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La Bruja Luna del Alfa Maldito - Capítulo 3

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3: Lyra: Realidad.

3: Lyra: Realidad.

—¿No vas a presentarnos, querido exnovio?

Siento un vuelco en el corazón.

Oliver nunca me dijo que tuviera una exnovia, y mucho menos una tan guapa.

Lo miro fijamente, y él aprieta la mandíbula mientras la mira a ella.

Pero su expresión se suaviza al mirarme a mí.

—Lyra, cielo.

Ella es Tracy.

Una amiga de la familia.

Frunzo el ceño, porque ella acaba de llamarlo claramente exnovio mientras que él la llama amiga de la familia.

Él me dedica un leve asentimiento tranquilizador, como diciendo en silencio: «Luego hablamos».

Me giro hacia ella y veo que vuelve a fulminar a Oliver con la mirada.

Supongo que no le ha gustado que la llame amiga de la familia.

Le ofrezco una sonrisa educada y le tiendo la mano.

—Soy Lyra.

Lyra Winters.

La novia de Oliver.

Ella enarca una ceja al ver mi mano extendida y sonríe con suficiencia.

—Tracy Chester, la exnovia de Oliver.

Decido ignorar ese comentario y respondo que ha sido un placer conocerla, a lo que ella simplemente se burla, dejando claro que no comparte el sentimiento.

Bueno, pues peor para ella.

Solo lo he dicho por educación, aunque su comportamiento conmigo sea una basura.

Oliver me pone las manos en la parte baja de la espalda y me aleja con la excusa de presentarme a otros invitados.

Para cuando termino de saludar a todo el mundo, ya he olvidado todos sus nombres.

Por alguna razón, siempre me ha costado recordar las caras y los nombres de la gente.

Necesito ver a alguien más de tres veces seguidas para reconocerlo.

Las únicas personas que recuerdo son los padres de Tracy —Tom Chester y Donna Chester—, que, sorprendentemente, y al contrario que su grosera y malvada hija, fueron bastante agradables y dulces.

—Ven —dice Oliver, tomándome de la mano, y yo me quejo al instante.

—No más socializar, por favor.

No puedo más.

—Él enarca las cejas al ver mi expresión de agotamiento.

—Iba a llevarte a mi habitación, cielo.

Si no quieres, entonces…

—Claro que quiero.

Me encantaría ver tu habitación.

Vamos.

—Tomo la iniciativa y empiezo a arrastrarlo a saber dónde.

A mitad de camino, él toma el mando y me guía escaleras arriba.

Pasamos por un pasillo gigantesco, y me dice que toda la planta es suya y solo suya.

Cuando por fin entramos en su habitación, me dejo caer de inmediato sobre su cama, con los brazos y las piernas extendidos sin miramientos, y suelto un suspiro de alivio.

Él se sienta a mi lado y me acaricia el pelo.

—¿Quieres echarte una siesta rápida?

—pregunta.

Yo asiento con la cabeza, cansada.

—Sí, quiero.

Pero parecerá raro e incluso una falta de respeto…

—Eres mi novia y esta es mi casa.

Puedes hacer lo que quieras en esta casa.

Además, a mis padres no les importan esas cosas.

Entenderán que estás cansada.

—Empieza a presionarme los hombros con la cantidad justa de fuerza, y suelto un suspiro de placer.

Un teléfono suena, rompiendo el silencio.

Abro un ojo y veo que es el móvil de Oliver.

Responde a la llamada, dice unas pocas palabras y cuelga.

—¿Tienes que irte?

—le pregunto.

—Sí, ha llamado Papá para decirme que tengo que ver a unas personas.

También me ha dicho que te deje descansar un rato.

—Inclina la cabeza y me da un beso rápido en la mejilla.

Murmura que volverá enseguida y se va, cerrando la puerta tras él.

No han pasado ni diez segundos cuando la puerta vuelve a abrirse; debe de haberse olvidado de algo.

—Debe de ser agradable dormir en la misma cama en la que yo he dormido incontables veces.

Aunque debo decir que tú te ves mil veces mejor en esta cama que yo.

—Me incorporo de inmediato y veo a Tracy cerniéndose sobre la cama como una especie de demonio de la parálisis del sueño.

¿Cuál demonios es su problema?

Antes intentaba ser amable, pero ahora está empezando a irritarme.

Me levanto y la miro fijamente.

—Si dices todo eso para ponerme celosa, déjame decirte que no está funcionando.

Pelear por un hombre es la menor de mis preocupaciones, incluso si se trata de mi propio novio.

—Ruego a Dios que no me traicione la voz.

No suelo ser la clase de persona que le canta las cuarenta a la gente, pero esta chica ha conseguido irritarme más que nadie.

Suelta una carcajada.

Una risa fuerte y burlona que hace que se me caliente la cara al instante.

—¿Crees que una mísera, pobre y huérfana humana como tú puede permitirse pelear conmigo?

Tarde o temprano se cansará de ti, y cuando eso ocurra, volverá corriendo a mis brazos.

—¿Cómo sabías…?

—¿Que eres huérfana?

—me interrumpe al instante.

—Todo el mundo en este pueblo sabe que la noviecita de Oliver es una pobrecita huérfana.

¿Por qué crees que todo el mundo es tan amable contigo?

Es porque te compadecen.

No porque les caigas bien.

La única que les gusta soy yo.

¿Sabes por qué?

Se acerca poco a poco y, por alguna razón, con cada paso que da, parece más desquiciada.

No parece enfadada ni frustrada.

Simplemente, se la ve rara.

Como si fuera un ser totalmente diferente.

Me mantengo firme y cuadro los hombros para hacerle saber que no tengo miedo, aunque sea mentira.

—Porque soy una de ellos.

De su misma especie.

Mientras que tú eres una extraña, una simple humana que no pertenece a este lugar.

—Mis cejas se fruncen en confusión.

¿De qué demonios está hablando?

¿Está drogada?

Justo entonces me alcanza en un instante y me mira con furia; es en ese momento cuando me fijo en sus ojos.

Han desaparecido sus ojos marrones; en su lugar hay un par de penetrantes ojos dorados y brillantes.

Suelto un grito agudo de inmediato, la empujo con todas mis fuerzas y salgo corriendo de la habitación.

Mientras bajo corriendo las escaleras, grito el nombre de Oliver y sigo corriendo hacia el jardín trasero.

Grito su nombre una vez más y no lo veo por ninguna parte.

Ni siquiera a sus padres.

Solo a otros asistentes que me miran raro.

Y al instante recuerdo lo que Tracy acaba de decirme.

Que todo el mundo aquí solo me compadece, y al mirar sus caras ahora, veo claramente que Tracy no mentía.

Veo la lástima en sus ojos.

Me revuelve el estómago.

Odio esa mirada.

Además, a sus ojos debo de parecer una loca, una chica gritando el nombre de su novio en medio de una gran fiesta.

Me invade un deseo abrumador de esconderme en alguna parte, y me doy la vuelta para volver a entrar corriendo, pero justo cuando doy un paso, lo oigo.

Un aullido.

Un aullido fuerte y aterrador, igual que en mis sueños.

Y, al igual que en mi sueño, todo el mundo a mi alrededor se queda helado, y luego parecen alerta y avispados.

No.

No.

No.

Más vale que mi sueño no se haga realidad.

¿Qué demonios?

No es el primer sueño mío que se convierte en realidad, pero este será sin duda el más extraño de todos.

Entonces lo siento, el retumbar del suelo bajo mis pies, y los aullidos se acercan cada vez más.

Me preparo antes de mirar a mi alrededor y, para mi absoluto horror, toda esa gente con ojos compasivos ya no está.

En su lugar hay enormes lobos gruñendo y enseñando los dientes en dirección al bosque.

Maldita sea.

Todo en mi sueño se está haciendo realidad, excepto una cosa.

Y es que, en la realidad, voy a correr, a esconderme o a hacer cualquier cosa menos quedarme clavada en el sitio.

Corrí hacia la puerta por la que acababa de pasar, y se cerró.

Tienes que estar de broma.

La empujo e intento girar el pomo una y otra vez, pero no se mueve.

Miro hacia atrás y se me cae el alma a los pies.

Lobos gigantes, casi cincuenta, emergen de las sombras del bosque.

Y de inmediato empiezan a despedazarse unos a otros.

Los lobos del bosque no muestran piedad mientras arañan y muerden a sus oponentes, mientras que los lobos de la fiesta tienen una gran agilidad y no se cansan aunque sean más pequeños.

Uno de los lobos del bosque embiste a uno de los lobos de la fiesta con tal fuerza que este último cae muerto sin siquiera defenderse.

Dada la seriedad del asunto, creo que no es la primera vez que los dos grupos se enfrentan.

Deben de ser rivales.

En cuestión de minutos, el suelo que antes vibraba con la fiesta ahora está teñido de sangre.

Algunos lobos yacen sin vida en el suelo, mientras que otros huyen aterrorizados.

Unos tienen la cara y los colmillos ensangrentados como recompensa por la victoria, mientras que a otros les mana sangre de las heridas.

Una sensación de desasosiego me invade.

Y es tan fuerte que me revuelve el estómago.

Y sé por qué.

Alguien me está mirando fijamente.

Me giro a la izquierda, y ahí lo veo.

Un lobo marrón con penetrantes ojos dorados y brillantes me fulmina con la mirada.

En mi sueño, no pude saber quién era.

¿Pero ahora?

Ahora sí lo sé.

Tracy Chester.

A estas alturas, ya sé que nadie en este pueblo es normal y, ahora que lo pienso, Tracy fue la primera en demostrármelo.

Necesito salir de esta casa y de este pueblo ahora mismo.

Pero antes de eso, voy a abofetearla como mínimo.

Le devuelvo la mirada fulminante a Tracy y, sin que me vea, busco a tientas con la mano a mi derecha, donde sé que hay un jarrón junto a la puerta, sobre la mesa.

Justo cuando Tracy la loba me gruñe y se abalanza sobre mí, le lanzo el jarrón directo a la cabeza.

La frente de Tracy la loba sangra un poco por el golpe, y me siento un poco mal.

Porque Tracy la loba es un animal, al fin y al cabo, y, oh, Dios mío.

¿Lo que acabo de hacer es maltrato animal?

Salgo de mis pensamientos al oír el gruñido bajo de Tracy la loba.

Si antes me fulminaba con la mirada, ahora parece asesina.

Me enseña los dientes y araña el suelo con la pata antes de lanzarse para abalanzarse sobre mí.

Abro los ojos como platos porque sé que no puedo hacer nada para salvarme en este momento, y los cierro, preparándome para el impacto.

Pero no llega; lo único que siento es una ráfaga de aire frío que pasa a mi lado, igual que en el sueño, y abro los ojos para ver a Tracy la loba derribada en el suelo por otro lobo.

Un lobo enorme de pelaje negro…

debe de ser un lobo del bosque.

¿Y me ha salvado?

No.

Probablemente le tenía el ojo echado a Tracy y se abalanzó sobre ella al verla distraída.

Tracy, sin embargo, consigue escapar, y ahora el gran lobo negro se gira hacia mí.

Me quedo ahí, clavada en el sitio, incapaz de moverme mientras el gran lobo negro avanza en mi dirección.

Pero antes de que pudiera alcanzarme, oí que la puerta a mi espalda se abría, y una mano me agarró de la muñeca y me arrastró adentro con un rápido movimiento.

La acción me pilla por sorpresa, y suelto un grito de susto.

Quienquiera que me haya metido adentro me tapa la boca de inmediato y me hace callar.

—Shh.

No hagas ruido —susurra una voz autoritaria en mi oído con calma—.

Esta persona está fría, o quizá es la ropa que lleva.

Porque sus manos, una en mi boca y la otra en mi espalda sujetando la mía, están muy cálidas.

Levanto la vista para ver quién es, y él baja la suya al mismo tiempo.

Y el corazón me da un vuelco al verlo.

Pelo negro azabache con los lados bien recortados y la parte superior peinada hacia atrás en una sutil onda.

Pómulos altos, una mandíbula afilada, una nariz recta y labios carnosos.

Y sus ojos, esos extraños ojos grises acompañados de largas pestañas y enmarcardos por unas cejas espesas y rectas con un ligero arco que le da un aspecto frío.

Es un hombre precioso.

—¿Ya has terminado de ficharme?

—Su voz interrumpe mi observación, y me sonrojo al instante, pillada con las manos en la masa.

Me doy cuenta de que ya ha quitado la mano de mi boca, pero, por alguna razón, todavía me sujeta la mía a la espalda.

Me aclaro la garganta e intento sonar tranquila.

—No te estaba fichando.

Solo te observaba para intentar averiguar si te conozco.

—Me felicito mentalmente por haber inventado una excusa tan creíble.

Pero no parece convencido.

De hecho, las comisuras de sus labios se curvan ligeramente hacia arriba, y me mira a los ojos con un toque de diversión.

—Claro.

Me ofende al instante que no se crea mi mentira y respondo de inmediato.

—¡No estoy mintiendo!

Sus ojos brillaron aún más.

—No he dicho que lo hicieras.

A menos que tú sepas que estás mintiendo.

—Acerca su cara a la mía, y nuestras narices se tocan.

—Te he dicho que no…

—alzo un poco la voz mientras intento convencerlo.

—¿Quién anda ahí?

—Tanto Ojos Grises como yo nos quedamos helados.

Nos miramos, y él levanta un dedo, haciéndome una seña para que me quede callada.

Asiento con la cabeza.

—¿Lyra?

¿Eres tú?

—Oigo que me llaman por mi nombre y reconozco la voz.

Es la madre de Oliver, la señora Jones.

Al pensar en Oliver, por fin me doy cuenta de la posición en la que estoy y de la proximidad entre Ojos Grises y yo.

De inmediato me siento culpable por estar tan cerca de un hombre que no es mi novio, por dejar que me sujete e incluso por pensar que es guapo.

Miro en la dirección de la que procede el sonido, pero dudo si debo responder o no.

Justo entonces siento que me suelta la mano y veo a Ojos Grises retroceder.

Me mira fijamente mientras lo hace y me dedica una sonrisita.

—Hasta la próxima, Lyra.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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