La Cacería de Esposa del Alfa - Capítulo 106
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106: Capítulo 106 106: Capítulo 106 POV de Tabitha
Cuando abrí la puerta de la oficina de Derek, él estaba sentado frente al escritorio, totalmente absorto en su trabajo con el ordenador.
Inspeccioné la decoración de su oficina con un atisbo de ironía en el rostro.
¿Quién habría pensado que mi primera visita aquí sería como su exesposa?
Después de dejar la fiambrera sobre la mesa de centro, fijé la mirada en él, que parecía demasiado absorto en su trabajo como para siquiera notar mi presencia.
La noche había caído y las luces de la ciudad comenzaban a titilar como un puñado de estrellas.
El atractivo perfil de Derek se veía aún más cincelado bajo la luz, con la mandíbula apretada.
Ninguno de los dos habló y la habitación quedó en un silencio sepulcral.
No podía leerle la mente, pero supuse que no estallaría contra mí.
Después de todo, no había perdido los estribos después de que me despachara a gusto con él esta mañana.
Con ese pensamiento en mente, reuní el valor y me acerqué, sintiendo su intensa presencia a medida que me aproximaba, aunque él no había dicho ni una palabra.
Había planeado reprimir las emociones encontradas que bullían en mi interior y decir algo amable para aliviar la tensión.
Pero en el momento en que mis ojos se posaron en su cuello, empecé a inquietarme.
Estaba totalmente concentrado en su trabajo, con la guardia baja.
¡Podría cortarle el cuello aquí mismo si quisiera!
Mis dedos temblaron por el impulso, ansiosos por desatar las afiladas garras de lobo.
Podía imaginarlas rebanando su piel, haciéndolo pedazos.
Justo cuando ese pensamiento cruzó por mi mente, Crystal gritó en mi interior, dándome un susto de muerte.
Quizá al oír mis pasos, Derek se giró para mirarme y nuestras miradas se encontraron.
Antes de que pudiera decir nada, señalé rápidamente el cenicero y solté: —¿Por qué has fumado tanto?
—¿Y a ti qué te importa?
—respondió él.
El desdén en su tono hizo que me arrepintiera un poco de no haberle atacado el cuello con mis garras de lobo justo ahora.
Ocultando mi disgusto, susurré: —Mira, lo que dije esta mañana estuvo fuera de lugar.
Te debo una disculpa.
Derek se limitó a mirarme en silencio, sin responder.
Bajo su intensa mirada, me encogí de vergüenza, preguntándome si tendría un aspecto horrible.
Después de todo, hoy ni siquiera me había molestado en maquillarme antes de salir de casa.
Después de un rato, volvió a dirigir la mirada a la pantalla del ordenador.
—¿Qué hay para cenar?
—soltó por fin, derritiendo la tensa atmósfera.
—Aquí está.
—Rápidamente, puse frente a él la cena que había preparado con esmero.
Un filete poco hecho con la clásica salsa Herman, salmón asado con mantequilla de limón, una crema de champiñones y una ensalada fresca de verduras de primavera.
Todo clásico, pero sofisticado.
Y por último, pero no por ello menos importante, una botella de vino tinto cuidadosamente seleccionado.
Hacía una eternidad que Derek no comía algo preparado por mí.
Al notar su mirada en el filete, recordé cómo intentaba torpemente prepararle el almuerzo en la cocina.
En aquel entonces, estaba llena de entusiasmo y determinación, a pesar de mis escasas dotes culinarias.
Aunque siempre acababa con brillantes ampollas en las manos, no fruncía el ceño ni un ápice, y solo me centraba en perfeccionar la presentación de los platos.
Cuando terminaba de cocinar, le entregaba la fiambrera con una sonrisa y le decía: —Toma.
Lo he cocinado yo personalmente.
Así que tienes que comértelo todo aunque no esté bueno.
Ahora, sin embargo, ya no rebosaba la confianza y la exuberancia de antes.
Lo único que quedaba en mí era la cautela.
Como no obtuve respuesta por su parte, pregunté en voz baja con un matiz de inquietud: —¿Envolví la comida en papel de aluminio, así que aún está caliente.
Quieres probarla?
—Le entregué los cubiertos de plata y Derek asintió.
Mientras empezaba a probar la comida, observé su reacción con nerviosismo, esperando que le gustara.
—¿Está bueno?
—pregunté.
—¿Por qué eres tan dócil ahora?
¿No estabas muy encendida poniéndome a parir esta mañana?
—Levantó la vista para mirarme.
Me encogí de hombros y dije: —Lo siento.
Simplemente estaba abrumada.
—¿Has comido?
—cambió él de tema.
Pensando en cómo me había atiborrado en la cocina, tosí ligeramente.
—Todavía no.
Tenía prisa por venir.
Tiró de mí hasta sentarme en su regazo y me ofreció: —Compartamos.
Actuando toda nerviosa, tartamudeé: —Pero…
Me llevó una cucharada de sopa a la boca antes de que pudiera negarme.
Tuve que sorberla y la temperatura hizo que sacara la lengua.
—Está caliente…
Él sopló y dijo con voz suave: —Ahora está bien.
La bebí obedientemente, rezando para no eructar.
Sin embargo, justo cuando estaba pensando en ello, un eructo se me escapó.
Miré a Derek con una risa forzada, intentando explicarme: —Bueno, no es lo que piensas.
El ambiente se volvió todavía más incómodo.
Mientras escrutaba su rostro, esperando ver desagrado, me sorprendió encontrar un atisbo de ternura.
«¿Estoy loca o algo?
Derek me odia a muerte.
¿Cómo es posible que sienta lástima por mí?», me pregunté.
Justo entonces, la puerta se abrió de golpe y una secretaria con gafas y ropa formal apareció en el umbral.
—Señor Greenwood, por favor, firme su…
La secretaria se quedó helada, con los ojos muy abiertos por la incredulidad.
Rápidamente, rodeé el cuello de Derek con mis brazos y hundí la cara en su pecho.
—Me ha asustado —susurré, haciéndome la desvalida.
Entonces, oí a Derek sisear: —¿Cómo te atreves a entrar sin llamar?
¡Fuera!
—L-lo siento.
—La secretaria salió corriendo y cerró la puerta tras de sí.
Aunque estaba aferrada a Derek, mi mirada permaneció en ella, sin perder detalle.
Para mí, cualquiera que estuviera cerca de Derek era sospechoso.
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