L.E.T.O. — Love Exists Through Ordeal. - Capítulo 72
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Capítulo 72: Capitulo 70
ISABEL.
—Bueno… es espaciosa —dije en voz alta, más para mí que para los demás, observando la fachada amplia, los grandes ventanales, y ese techo que parecía de revista pero con una calidez muy de hogar.
El aire olía a pasto húmedo. A tierra nueva. A comienzos.
—La forma en que la decoren hablará bien de sus gustos —añadí, cruzando los brazos y ladeando la cabeza mientras recorría con la vista cada línea de la estructura, el equilibrio en su forma y el potencial que escondía cada rincón.
Lucía estaba recargada levemente sobre Evan, su mano sobre su vientre, donde Frijolito descansaba. Mi nieto. O nieta. Aún no lo sabíamos, y me encantaba esa idea. El misterio. La ilusión.
—Dependiendo de qué planten, podrían tener un jardín envidiable —murmuré después, como si ya me imaginara viendo crecer flores, arbustos, quizá un árbol que algún día Frijolito treparía… si es que salía como su madre, testarudo y valiente.
Paula, Sofía y Ana estaban arriba, escuchaba sus risas por las ventanas abiertas, emocionadas mirando las habitaciones, los baños y las vistas desde el segundo piso. Seguramente Ana ya se imaginaba tomando fotos en cada rincón. Y Sofía debatiendo mentalmente sobre cómo decoraría todo con telas y muebles de su agrado. Paula… bueno, ella era más práctica. Seguramente ya estaba haciendo cálculos del tamaño de los clósets.
Yo, por mi parte, salí de la casa con calma y crucé el pequeño camino de grava hasta llegar a un costado del jardín, donde Evan y Lucía estaban sentados en un pequeño banco de piedra mirando hacia la casa, como si intentaran adivinar si ahí podrían construir un hogar.
Lucía me miró al notar mi presencia. Sus ojos estaban iluminados de una manera muy especial.
—¿Qué opinas? —preguntó ella, con esa voz suave que usaba cuando quería una respuesta sincera pero dulce.
Evan no dijo nada, solo giró un poco el rostro para verme también.
—Opino —empecé, mirando primero la casa, y luego a ellos— que no hay paredes lo suficientemente firmes si la pareja que vive dentro no es fuerte. Pero esta casa… tiene algo.
Lucía arqueó una ceja.
—¿Algo como qué?
—Como historia esperando a ser escrita. Tiene alma. Tiene espacio para crecer, equivocarse, reconciliarse… amar. Si ustedes la eligen, no será solo por ladrillos o por metros cuadrados. Será porque están listos para hacerla suya. Juntos.
Vi a Evan bajar la mirada, pensativo, y luego asentir despacio, con ese gesto sutil que solo hace cuando algo realmente le llega.
Lucía solo sonrió. De esas sonrisas que nacen desde el corazón.
Y yo… yo respiré tranquila.
Porque a pesar de todo el dolor que ese chico llevaba en la espalda, lo veía ahí, queriendo raíces. Querido. Amado. Formando algo real con mi hija.
Y aunque todavía no lo dijera con palabras, sabía que ya estaba pensando en más que paredes.
Estaba pensando en un hogar.
Las risas bajaron antes que ellas.
El crujido leve de la madera en las escaleras avisó que las tres, Paula, Sofía y Ana venían con una emoción contenida a duras penas. Apenas pisaron el último escalón, Ana levantó los brazos como si acabara de ganar una carrera.
—¡Ya elegimos nuestras habitaciones! —anunció con una sonrisa enorme, dirigiéndose hacia donde estábamos Lucía, Evan y yo, aún en el jardín.
Lucía frunció el ceño, arqueando una ceja con expresión mezcla de confusión y “¿Qué diablos están diciendo?”.
—¿Cómo que eligieron habitaciones? —preguntó con ese tono entre incrédulo y amenazante tan característico de ella.
Sofía y Paula se encogieron de hombros con fingida inocencia, pero fue Ana, como siempre, la que contestó sin pensar demasiado:
—Pues sí. Elegimos. ¿O qué? Uno nunca sabe cuándo va a necesitar un refugio. Yo, por ejemplo, cuando tenga una pelea contigo —señaló hacia mí con un dedo descarado—, me voy a venir a esconder aquí. Así que necesito saber dónde está mi cama.
Lucía abrió la boca para responder, pero no dijo nada de inmediato. Se llevó una mano a la cintura y la otra al vientre, claramente luchando entre reírse o fulminarlas con la mirada.
—Además —siguió Ana, sin dejar espacio a protestas—, van a necesitar niñeras, ¿no? Para cuando ustedes salgan, o trabajen… bueno, tú sí, Lucía. Y Evan… no sé, tal vez esté en la escuela o salvando al mundo, o lo que sea que haga él.
Evan se rió por lo bajo, sin negar nada. Me crucé de brazos, intentando no sonreír con demasiado orgullo.
—¿Y ustedes creen que este será su hotel personal? —Lucía dijo al fin, entre dientes, aunque ya se le estaba escapando la risa.
—No hotel —dijo Paula por fin, más tranquila—. Hogar extendido. Espacio de emergencia. Base secundaria. Punto de evacuación… ¿necesitas más sinónimos?
Sofía solo se limitó a asentir, como si todo aquello fuera parte de un plan perfectamente estructurado desde hace años.
Miré a Evan. Y lo vi sonreír con los labios, pero también con la mirada. Él no estaba acostumbrado a este tipo de caos doméstico. Pero poco a poco, empezaba a formar parte de él. Ya no era un espectador. Estaba dentro del desastre amoroso que es la familia.
Lucía suspiró, derrotada.
—Frijolito ni siquiera ha nacido y ya tiene una guardería con tres niñeras entrometidas.
—¡Oye! —gritó Ana desde la puerta—, hermanas. Tías responsables. Ángeles guardianes, si quieres.
—Ajá —respondió Lucía, cruzándose de brazos.
Yo solo reí, caminando de regreso hacia la casa con ellas.
Sí… esta casa ya se estaba sintiendo como hogar. Y aún ni la habían comprado.
Justo cuando estábamos terminando de hablar y reír, escuchamos el sonido de un auto que regresaba por el camino de entrada. Era el agente de bienes raíces que se había ido un rato para atender unas llamadas o mostrar otra propiedad. Caminó hacia nosotros con una sonrisa profesional, llevando algunos documentos bajo el brazo.
—¿Qué tal la visita? —preguntó con entusiasmo—. ¿Qué les parecieron las vistas, las habitaciones y el garaje?
Lucía fue la primera en responder, con esa mezcla de emoción y cautela que la caracteriza:
—Todo está excelente. El jardín es hermoso, y tiene mucho espacio incluso para poner cercas si queremos. Eso nos gusta mucho.
Evan asintió, agregando:
—Sí, el espacio es amplio, y la luz natural es increíble. Las habitaciones tienen buen tamaño y privacidad. Además, el garaje tiene espacio para dos autos y hasta un pequeño taller, perfecto para lo que necesitamos.
El agente sonrió complacido y siguió enumerando detalles: la calidad de la construcción, la proximidad a escuelas, centros comerciales, y lo seguro que es el vecindario. Nos contó también que la casa había estado en el mercado por un tiempo, pero que no había tenido muchas visitas debido a su ubicación un poco alejada del bullicio de la ciudad, aunque para nosotros ese era justo un punto a favor.
Después de un rato, Evan tomó la palabra con su tono serio, mostrando que ya estaba pensando en lo práctico.
—Quería preguntar, ¿se pueden hacer remodelaciones? ¿Podríamos construir dentro o fuera de la propiedad sin mayores problemas? ¿Se necesitan permisos especiales o es totalmente libre para hacer cambios?
El agente asintió, con algo de conocimiento y experiencia.
—Claro, eso es una pregunta importante. En esta zona las regulaciones son bastante flexibles, pero sí, para cualquier construcción mayor o remodelación estructural se necesita solicitar un permiso al municipio. Eso incluye ampliaciones o cambios en la fachada. Sin embargo, para cambios menores, como agregar un cuarto, un deck, o modificar áreas internas, la mayoría de veces es solo cuestión de presentar los planos y esperar la aprobación, que suele ser rápida si todo está en orden.
—¿Y qué tan complicado es ese proceso? —pregunté yo, interesada en que no fuera un lío burocrático que nos retrasara.
—No es demasiado complicado —respondió el agente—, pero sí toma algo de tiempo y hay que seguir ciertos lineamientos para asegurar que las construcciones sean seguras y no afecten a los vecinos. La ventaja aquí es que es un vecindario bastante tranquilo y no hay muchas restricciones estrictas como en zonas urbanas más densas.
—Perfecto —dijo Evan, cruzando los brazos y mirando el jardín con la cabeza llena de ideas—. Queremos asegurarnos de que podamos adaptar la casa a nuestras necesidades a medida que la familia crezca. Tal vez construir un cuarto adicional, o incluso un área para seguridad extra. Ya saben, por precaución.
El agente se rió suavemente ante la mención de la seguridad.
—Entiendo perfectamente —dijo—. Puedo ayudarles también con los contactos para los permisos y con constructores de confianza en la zona. Si deciden avanzar, tendrán todo el apoyo necesario.
Lucía sonrió y asintió, aunque todavía se veía pensativa.
—Mañana queremos venir a verla con más calma, tomar algunas medidas y pensar bien en cómo la vamos a decorar.
—Perfecto —concluyó el agente—. Yo estaré aquí para cualquier duda o gestión que necesiten. Si quieren, puedo enviarles un dossier digital con toda la información y planos.
Después de despedirnos del agente, Lucía se quedó pensativa un momento y luego dijo que antes de irnos quería ver de nuevo la habitación que sería para Frijolito. Nos miró con esa ternura que solo las madres tienen, como si ya pudiera sentir a su bebé ahí dentro, entre esas cuatro paredes.
—Vamos, quiero imaginar un poco más —nos dijo con una sonrisa.
Así que, sin perder tiempo, subimos de nuevo las escaleras hacia el segundo piso, donde las chicas habían escogido ya sus habitaciones, pero ahora todos nos dirigíamos a la que sería el cuarto del bebé.
Al entrar, el aire fresco de la tarde entraba por las ventanas abiertas y se sentía una brisa suave que prometía alivio para los meses de calor, y un espacio lo suficientemente cerrado para el frío que llegaría después.
Lucía se acercó a la pared más despejada y señaló un rincón con luz natural, ideal para la cuna.
—Aquí —dijo con voz dulce—, creo que aquí será perfecto para la cuna. Da justo con la ventana, pero no la suficiente para que el sol pegue directo y moleste al bebé. Además, se siente fresco sin ser frío.
La miré y asentí, evaluando el espacio.
—Tienes razón, es un buen lugar. Podríamos instalar cortinas térmicas para ayudar con el frío, y una mosquitera para el verano. El ambiente es importante para que Frijolito esté cómodo.
Paula y Sofía nos acompañaban, imaginando también las posibilidades: dónde poner los juguetes, una pequeña silla para cuando el bebé empiece a gatear, estanterías para libros y ropa.
Ana, siempre la más práctica, comentó:
—Aquí podemos poner una lámpara suave para la noche. Que no sea muy fuerte, para que el bebé no se asuste cuando se despierte.
Todos comenzamos a visualizar la habitación llena de vida, con colores neutros como Evan había pedido, pero con pequeños detalles cálidos y acogedores. Lucía tocaba suavemente las paredes, como acariciando el futuro.
Mientras la veía, sentí una mezcla de nostalgia y esperanza. Esta casa, este cuarto, no era solo un espacio físico. Era un símbolo de la vida que estaba por comenzar, de las nuevas oportunidades, y de la fortaleza que todos necesitábamos para enfrentar lo que viniera.
—Va a ser un buen hogar para Frijolito —dije, tomando la mano de Lucía—. Y para ustedes también.
Ella sonrió, y por un momento, todo parecía más ligero, más posible.
Saqué mi celular del bolso y, sin pensarlo demasiado, marqué el número de Emily. La llamada de video tardó unos segundos en conectar. Mientras esperaba, miré a Lucía, que seguía explorando la habitación con una mezcla de ilusión y calma que me enternecía profundamente. Evan estaba a su lado, con los brazos cruzados y una pequeña sonrisa, como si también pudiera ver ya al pequeño Frijolito durmiendo ahí.
Finalmente, la pantalla se iluminó y apareció el rostro de Emily, mi consuegra, con su característico moño improvisado, lentes ligeramente caídos y una taza de café en la mano.
—¡Isabel! —dijo con una sonrisa cálida—. ¿Y bien? ¿Evan ya lo preparó? ¿Me va a llamar pronto para que empaque maletas?
Sonreí, negando con la cabeza suavemente.
—Todavía no, Emily. Aún no lo hace —le respondí en voz baja—. Pero está bien así. Te diré por qué.
Me moví un poco y giré la cámara del celular, enfocando la habitación donde estábamos todos. La luz natural entraba en diagonal por la ventana y daba justo sobre la pared donde Lucía señalaba con sus dedos lo que podría ser una repisa o el espacio de un cambiador.
—Estamos en la casa —dije con una sonrisa, mientras bajaba el tono de mi voz como si estuviéramos revelando un secreto íntimo—. La casa que Evan y Lucía planean comprar. Y esta habitación… será la de Frijolito.
Hubo un segundo de silencio en la llamada. Luego escuché un suave suspiro y la voz emocionada de Emily desde el otro lado de la línea.
—Oh… —dijo, conteniendo una emoción evidente—. Qué bonita luz tiene… ¿Ya decidieron comprarla?
—Aún no es oficial —le respondí—, pero están muy decididos. Evan la ha visitado dos veces, y hoy Evan trajo a todos. Hasta Ana ya eligió su “cuarto provisional” por si se pelea conmigo —agregué con una risita.
Emily rió al otro lado, y por el rabillo del ojo vi cómo Evan volteaba ligeramente para escuchar de qué hablaba yo. No hizo ningún comentario. Solo mantuvo la mirada fija en Lucía, como si todo a su alrededor fuera menos importante que verla allí, dibujando futuros con sus manos.
—¿Y cómo está él? —preguntó Emily con voz más suave, como solo una madre que ha perdido y recuperado a un hijo puede preguntar.
—Más tranquilo —le respondí—. Cansado, pero bien. Le cuesta aún mostrar lo que siente, pero cada gesto lo delata. Está comprometido… incluso si aún no ha dado el paso —dije con una mirada directa hacia él mientras volvía a enfocar la cámara.
—Bueno —suspiró Emily—, cuando llegue ese día… quiero estar allí, Isabel. Toda la familia estará.
—Lo sé, Emily. Te lo prometo. No te perderás ni un segundo.
Y en mi interior, supe que ese día no estaba tan lejos. Evan no necesitaba más tiempo. Solo valor… y eso ya lo estaba cultivando.
***
EVAN.
El motor del auto vibraba suavemente bajo mis pies mientras manejaba por la carretera de regreso. Era tarde, pero el aire tenía ese aroma húmedo a tierra y hojas que me gustaba. Me hacía sentir lejos de todo lo malo, como si al cruzar esos árboles me hubiese dejado atrás otra vida.
Lucía iba en el asiento trasero, porque ya era todo un pequeño sistema montar a bordo con su panza de ocho meses. Paula y Sofía iban a los lados, pendientes de ella como si fuera una bomba a punto de estallar. Ana estaba en el fondo, en el tercer asiento, en esa posición donde nadie puede tocar el aire acondicionado, pero se siente en control. Y adelante, Isabel, mi suegra, con el celular en mano, revisando sus mensajes o quizá alguna noticia médica de esas que le encantaban.
—Oye —dijo Ana desde el fondo—. ¿Y cómo vas a consultar tu dinero si dijiste que estaba guardado en bancos secretos por todo el mundo?
Me reí suavemente, girando un poco el rostro sin quitar la vista del camino.
—Tengo mis trucos, enana. No te preocupes por eso. El dinero está limpio, nada peligroso, lo juro. Ni una gota de sangre lo toca.
—Mm, suena muy sospechoso para alguien que dice eso riendo… —dijo Paula con tono divertido.
—Lo dice con risa de película de acción —añadió Sofía desde el otro lado.
—Bueno, ¿qué quieren? No crecí con una cuenta de ahorros normal y una alcancía de cerdito —respondí encogiéndome de hombros—. Hice lo que tuve que hacer… Pero ahora todo es legal. Lo he ido limpiando durante estos meses, y nadie va a tocar un centavo sin que esté en regla.
—Y con eso —interrumpió Isabel con voz más seria pero cálida—, ¿para cuándo firmarán la casa?
Lucía respondió antes de que yo pudiera decir algo:
—Antes de que tú y papá se vayan, en esta semana. No quiero que se vayan sin saber que ya tenemos dónde vivir… quiero que estén ahí, al menos en ese momento.
—Pues espero estar aquí para comprar todo para la habitación de Frijolito —dijo Isabel con una sonrisa—. Ya hice una lista con tu hermana, ¿verdad, Sofía?
—Sí, pero tú le pusiste demasiadas cosas —respondió Sofía desde atrás—. La mitad no son necesarias.
—¿Y si yo quiero todo eso? —dijo Lucía, metiéndose al instante en el juego.
—¿Entonces qué? ¿Vamos a necesitar dos habitaciones para Frijolito? —bromeó Paula.
—Quizá si tiene la genética de su papá y crece como árbol, sí —añadió Ana.
Sonreí, sin decir nada, solo dejando que sus voces llenaran el espacio. A veces me costaba aceptar que esta era mi vida ahora… no por falta de amor, sino por exceso. Era tanto lo que había recibido en tan poco tiempo, que me sentía como alguien que acababa de salir de una caverna oscura, tratando de no cegarse con la luz.
Miré por el retrovisor, y allí estaba Lucía, con la vista al exterior y una mano acariciando su vientre mientras las demás seguían bromeando. Esa imagen… era mi hogar ahora.
—Evan… —dijo Isabel suavemente.
—¿Mm?
—Gracias por cuidar de mi hija.
Volteé un segundo. No era la primera vez que me lo decía, pero esta vez… lo sentí más profundo.
—Siempre —le respondí.
Siempre.
La pantalla del tablero parpadeó con la notificación de una llamada entrante. El nombre que apareció fue “Armando”. Levanté una ceja con una ligera sonrisa y acepté la llamada en manos libres.
—Bueno, ¿con cuál de la banda estoy hablando? —dijo su voz grave y cálida al instante, con ese tono suyo entre serio y relajado que ya conocía bastante bien.
Antes de que pudiera responder, Isabel se inclinó un poco hacia el micrófono.
—Con tu hermosa esposa, ¿quién más va a contestarte con ese tono? —dijo con una sonrisa evidente en la voz.
—Ah, menos mal… porque si respondía Evan me iba a preocupar —bromeó él, haciendo reír a todos en el auto.
—Ay, suegro, me rompe el corazón —le respondí, dejando que la risa me escapara también—. Y eso que yo sí cocino…
—¡Justo de eso iba! —dijo él, riendo—. Me regalaron un buen corte de carne aquí en el hospital. Ya sabes, esas cosas raras que pasan cuando ayudas con una operación difícil. El punto es… ¿ya comieron algo? Porque si no, para cuando lleguen a casa lo preparo.
—¡¿Carne?! —saltó Ana desde atrás—. Yo sí quiero.
—No hemos comido —dijo Lucía desde su asiento, recostada con una mano en su vientre—. Mamá ha estado supervisando casas y emociones. Nadie pensó en comida.
—Yo traigo algunas cosas en las bolsas, pero nada que se compare con un buen corte —añadió Paula—. Así que adelante, papá, enciende la parrilla.
—Dale, pues —respondió él con entusiasmo—. Tengo especias de esas que a ti te gustan, Isabel. Y Evan… tú te vienes conmigo a cocinar. Ya te vi cara de yerno aplicado.
—Listo, jefe —le dije en tono burlón y militar, haciendo que todos se rieran.
—Entonces nos vemos allá. Ah, y Lucía…
—¿Sí, papá?
—Tú no te muevas de la mesa. Ni se te ocurra venir a la cocina. Solo si quieres probar antes de tiempo.
—Ya, papá… está bien —respondió ella en tono resignado pero cariñoso, y todos en el auto sonreímos con ese calor familiar que a veces cuesta encontrar, pero cuando lo tienes, lo sientes hasta en los huesos.
La llamada se cortó.
Isabel me miró de reojo.
—Te tiene aprecio. Mucho más del que deja ver.
—Lo sé —respondí bajito—. Y yo también a él.
Lucía respiró profundo detrás de mí, y me giré un poco para verla. Tenía esa expresión cansada pero tranquila, como si cada parte del día hubiese valido la pena solo por volver a ese tipo de hogar. Su hogar.
Nuestro hogar… muy pronto.
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