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Kuchiyuku ōkoku - Capítulo 56

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  4. Capítulo 56 - Capítulo 56: Capítulo 56 — Las consecuencias del fuego
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Capítulo 56: Capítulo 56 — Las consecuencias del fuego

La habitación olía a hierbas trituradas y vendajes recién cambiados.

La luz de la mañana entraba por la ventana de madera, suave, tibia.

Eiden estaba sentado en la cama.

El brazo derecho completamente vendado.

Parte del pecho cubierto.

Unas vendas cruzaban su mejilla y el costado.

No estaba grave.

Pero el cuerpo cobraba factura.

Frente a él, sentada en una silla baja, estaba la mujer que lo había sostenido hasta el pueblo.

Había lavado su rostro.

Sus ojos ya no estaban desbordados, pero seguían hinchados.

—Mi nombre es… Kaede —dijo finalmente, con voz más firme.

Eiden la miró.

Le dedicó una pequeña sonrisa.

Sin heroísmo. Sin superioridad.

—Me alegra conocerte, Kaede.

Ella bajó la mirada un segundo.

—Gracias… por no odiarme.

Silencio.

—Gracias por detenerme —corrigió.

Eiden negó levemente con la cabeza.

—No fue nada.

Y lo dijo en serio.

Kaede respiró profundo, como si algo pesado terminara de acomodarse dentro de ella.

Entonces—

Un ruido.

Primero distante.

Luego más claro.

Voces.

Muchas voces.

Eiden giró la cabeza hacia la ventana.

Gritos.

—¡Sal que te veamos!

—¡Asesino!

—¡No tenías derecho!

Kaede se tensó.

—Son… muchos…

Eiden se levantó con cuidado.

El vendaje del costado tironeó.

Ignoró el dolor.

Tomó su katana.

No la desenvainó.

Solo la sostuvo como apoyo.

—Quédate aquí —dijo con calma.

Y salió.

Afuera

La plaza frente al hospital estaba llena.

Hombres. Mujeres. Ancianos. Incluso jóvenes.

Rostros tensos.

Miedo disfrazado de enojo.

Cuando lo vieron, el murmullo creció.

—¡Mataste al ejecutor!

—¡Él iba a ayudarnos!

—¡Podía traer de vuelta a nuestros muertos!

—¡No eras quién para decidir!

Eiden escuchó.

No interrumpió.

No alzó la voz.

Esperó.

Cuando el ruido bajó apenas, habló.

—¿Ayudarlos? —repitió.

Algunos gritaron que sí.

—Les ofreció traer lo que perdieron… ¿y no lo pensaron dos veces?

Silencio incómodo.

—Les pidió algo a cambio —continuó—. Y no era poco.

—¡Era nuestro derecho decidir! —gritó un hombre desde atrás.

Eiden lo miró directo.

—¿También era tu derecho vender el dolor de otros?

El hombre dudó.

—Él no prometía devolver vida —dijo Eiden con voz firme—. Prometía manipular lo que ustedes no querían aceptar.

Alguien murmuró:

—Pero… era una oportunidad…

Eiden dio un paso al frente.

El sol tocó las vendas de su brazo quemado.

—¿Una oportunidad para qué? ¿Para evitar el duelo? ¿Para fingir que la muerte no existe?

Nadie respondió.

—Yo también perdí —dijo.

Y esa frase cambió el aire.

—Y lo quise —admitió—. Por un segundo… lo quise.

Algunos lo miraron sorprendidos.

—Pero no todo lo que deseamos es correcto.

El murmullo se apagó más.

—Lo que hacía no era misericordia. Era manipulación.

Miró alrededor.

—Y ustedes lo sabían.

Varias miradas bajaron.

Una mujer empezó a llorar en silencio.

—No están enojados conmigo —continuó Eiden—. Están enojados porque ahora tienen que seguir adelante.

Eso dolió más que cualquier acusación.

Un anciano habló finalmente.

—Nos… dio esperanza.

Eiden asintió.

—La esperanza no se construye sobre mentiras.

Silencio pesado.

Pero ya no era agresivo.

Era reflexivo.

Eiden bajó la katana y la apoyó en el suelo.

—El bosque está dañado. Varias casas se rompieron por la explosión.

Miró a todos.

—Yo peleé. Yo causé parte de eso.

Respiró hondo.

—Voy a ayudar a reconstruirlo.

Una pausa.

—Si quieren seguir enojados, háganlo. Pero no se escondan detrás de una ilusión para justificarlo.

Nadie gritó esta vez.

El primero en moverse fue el anciano.

Luego una mujer.

Después otro hombre.

Sin discursos.

Sin aplausos.

Solo acción.

Eiden dio media vuelta y empezó a caminar hacia las casas dañadas.

Y uno a uno…

Lo siguieron.La noche cayó tranquila.

El pueblo dormía después de la reconstrucción.

Eiden estaba sentado solo en las escaleras traseras del hospital.

La luna apenas iluminaba el patio.

Su brazo vendado descansaba sobre la rodilla.

La mano aún ardía bajo la tela.

Respiró hondo.

Exhaló lento.

Miró al cielo.

—¿Voy a lograrlo? —murmuró.

El viento movió apenas las hojas.

Nada más.

—¿O solo estoy improvisando… y algún día no va a ser suficiente?

Silencio.

Su mandíbula se tensó.

—Si estás ahí… —continuó, bajando la voz— al menos dime que no estoy peleando solo.

Nada.

Ni señal. Ni susurro. Ni calor.

Solo cielo.

Su respiración empezó a agitarse.

—¿Qué se supone que haga? —dijo más fuerte—. ¿Cómo sé que estoy eligiendo bien? ¿Cómo sé que no estoy destruyendo algo sin darme cuenta?

El silencio empezó a doler.

Por un segundo… desesperación.

Pero entonces—

—¿Puedo sentarme?

Eiden parpadeó.

Kaede estaba de pie a unos metros.

Ya sin lágrimas. Más serena.

Eiden asintió.

Ella se sentó a su lado, dejando un pequeño espacio entre ambos.

—¿Cómo están tus heridas? —preguntó.

Eiden hizo una pequeña mueca.

—Voy a vivir.

Ella soltó una risa leve.

—Eso espero.

El ambiente se suavizó.

Pero Kaede lo miró de reojo.

—Estabas hablando con alguien.

Eiden dudó.

—Tal vez.

—¿Te responde?

Silencio breve.

—No como uno espera.

Ella bajó la mirada.

—¿De verdad crees que… existe?

La pregunta no fue burlona. Fue sincera. Frágil.

Eiden la miró.

No respondió de inmediato.

Luego habló despacio.

—Creo que nadie puede sostener tanto dolor solo… y no romperse por completo.

Kaede frunció levemente el ceño.

—¿Eso es prueba?

Eiden negó con suavidad.

—No. Pero cuando todo se cae… algo dentro de nosotros todavía distingue lo correcto de lo cómodo.

Miró sus manos.

—Cuando rechacé la oferta del ejecutor… no fue porque no la quisiera.

Kaede lo miró.

—Fue porque sabía que estaba mal… aunque doliera.

Respiró hondo.

—Esa voz que nos dice “esto no está bien”… aunque nadie nos esté mirando… no nace del miedo. Nace de algo más alto que nosotros.

Kaede guardó silencio.

—Pero si existe —dijo ella finalmente— ¿por qué permite asesinatos? ¿abusos? ¿robos? ¿niños que sufren?

La pregunta no fue agresiva. Fue cansada.

Eiden no se ofendió.

—Porque no nos creó como marionetas.

Kaede lo miró fijo.

—El mal no es algo que Él mueva… es algo que nosotros elegimos.

Señaló el pueblo.

—Hoy casi destruyen todo por desesperación. No porque alguien los obligara… sino porque quisieron evitar el dolor.

Pausa.

—El amor real necesita libertad. Y la libertad permite que alguien elija hacer daño.

El viento sopló suave.

—Pero eso no significa que Él apruebe el mal —continuó—. Significa que lo va a juzgar… y que mientras tanto, nos deja decidir quién queremos ser.

Kaede bajó la mirada.

—¿Y los que nacen enfermos? —preguntó en voz más baja—. ¿Los que tienen enfermedades terminales? Ellos no eligieron nada.

Esa pregunta quedó suspendida.

Eiden respiró profundo.

—No creo que toda desgracia sea castigo.

La miró con firmeza.

—Vivimos en un mundo roto. No perfecto. Las cosas no funcionan como deberían.

Su voz no era fría. Era honesta.

—Pero la enfermedad no define el valor de alguien.

Pausa.

—He visto personas sanas ser crueles… y personas enfermas enseñar más amor que cualquier guerrero fuerte.

Kaede lo observaba sin parpadear.

—No siempre entendemos por qué ocurre algo —admitió—. Pero que no lo entendamos no significa que no haya propósito más allá de lo que vemos.

Miró el cielo una vez más.

—Si todo terminara aquí… sí sería injusto.

Bajó la mirada hacia ella.

—Pero si esto no es el final… entonces ninguna vida corta fue desperdiciada.

Silencio.

No era respuesta perfecta.

Era verdad incómoda.

Kaede dejó salir el aire lentamente.

—Hablas como si confiaras mucho.

Eiden sonrió levemente.

—No siempre.

Miró su mano vendada.

—A veces solo elijo confiar… aunque no escuche nada de vuelta.

El viento movió el cabello de Kaede.

La noche seguía tranquila.

Pero ya no se sentía vacía.

Ella se quedó sentada allí.

No porque tuviera todas las respuestas.

Sino porque por primera vez… sus preguntas no se sentían solas.

Y el cielo seguía en silencio.

Pero esta vez…

no parecía ausencia.

Parecía paciencia

Capítulo 57 — La cicatriz que responde

El pueblo todavía olía a madera recién cortada.

Eiden estaba de pie en el centro de la plaza cuando la sintió.

Una presión en el aire.

No hostil.

Familiar.

Un segundo después—

Un golpe seco contra el suelo.

Polvo levantado.

Botas negras.

—Te dije que no te murieras antes de que yo lo permitiera.

Eiden levantó la vista.

Azu.

Cabello ligeramente desordenado por el viaje.

Mirada filosa.

Brazos cruzados.

Silencio.

Luego sus ojos bajaron.

Vendajes en el brazo. Costado envuelto. Marcas en la mejilla.

Y su expresión cambió.

No a preocupación.

A enojo.

Caminó directo hacia él.

—¿Qué hiciste?

Eiden sonrió apenas.

—También me alegra verte.

Ella lo agarró del mentón sin suavidad, girándole el rostro para ver la quemadura.

—No es una herida de ataque externo.

Lo soltó.

—Te quemaste conteniendo algo.

Eiden no respondió.

Eso fue suficiente respuesta.

Azu exhaló por la nariz.

—Eres un idiota.

Pausa.

—Pero no un imprudente.

Eso era lo más cercano a un elogio.

🔥 La llama

—Muéstramela —ordenó.

Eiden dudó.

Extendió la mano sana.

Respiró.

La llama apareció.

Pero no explotó.

No rugió.

No iluminó toda la plaza.

Era pequeña.

Densa.

Compacta.

Como un núcleo.

Azu se quedó en silencio más tiempo de lo habitual.

Se acercó.

La llama no quemaba el aire alrededor.

No consumía oxígeno.

No temblaba.

—Interesante… —murmuró.

Extendió dos dedos y los acercó apenas.

Sintió presión.

No calor.

Presión.

Retiró la mano.

—No te quemaste porque perdiste el control —dijo finalmente—. Te quemaste porque lo comprimiste.

Miró su brazo vendado.

—Antes tu fuego quería arrasar.

Ahora… perfora.

Eiden bajó la mano.

La llama se extinguió sola.

—No sé si eso es bueno —admitió.

Azu lo miró fijo.

—Es peligroso.

Pausa.

—Para tus enemigos.

🌑 Corte — Otro continente

Una sala amplia.

Columnas altas.

Oscuridad.

Una figura sentada en un trono de piedra abrió los ojos.

Una grieta flotaba frente a él.

Vacía.

—El ejecutor cayó.

Una segunda figura habló desde la sombra.

—El chico eligió.

Silencio.

Luego…

Una leve sonrisa.

—Eso lo hace más interesante.

La grieta vibró apenas.

—No envíen ejército.

La segunda figura inclinó la cabeza.

—¿Entonces?

—Envíen ojos.

Oscuridad expandiéndose.

—Quiero saber qué clase de fuego nace cuando alguien rechaza lo imposible.

La grieta se cerró.

🌙 Noche

Eiden dormía.

Inquieto.

Sudor frío.

El sueño llegó sin aviso.

No vio a su padre completo.

Solo una silueta.

De espaldas.

—No confundas fuerza con orgullo.

Eiden intentó avanzar.

La silueta no se giró.

—La verdadera firmeza no grita.

Oscuridad.

Despertó de golpe.

Respiración agitada.

Miró su mano vendada.

Se quitó lentamente el vendaje.

La piel estaba roja.

Cicatrizada.

Pero en el centro…

Una marca.

Sutil.

Como una grieta fina.

O como una llama cerrada sobre sí misma.

No dolía.

Pero pulsaba.

Una vez.

Lenta.

Como si respondiera.

Eiden frunció el ceño.

No miedo.

Conciencia.

Algo cambió esa noche.

No en el mundo.

En él.

Y muy lejos de allí…

Alguien lo estaba observando.Oscuridad.

No una habitación común.

Un espacio alto. Amplio. Silencioso.

Solo una luz azul suspendida en el aire.

Y una sombra.

Sentada.

No se veía rostro.

No se veía cuerpo.

Solo contorno.

Frente a él flotaban imágenes.

Grabaciones.

Energía proyectada en el aire.

📽️ KHOREN

La imagen mostraba el campo devastado.

El Teniente en Jefe de Khoren de pie.

Armadura fracturada.

Sonriendo con arrogancia.

Luego—

El momento exacto.

Eiden lanzando la katana.

Precisión limpia.

La hoja atravesando el pecho.

Silencio en la grabación.

La sombra inclinó apenas la cabeza.

—Sin vacilación… —murmuró una voz grave.

La escena cambió.

📽️ El bosque

La grieta abierta.

El ejecutor frente a Eiden.

La oferta.

El instante decisivo.

Y después—

La apuñalada directa al corazón.

Sin grito.

Sin discurso.

Solo ejecución.

La imagen se detuvo justo cuando el fuego se hundía en el pecho del ejecutor.

La sombra no habló durante varios segundos.

Luego…

Una risa leve.

No de burla.

De interés.

—Rechazó la tentación… y aun así perforó la grieta.

El aire vibró levemente.

—Eso no estaba en los cálculos.

La sombra extendió una mano.

Una moneda metálica apareció entre sus dedos.

La observó.

Una cara tenía grabada una corona.

La otra, una grieta.

—Destino o elección… —susurró.

Apretó la moneda.

No fuerte.

Pero con intención.

El metal comenzó a deformarse.

El suelo del salón vibró.

Luego—

Lejos.

Muy lejos.

En el país entero.

Un temblor leve sacudió edificios.

Vidrios vibraron.

Animales huyeron.

No fue devastador.

Fue advertencia.

La sombra apretó más.

La moneda crujió.

—Mis planes no se alteran por un chico que elige correctamente.

La presión aumentó.

La moneda se partió en dos.

El temblor cesó.

Silencio absoluto.

👁️ Los Ojos

Tres figuras emergieron desde la oscuridad del salón.

Rostros cubiertos.

Presencias ligeras.

No guerreros de fuerza bruta.

Observadores.

—Sí, mi señor —dijeron al unísono.

La sombra no se movió.

—No lo toquen.

—No interfieran.

—No provoquen.

Pausa.

—Obsérvenlo.

Las luces flotantes mostraron nuevamente el rostro de Eiden.

Vendado.

Sereno.

—Quiero informes constantes.

—Cada combate.

—Cada duda.

—Cada conversación.

La sombra se inclinó apenas hacia adelante.

—Si su fuego cambia… quiero saber cómo.

Los tres Ojos inclinaron la cabeza.

—Como ordene.

Sus cuerpos se disolvieron en partículas negras.

Desaparecieron.

La sala volvió a quedar en silencio.

La sombra miró una vez más la grabación congelada del ejecutor siendo atravesado.

—Veamos cuánto tiempo puedes sostener esa convicción… Eiden.

Las imágenes se apagaron.

Y la oscuridad sonrió.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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