entre las hojas.

—Si abriste el corazón… —continuó él—. Si supiste caer… hay una balanza que sabe responder.

Ella levantó la vista.

Confundida.

Esperando condena.

—El que realmente está arrepentido —dijo Eiden— es el que se salva.

No hablaba de leyes.

Ni de castigos.

Hablaba de algo más antiguo.

Ella lo miró largo rato.

Como si estuviera tratando de entender cómo alguien que también perdió… podía mantenerse en pie.

Luego, sin decir nada más, se levantó.

Y lo sostuvo por el brazo.

—Vamos… —murmuró—. El pueblo está cerca.

Eiden dudó un segundo.

Pero aceptó el apoyo.

Caminaron despacio entre los árboles.

Ella lo ayudaba a mantenerse firme.

Él no se quejaba.

Antes de salir del bosque, ella habló otra vez.

—Gracias.

No fue fuerte.

Pero fue sincero.

Eiden no respondió con palabras.

Solo asintió levemente.

El fuego había terminado.

Pero algo más había empezado

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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