La Bella y la Bestia: Mi Esposo Lobo XOXO - Capítulo 55
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- Capítulo 55 - 55 La Fragancia Seductora de Zorro
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55: La Fragancia Seductora de Zorro 55: La Fragancia Seductora de Zorro —¿Pertenecerme…
a mí?
—preguntó Gu Mengmeng con los ojos neblinosos, carentes de su habitual claridad.
Parecía estar en un estado caótico y al mismo tiempo perdida.
Sus labios se alzaron, pero fue una sonrisa vacía, muy distinta a la desenfrenada que solía mostrar.
—Sí, pertenecerte a ti.
—La voz de Lea seguía tranquila, con los labios ligeramente curvados y la confianza de tenerlo todo bajo control.
Como si fuera el dios que observa a la humanidad desde lo alto.
Elvis liberó sigilosamente un poco de presión bestial e interrumpió la afectuosa interacción entre Lea y Gu Mengmeng.
Lea miró a Elvis, confuso.
Elvis tomó de los brazos de Lea a una Gu Mengmeng casi inconsciente, frunciendo el ceño.
Miró a Lea con aire crítico y desaprobación.
—Es la Mensajera de la Deidad Bestia.
—Por eso debe quedarse en Saint Nazaire.
—El tono de Lea sonaba como si no pudiera leer entre líneas, o como si usara esa actitud para recordarle a Elvis: «Este es el método más simple y efectivo».
Elvis frunció aún más el ceño, pues él mismo sabía que Lea tenía razón.
Como Líder de la tribu, debía velar por Saint Nazaire.
Es más, usar la Fragancia Seductora de Zorro para hacer que la Mensajera se quedara era uno de los métodos que él había aprobado al principio.
Sin embargo, en aquel entonces, no sabía que esta desconocida Mensajera de la Deidad Bestia sería la Gu Mengmeng que siempre lo sorprendía, lo deleitaba, lo hacía romper sus reglas y ante la que no podía resistirse; aquella que lo llamaba «Líder».
—Nos culpará cuando despierte.
—Elvis se quedó mirando a la indefensa y dormida Gu Mengmeng que sostenía en brazos.
Solo de pensar que al abrir los ojos de nuevo arderían de furia y resentimiento, se le encogía el corazón.
—Para ella, solo son dos hombres sobresalientes más siguiéndola, no pierde nada.
Además, si se enfada por la Fragancia Seductora de Zorro, la persona a la que no perdonará seré yo, no nosotros.
—Lea parecía tenerlo todo planeado desde el principio, sin importar si el final era bueno o malo—.
Si de verdad acaba así, deberías matarme delante de ella para desahogar su ira.
Vale la pena que sacrifique mi vida para que la Mensajera de la Deidad Bestia se quede en Saint Nazaire y la tribu se vuelva más fuerte que nunca.
—Las cosas aún no han llegado a ese extremo —interrumpió Elvis a Lea.
A lo largo de los años en los que habían afrontado juntos incontables peligros, hacía mucho que trataba a Lea como a un familiar; eran hermanos de sangre.
Aunque la idea de compartir a Gu Mengmeng con Lea le hacía sentir como si tuviera una espina clavada en la garganta, al margen del asunto de Gu Mengmeng, apreciaba a Lea como a un hermano.
Pero Lea esbozó una leve sonrisa y miró hacia la entrada de la cueva, como sumido en sus pensamientos.
—Si pudiera alcanzar la edad adulta unos años más tarde, o incluso solo unos meses, no tendría que usar la Fragancia Seductora de Zorro para aparearme con ella.
Pero tiene que ser ahora.
Aunque para ella tú y yo seamos diferentes, no nos diferenciamos mucho del resto de los hombres.
Sabes, si queremos que de verdad se quede en la tribu, su primer hijo tiene que ser de uno de nosotros.
Solo entonces podrá Saint Nazaire retenerla para siempre.
De lo contrario, podrá marcharse con sus hombres cuando quiera, mientras que nosotros…
nosotros solo podríamos elegir entre traicionar a Saint Nazaire o convertirnos en bestias errantes.
Elvis apretó los puños instintivamente.
Había límites que no debían cruzarse.
Pero si tenía que sacrificar a Gu Mengmeng por sus ambiciones, sus principios y sus límites, no tenía corazón para hacerlo.
Probablemente Lea tenía razón, Gu Mengmeng no saldría perdiendo si se apareaban con ella mientras estaba seducida por la fragancia.
Incluso si les cogía aversión por culpa de la fragancia, siempre podría elegir a otros compañeros, ignorándolos a él y a Lea, o incluso divorciarse de ellos con un solo pensamiento.
Desde el principio, eran él y Lea quienes asumían los mayores riesgos, pero, ¿por qué…?
Simplemente no podía decidirse al mirar a la indefensa Gu Mengmeng que sostenía en brazos.
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