La Ascensión del Cultivador Tramposo - Capítulo 527
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Capítulo 527: Muy peligroso
Un violento sonido de metales chocando se extendió por un campo abierto mientras dos figuras se enfrentaban con sus espadas; un hombre y una mujer que compartían el mismo color de pelo que ondeaba al viento, y cuyas miradas estaban clavadas en las de su oponente.
—Usas un estoque, Liliana, deberías ser más rápida… —dijo el joven, erguido e inmóvil a pesar de la fuerza del intercambio anterior, mientras blandía la espada que sostenía. El simple movimiento fue más que suficiente para hender el aire a su alrededor y generar un torbellino que se extendió un par de metros antes de desvanecerse.
—Jahh… jahh… ¡¡sí!! —respondió con entusiasmo la dama que recibía la lección, con la mirada fija en la figura inmóvil del joven y preguntándose si él siquiera podía cansarse. Su cuerpo ya temblaba de agotamiento, sobre todo los brazos, por parar todos los golpes pesados que no conseguía esquivar.
—Una vez más. —Al ver la mirada de determinación en los ojos de la dama, Su Xiaotian dio un paso al frente de nuevo; su cuerpo desapareció junto con el destello de su espada, provocando que Liliana entrara en pánico y expandiera sus sentidos para tratar de averiguar adónde se había esfumado su compañero de entrenamiento.
«Aprende rápido…». Al ver cómo pretendía manejar la situación, no pudo evitar elogiarla mentalmente, pues había mejorado mucho durante el último mes. Sus ojos, que brillaban en un blanco puro con un matiz dorado, vieron la gran cantidad de qi que se arremolinaba y circulaba por todo el cuerpo de ella.
«¡¡Ahí!!». Mientras tanto, en un intento de averiguar por dónde aparecería Su Xiaotian, los sentidos expandidos de Liliana detectaron algo a su espalda; algo que ya esperaba, dada la frecuencia con la que el joven atacaba su mayor punto débil. La situación dibujó una sonrisa de victoria en su rostro cansado, pero no por ello menos hermoso, mientras se giraba y se preparaba para lanzar una estocada con el estoque con todas sus fuerzas.
Al hacerlo, el qi espiritual ambiental empezó a danzar a su alrededor y, quizás por su ascendencia vampírica, el qi, hasta entonces invisible, se congregó en una bruma rojo sangre que se arremolinaba en torno a ella y su arma. La energía en espiral parecía amplificar aún más la potencia de su ataque mientras silbaba, rasgando el aire a su paso, partiéndolo todo y creando un vacío en su camino.
La recompensa a su esfuerzo fue la sensación de desgarrar algo, junto con la de sentir su estoque atascado; sin embargo, en lugar de alegría, lo único que sintió fue frustración, pues, en vez de la carne que esperaba perforar, lo único que había frente a ella era una aguja de roca y tierra que la superaba en altura.
—Impresionante. —Y mientras se preguntaba por la ubicación actual del único individuo capaz de crear algo así en medio de una pelea, escuchó una voz justo al lado de su oído; una voz familiar que la hizo plenamente consciente de que, una vez más, había perdido el combate de entrenamiento.
—Monstruo —replica ella mientras retira el estoque de la barrera de tierra en la que estaba clavado, sacando un paño limpio para quitarle el polvo a su arma antes de devolverla a su vaina.
—Creo que la palabra que querías decir era «gracias», Dama Liliana —le responde él con una sonrisa al oír el tono de queja en su voz; una sonrisa más bien burlona que solo sirve para fastidiar aún más a la dama que tiene delante.
—¡¡Hum!! No hay por qué darle las gracias a un tipo que le da una paliza a una dama indefensa —replica ella con tono ofendido, apartando la mirada de la sonrisa del joven similar a un inmortal. Le resultaba extremadamente desagradable, ya que a menudo —o más bien, siempre— la hacía sentir algo que nunca antes había sentido cada vez que él le mostraba esa expresión.
«Es peligroso, muy peligroso…». Como persona que confiaba plenamente en sus instintos y sentidos, no pudo evitar pensar para sus adentros, recordándose una y otra vez que algo malo podría ocurrirle si se dejaba arrastrar por las acciones de aquel joven, fueran estas intencionadas o no.
—Bueno, tienes que recibir palizas como esta si quieres seguir progresando tan rápido como lo has hecho este último mes —le recordó mientras envainaba su espada y la guardaba en su anillo espacial en lugar de en el almacenamiento del sistema; una acción a la que no lograba acostumbrarse, incluso después de llevar ya un mes haciéndolo.
«Y yo también estoy aprendiendo bastante con esto, así que tendrás que aguantarte, Liliana», pensó para sí mientras observaba a la dama frente a él, aún sorprendido de lo efectivo que podía ser enseñar a alguien para mejorar, redescubriendo métodos, procesos y técnicas que uno creía ya dominar.
Sí, era diferente a un simple combate de entrenamiento, que sin duda también aportaba muchos beneficios, pero medirse con sus iguales y volver al origen de las cosas al enseñar a otros le otorgaba beneficios distintos, los cuales tampoco le importaba aprovechar.
Esos eran los pensamientos que ocupaban su mente antes de que las palabras de la dama vampírica lo sacaran de su ensimismamiento. El rostro de ella, bañado por los brillantes rayos del sol matutino, se veía especialmente encantador; su cabello ceniciento parecía más brillante que antes y sus pupilas rubí carmesí parecían refulgir bajo la cálida luz solar.
—¿Qué? ¿Tengo algo en la cara? —no pudo evitar preguntar Liliana al notar que el joven la miraba fijamente. El sol de la mañana le confería un lujo inusual, una especie de goce que no correspondía a la criatura de la noche que su raza representaba ser.
—Nada, es solo que no he podido evitar fijarme en que también eres realmente hermosa, sobre todo bajo este sol, Liliana —responde él sin ápice de vergüenza mientras le sonríe de nuevo antes de darse la vuelta para marcharse. No pensaba en nada más, pues se limitaba a decir lo que consideraba la verdad; sin embargo, esa convicción, por simple que él la creyera, era de todo menos simple en la mente de la dama elogiada.
—Q-qué… Qui-… ¡E-espera! Yo… —Con la mente sumida en una vorágine de caos y confusión, fue incapaz de formar una frase coherente. Se quedó plantada en el mismo sitio donde había escuchado el cumplido del joven, con una mano señalándolo mientras se alejaba y un rostro aturdido que decía mucho más de lo que ella era capaz de expresar con palabras.
Tras unos instantes en los que su cerebro intentó reiniciarse, por fin recuperó un atisbo de compostura. Sacudió la cabeza para relegar aquellos pensamientos al fondo de su mente, tras lo cual cerró los ojos y respiró hondo y largo. Repitió el proceso un par de veces más y finalmente se detuvo para recordarse a sí misma una vez más:
—Peligroso, muy peligroso.
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