Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

La canción del dragón - Capítulo 10

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. La canción del dragón
  4. Capítulo 10 - 10 Un policía de medio tiempo llamada Ali
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

10: Un policía de medio tiempo llamada Ali 10: Un policía de medio tiempo llamada Ali El salón estaba en un silencio reverencial, tan pulcro que hasta la luz del sol se inclinaba suavemente al atravesar los grandes ventanales.

Kira Syraël permanecía erguida tras su escritorio de madera pulida, con las manos cruzadas sobre el regazo del vestido rojo que parecía fundirse con la propia luz.

Aun para ella, cada gesto era acto de devoción.

Pero en aquella mañana, un sonido ajeno al orden de su mundo quebró la perfección: una caja musical, vieja y desgastada, con bordes dorados que antes resaltaban la belleza de la madera, sonaba con delicadeza, entonando las notas de una canción que solo ella y otras dos personas conocen.

Kira ladeó apenas la cabeza, y por un instante sus ojos se humedecieron.

Siempre era lo mismo cuando la escuchaba.

En la penumbra de sus pensamientos, la canción era un eco de libertad, de furia sin violencia, de un hombre dispuesto a cantar su propia condena antes de someterse al silencio.

Kira sintió, por un palpitar, la invencible belleza de aquello que no podía ordenar, medir ni destruir.

Entonces, la puerta se abrió.

Citlali, la Omega de las Estrellas, cruzó el umbral con paso ligero, el cinturón de constelaciones que lucía en la cintura brillaba con modestia.

Se detuvo a una distancia respetuosa y desplazó un mechón de cabello plateado.

—Mi señora —informó con voz suave—, tenemos informes de un Alfa causando estragos en Matusalén.

Los civiles no dejan de pedir por nuestra ayuda.

Kira cerró los ojos un instante y, al volver a abrirlos, la canción se eclipsó en su mente, reemplazada por el frío fulgor de su divinidad.

—Encarguen al grupo C —dijo, señalando con un dedo gentil que parecía colosal—.

Que limpien esa mancha en silencio.

Citlali inclinó la cabeza, y al retirarse, Kira volvió a quedarse sola.

El silencio volvió a trazar su reino, pero la huella de aquella canción siguió latiendo en su pecho inmortal, recordando que existe un fuego que, por más que intente contenerlo, siempre arde al margen de tu voluntad.

Y eso la hizo sonreír un poco.

❯────────────────❮ La escena del crimen de aquella vez fue especialmente atroz.

Cuerpos de personas destrozados como si un animal lo provocado hubiera, la cosa que tenía uno dentro de su boca y los ojos salidos por el miedo, fue demasiado para cualquier policía de ahí.

—Maldición, esto debió ser un acto de venganza— Habló uno de ellos con la repulsión pintada en su rostro —Cuál otra explicación hay para que dejen a estos tres así?

—Los atacantes debieron ser Alfas ¿Cómo explicas las mordidas de los brazos?— Dijo el otro detective —Eso ni de chiste lo hace un humano.

—Puede que ahí haya una pista ¡Oye, Ali!

Fíjate entre las extremidades arrancadas, puede que haya un pedazo de diente entre ellas.

—Ali está devolviendo lo que comió, jefe.

Señalando una esquina estaba una mujer de piel oscura y el cabello corto hasta la nuca, vestida con el uniforme negro de la policía, y el escudo de su país bordado en su hombro.

Se mantenía lejos de la escena del crimen para no arruinar la evidencia, regresando su desayuno.

—¿Cuándo va a acostumbrarse?—.

El oficial más viejo comenzó a quejarse, cruzado de brazos.

—Para hacer este trabajo debes aprender a ver cuerpos así mientras devoras una pieza de cerdo.

—Dígale eso a la academia de policía que la mandó hasta acá.

—Hoy en día cualquier imbécil puede graduarse.

—Manténganse enfocados—.

La voz de un cuarto hombre resonó por el callejón.

—Esta no es la primera vez.

Todos se giraron al instante.

A pesar del uniforme igual al resto, Rak’el no caminaba como un policía, sino como un veredicto.

Su paso era preciso, sin apuro, como si cada zancada midiera el peso de la escena que tenía delante.

El sol que caía directo sobre su espalda acentuaba el bronceado de su piel y el brillo discreto de su placa.

Su rostro era severo sin ser cruel, demasiado joven para parecer una figura de respeto, y sin embargo allí estaba, como un pilar que nadie se atrevía a empujar.

—Ali, necesito que dejes de vomitar y vengas a revisar esto conmigo —dijo, sin sarcasmo ni dureza.

Solo el tono de alguien que no necesitaba levantar la voz para ser obedecido.

La chica levantó el rostro, roja hasta las orejas, y ascendió.

Sabía que Rak’el no la juzgaría, pero tampoco le daría excusas.

— ¿Detectaron marcas de colmillo?

—preguntó, sacando un pequeño instrumento de su cinturón.

—Sí, varias.

También garras, pero no hay símbolos de defensa en ninguna de las víctimas, y también encontramos lo que parece ser…

esto —dijo uno de los agentes, levantando una mandíbula parcial entre dos pinzas.

Rak’el la observar, sin cambiar la expresión.

—No es humana —dictó.

—Pero tampoco completamente Alfa.

Los demás intercambiaron miradas.

—¿Entonces qué es?

Rak’el no respondió de inmediato.

Se puso en cuclillas junto a uno de los cuerpos, midiendo el ángulo de una herida como si estuviera leyendo un texto sagrado en la piel desgarrada.

La sangre no parecía asquearlo.

Las moscas no se acercaban.

Tal vez incluso la muerte misma dudaba en incomodarlo.

—Ali —dijo sin levantar la vista—.

¿Recuerdas lo que te enseñé sobre la alineación de ataques múltiples?

—Sí, patrón.

¿Tres niveles: primaria, disuasiva y mortal?

—Eso es.

Quiero que examine las heridas disuasivas.

El agresor no solo atacó.

Estaba probando algo.

Los agentes callaron.

Nadie interrumpía cuando Rak’el se concentraba.

Era el único entre ellos que parecía más cerca de un Omega bíblico que de un policía de campo.

Y no por su poder, sino por la manera en que miraba el crimen: no como una atrocidad, sino como un mensaje que debía descifrar.

❯────────────────❮ En la oficina de policías de San Simón, las cosas estaban ajetreadas.

Tantos crímenes sin resolver y protestas de familiares furiosos habían hecho del departamento un lío.

No había oficial que no estuviera hasta las narices de trabajo o haya sido violentado por alguna persona furiosa con su incompetencia.

Todo por culpa de los Alfas y su incapacidad para controlar sus instintos.

Los Alfas de mayor edad eran los más peligrosos, siempre perdiendo los estribos por cualquier tontería.

Atacan en la carretera, atacan pequeños puestos, grandes tiendas, incluso parques de diversiones.

Ali solía tener pena por ellos, no debía ser fácil controlar un poder como ese, menos cuando el gobierno los limitaba en muchas cosas.

Su superior, sin embargo, no pensaba igual.

Su pensamiento era el mismo que el del resto de los Omegas criados en los templos; “Los Alfas son un error de la naturaleza y deben purgarse antes de que desaten el infierno en la tierra” para mantener el orden en Xictli, su superior sacrificó su vida personal para dedicarse de lleno a su, volviéndose un Omega modelo entre el resto y siendo respetado por nada más y nada carrera menos que Kira Syraël, la jefa del Tlan y la Omega más fuerte del país.

—Esta no es la primera vez—.

Rak’el volvió a decir lo de hace unas horas, llevándose un pedazo de albóndiga a la boca.

—En Tepozotl y en la Zona Roca, hubo dos casos idénticos hace apenas un mes.

Misma falta de huellas, mismas mordidas, misma droga azul en el sistema.

Y la misma cosa en la boca.

Ali lo escuchaba, con la boca llena de espagueti del restaurante italiano, recordando la información que les dieron después de la autopsia.

Todas las víctimas estaban drogadas con la misma sustancia ilícita, y todas llevaban un pedazo de tela metido en la garganta.

—Sabemos qué es esa droga?

—La llamaron “Zul” en el reporte preliminar, por el color.

Pero no hay laboratorio que pueda replicarla.

¿Recuerdas lo que encontramos en la cueva de Aztlapalco hace un mes?

—respondió él, apartando un trozo de cebolla mal picado del plato—.

Es parecida a la heroína, sí, pero con una función inversa.

No duerme, está activa.

Como si preparara al cuerpo para…

ser devorado.

Ali frunció el ceño.

—Y el dibujo que se encontró dentro de las víctimas, ¿es un símbolo egipcio?

Rak’el asintió.

—El Ojo de Horus.

Y no es casualidad.

—¿Tú crees que sea una secta?

—No lo creo, lo sé.

Ali comenzó a tomar notas internas de sus palabras, Rak’el no hablaba de más.

—La forma de morder…

—continuó—.

Es de alguien que no está hambriento.

Mordió y despedazo partes al azar, su único objetivo era matarlos.

Las víctimas no se defendieron, y tenían Zul en la sangre.

Lo que sea que los mataron, ellos lo permitieron.

La chica tragó saliva, recordando de nuevo los cadáveres.

En solo un mes habían tenido tres casos y encontré una cueva llena de un material raro que ahora sabían era zul, era un asunto urgente y si involucraba a los Alfas, entonces hasta la jefa iba a metro las manos.

—Los culpables serán ese Alfa y mujer que huyeron aquella vez?

Rak’el la miró de reojo.

—No encaja con sus ubicaciones.

-¿No?

—Los hemos estado siguiendo y ninguno se ha encontrado cerca de las zonas de muerte.

Me temo que los culpables son otros, gente que no se ha dejado ver ni una sola vez, son como sombras.

Su superior lo dijo sin mucha importancia, pero la joven policía ya sentía el miedo formarse en su pecho ¿Por qué siempre le tocaban los casos más horribles?

Debía ser porque nadie en ese lugar la creía digna de estar ahí, menos de ser la aprendiz de Rak’el.

Ella tampoco entendía porque la elegida, de entre todos los novatos, había chicos con mayor potencial, incluyendo a los Tlan, que eran de su misma sucursal, con ellos no tendría que viajar tanto para darles órdenes.

El Omega llamado Mikael era un buen ejemplo, escucho que el director pensaba integrarlo con ellos antes de ser mandado al imperio Ultar para servir al emperador.

Ali sintió el avispón de la envidia picarla al pensar en eso.

Como había chicos que nacieron con la vida resultado.

—Por cierto, escuche que mandaran al grupo C a Matusalem—.

Ali cambió la conversación, tratando de matar el tenso ambiente que les dejó esa información.

— ¿Ocurrió algo tan grave para que mandaran a dos miembros de Tlan?

—Solo un Alfa luchando contra miembros de un cartel criminal—.

Respondió su superior, con desinterés.

—Debió ser un desastre gigante para que sean dos Omegas y no uno los que la jefa mando.

—Aún son nuevos en esto, por eso los mandaron juntos.

“Eso, o Kira quiere deshacerse de ellos” Ali se guardó ese comentario para si misma.

—Por cierto ¿recuerdas a ese chico de cabello blanco que estuvo con nosotros en la pelea de la Basílica de los hijos del cielo?

—Como olvidarlo, fue seleccionado para ser el décimo cazador del emperador.

Rak’el asintió, orgulloso.

—El primer Omega en ser reconocido por uno de los 8 reyes ángeles ¿No es un orgullo para nuestra nación?

—Aunque el muchacho es de Skaluph.

—Da igual.

Los Omegas no olvidarán este reconocimiento, será otra victoria para nosotros.

Ojala compartiera su entusiasmo, pero la idea de que hubiera Omegas hasta en la sopa resultaba más aterradora que cualquier otra cosa.

Eso no importaba, había confirmado la información que escuchó esa mañana, por lo que se levantó para ir a los sanitarios y encerrarse en uno de los cubículos.

Desde ahí mandó un único mensaje a un número desconocido.

❯────────────────❮ El teléfono de Ares vibró, el usuario registrado como “Sombrero rojo” le envió un mensaje informando sobre la llegada de dos Omegas al pueblo, ambos del grupo Tlan.

—Un problema tras otro—.

Se quejó, apretando el volante en sus manos.

—No hemos terminado con las Setas y ya viene el Tlan a nuestra área ¿Qué voy a hacer?

—Dejar de quejarte, eso harás.

Sanae abrió la puerta del auto, saltando de este.

Reid la siguió, moviendo el vehículo completo por culpa de su enorme cuerpo.

Llevaban días conduciendo y más días cazando a los halcones del cartel, en busca de información relevante que los llevara a su sede central, que se encontraba a 20 kilómetros de Matusalem ya 50 más de cualquier otro pueblo o ciudad.

Ares los acompañó tan pronto se le informó.

Quería acabar con el jefe él mismo.

—Según la información de ese último chico, su laboratorio se encuentra aquí.

Es el lugar donde se realizan todo tipo de negocios.

—Un túnel abandonado, no hay mejor lugar para esconderse.

Demasiado lejos de cualquier pueblo y abandonado hace años por el gobierno.

—No terminaron de construirlo, así que no hay salida del otro lado.

—Por lo que quien termina aquí por accidente dará media vuelta sin saber lo que hay adentro.

—Los humanos usan el cerebro cuando quieren—.

Dijo Sanae, con la frente arrugada por culpa del enojo.

—Que pena que no les será de ayuda para este momento.

La tez de Ares fue cambiando; sus ojos pasaron a ser amarillos y deformes, similar a los de los reptiles.

Se volvió más alto y sus extremidades se cubrieron de escamas azules.

La boca se fue deformando para darle espacio a los colmillos que se asomaban y el humo salía de su boca, igual que el inicio de un incendio.

Estaba listo para pelear.

❯────────────────❮ La imagen del chico estrellando contra el pavimento, rompiéndose la cabeza y salpicando de sangre era algo que lo perseguía hasta en sueños.

Quería olvidar, deseaba con todas sus fuerzas olvidar ese momento.

Prefería soñar que era devorado a ver la sonrisa en el rostro deforme de aquel cadáver.

Solo cuando lo vio en las noticias supo que se trataba de un adicto al zul y que era hijo de un prestigioso doctor que a parte era maestro en el CINAT.

Su muerte fue a causa de una alucinación inducida por las drogas.

Nadie sabe lo que pensaba cuando eligió tirarse, pero debía estar muy feliz de hacerlo.

Estaba en ese lugar horrible, en esa pradera que es tan silenciosa a veces que lo vuelve loco.

El viento ni siquiera estaba soplando, el césped no se movía, ¿así que por que le llegaba ese olor nauseabundo?

Desvió la mirada del cuerpo, sabía que era imposible, pero quería irse antes de que fuera a levantarse y causarle un infarto en sus sueños.

Morir dormido, justo cuando tenía a dos invitados en su casa ¿cómo es que se quedó dormido para empezar?

Lo último que recuerda era que, junto a Sarah, estaban curando las heridas de Rice y luego… ¿negro?

—Quiero despertar—.

Dijo al aire, como si de verdad algo pudiera escucharlo.

Que estupidez ¿Cómo podía pedirle a su imaginación que lo despierte?

solo se trataba de voluntad, si se esforzaba lo suficiente para no verlo iba a despertar a tiempo.

Cuando se giró completo para alejarse de la escena se topó con Yaotl a la orilla del bosque.

Movía la cola de un lado a otro, tenía la cabeza inclinada, la lengua hacia afuera y los ojos enfocados detrás de él, igual a como hace cuando estaba contento.

— ¿Qué pasó con el otro perro?

Unas manos atraparon su boca y jalaron al centro de la pradera, donde se encontró el cadáver de ese tipo.

Juraba que no había caminado tanto, así que no supo cuando fue que se alejó.

Chocó contra un cuerpo rígido y frío, uno mucho más grande que él.

Las manos que le envolvían el rostro eran tan duras como las de una armadura y olían igual al alquitrán podrido.

Por más que pateaba y forcejeaba no podía alejarse de ese agarre.

Sintió como las garras arañaban sus mejillas cada vez con más profundidad.

—No te muevas—.

Una voz etérea y armoniosa sonó sobre él.

Por increíble que le pareció, su cuerpo obedeció en automático.

La mano pasó de estar en su boca a bajar hasta su mentón, donde volvió a apretar con cuidado para inclinar su rostro, ahí se topó con unos ojos en espiral, ojos con todos los colores del arcoíris, pero tan vacíos que ya no brillaban… pero si giraban.

La segunda mano negra se dirigió a su frente, con los dedos de frente, acomodados de tal modo que parecían a punto de atrapar algo.

Ahí contemplalo mejor lo largas que eran esas garras, tan largas como las de un lobo, pero mucho más afiladas.

—No va a doler.

Fue lo último que escuchó antes de que se hundieran dentro de su cabeza.

Cuando despertó lo hizo con un dolor de cuello terrible.

El canto del gallo hizo su trabajo y lo levantó antes de que el sol ni siquiera se asomara.

Ya que Rice se estaba recuperando en su cama y le había cedido el sofá a Sarah, le tocó dormir en el sillón.

Hubiera estado bien si su cuerpo no tuviera la tendencia de inclinarse cuando duerme sentado, su cabeza terminó colgando en la orilla del sillón.

Escucho sus huesos crujir cuando se levantó, hubiera sido mejor dormir en el suelo.

—Tuviste un mal sueño?—.

Preguntó Sarah, bostezando.

—No dejarías de quejarte.

—No se, no me acuerdo.

No es que estuviera mintiendo, por más que intentara recordar no lograba hacerlo.

Nada más que una imagen en negro.

Había dormido muy profundo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo