La Aventura Pecaminosa del Multimillonario - Capítulo 292
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Capítulo 292: CAPÍTULO 292
Emmeline arrastró la maleta hasta su dormitorio, con la mente ya acelerada pensando en lo que tenía que hacer.
Abrió el armario y empezó a sacar la ropa de Richard, volviendo a colocarla ordenadamente en su sitio.
Un escalofrío de resentimiento le recorrió la espalda al ver sus camisas y corbatas, pero se obligó a concentrarse.
Para cuando empezó a empacar sus propias pertenencias, el peso de su decisión empezó a hacerse sentir. Necesitó tres bolsas grandes para meter toda su ropa, e incluso así, no quedaba sitio para sus zapatos u otros objetos personales. Tendría que volver a por esas cosas más tarde.
A las tres en punto, las maletas estaban perfectamente alineadas en el pasillo.
Pasó el resto de la tarde intentando distraerse, alternando entre la lectura y la televisión. Sin embargo, por mucho que lo intentara, sus pensamientos volvían una y otra vez a la confrontación que sabía que se avecinaba.
El teléfono de la mesa de la cocina vibró, lo que hizo que Emmeline se apresurara a comprobar el mensaje. Una sonrisa se extendió por su rostro cuando se dio cuenta de que era de Zavian.
«Estaré aquí cuando me necesites».
Emmeline tecleó rápidamente su respuesta: «Entendido».
Con eso, volvió a su tarea, con el ánimo renovado.
Pero el alivio no duró mucho. Poco después, un coche entró en el camino de entrada. Richard estaba en casa.
El pecho de Emmeline se oprimió mientras el pánico la invadía.
Se apretó las manos contra el pecho, intentando calmar su respiración. —Contrólate —se susurró a sí misma, obligando a sus manos temblorosas a permanecer a los costados.
El sonido de la puerta principal al abrirse llenó la casa, seguido del pesado golpeteo de los pasos de Richard.
—¿Qué hacen todas esas maletas en el pasillo? —Su voz era cortante—. ¿Vas a viajar a alguna parte sin pedirme permiso?
Emmeline se quedó helada y se le tensó la espalda al oírlo entrar en la cocina.
Se giró lentamente para mirarlo. Sus labios se entreabrieron ligeramente, pero no salió ninguna palabra.
—Te he hecho una pregunta, Emmeline —espetó Richard, cuya paciencia ya se estaba agotando.
Dio un paso más, hasta que su presencia se cernió sobre ella. —Y espero una respuesta detallada.
Emmeline luchó por sostenerle la mirada. Sus ojos se desviaron hacia el suelo, las paredes… cualquier sitio menos su cara. —Voy a volver a casa de mi familia —consiguió soltar al fin.
Richard frunció el ceño, confundido. —¿Qué ocasión te lleva a visitar a tu familia en este momento? ¿Y con todas estas bolsas?
Inhaló profundamente, reuniendo hasta la última pizca de valor que le quedaba. —No voy a visitar a mi familia —su tono era más firme ahora.
La confusión de Richard se acentuó. Por un momento, se limitó a mirarla fijamente, tratando de entender lo que quería decir. Entonces, sus siguientes palabras lo golpearon como un trueno.
—Voy a pedir el divorcio.
La conmoción en su rostro era casi cómica. Su boca se abrió ligeramente, pero no emitió ningún sonido. Finalmente, consiguió farfullar: —¿Qué?
—Me has oído, Richard —dijo Emmeline con tono firme.
Richard la señaló a ella, y luego a sí mismo, con el dedo temblando de rabia. —¿Me estás pidiendo el divorcio a mí?
Una risa amarga escapó de sus labios, fuerte y burlona. —¿Es una especie de broma?
Su expresión se endureció al darse cuenta de que no estaba bromeando. Apretó la mandíbula y su voz bajó a un gruñido peligroso. —Ya he tenido un día bastante estresante en el trabajo. Llego a casa para descansar, ¿y ahora mi mujer me sale con el divorcio de la nada?
Emmeline desvió la mirada, reuniendo fuerzas antes de volver a encontrar la suya. —Debería haber tomado esta decisión la primera vez que me levantaste la mano —habló con firmeza, a pesar de la ansiedad que le desgarraba el pecho—. Pero fui demasiado débil. Dejé que tú y mi familia me convencierais para que me quedara. ¡Ya no más!
El rostro de Richard se contrajo de furia. La agarró bruscamente del brazo, hincando los dedos en su piel. —¿Crees que voy a estar de acuerdo con esto? ¿Acaso tu familia sabe de esta estupidez?
Emmeline giró la cabeza hacia un lado con una sonrisa amarga dibujándose en sus labios. —Aún no lo saben. Pero lo sabrán. Y esta vez, no podrán convencerme de que me quede contigo. No voy a desperdiciar mi vida con un hombre que me trata como a una sirvienta en su casa.
El silencio de Richard era más aterrador que sus gritos.
Emmeline hizo una mueca de dolor cuando él apretó el agarre con más fuerza. —Pronto recibirás los papeles del divorcio —dijo con firmeza—. Espero que los firmes sin problemas.
Se giró hacia la puerta, pero antes de que pudiera dar un paso, él tiró de ella hacia atrás con violencia.
—¿Has perdido la cabeza, Emmeline? —Su rostro estaba a centímetros del de ella mientras su voz bajaba a un susurro mortal—. Eres una paciente psiquiátrica que no se ha tomado la medicación. Esa es la única explicación para esta tontería.
Una sonrisa oscura se extendió por su rostro. —Hace tiempo que no te pego. Admítelo…, echas de menos mi puño, ¿verdad?
El terror invadió a Emmeline. Luchó por liberarse de su agarre. —Suéltame, Richard —su voz temblaba—. Hablaremos de esto en el juzgado.
El agarre de Richard no hizo más que apretarse. —¿Crees que puedes arruinar mi reputación? No vas a convertirme en el hazmerreír, Emmeline. ¿Entiendes?
Emmeline finalmente se soltó del brazo. —¡Si tanto te importa tu reputación, quizá deberías ir a un psiquiatra para que arregle tu odiosa personalidad! —le gritó ella.
Sus palabras dieron en el blanco.
La mano de Richard se disparó y le dio una bofetada tan fuerte que ella trastabilló hacia atrás, logrando a duras penas sujetarse al borde de la mesa.
—¡Seguirás siendo mi mujer! —gruñó, agarrándola del pelo y obligándola a mirarlo—. Hasta que yo decida que ya no te necesito.
El pecho de Emmeline subía y bajaba con agitación. Lo fulminó con la mirada, apretando los dientes con tanta fuerza que sintió que podrían romperse. Tenía las manos cerradas en puños a los costados, con las uñas clavándose en las palmas. Esta vez se negó a retroceder.
—No impedirás que pida el divorcio, Richard —dijo con una voz firme y cortante—. No viviré bajo el mismo techo que tú ni una noche más. Y cuando salga por esa puerta, no podrás detenerme.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas y desafiantes.
La incredulidad era evidente en el rostro de Richard. La miró como si fuera una extraña, alguien a quien no reconocía. Durante meses, había sido callada, sumisa y demasiado asustada para desafiarlo. Pero ahora, había un fuego en sus ojos que nunca antes había visto. Eso lo desconcertó.
—Has perdido la cabeza, Emmeline. —Su voz era baja y amenazante mientras se acercaba a ella como un depredador acechando a su presa.
Su mano salió disparada y, antes de que ella pudiera reaccionar, le agarró un puñado de pelo. Lo retorció cruelmente alrededor de sus dedos, tirando de su cabeza hacia atrás.
Un dolor agudo recorrió el cuero cabelludo de Emmeline. Aun así, se negó a gritar y le sostuvo la mirada, una mirada que ardía de furia.
—Tu noche será oscura —siseó Richard.
Su mano libre se alzó, lista para golpear de nuevo.
A Emmeline se le cortó la respiración y su cuerpo se tensó mientras se preparaba para la bofetada, cerrando los ojos con fuerza instintivamente.
—¡El coche del señor Blackthorn está fuera! —gritó de repente, temblando pero con la voz lo bastante alta como para romper la tensión—. ¡Si me oye gritar una sola vez, llamará a la policía!
La habitación quedó en silencio.
Emmeline mantuvo los ojos cerrados, con el corazón latiéndole como un tambor en el pecho. Esperó a que el golpe llegara, pero nunca lo hizo, lo que la llevó a abrir los ojos con cautela.
Vio a Richard paralizado, con la mano aún levantada en el aire. Su rostro también había palidecido antes de contraerse de ira e incredulidad.
—Será mejor que me sueltes el pelo y te apartes de mi camino —dijo Emmeline a pesar del temblor de sus manos.
Él permaneció inmóvil por un momento. Su pelo se deslizó de entre sus dedos cuando su mano se relajó gradualmente. Luego dio un paso atrás.
—¿Conspiraste con el señor Blackthorn en mi contra? —preguntó, entrecerrando los ojos.
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