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La canción del dragón - Capítulo 12

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  4. Capítulo 12 - 12 Las mañanas después de una pelea siempre son las peores
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12: Las mañanas después de una pelea siempre son las peores 12: Las mañanas después de una pelea siempre son las peores En una cafetería de San Simón, después de un largo día de trabajo para todos los adultos funcionales de la sociedad, una buena comida y un tarro de cerveza era lo que necesitaban para recuperar su fuerza, al menos Kavi’el y Susana.

Después de casi un mes sin poder verso, por fin pudieron coincidir y reunirse en el bar más cercano.

Susana no dejaba de hablar de su buena suerte en el amor y su boda tan próxima a llegar.

Era una mujer regordeta, con mejillas que parecían dos grandes manzanas, y siempre iba vestida de un modo que resaltaba su ternura rellena.

De solo verla daban ganas de abrazarla, en especial cuando hablaba con tanta emoción de su prometido.

Kavi’el la escuchaba a los medios, perdido en sus propios pensamientos y problemas.

A diferencia de ella, que había encontrado el amor en tan poco tiempo y un trabajo donde podía sacar a la luz sus habilidades de abogada, él no había sido tan afortunado.

Su trabajo era el que siempre espero, un lugar que le impusieron desde los 13 años gracias a su “Milagro” sin libertad de elección.

A él nunca le importó, siempre y cuando lo sacara de la miseria que era su vida en ese momento aceptaría cualquier cosa.

El problema eran sus compañeros.

Se preguntaba cuándo dejarían de darle esas misiones de tan bajo rango para poder ascender.

Llevaba ya dos años atorado en el mismo puesto, siempre haciendo lo mismo.

Nada más que archivar, ordenar y crear cronogramas, como una secretaría y no como un Tlan de verdad.

Y, cuando al fin tenía la oportunidad de ir a una misión de verdad, era en un pueblo lejano, donde Alfas de bajo nivel hacían cosas tan poco peligrosas que una multa bastaba para dejarlo en claro.

Eso, o tener que contenerlos por la fuerza.

—Kavi’el—.

La voz de Susana sonaba muy cerca de su cara, pero él seguía hundido en la botella de cerveza vacía.

—Me estás escuchando?

—Te escucho, claro que te escucho—.

Hablo, apenas sobrio.

—¿A sí?

Haber, repite lo que dije.

Kavi’el levantó la cabeza con tanta rapidez que sobresaltó a Susana.

El tipo tenía las mejillas ruborizadas por tanto beber, y no podía hablar sin un leve hipo.

Aun así, seguía viéndose hermoso.

Su rubor solo resaltaba la belleza de su piel, sus ojos azules tenían un brillo peculiar e inocente que provocaría a cualquier sujeto peligroso, y con ayuda de ese cabello negro haría ruborizar hasta a la persona más fiel.

—Diablos, si que eres un Omega con todas las de la ley—.

Se quejó Susana, empinándose un nuevo vaso.

—No puedo creer que alguien como tú terminará con los Tlan.

—Dímelo a mí— Llevo sus manos a su cabeza, amenazando con arrancarse el cabello de los lados.

—Este trabajo es horrible.

Todo lo que hago es aburrido y sin importancia, soy tan desechable como un papel de baño.

—Yo estaría feliz de poder holgazanear cerca de un poco.

Últimamente estamos tan cargados de trabajo que dormir es un lujo y todo por culpa de esa nueva organización que surgió el año pasado.

—Organización?

¿Algo así como un negocio ilegal?

Por fin Kavi’el se veía interesado en su charla.

—No sé exactamente lo que es, si una secta, una nueva religión, o un grupo criminal.

Solo se que siguen a una tal “Madre” que es como su líder y que muchos de sus seguidores son aún estudiantes.

Los padres no dejan de llegar a mi oficina pidiendome que recupere a sus hijos de esa malvada organización.

—Suena a un caso serio ¿Por qué a ti te tocan cosas interesantes?

—¿Cuál interesante?

Si no sabemos nada de esta organización ¿Cómo voy a conseguir abogados defensores si ni siquiera se contra que vamos a pelear?

No dejaba de llenarse la boca con comida mientras se quejaba, una costumbre que adoptó desde la universidad, cuando los exámenes finales se acercaban.

—Si estaría en el grupo B te ayudaría, pero en el C no tenemos permitido tomar casos ajenos a los que nos encomiendan, ni revisar los archivos.

Kira nos tiene el ojo tan pegado que no puedo respirar sin que ella sepa cuántos segundos desperdicie.

—Por eso te dije que renunciaras.

—Como si eso fuera posible—.

Casi azota las manos en la mesa a causa de su nueva rabieta.

—Soy un Omega ¿lo olvidas?

No puedo negarme al trabajo que me dan, porque Zaihn lo escogió para mí.

—Aún crees en esas tonterías?

Deberías leer un poco más, así no serías tan manipulado.

Susana hablaba como la escéptica que era.

No negaba la existencia de una entidad todopoderosa que surcaba el espacio, sería una tontería teniendo a un Omega como amigo.

Lo que niega es el dogma de la iglesia y sus creencias tan cerradas y anticuadas.

Ella siempre indicó que dedicar su vida al Eterno, sin tener ideas u objetivos propios era una tontería, y ni hablar del tema de no tener parejas para mantenerse fieles al Eterno, casándose con su trabajo y misión divina.

Susana solo podía sentir lástima por su amigo, que le tocó nacer como Omega.

—No lo entenderías, tú eres… —Ya se, ya se, soy humana, jamás entenderé la complicada misión que el creador tiene para nuestro mundo y el sacrificio por un bien mayor.

Me lo has dicho miles de veces.

La mujer actuó como si no le importara, pero su amigo no pudo evitar sentir como se le contraía el estómago.

Él también deseaba que las cosas fueran más fáciles para él como Omega.

Quería relajarse un poco y no sentir la mirada del Eterno sobre él todo tiempo, hasta fantaseaba con algún día ser lo suficientemente valiente y tener un romance secreto, igual que en los libros de fantasía Omegaverse que tan populares se habían vuelto.

Un bonito cuento de hadas, eso eran.

Aunque a veces era bueno fantasear con que eso sería real algún día.

La pantalla de su celular brillará con un nuevo mensaje.

Su compañero del trabajo le indicaba que tenían un nuevo trabajo en el pueblo de Matusalem.

Porque los ciudadanos no dejaban de quejarse de Alfas que hacían estragos en el lugar y de múltiples ataques por el cartel criminal que los estaba dominando.

Lo que faltaba, debía ir a un pueblo que estaba a más de 13 horas de camino para arrestar y multar a Alfas problemáticos.

Por lo menos había criminales de verdad, si lograba capturarlos tendrían que darle algunos puntos de desempeño.

—Me tengo que ir.

Se levantó de la mesa y dejó su parte del dinero.

—¿Tan pronto?

—Me surgió trabajo.

—Pero, ¡Si acabas de salir de trabajar!

Se despidió a señas de su vieja amiga, ignorando sus gritos de desacuerdo por lo sobreexplotadora que era su jefa.

Kavi’el agradecía que Victoria no la estuviera escuchando, o dejaría de quejarse para siempre.

En ese momento tenía trabajo que hacer, pero le prometió llegar a tiempo para su boda, solo debía cuidar que no lo asesinaran.

❯────────────────❮ Las mañanas, en teoría, están hechas para descansar.

O para lamentarse en silencio de la vida rutinaria, esa donde los monstruos no tienen colmillos, sino nombres como “responsabilidad” y “arrepentimiento”.

Lorena solía recibirlas en soledad, con un cigarro en la mano y una taza de café como desayuno miserable.

La miseria era bienvenida: necesitaba algo con lo que castigarse antes de ponerse el uniforme e ir a clases.

Pero esa mañana, ni siquiera podía saborear su propio castigo.

El ruido había llegado a su puerta.

Terminó de un trago la segunda taza cargada, todavía con el ácido del alcohol de anoche quemándole la garganta.

Todo por culpa de aquel mensaje de su jefe: dos compañeros llegarían hoy para iniciar la segunda fase del plan.

Esperaba que fuera una mañana tranquila.

Ir a la escuela, almorzar con Kon, regresar juntos hasta la entrada de su calle —porque más allá no podía permitirle pasar, no podía revelar que vivía sola—.

Pero esos dos en su puerta, con sus sonrisas idénticas, habían destruido cualquier intento de normalidad.

Dos imbéciles con aspecto peculiar, sonrisas perpetuas, un collar de luces pegado a su piel y la incomodidad de quien nunca pide permiso.

¿Qué onda con las trenzas?

—preguntó el chico, inclinándose hacia ella—.

Me recuerdan a las cuerdas de las campanas.

¿También las puedo jalar?

Ethan y Lucy.

Los gemelos desastre.

Cazadores número seis y número siete.

Allí donde iban, el caos era la comitiva que los precedía.

Y si estaban en su puerta, era porque el emperador Einar lo había ordenado.

— ¿Qué hacen aquí?

—Lorena no se movió, bloqueando la entrada.

—¿No sabes leer, tonta?

—dijo Lucy, enseñándole otra vez la pantalla de su teléfono.

Lorena apartó el aparato de un manotazo.

Claro que lo había leído.

Lo había temido desde el mes pasado, cuando se confirmó que la descendencia del Dragón Azul seguía con vida.

Lo que no esperaba era que Madre reaccionara tan rápido, ofreciendo la recompensa en UmbraNet.

—Tenemos órdenes de matarlo antes de que cualquier mercenario lo atrape y lo entregue a Madre —dijo Ethan con calma—.

Órdenes directas del Emperador.

Lorena presionó con fuerza la manilla de la puerta.

—¿No hay otra forma?

—No podemos matar a Madre.

Y tú tienes cita con él hoy, ¿no?

—¿Quién les dijo…?

—Soleil —interrumpió Ethan—.

Vendrá después.

Quiere que el trabajo esté hecho para entonces.

Lucy, aburrida de esperar, la empujó y se metió en la casa como si fuera suya.

Ethan la siguió, no sin darle también un empellón a Lorena.

El estruendo que provocaban allí dentro era nada comparado con el que le destrozaba las entrañas.

El día había llegado: la orden era matar a Kon.

Un mes entero para prepararse mentalmente y, aun así, el peso la aplastaba.

No importaba lo que hiciera: Kon la odiaría igual.

En cuanto descubriera la verdad, lo perdería para siempre.

Aun así, quería —necesitaba— una oportunidad de explicarse.

—¡Oye, tonta!

¿Qué hay de comer?

—gritó Lucy desde la cocina.

El saqueo terminó en decepción: vegetales marchitos, botellas de agua y nada más.

Ethan la regañó tirándole del cabello, mientras Lorena apretaba los labios y ponía a trabajar el cerebro a toda velocidad.

No debía olvidar quiénes eran.

Un desastre, sí, pero también de la especie más peligrosa del planeta.

Años sirviendo al Emperador los habían hecho tan letales como incontrolables.

— ¿Tienen un plan?

—preguntó, fingiendo desinterés, aunque su voz temblaba bajo el disfraz.

Los gemelos se miraron y sonrieron de forma idéntica, tan cruel que la piel de Lorena se erizó.

—¿Te gustan las aves?

—dijo Lucía.

Lorena iba a contestar con una de sus réplicas mordaces, pero su teléfono vibró.

Era el mensaje de siempre: Kon ya la esperaba en la avenida para ir juntos a clases.

—¡No puede ser!

Voy tarde —dijo en voz alta, con un sobresalto real.

—Déjanos ir contigo —pidió Ethan.

Tuvo que morderse la lengua para no gritarles un “¡Ni locos!”.

Si los llevaba, estarían demasiado cerca de Kon.

¿Pensaban matarlo ya, en pleno camino a la escuela?

—Debemos conocer el área antes de lanzar el ataque —explicó Ethan, ajustándose unas gafas que había sacado de quién sabe dónde—.

Es lo que hacen los profesionales.

Lorena respiró hondo.

No podía detenerlos sin delatarse, pero podía ganar tiempo.

—Salgan después de mí o levantarán sospechas entre los Alfas.

¿Quedó claro?

—Seguro —respondió Ethan.

—Y no actúen sin decirme el plan antes.

Si lo arruinan, Madre los pedazos harás.

—Como ordene la jefa —ironizó Lucy, con una reverencia falsa.

Lorena salió a toda prisa, intentando ensayar en su mente la naturalidad que tendría que fingir frente a Kon.

Lo sabía desde el inicio: ese día llegaría.

Era cazadora, seleccionada para vigilar al Dragón Azul.

Lo que nunca imaginó era que el dragón sería su propio novio de preparatoria.

¿Qué clase de broma cruel era esa?

¿Qué castigo por haber jugado a ser un adolescente normal?

Porque sí: había querido ser normal.

Y ahora todo podía salir mal.

No, no tenía por qué ser tan pesimista.

Todo estaría bien.

Era lo suficientemente astuta para salir del problema si alguien sospechaba de ella.

Además, siempre quedó la carta del señor Ares: si la vida de su hijo corría peligro, podría aparecer en cualquier momento.

Por lo que había escuchado de Soleil, aquel Alfa no tenía nada; incluso sería capaz de plantarse frente al mismísimo Eduard Drum —el héroe del mundo— si lo veía necesario.

—Qué nervios… —susurró Lorena, sintiendo que las piernas le temblaban más a cada paso hacia el edificio escolar.

A su lado, Kon caminaba en silencio, con el ceño fruncido y la mirada perdida.

La pelea con Rice, el ataque en la ciudad y la visita al hospital se le amontonaban en la cabeza.

Pero había algo peor: el vacío en su memoria después de que la doctora Henry lo dejó ir.

Como un tramo arrancado de su vida.

Si aquello no cambiaba pronto, tendría que recurrir a su abuelo para revisar su memoria.

—¿Estás bien?

—la voz era grave, masculina, inesperada.

Kon levantó la vista justo antes de estrellarse contra un estudiante más alto que él.

Cabello negro, liso, cayendo hasta la mandíbula; ojos oscuros y huidizos; un lunar bajo los labios.

En ambas orejas, una constelación de piercings que lo hacían parecer más filo que carne.

—¡Oye, archivero!

Qué coincidencia.

—Sarah apareció detrás del desconocido.

El corazón de Kon casi se detuvo.

¿Qué hacía Sarah ahí, en ese momento?

—¿Vas a la escuela?

—ella excitante, ignorando la tensión que flotaba en el aire—.

Quien diría que vamos en la misma dirección… Bueno, es la única preparatoria del pueblo.

Al notar su falta de cortesía, se apresuró a presentarlos: —¿Ya conoces a Morgart?

Es un familiar lejano que se queda en mi casa.

Morgart, este es Kon.

—Un gusto.

—el chico saludó con una media sonrisa.

Kon aspiró hondo, activando su Ihí.

El instinto lo empujó a comprobar su hilo de vida.

¿Un asesino?

La idea lo atravesó de golpe, pero la descartó enseguida al ver el hilo azul.

Peligroso o no, frente a él solo había un estudiante con aires raros y un collar de luces extrañas pegado al cuello.

— ¿Qué haces aquí?

—la voz de Lorena lo sacó de sus pensamientos.

No se refería a Kon, sino al recién llegado.

La reacción fue inmediata: en su rostro apareció una incomodidad apenas disfrazada, mientras Morgart, en contraste, le regalaba una sonrisa afilada.

—¿Se conocen?

—preguntó Sarah, empeñada en no dejar escapar la conversación.

-Si.

Es mi novia —respondió Morgart con naturalidad.

El mundo de Kon se congeló.

“¿¡QUÉ CARAJOS!?” El grito interno casi le rompe los tímpanos.

Lorena, por su parte, sintió que el corazón se le escapaba del pecho.

Lo había hecho a propósito.

Esa sonrisa maliciosa lo confirmaba: se estaba diviriendo con su mentira.

Si quisieran salvar el plan, tendría que seguirle el juego.

—¡No le hagas caso!

—se apresuró a explicar—.

Es un amigo muy bromista, nada más.

Jamás lo vi de otra forma… —No te ves bien —interrumpió Morgart, hundiendo el filo de su voz en medio de la excusa—.

¿Quieres que te lleve a la enfermería?

—E-estoy bien.

—Kon buscó con la mirada una ruta de escape, cualquier salida rápida.

Sarah guardó silencio, observando con curiosidad, como si no quisiera perderse un solo detalle.

—Ya veo.

—Morgart sonriendo de nuevo, pero esta vez su gesto parecía más una amenaza disfrazada—.

¿Me deja pasar?

No quisiera empujarte.

—Claro… —Kon se apartó con torpeza, consciente de lo ridículo que debía verse bloqueando el paso—.

Lo siento.

Morgart se despidió con calma, prometiendo que se verían después.

Sarah juró lo mismo antes de alejarse tras él.

Lorena, mientras tanto, buscaba desesperada una explicación que pudiera calmar a Kon.

Una mentira rápida, convincente, que logrará borrar el veneno que Morgart acababa de inyectar con unas pocas palabras.

❯────────────────❮ Todo estaba mal.

Muy mal.

El ojo dibujado en su casa no había sido más que el inicio: esa misma noche un grupo de estudiantes desquiciados lo emboscó, repitiendo sin descanso “Mesías de Madre”.

Ya era oficial: lo habían confundido con Kon.

Eso significaba que no eran mercenarios de Cristofer ni tampoco de los Setas.

Pero entonces ¿quién demonios era esa “Madre”?

¿Un jefe de cartel?

¿La madre literal de alguien con delirios de grandeza?

Pensar demasiado en eso iba a dejarlo canoso antes de tiempo.

—Rice, deja de darle vueltas y concéntrate aquí.

—La voz de Jenifer lo arrancó de su espiral de ideas.

Sonrió para la cámara justo a tiempo; ella levantó el celular, tomó la selfie y la revisó satisfecha—.

No eres ni un poco fotogénico, cariño.

Aun así, la subió a sus redes sociales, donde sus seguidores ya pasaban de mil.

—Escuché que entraron chicos nuevos a la escuela.

¿A mitad de año?

Ridículo… —se acomodó un mechón como si hablara de moda y no de personas—.

Pero dicen que son extranjeros.

¿Serán más fuertes que tú?

Porque si uno me coquetea, tendrás que pelear por mí.

Jenifer parecía salida de un anuncio: radiante, segura, dueña de cada espacio que pisaba.

No era solo la belleza —que la hacía brillar como una celebridad—, también sus logros y su actitud de abeja reina la mantenían en la cima.

Amada por los chicos, respetada (y temida) por las chicas, envidiada por algunos, los profesores la veían como un caso de éxito inevitable.

Y claro, su novio no podía ser menos: Rice, el más fuerte y atractivo de la escuela.

Aunque su relación con él era más fachada que romance, interpretaba el papel de novia cariñosa con la precisión de una actriz.

—Tu cara empeora cada día.

¿Has dormido bien?

—preguntó sin despegar los ojos del celular.

—Y una mierda.

—Rice aprovechó para desahogarse antes de que entrara el profesor—.

Ayer me atacaron unos fanáticos religiosos.

—Al menos no te golpearon la cara.

Ese era el beneficio de tenerla como novia: podía hablar sin filtros, quejarse cuanto quisiera.

Total, ella rara vez le prestaba atención.

—Son fastidiosos en grupo —continuó—.

No saben pelear, así que atacan a lo loco, sin medir las consecuencias.

—¿No será la pandilla de mi ex?

—comentó ella, distraída.

Como chica hermosa y popular, Jenifer acumulaba pretendientes, pero ninguno había estado a su altura.

¿De qué servían a los chicos lindos si no podían protegerla?

Con Rice había sido distinto: para ella, tenerlo era como ganar la lotería.

—Es problema mío.

—el moreno lo zanjó, pero de inmediato una idea le cruzó la mente.

Se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio personal hasta que su boca quedó casi pegada a su oído.

—Es hora de que me pagues mis servicios.

Ese tono bastó para que Jenifer dejara el teléfono en el pupitre y le prestara toda su atención.

—¿Qué quieres?

Rice sacó del bolsillo una hoja arrugada.

Allí había garabateado el mismo ojo que habían pintado en su pared.

—Tienes contactos.

¿Crees que alguno pueda reconocer este símbolo?

Necesito saber qué significa, a quién pertenece y… cuál es su misión.

Jenifer lo miró, primero al dibujo, luego a él.

—¿Me tomas por tu informante privado?

—Por favor, Jeny… Ella lo interrumpió levantando la mano con calma.

—No digo que no lo haré.

Digo que te va a costar.

— ¿Entonces puedes conseguirlo?

—Ya lo estoy pidiendo.

—Tecleaba con rapidez en su celular, sin molestarse en mirar al profesor que entraba al aula—.

Puede que tenga la respuesta hoy mismo.

Tenía a todos comiendo de su mano.

Por algo era la chica más popular de la escuela.

En ese momento, el profesor de educación física entró sonriendo para dar la noticia que pocos esperaban: —La clase se cancela.

Hoy vamos a la cancha.

❯────────────────❮ —Era demasiado bueno para ser cierto —murmuró Kon con resignación.

Apenas eran las nueve de la mañana y ya se sentía agotado mentalmente—.

¿Por qué educación física tiene que ser a primera hora?

—Así es mejor —respondió Sarah, estirándose desde su lugar—.

Te mantienes despierto el resto del día… y listo para ataques sorpresa.

— ¿Qué rayos haces tú aquí?

Ni siquiera eres estudiante.

—Estoy aquí para darle apoyo a Morgart.

—Sonrió amplia, sin dejar de calentar—.

Aunque dudo que necesites mi ayuda.

Kon siguió la dirección de su mirada.

Desde la presentación en la primera hora, Morgart no se había despegado de Lorena, como si fueran amigos de toda la vida.

A ella, en cambio, se le notaba la molestia en cada gesto.

¿Debería intervenir?

El problema era que no sabía cómo reaccionar.

¿Qué se supone que debe hacer un novio en una situación así?

Si de verdad eran viejos conocidos, no tenía derecho a meterse… pero ¿y si aquella “broma” de antes no había sido tal broma?

Además, qué fastidio que Morgart fuera tan guapo.

—¿Por qué no haces algo si tanto te molesta?

—preguntó Sarah, detectando su incomodidad.

—No sé… si me molesta tanto —balbuceó Kon, sin despegar la vista de ellos.

La respuesta despertó la curiosidad de la mulata.

—No me digas que es tu novia.

—¿No se nota?

Hubo un silencio extraño.

De repente, Sarah se llevó las manos a la cabeza.

—¡¿Por qué tengo tan mala suerte con los chicos que me gustan?!

Kon tardó en procesarlo.

Cuando por fin lo entendió, su cara se volvió un tomate.

—¡O sea que tus intenciones conmigo eran esas desde el principio!?

—¡Ay, por favor!

—Sarah también estaba colorada—.

Nadie puede ser tan tonto.

—¿Es que hoy en día alguien no puede ser amable solo porque sí?

Mientras discutían, Rice los observaba desde el otro lado de la cancha, junto a sus amigos.

Ignoraba las bromas sobre su cabello, contestando lo justo para no levantar sospechas.

Kon lucía mejor que el día de su pelea, aunque esa mejora se la debía a Sarah.

Antes de verla en la cancha, parecía tan decaído que apenas podía arrastrar los pies.

—¡Atención!

—la voz del profesor de educación física tronó en el lugar.

Un hombre alto y musculoso, sudoroso hasta en reposo, con una venda en la cabeza que alguna vez fue blanca.

—Comenzaremos con cincuenta metros.

Una carrera amistosa: ¡Rice, Kon y la chica junto a Kon, a la pista!

—¿Solo cincuenta?

—murmuró Sarah a Kon—.

Qué poco.

— ¿Poco?

Eso es más que suficiente para empezar la tortura.

Los tres se posicionaron.

Desde las gradas, Lorena deseó suerte a Kon, mientras Morgart sonreía con esa cortesía sospechosamente atenta que a Kon le ponía los nervios de punta.

—El profe anda de malas —susurró Kon—.

Siempre que está así nos manda a Rice, a mí ya otro pobre diablo las peores pruebas.

Es su manera de desquitarse.

No era exageración.

El hombre llevaba cuarenta años sin novia; todas huían de él y de su fanatismo deportivo.

Acomplejado por su falta de atractivo, descargaba su frustración humillando a los alumnos más guapos.

Rice se colocó en la línea opuesta a Sarah.

Apenas se miraron, pero ambos eran muy conscientes de la presencia del otro.

La tensión venía arrastrada desde lo ocurrido en casa de Kon.

El silbato sonó.

Dos ráfagas de viento atravesaron la cancha.

Rice y Sarah arrancaron con todo, empujándose hombro con hombro.

En segundos cruzaron la meta al mismo tiempo, dejando a todos boquiabiertos.

El profesor, incapaz de decidir quién había ganado, se sintió más bien que había sido derrotado como atleta y como maestro.

—Eso fue patético —bufó Rice.

—Tu abuela piensa lo mismo de ti, ¿la ves quejándose?

—replicó Sarah entre dientes.

Kon llegó doce segundos después, justo un tiempo para que el profesor se burlara de su “lamentable condición física”.

El resto de la clase fue igual: Rice y Sarah humillaron récord tras récord.

En salto de altura alcanzaron cinco metros.

En fuerza, desplegaron artes marciales frente a todos.

En cuerda, la fricción fue tanta que la soga terminó quemada.

Jenifer estaba fascinada.

Nada mejor que ver a su novio brillar delante de todos.

El profesor, en cambio, se hundía cada vez más en la frustración.

Verso superado por un par de críticos era una herida mortal a su orgullo.

Y eligió un blanco para desquitarse: Kon.

Lo obligó a hacer todas las pruebas con él, solo para humillarlo.

En salto de altura, tropezó con la barra puesta a apenas un metro.

En fuerza, casi se rompe un brazo cuando la bola le cayó encima.

En cuerda, terminó con las piernas enredadas y la cara mordiendo tierra.

—¡Profesor!

—Rice y Sarah protestaron al unísono—.

¡Ponga otra prueba!

La clase se había vuelto un espectáculo de empate constante.

—¡Que les den, hijos de puta!

—gritó Kon desde el suelo, con calambres en todo el cuerpo—.

¡He tenido que lidiar con este maestro loco toda la hora por su culpa!

El profesor lo levantó de un manotazo.

Su aliento a sudor y el bigote mal recortado casi lo hicieron desmayar.

—Me llamas loco, cara bonita?

—Nunca dije eso —Kon no se intimidó; más bien se sintió como una chica acosada por un viejo verde—.

¿Puedes bajarme?

Agredir a los alumnos es ilegal.

—Antes no lo era.

—El artículo 21 dice que los adolescentes tienen derecho a ser protegidos contra cualquier forma de maltrato… —recitó Kon con firmeza.

—¡Deja de hablar así, me cabreas!

—¡Bájelo ya!

—intervino Lorena, furiosa—.

No tiene derecho a lastimarlo.

El hombre lo soltó con los dientes apretados.

Antes de dejarlo ir, lo amenazó con reprobarlo si volvía a “ponerse presuntuoso”.

El día triste se acercaba y todos los alumnos debían ayudar con la decoración de la escuela.

Quieren ofrecer un buen homenaje y una obra que retratará como fueron los hechos de esa época.

Para eso la directora pidió que todos se quedaran una hora después de clases arreglando los escenarios y la comida.

Para ser justo el profesor de educación física fue quien los juntó en equipos de tres, por ser quien mejor conocía las capacidades de todos los alumnos de la escuela.

Kon no entendió la risilla diabólica que le lanzó hasta que lo emparejo con, según él, era su contraparte ideal.

—¡Quién lo diría!—.

Sarah se encontraba bastante feliz de haber sido incluida en el festejo.

—Me toco con puro chico guapo.

—Será divertido trabajar con ustedes—.

Dijo Morgart, sin perder esa pequeña sonrisa, toda esa situación le parecía divertida.

—Aunque tú no deberías estar aquí.

—Vine a darte apoyo.

Kon quería que se lo tragara la tierra.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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