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La brújula de los mundos perdidos - Capítulo 33

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Capítulo 33: El Reino de Hierro y Sangre

El portal los arrojó a un suelo áspero y metálico. El aire estaba impregnado de óxido y humo, y el cielo era una bóveda roja, atravesada por cadenas colosales que se extendían hasta perderse en la distancia. El sonido de engranajes y martillos resonaba sin cesar, como si el reino entero fuera una máquina de tortura.

Ariel sostuvo la brújula, que vibraba con un pulso irregular. La luz azul que había despertado en el reino anterior se apagó casi por completo, como si este lugar la rechazara. Lira miró alrededor, con el arco preparado, pero la flor luminosa en su pecho ardía con un resplandor enfermo, como si el hierro del aire la estuviera marchitando. Kael apretó su espada rota, y por primera vez, sintió que el metal del reino intentaba absorberla.

De pronto, el suelo se abrió bajo sus pies. De las grietas surgieron figuras encadenadas, guerreros deformados con cuerpos de hierro oxidado y piel desgarrada. Sus ojos brillaban con un rojo cruel, y cada movimiento hacía sonar las cadenas que los atravesaban.

—Bienvenidos al Reino de Hierro y Sangre —retumbó una voz grave, metálica—. Aquí no se lucha por esperanza… aquí se lucha por sobrevivir al dolor.

Los guerreros se lanzaron contra ellos. Ariel levantó la brújula, pero cada destello de luz era absorbido por las cadenas, que se retorcían y se multiplicaban. Lira disparó una flecha, que atravesó a uno de los enemigos, pero el impacto liberó un chorro de sangre ardiente que quemó el suelo. Kael golpeó con su espada rota, pero el hierro del enemigo se fundió con la hoja, atrapándola como si quisiera devorarla.

El combate se volvió un tormento. Cada enemigo que caía dejaba tras de sí un grito interminable, y su sangre se transformaba en nuevas cadenas que intentaban atrapar a los tres. Ariel sintió una de ellas rodear su brazo, quemándole la piel con un dolor insoportable. Lira fue alcanzada por otra, que se incrustó en su pecho, apagando la flor luminosa por un instante. Kael quedó atrapado por varias, que se cerraban sobre su cuerpo como si quisieran triturarlo.

—¡Este reino se alimenta de nuestro sufrimiento! —gritó Ariel, intentando liberarse.

La voz del Reino resonó de nuevo, más cruel que antes: —Cada lágrima, cada grito, cada herida… fortalece mi poder. No hay salida.

El suelo tembló, y de entre las cadenas surgió una figura gigantesca: el Señor del Hierro y la Sangre, un coloso formado de metal oxidado y carne desgarrada, con un rostro cubierto por una máscara de clavos. En sus manos llevaba un martillo colosal, que al golpear el suelo liberaba ondas de dolor que atravesaban los cuerpos de los tres viajeros.

Ariel cayó de rodillas, la brújula apagada. Lira gritó, intentando tensar el arco, pero sus brazos estaban cubiertos de heridas abiertas. Kael, atrapado por las cadenas, apenas podía respirar.

El Señor del Hierro levantó el martillo, apuntando directamente hacia ellos. —Aquí no hay victoria. Solo dolor eterno.

El golpe descendió, y el reino entero se sacudió con un estruendo sádico, como si celebrara la tortura de los intrusos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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