La Aventura Pecaminosa del Multimillonario - Capítulo 159
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159: CAPÍTULO 159 159: CAPÍTULO 159 Zavian la seguía.
—Me parece bien lo que sea que prepares.
Podrías ponerle veneno y aun así me lo comería.
Emmeline negó con la cabeza, con una brillante sonrisa dibujada en los labios.
—No sé cómo, pero el que me ha envenenado eres tú, adormeciendo mi mente.
Esa labia perversa que tienes es muy peligrosa.
Oír demasiadas de tus palabras dulces hará que explote —bromeó.
La expresión de Zavian se tornó seria por un instante.
—Soy yo el que está envenenado, nena.
Su sonrisa se suavizó ante el apelativo cariñoso, y una calidez floreció en su pecho.
—Al menos no estoy sola en esto.
Una vez en la cocina, se puso manos a la obra: sacó dos filetes marinados de la nevera, encendió el horno y engrasó una sartén que puso sobre la hornilla.
Luego se giró hacia donde Zavian permanecía cerca.
—¿Cómo le gustaría el filete, señor Blackthorn?
¿Bien hecho o más bien poco hecho?
Una de sus cejas se arqueó con lascivia, y Emmeline supo que la respuesta sería deliciosamente perversa.
—Bueno, en realidad prefiero los cortes poco hechos…, sobre todo el que tienes bien jugoso entre las piernas.
Cuanto más crudo, mejor, para que todos esos jugos deliciosos puedan escurrirse y darle aún más sabor.
A Emmeline le ardieron las mejillas.
Apartó la mirada y se concentró en colocar los dos cortes de carne en la sartén chisporroteante.
Zavian se deslizó por detrás de ella, y su aliento pecaminoso le acarició la nuca mientras su voz grave resonaba: —Pero si te refieres al filete de verdad, lo quiero poco hecho por la misma razón: me gustan las cosas bien húmedas.
La rodeó con los brazos por la cintura y la pegó contra la sólida fortaleza de su pecho.
Emmeline intentó apartar sus brazos con un manotazo inútil.
—Déjame concentrarme en la cocina, no tenemos toda la noche para tontear.
En lugar de apartarse, Zavian inclinó la cabeza y se restregó contra la sensible curva de su cuello; el roce de su barba de dos días le erizó la piel.
—Déjame abrazarte así.
Te prometo que me portaré bien, niña.
Emmeline le lanzó una mirada de reojo cargada de patente incredulidad y dejó escapar un suspiro a regañadientes.
—Confiaré en ti esta vez.
Pero…
no traiciones esa confianza.
Fiel a su palabra, Zavian se contuvo y se limitó a acunarla con suavidad contra su pecho sin más travesuras mientras ella trabajaba.
Aun así, el calor de su cuerpo macizo amoldado a su espalda le dificultaba la concentración, y su pulso se desbocaba bajo los brazos que la rodeaban.
Le dio una última vuelta a los filetes y luego ladeó la cabeza hacia él.
—¿Por qué no pones la mesa mientras yo termino?
Puedes elegir qué beberemos para cenar.
Su suspiro resignado le rozó la piel, provocándole un escalofrío involuntario ante la sensación.
—La vida parece empeñada en arruinarme el placer de abrazarte…
—refunfuñó como un niño, enviando otra cálida bocanada de aire contra la nuca de ella, plenamente consciente de su reacción—.
¿Estás bien, niña?
—ronroneó.
A Emmeline le temblaron ligeramente las manos mientras le daba la vuelta a la carne.
—No te hagas el inocente.
Sabes perfectamente el efecto que tienes en mí.
Una risa grave y ronca fue su única respuesta.
—De verdad que me encanta verte así de afectada.
Contemplar cómo te vienes abajo es mi imagen favorita.
Emmeline le dio un codazo brusco hacia atrás, arrancándole un gruñido.
—Ve a poner la mesa y punto, señor Blackthorn.
En cuanto él salió de la cocina, ella se desinfló, aliviada, y se pasó una mano por sus rizos alborotados mientras intentaba calmar su respiración agitada.
Su presencia era demasiado abrumadora para los sentidos.
Tras emplatar los filetes, se dirigió al comedor y encontró a Zavian ya sentado a la mesa, con una botella de vino en la mano.
Sirvió generosamente dos copas y le dedicó una sonrisa lenta y ardiente que a ella le secó la boca.
—Pensé que te encontraría holgazaneando, con lo que has tardado en elegir las bebidas —bromeó Emmeline, dejando el plato delante de él con una sonrisa pícara.
—Tienes un bar muy bien surtido.
Hay mucho donde elegir.
Emmeline se echó el pelo hacia atrás y alzó la barbilla con arrogancia.
—¿Qué quieres que te diga?
Tengo gustos refinados.
Zavian enarcó una ceja, claramente divertido ante su fanfarronería.
Entonces, de repente, la sujetó por la muñeca cuando iba a sentarse a su lado, deteniéndola en seco.
—¿Adónde te crees que vas?
Emmeline alternó la mirada entre la mano de él y su rostro sonriente.
—¿Pues…
a sentarme?
—dijo, confundida.
Zavian tiró de ella para sentarla en su regazo, a horcajadas sobre sus muslos.
—Tú te sientas aquí mismo.
Emmeline frunció el ceño, mirando el servicio de mesa con incertidumbre.
—¿No te resultará difícil comer?
¿Cómo vas a cortar el filete conmigo en tu regazo?
Zavian manejó el cuchillo y el tenedor con facilidad a pesar de la posición de Emmeline en su regazo y empezó a cortar el filete de ella.
—¿Ves?
Llego de sobra, incluso contigo aquí acurrucada entre mis brazos —inclinó la mirada hacia el rostro alzado de ella, y las comisuras de sus ojos se arrugaron en un gesto de cálido afecto.
Emmeline asintió en silencio, hipnotizada por los diestros movimientos de sus manos mientras cortaba con precisión la tierna carne.
Estaba a punto de inclinarse para hincarle el diente a su filete cuando la voz de él la detuvo.
—Deja que te lo corte yo.
Ya has hecho el trabajo duro de prepararlos, no hace falta que fatigues más esas manos tan bonitas —dijo Zavian con voz pausada.
Emmeline no discutió, pues sabía que sería inútil.
En su lugar, se limitó a observarlo trabajar en un silencio cargado de admiración, mientras sus ojos recorrían los tentadores mechones de pelo oscuro que caían descuidadamente sobre su frente.
Sintió el impulso de alargar la mano para apartárselos, pero se contuvo.
—Me encanta la atención que me prestas.
Sin embargo, me aterroriza la idea de perderla algún día.
Zavian se detuvo a medio corte y la miró fijamente en silencio.
Emmeline alzó las manos para apartarle con suavidad los sedosos mechones de la cara, rozándole ligeramente la mandíbula con la yema de los dedos.
—¿Tienes algún tipo de complejo de papi, niña?
—preguntó él de repente.
Una risita brotó del interior de Emmeline ante el inesperado término.
—Tal vez sea más bien un complejo de juez.
Una comisura de los labios de Zavian se curvó con ironía antes de que reanudara el corte con diestra eficacia.
—Mi padre no era de los que demuestran su afecto delante de los demás.
De niña, ansiaba mucha más atención de la que él me daba.
En lugar de abrazos, me enseñó a ser autosuficiente.
Hizo una pausa.
—Cuando era pequeña, mi padre me llevó de excursión a la montaña.
Estaba muy emocionada por tener ese rato a solas con él, ya que siempre estaba trabajando.
Me advirtió que no le soltara la mano…, pero lo hice de todos modos para perseguir a un conejo que se cruzó en nuestro camino.
Acabé cayéndome de bruces y raspándome las rodillas.
Zavian ensartó un bocado de carne y le acercó el tenedor a los labios entreabiertos, enarcando las cejas con curiosidad.
—¿Supongo que no te ayudó a levantarte?
Los dientes de Emmeline se cerraron sobre el suculento bocado.
Masticó lentamente mientras asentía.
Tras tragar, continuó: —Lloré y lloré en el suelo, esperando que viniera a levantarme en brazos.
Pero él se quedó allí plantado, con las manos en las caderas, y me dijo que me levantara sola.
Zavian frunció el ceño.
—¿Parece una lección muy dura para alguien tan joven.
¿Por qué lo consideras un recuerdo bonito?
Un destello de desaprobación cruzó su mirada cuando una suave sonrisa se dibujó en los labios de ella.
—No lo negaré, me dolió un poco que prefiriera verme llorar a consolarme.
Pero todas mis penas se desvanecieron cuando me dijo lo orgulloso que estaba de mí por haberme levantado sola.
Después, me llevó el resto del camino sobre sus hombros.
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