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La canción del dragón - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 El dibujo en la pared
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11: El dibujo en la pared 11: El dibujo en la pared Una voz ruidosa y ronca zumbaba en sus oídos, tan molesta como un mosquito que no se deja atrapar.

Hablaba sin parar de cosas sin sentido.

—¿Por quién vas a votar estas elecciones?

Ya casi es primero de junio, no puedes dejarlo pasar así.

Rice deseaba darle una paliza.

Ya había escuchado esa voz antes y no le había gustado nada.

—Tenemos 16 años, aún no podemos votar.

Otra voz respondió en la oscuridad.

Esa sí la conocía.

La había estado escuchando toda su vida.

—Ah, cierto —replicó la voz despreocupada.

Rice intentó abrir los ojos, pero los sentía demasiado pesados—.

¿Vamos por un helado de coco?

Una cita antes de la cita.

¿Una cita?

Ese comentario lo sacó del letargo.

Se removió en la cama, intentando ubicar las voces con mayor claridad.

—¿Eres tonta?

¿Cómo puedes pensar en eso después de lo que pasó esta tarde?

—Bueno… creí que no te importaba —respondió la chica, ahora en un tono más bajo.

¿Estaba decepcionada?

—¿¡Por qué no me importaría!?

Fue muy cerca de mi trabajo.

—Claro… había olvidado ese detalle.

Finalmente, logró separar los párpados.

Las lagañas endurecidas en sus ojos las talló con el brazo, apartándolas con brusquedad.

La luz lo lastimó por un momento, hasta que sus pupilas lograron adaptarse.

—¡Rice, despertaste!

Lo primero que vio fue a Kon acercándose a la cama.

A su lado estaba esa chica pecosa y malhablada.

Rice se fijó en su entorno: esa no era su habitación, sino la de Kon.

Debieron llevarlo ahí con prisa.

Lo dedujo por los zapatos sucios tirados en una esquina y el hecho de que aún llevaba puesto el uniforme del trabajo.

—¿Qué pasó?

Era una pregunta tonta.

Lo recordaba perfectamente: la pelea en la calle central, la bomba que casi le quema la cara.

La mujer que lo atacó debía estar muerta.

Estaba demasiado cerca de la explosión como para sobrevivir.

“No te bases en conjeturas”.

Esa frase resonaba en su cabeza cada vez que estaba por decidir algo.

No recordaba quién se la había dicho, y tampoco importaba.

Seguramente era el maldito dios que lo habitaba.

Si quería confirmar la muerte de esa mujer, debía volver a la escena o buscar información por otros medios.

Si estaba viva, volvería… y no tardaría en ir por Kon.

—Ya es tarde —dijo Kon.

Esa frase lo sobresaltó.

¿Lo había escuchado pensar?

¿Esa mujer ya había vuelto?

Pero al observar mejor, notó que Kon no lo miraba a él, sino a la chica.

—Y deja de molestar con el tema.

¿No ves que hay un enfermo?

La desconocida se encogió de hombros, como alguien que se avergüenza de sus propias palabras.

—Lo siento.

No lo pensé bien.

—Está claro —gruñó Kon, y decidió ignorarla para enfocarse en Rice—.

Hubo un ataque en el centro y te viste envuelto.

Sarah dijo que una de las explosiones te alcanzó cuando buscabas refugio.

Te trajo a la librería antes de que las cosas empeoraran.

—¿Eso dijo?

La tal Sarah hizo una reverencia exagerada, aceptando de antemano cualquier agradecimiento.

Rice no dejaba de mirarla, queriendo dejarle claro lo que le pasaría si abría la boca sobre la verdad.

Ella, indiferente, solo volvió a encogerse de hombros.

—No te llevamos al hospital porque recuerdo que te daban miedo.

Esas palabras captaron su atención.

¿Kon aún recordaba algo tan viejo?

—Estoy bien.

No fue tan grave.

—Eso mismo dijo Sarah.

Solo sufriste cortes y moretones.

El más preocupante fue en la cabeza, no dejaba de sangrar.

Pero ella te curó rápido.

—¿Sabes de medicina?

—Estudio virología —respondió ella como si no fuera gran cosa—.

Y tomé un curso de primeros auxilios… por si acaso.

Rice frunció el ceño.

Había algo más, algo que ella no decía.

Pero mientras guardara su secreto, él también guardaría el suyo.

—Gracias —respondió, con frialdad.

Lo importante ahora era saber de qué hablaban antes de que despertara—.

¿Se conocen?

—No —dijo Kon.

—Sí —respondió Sarah.

—Decídanse.

Así sabría si debía lanzarla por la ventana o no.

Kon carraspeó, visiblemente incómodo.

—Se llama Sarah.

Es cliente habitual de la librería.

Viene, lee un rato… y se va sin pagar.

—Quién diría que los tres nos conoceríamos.

El mundo es muy pequeño, ¿no creen?

“Molestamente pequeño”, pensó él.

—Me sorprende lo resistente que eres —dijo Sarah, señalando las vendas en su cuerpo—.

No cualquiera aguanta esos golpes.

¿Estuviste en el ejército?

—¿Eres tonta?

¿Cómo voy a estar en el ejército si ni siquiera tengo la mayoría de edad?

—¿Y cómo explicas tu gran resistencia?

Ahora lo entendía.

Esa chica no era tonta.

Había descubierto su secreto cuando llegó a la librería y ahora lo usaba como una amenaza silenciosa.

Por supuesto que lo había guardado: era un seguro.

Y una forma de dejar claro que, si él hablaba… ella también podía hacerlo.

—Fui a competencias nacionales desde niño.

Por naturaleza soy muy resistente.

—Anda, eso es genial.

La tensión entre ellos se podía cortar con un cuchillo.

Esa chica era una amenaza total.

Si no la eliminaban a tiempo, podría delatar la identidad de todos.

Y lo peor: si ya había descubierto que él era un Alfa, entonces debía saber que Kon también lo era.

El ambiente se volvió más denso.

Kon se movía inquieto, recorriendo con la mirada las heridas de su compañero una y otra vez, pero sin atreverse a mirarlo a los ojos.

No sabía qué decir, ni si debía pedirle a Sarah que se retirara.

Rice podía sentir su indecisión tan claramente, que le mareaba.

—Ya me encuentro mejor —anunció, apartando las sábanas de un tirón y levantándose.

Dio unos pasos pesados hacia la puerta—.

Volveré a casa.

Kon se apresuró a detenerlo con una pregunta.

—¿No vas a llamar a tus abuelos?

Intenté comunicarme con ellos, pero no entró ninguna llamada.

—Están de viaje.

Y sus teléfonos son tan viejos que pierden señal en ciertos lugares.

Si su abuela no respondía, debía estar cazando halcones o reuniendo información.

Solo habían pasado cuatro días desde el incidente con Cristofer y ya los habían atacado otra vez.

Ese cartel iba en serio con la captura del último Pit-Nüwa.

Por eso Rice no dejaba de preguntarse: ¿Cuándo le dirían la verdad?

—Si ya no vamos al cine…

¿Qué tal una película en casa?

Otra vez esa chica.

¿Cómo podía fingir que no pasaba nada e invitar a Kon con tanto descaro?

Era tan irritante que ni siquiera le importaba que lo hubiera salvado.

—¿Por qué no dejas de molestar y te largas de una vez a tu casa?

—soltó sin filtros, queriendo dejar en claro cuánto le disgustaba su presencia.

Pero entonces lo vio: el hilo dorado que rodeaba a Kon.

No estaba roto, ni enfermo… pero no flotaba con la calma habitual.

Vibraba, como el ritmo agitado de un corazón enamorado.

Rice apretó los puños.

Apretó también la perilla de la puerta con tanta fuerza que la abolló.

Ese idiota no dejaba de mirarla.

Aunque fingiera indiferencia, aunque su voz sonara cortante, aunque girara la cara… no podía dejar de mirarla.

—Ya es hora de que te vayas —dijo, sujetando a Sarah del brazo y jalándola con tanta violencia que casi se cae de bruces.

—¡¿Qué diablos haces, Rice?!

—gritó Kon, corriendo detrás de ellos.

—Oye, muñeco, espera —Sarah se retorcía para soltarse mientras bajaban por las escaleras—.

¿Cuál es la prisa?

Aún no termino de hablar.

—Aléjate de Kon —le advirtió Rice, una vez que llegaron a la entrada—.

Puedo oler tus intenciones desde kilómetros… y no me gustan.

—¿Y yo soy la pervertida?

—Sarah rio con burla—.

Ya te dije: no eres mi tipo.

—Vete al carajo.

Le cerró la puerta en la cara con un portazo tan fuerte que el golpe retumbó por toda la casa.

Kon pensó que las ventanas iban a estallar.

—¿Por qué hiciste eso?

Kon intentó abrir la puerta, pero su cuerpo lo bloqueó por completo.

Cuando se tambaleó hacia atrás, Rice notó esa mirada: la misma de siempre, la que delataba lo mucho que odiaba que fuera más fuerte que él.

Pero a estas alturas… ya ni siquiera le importaba.

—¿No tienes novia?

La pregunta quedó suspendida en el aire, como si fuera más pesada de lo que debería.

Kon parpadeó, desconcertado.

Claro que tenía novia.

Lorena.

Estaban juntos desde hace meses.

Era dulce, normal, amable, y su familia la adoraba.

Lo ayudaba con las tareas de la universidad y se llevaban bien.

Era todo lo que uno esperaría en una pareja.

Todo… correcto.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—replicó al fin, a la defensiva—.

Estamos hablando de cómo tratar a una persona que salvó una vida, no de mi vida amorosa.

Rice alzó una ceja.

—¿De verdad no ves lo que pasa?

—¡No hay nada que ver!

Sarah fue amable, me ayudó, te ayudó… lo mínimo era invitarla a descansar un rato.

¿Desde cuándo eso te parece motivo para arrastrarla hasta la puerta como si fuera basura?

—Desde que la vi coqueteando contigo apenas abrí los ojos —espetó Rice, sin filtros—.

Desde que noté cómo te mirabas con ella.

Porque sí, puedes tener a esa tal Lorena, pero no la miras igual.

No te tiemblan las manos con ella.

No te quedas callado, confundido.

Con Sarah…

pareces alguien más.

Kon abrió la boca para replicar, pero no le salió nada.

Solo sentía una presión extraña en el pecho.

No por Sarah.

No por Lorena.

Por Rice.

Por todo lo que decía, como si supiera más de lo que estaba dispuesto a aceptar.

—No digas estupideces.

—¿Ah, sí?

¿Y qué se supone que diga?

¿”Gracias por meter a una desconocida a la casa justo después de un atentado”?

Porque eso es lo que fue.

Un atentado.

Casi me matan, pudiste morir también, Kon, ¿te olvidas de eso tan fácil?

—¡Ella no tuvo nada que ver!

—¿Y tú cómo lo sabes?

¿La investigaste?

¿Conoces su pasado?

¿Qué sabes realmente de ella?

—¿Qué tengo que saber más allá de que nos ayudó a ambos?

—Ese es el problema —murmuró Rice, más para sí mismo que para él.

—¿Qué?

—¡No entiendes nada, Kon!

¡Nunca entiendes!

¡Te rodeas de gente sin pensar, confías en cualquiera, sonríes como si no pudieran hacerte daño, y luego terminan en medio de una explosión con la cabeza sangrando por tu culpa!

Eso lo hizo callar.

Por un segundo, Kon solo lo miró.

Esa rabia en la voz de Rice no era normal.

No era su sarcasmo habitual, ni su cinismo.

Era otra cosa.

Algo que no terminaba de comprender.

—¿Qué te pasa?

—preguntó, genuinamente confundido—.

¿Por qué estás tan enojado?

—Porque a veces parece que soy el único que se preocupa por ti.

Y eso… eso es agotador.

Kon retrocedió un paso.

Esa frase lo golpeó más fuerte de lo que esperaba.

—¿Agotador?

—repitió, herido—.

No te pedí que te preocuparas.

Yo nunca te pedí nada, Rice.

Esa última oración fue como un disparo.

Los ojos de Rice brillaron con una furia contenida que ya no se molestó en esconder.

—Ya entendí.

Azotó la puerta con tal fuerza que una de las ventanas se rompió en mil pedazos.

El cristal voló por el suelo como si la casa también se hartara del silencio que siguió.

Kon no se movió.

No fue detrás de él.

Ni siquiera limpió el desastre.

Solo subió las escaleras, cabizbajo, con pasos pesados que parecían arrastrar el día entero.

Cuando entró a su cuarto y cerró la puerta, fue entonces que lo notó: La perilla estaba abollada.

Cuando entró por primera vez no estaba así, ni siquiera cuando entró con ellos dos y él siempre tiene cuidado de no aplicar fuerza excesiva en sus cosas.

No podía ser ¿Fue Rice?

❯────────────────❮ Salió de la casa como un huracán que se va, pero deja escombros por dentro.

Dio un par de pasos antes de que la rabia se le transformara en un silencio sordo, de esos que te vacían el pecho y te llenan la garganta de algo espeso.

Caminó cabizbajo, apretando los puños, como si pudiera sostenerse con ellos.

Se detuvo a medio camino de su casa.

Golpeó la pared con el puño.

No con fuerza.

Solo por no llorar.

Y entonces la vio.

Sarah estaba ahí, observando la barda de su casa como si lo hubiera estado esperando.

O peor, como si simplemente no tuviera nada mejor que hacer —¿Qué haces frente a mi casa?

—la encaró de inmediato.

—¿Es tu casa?

Qué suerte, estaba por llamar a la policía.

—¿Por qué ibas a hacer eso?

No tuvo que contestarle.

Tan pronto se acercó a donde estaba, se encontró con un grafiti recién pintado de un ojo muy abierto, que miraba a quien estuviera frente a este.

Quería imitar al ojo de Horus, pero las líneas de abajo estaban arriba, y en lugar de una ceja, se habían dedicado a plasmar los párpados con trazos tan finos que parecían de pincel, no de aerosol.

—Unos tipos andaban frente a tu casa, dibujando.

—¿Recuerdas cómo eran?

Rice se agachó para ver mejor el dibujo.

Era casi tan pequeño como la palma de un adulto.

—No tenían nada especial.

Uno usaba gafas y el otro tenía acné por todas partes.

Creo que eran estudiantes de universidad.

¿Te peleaste con un grupo de nerds universitarios, muñeco?

Rice soltó un bufido, pero no dijo nada.

En lugar de hacer caso a sus palabras, se concentró en las huellas frescas sobre la tierra.

Basándose en el tamaño y la presión que ejercieron al correr, se trataba de jóvenes adultos a punto de terminar la carrera.

Se fijó en los hilos que se conectaban al dibujo: ambos eran azules, sin ninguna habilidad especial que pudiera sentir.

—¿Son buscapleitos?

—Creo que el que ama buscar pleitos es otro.

Juro que he visto ese dibujo antes.

Era insoportable.

¿No tenía casa a la cual volver?

“Espera…” Algo en su cabeza hizo eco, una idea peligrosa, que podía llevarlo a prisión si no lo hacía bien.

“Podemos matarla y culpar a esos tipos.” —Cállate —susurró.

“No tendremos otra oportunidad como esta.

Ya que eres tan cobarde como para no admitir…” —Que te calles —dijo un poco más alto, solo un poco, lo suficiente para que la voz desapareciera.

—¿Dijiste algo?

—Sí.

Te dije que te largues.

Sarah seguía murmurando para sí misma, ajena a todos los insultos que pudiera soltarle.

—De verdad que no me acuerdo dónde vi ese dibujo, pero fue apenas… —¿No me oíste?

Vete a tu casa.

—¡Ya me acordé!

Era el mismo dibujo que estaba en la limusina de esos asesinos.

Rice se giró a verla con rapidez.

Los recuerdos de ese día pasaron en oleadas por su mente: la gente que bajó del vehículo, la limusina tan blanca y exageradamente lujosa que atrajo la atención de todos y el ojo dibujado en sus puertas.

❯────────────────❮ El salón estaba en penumbra, iluminado solo por hileras de reflectores que lanzaban lenguas de luz intensas sobre el escenario de madera barnizado.

El aire olía a incienso de mirra y salitre, como un recuerdo de mareas antiguas.

Un murmullo de plegarias —afirmaciones emocionadas de gente de todas las edades— recorría el recinto, y cada cuerpo inclinado se mecía en un vaivén casi hipnótico.

Llegó ella: “Madre”.

Su figura iluminada por los reflectores parecía flotar.

Vestía un traje impecable, falda lápiz y americana de sastre, cuellos altos, tejidos que absorbían la luz.

De no ser por su porte excesivamente sereno, cualquiera la habría confundido con una aristócrata recién llegada a un baile.

Pero en su rostro llevaba la máscara que marcaba su poder: un lienzo puro, blanquísimo, sin rasgos, salvo el Ojo de Horus pintado con precisión quirúrgica.

Las líneas superiores ascendían como alas, y en lugar de cejas, unos delgadísimos trazos de pincel evocaban párpados eternos, soñantes.

Alzó los brazos con suavidad para acallar el susurro colectivo.

Y en ese gesto, la sala exhaló alivio.

No había tensión, solo expectación: la certeza de que quien estaba frente a ellos sabía más—mucho más—que cualquiera en el mundo real.

—Bienvenidos —dijo con voz templada, cálida como el mar al amanecer—.

Hoy conocerán el relato primero: la forja del cosmos, el choque de titanes y, sobre todo, el nacimiento del Mar Primigenio.

Un leve temblor recorrió las filas.

Nadie correspondió el saludo con frialdad; al contrario: cada “amén” parecía un juramento.

Aquella mujer no solo se presentaba como guía, sino como la guardiana de un secreto que obligaba a creer.

—Y una vez que terminen de escucharlo, cada uno de ustedes aprenderá a flotar.

Los sonidos de asombro no se hicieron esperar.

En sus filas ni un solo escéptico existía, solo grandes creyentes, que esperaban ansiosos el milagro.

Madre se acercó al atril tallado en coral, y sus dedos, finos y blancos, recorrieron un pergamino manchado de sal.

Con un trazo delicado, describió cómo, antes de la Luz y de la Tierra, existía un océano sin litoral: un vientre sin orillas donde dormitaba la Devoradora de Dioses.

Sus palabras fluyeron como corrientes invisibles, cargadas de promesas y miedo.

Los presentes no alzaron la vista al cielo abierto; en cambio, hundieron sus ojos en aquel relato, como si se sumergieran con ella en el abismo original.

Cada vez que Madre pronunciaba “Devora­do­ra de Dioses”, un estremecimiento corría por la sala.

Era un nombre que ninguna lengua humana debía pronunciar y, sin embargo, allí lo decían en un susurro entusiasta.

Como si rememorar ese horror los hiciera más poderosos.

Alzó la vista un instante, y sus ojos enmascarados parecieron posarse en cada uno: un conocimiento absoluto.

No hablaba de futuro, lo describía como pasado —irrevocable, sellado—, y en esa forma de narrar habitaba la amenaza más profunda: la certeza de que el mundo ya estaba escrito, y ellos asistían a la representación final.

Cuando concluyó el primer acto, un silencio cálido envolvió el recinto, seguido de múltiples aplausos y voces de agradecimiento.

—Madre siempre nos brinda conocimiento—.

Dijo un hombre de 40 años, con lágrimas en los ojos.

—Ella es tan amable—.

Dijo una estudiante de preparatoria, con las manos puestas sobre su pecho.

Madre dejó el atril y desapareció en las cortinas detrás de ella, su máscara brillaba con un matiz espectral.

Tras ella, la gente siguió aplaudiendo y hablando con emoción, hasta que uno de ellos, un estudiantes de gafas de búho y pequeña barba, comenzó a gritar a todos para que lo miraran: estaba flotando, había aprendido a flotar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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