La Aventura Pecaminosa del Multimillonario - Capítulo 323
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Capítulo 323: CAPÍTULO 323
—Ni siquiera pareces arrepentida —a Yuna le rechinaron los dientes de forma visible bajo su impecable maquillaje.
La mirada de Emmeline cayó sobre la pulida superficie de la mesa. El temido día por fin había llegado.
—Pasamos muchos momentos hermosos juntas —la voz de Yuna adquirió una cualidad dolida—. A pesar de la diferencia de edad entre nosotras, te consideraba mi amiga. Incluso cuando empecé a sospechar que mi esposo me estaba engañando, no dudé de ti ni por un momento. Pensé que eras una chica inocente, incapaz de cometer un acto tan atroz —sus dedos temblaban alrededor de la taza de café, con los nudillos blancos por la rabia reprimida.
Una gota de café se derramó por el borde, manchando el inmaculado mantel blanco. —Confié en ti y te traje a mi casa. Te hablé de mis problemas, compartí mis miedos, mis inseguridades… —su voz se quebró ligeramente antes de endurecerse de nuevo—. ¿Y qué hiciste a cambio? ¿Explotar mis debilidades para robarme a mi esposo?
Emmeline escuchaba impotente, con el corazón dividido. La suave música que flotaba por la cafetería pareció desvanecerse, sustituida por el atronador latido de su propio pulso en sus oídos.
No podía sentir arrepentimiento por lo que consideraba lo más hermoso que le había pasado en la vida, pero el dolor en la voz de Yuna era innegable.
—Debería haberlo sabido —continuó Yuna con amargura—. Cuando te besó apasionadamente delante de nosotros, cuando desaparecieron juntos en Año Nuevo. Incluso el comentario que hiciste sobre el aborto, o cuando te encontré en el centro de relajación. —Sus ojos se entrecerraron acusadoramente, oscurecidos por la furia—. Estaban allí juntos, ¿verdad?
El pulso de Emmeline se aceleró cuando cayó en la cuenta. Yuna había descubierto su secreto durante el viaje.
—¿Cuánto tiempo llevan engañando a todo el mundo? —La pregunta de Yuna atrajo la atención de varias personas.
Algo dentro de Emmeline se quebró. Recordarse a sí misma que Yuna no era un ángel ayudó a aplacar su culpa, dándole una oleada de confianza que le enderezó la espalda y le hizo levantar la barbilla.
—¡Estás muy equivocada! —las manos de Emmeline habían dejado de temblar y ahora reposaban planas sobre sus muslos—. No me aproveché de tus debilidades para robarte a tu esposo, ni usé los problemas que me contaste para llegar hasta él.
Le sostuvo la mirada a Yuna directamente. —¿Cómo puedo robar algo que ni siquiera te pertenece?
Los ojos de Yuna se abrieron de par en par por la conmoción. Claramente no había esperado tal audacia de la mujer más joven.
—¡No sabía que fueras tan insolente! —una sorpresa genuina tiñó su tono—. Dicen que las apariencias engañan. ¿Quién pensaría que detrás de tu cara de inocente se esconde una mujer tan astuta? —Su voz destilaba desprecio mientras continuaba, inclinándose ligeramente hacia adelante—. En lugar de mostrar remordimiento y disculparte por el daño que me causaste, ¿dices que mi esposo no es de mi propiedad?
Una risa sardónica se le escapó. —¿De quién es entonces? ¿Tuyo?
Hubo un tenso cruce de miradas entre ellas, durante el cual un camarero se acercó a su mesa y se retiró rápidamente al percibir el ambiente.
La expresión de Yuna cambió y sus labios se curvaron en una sonrisa cruel. —Bueno, ¿quién lleva su apellido? ¿El nombre de quién está registrado oficialmente en el libro de la familia Blackthorn como su esposa legal? ¡Yo!
La mirada de Emmeline se desvió de Yuna hacia un rincón cualquiera de la cafetería, donde una joven pareja estaba sentada compartiendo un postre. Su felicidad contrastaba con la escena que se desarrollaba en su mesa.
—Al principio te compadecí porque nadie merece una traición —confesó en voz baja, observando el rastro de condensación en la ventana—. Pero mis deseos eran más fuertes. Solía maldecirme después de cada pecado… hasta que cometí uno mucho peor.
Un suspiro escapó de los labios de Emmeline mientras devolvía su mirada a los ojos de Yuna.
—No soy una ladrona —la confianza en sí misma de Emmeline crecía con cada palabra—. No te robé a tu esposo porque su corazón ya no te pertenece. No lo arranqué de tu regazo; él lo abandonó hace mucho tiempo. Simplemente me colé por las fracturas que tú creaste —las palabras le sabían amargas en la lengua, pero llevaban el peso de una verdad que ya no podía negar.
El agarre de Yuna se tensó alrededor de su taza de café. —Aunque ensayaran sus historias juntos, no coincidirían tan perfectamente —el desdén teñía su tono.
—No sé con qué derecho defiendes una relación tan sucia. ¿Cómo puedes siquiera creer que tiene una oportunidad? —Escupió la última palabra con tanto veneno que un cliente cercano miró en su dirección.
Las manos de Emmeline cayeron sobre la mesa con un golpe sordo. Se inclinó hacia adelante, con la exasperación evidente en cada fibra de su ser. —No estás en posición de criticar nuestra relación.
El viaje que había compartido con Zavian pasó por su mente como un relámpago. Su corazón no podía soportar los insultos de Yuna a su amor. No se acobardaría. Sin otra opción, afiló su conocimiento de las propias fechorías de Yuna como un arma, lista para golpear donde más doliera.
—Y ambas sabemos que eres una traidora.
Por primera vez desde que comenzó su conversación, la compostura artificial de Yuna se resquebrajó. —No puedo creer que te lo haya contado —su voz apenas fue un susurro.
Emmeline mantuvo su cara de póquer. Estaba decidida a no darle a Yuna la oportunidad de negarlo. —¿Por qué no debería contármelo?
La arrogancia de Yuna resurgió mientras enderezaba la espalda. —Al menos yo admití mi error y nunca lo repetí. ¿Pero ustedes dos? —Sus labios se curvaron con desdén—. Insisten en romantizar su pecado, disfrazándolo de amor. ¿No es eso mucho peor?
Emmeline se reclinó en su silla, cruzando los brazos con gélido distanciamiento. —Una traición es una traición, ya ocurra una vez o mil. El arrepentimiento no resucita la confianza —su mirada se agudizó—. Y ambas sabemos que tú no estás ni remotamente arrepentida.
Sus ojos permanecían desprovistos de remordimiento y su voz era firme a pesar de que su atribulado corazón parecía latir salvajemente contra sus costillas. —No queramos tapar el sol con un dedo.
Yuna soltó la taza, con los nudillos blancos por la tensión anterior. La porcelana emitió un delicado chasquido al posarse de nuevo en su platillo. —Hablas con mucha confianza para ser la otra mujer —enfatizó cada palabra como si fueran dagas individuales, destinadas a perforar y herir.
Emmeline mantuvo un contacto visual inquebrantable, queriendo que Yuna reconociera su certeza sobre su relación con Zavian. —A los ojos de todos, tal vez. ¡Pero yo soy la única en sus ojos, y eso es lo que me importa!
Yuna se quedó momentáneamente sin palabras por la audacia de Emmeline. Un mechón de pelo se le soltó y se lo colocó detrás de la oreja con dedos temblorosos.
Un pesado silencio que pareció durar una eternidad se instaló entre ellas.
—¿Tuviste que llegar tan lejos y defender a mi esposo solo para vengarte de mí?
Una sonrisa sardónica se dibujó en los labios de Emmeline, una expresión que se sentía extraña en su rostro. —¿Crees que de verdad fui demasiado lejos?
La comisura de los labios de Yuna se curvó en una sonrisa ladina. Sus ojos refulgían con un brillo peligroso, como los de un gato que observa a un ratón acorralado. —Aún no has visto nada.
Sus facciones se mantuvieron deliberadamente vagas, enmascarando sus verdaderas intenciones tras un muro de indiferencia ensayada. —Cuando me enteré de tu aventura con mi esposo, pasé mucho tiempo decidiendo cómo enfrentarme a ti. Cómo hacerte pagar —hizo una pausa—. Consideré montar una escena, abofetearte, incluso arrastrarte del pelo… —otra pausa—. Pero entonces me recordé a mí misma que soy una mujer con clase.
Los dedos de Yuna tamborileaban rítmicamente sobre el borde de la mesa, un gesto que a un observador le habría parecido nervioso. Pero Emmeline sabía que no era el caso. No era nerviosismo, era control; una deliberada demostración de calma con la intención de ponerla nerviosa a ella.
La afilada mirada de Yuna se clavó en la suya, diseccionando cada uno de sus movimientos y cada una de sus respiraciones.
—No puedo rebajarme al nivel de disciplinar a una amante —empezó Yuna con veneno—. No es la primera vez que me encuentro con una de las… indiscreciones de Zavian.
Las comisuras de sus labios se curvaron en una sonrisa leve y amarga. —Aunque debo admitir que eres la primera que es una de nuestras vecinas. ¡Eso sí que es nuevo!
Emmeline sintió un nudo en el estómago, pero mantuvo su expresión tan neutral como le fue posible. No podía permitir que Yuna la viera flaquear. No podía dejar que viera las grietas que se formaban bajo la superficie. Aun así, las palabras escocían. Zavian le había hablado de su pasado, de las infidelidades que habían manchado su matrimonio mucho antes de que ella entrara en escena. Se había dicho a sí misma que no importaba…, que no era como las demás. Pero oír a Yuna decirlo en voz alta, de forma tan despreocupada y cruel, la hizo sentir insignificante.
Yuna ladeó la cabeza, esperando una respuesta. Como no la hubo, su fachada de calma empezó a resquebrajarse. —Obviamente, tú también sabes sobre eso.
Los dedos de Emmeline se aferraron al borde de la silla y sus nudillos se pusieron blancos. Permaneció en silencio, sin saber qué decir. ¿Qué podía decir?
Yuna se inclinó hacia delante. —Si te diera una bofetada ahora mismo, te escocería un momento, pero el dolor se desvanecería rápidamente, ¿verdad? No, Emmeline, no me interesa algo tan fugaz. Quiero dejar una marca. ¡Algo que te acompañe el resto de tu vida!
Hizo una pausa, dejando que el peso de sus palabras calara antes de continuar. —Tal vez arruine tu reputación… y te obligue a quitarte la vida para escapar de la vergüenza. O quizá te quite todo lo que tienes. De cualquier forma, ¡me aseguraré de que me recuerdes!
El corazón de Emmeline martilleaba con violencia en su pecho, pero se obligó a mantener la compostura. No podía permitir que esa mujer perversa viera el miedo que se apoderaba de ella. Ni aquí. Ni ahora.
Yuna se levantó bruscamente y la silla chirrió con fuerza contra el suelo.
El sonido hizo que Emmeline se estremeciera, aunque lo disimuló rápidamente.
Yuna se irguió imponente sobre ella, con una presencia sofocante y una mirada implacable. —Te garantizo que lo que viene ahora será inolvidable. ¡Para los dos! —se inclinó y su voz se convirtió en un susurro cargado de amenaza—. Ser la abogada de Richard es solo mi forma trivial de buscar venganza. Hay cosas mucho peores que podría hacerte, Emmeline. —Una sonrisa lenta y cruel curvó sus labios—. No eres más que una mosca a la que podría aplastar con solo mover un dedo.
A Emmeline se le secó la garganta como si fuera papel de lija. Se obligó a sostenerle la mirada a Yuna. —Tu trabajo va a ser muy difícil, Yuna —dijo con voz firme, a pesar de la tormenta que se desataba en su interior.
Los labios de Yuna se curvaron en una mueca de desdén. —Nuestra próxima reunión será en el juzgado —espetó—. Y verás con qué facilidad te aplasto. —Sus ojos recorrieron a Emmeline de la cabeza a los pies, con un desdén palpable en la mirada—. Puta.
Dicho esto, dio media vuelta y salió del café con elegancia.
Emmeline se quedó sentada, paralizada, siguiendo a Yuna con la mirada hasta que desapareció por la puerta.
En el momento en que la otra mujer desapareció de su vista, el miedo que Emmeline había estado reprimiendo estalló. Le temblaban las manos con violencia y su respiración era entrecortada mientras intentaba asimilar lo que acababa de suceder.
—Dios mío —susurró, temblando—. Sus amenazas iban en serio.
Sus pensamientos entraron en una espiral de pánico. ¿Y si Yuna cumplía su amenaza? ¿Y si complicaba aún más el divorcio? ¿Y si Richard —su futuro exesposo— ganaba en el juzgado por culpa de esto? La idea de perderlo todo la hizo temblar de pavor.
—No —murmuró para sí, negando con la cabeza como para ahuyentar esos pensamientos—. Zavian está conmigo. Me prometió que la ley está de mi parte. No dejará que me haga daño.
Pero incluso mientras intentaba tranquilizarse, su mano tembló al coger el vaso de agua de la mesa. El líquido se onduló con violencia, reflejando la agitación de su interior. Dio un sorbo tembloroso, tratando de calmar los nervios, pero sus pensamientos se negaban a aquietarse.
—Solo está intentando intimidarme —susurró de forma apenas audible—. Quiere que rompa con él. No dejaré que gane.
Tras dejar el vaso en la mesa, Emmeline exhaló profundamente.
«Puta». La palabra resonaba en su mente, hiriéndola más profundamente cada vez. Casi todas las personas de su vida parecían pensar lo mismo.
Quizá tuvieran razón. Quizá de verdad era una puta.
Emmeline dejó escapar un suspiro entrecortado. Sacó el móvil del bolso y sus dedos se detuvieron sobre la pantalla antes de escribirle un mensaje a Zavian.
«Acabo de ver a Yuna».
Su corazón latía con fuerza mientras miraba la pantalla, esperando una respuesta. Como no llegaba, volvió a escribir, con la desesperación desbordándose en cada palabra.
«Te necesito. ¿Puedo verte hoy?».
Su respuesta llegó rápidamente esta vez: «Ven al yate. ¡Ahora!».
Emmeline sintió una oleada de alivio.
Dicho esto, cogió el bolso y salió a toda prisa del café.
El trayecto hasta el puerto se le hizo eterno, pero Emmeline apenas se fijó en el paisaje. Los pensamientos sobre Zavian la consumían. Él era el único que podía tranquilizarla, el único que podía hacerla sentir a salvo.
El suave zumbido del motor del yate la recibió cuando Emmeline llegó.
Subió a bordo sin dudar, moviéndose con urgencia, como si el propio tiempo amenazara con escapársele de las manos.
La alta e imponente figura de Zavian estaba de espaldas a la puerta cuando Emmeline llegó a la cubierta.
Tenía las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones de vestir y su postura era aparentemente relajada. Sin embargo, Emmeline lo conocía lo suficiente como para ver la tensión en sus hombros que delataba sus pensamientos.
—Señor Blackthorn. —Su voz se quebró, cargada de emoción.
Zavian se giró bruscamente al oírla. Sus marcadas facciones se contrajeron con preocupación al ver el estado en que se encontraba.
—Pequeña… —Sus palabras murieron en su garganta cuando Emmeline se abalanzó sobre él. El impacto casi le hizo perder el equilibrio.
Sus brazos se aferraron con fuerza a la cintura de él, y sus dedos se agarraron a su camisa como si soltarlo la fuera a lanzar en espiral hacia el abismo.
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