La brújula de los mundos perdidos - Capítulo 34
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Capítulo 34: El precio del sufrimiento
El estruendo del martillo resonó como un latido cruel, y el suelo metálico se quebró en miles de fragmentos. Ariel, Lira y Kael fueron lanzados contra las cadenas, que se cerraron sobre ellos como serpientes ardientes. El dolor era insoportable, y cada grito parecía alimentar al Reino mismo.
Ariel intentó levantar la brújula, pero apenas brillaba con un resplandor apagado. El artefacto temblaba, como si estuviera muriendo junto a él. —No… no puedo… —susurró, con la voz quebrada.
Lira, atrapada por las cadenas, sintió cómo la flor luminosa en su pecho se marchitaba lentamente. El resplandor que siempre la había acompañado se apagaba, y en sus ojos aparecieron lágrimas de impotencia. —Si la luz se extingue aquí… ¿qué quedará de nosotros?
Kael, cubierto de heridas, apenas podía respirar. La espada rota estaba incrustada en el suelo, y el metal del Reino la absorbía poco a poco, como si quisiera borrar su existencia. —He luchado toda mi vida… y aún así… sigo siendo prisionero.
El Señor del Hierro y la Sangre avanzó lentamente, arrastrando su martillo colosal. Cada paso hacía vibrar las cadenas, que se apretaban más sobre los cuerpos de los tres. Su voz era un susurro cruel, cargado de desprecio. —No son héroes. Son carne para mis cadenas.
El silencio se apoderó del lugar. Ariel miró a Lira y Kael, y por primera vez sintió que la brújula no respondía. El artefacto estaba frío, como si hubiera perdido toda voluntad. La desesperanza lo envolvió, y un pensamiento oscuro cruzó su mente: ¿Y si este es el final?
Lira cerró los ojos, con lágrimas cayendo por su rostro. La flor luminosa se apagó por completo, dejando solo un vacío en su pecho. —No quiero que nos olviden… —susurró, apenas audible.
Kael bajó la cabeza, con la espada rota desapareciendo entre el hierro. —Quizá… nunca fuimos suficientes.
El Señor del Hierro levantó el martillo una vez más, apuntando directamente hacia ellos. El aire se llenó de un silencio sepulcral, como si el Reino entero esperara el golpe final.
Ariel apretó la brújula contra su pecho, con lágrimas en los ojos. —Si caemos aquí… que al menos recuerden que luchamos juntos.
El martillo descendió, y el estruendo fue tan fuerte que el cielo rojo se quebró en mil pedazos. El Reino celebró con un rugido metálico, como si el dolor de los tres viajeros fuera su victoria eterna.
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