La canción del dragón - Capítulo 13
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
13: Tenis color rosa 13: Tenis color rosa Menuda ironía del destino.
¿Por qué, entre todas las personas existentes, tenía que tocarle trabajar justo con el chico que coqueteaba con su novia?
Por lo menos Lorena no estaba en su equipo.
A ella le había tocado con Jennifer y otro compañero cuyo nombre Kon ni siquiera recordaba.
—Y ¿cómo es la vida en Ultar?
—preguntó Sarah, caminando a su lado con la misma energía de siempre—.
Te ves más acabado que antes, así que supongo que muy dura.
Kon apenas podía ver por encima de las cajas que le habían encasquetado.
El maestro lo había cargado con pompones, telas y decoraciones para los salones, tantas que parecía una muralla ambulante.
—Por eso regresó a Matusalem —respondió Morgart con naturalidad—.
Aquí, al menos, estoy cerca de la familia.
—¿Te encontraste con Caelan?
—Sarah ladeó la cabeza, curiosa—.
Me dijo que iría a Ultar por trabajo.
—Lo saludé, pero creo que no me reconoció.
Tenía demasiadas cosas en la cabeza.
Kon los escuchaba desde detrás de esa barrera de cartón y papel, como si estuviera espiando una escena ajena.
Caminaban sin preocupaciones, riéndose entre ellos, ignorando por completo sus responsabilidades mientras él cargaba todo en silencio.
En ese momento se sintió como un burro de carga.
Y, aun así, lo agradecía: no se veía capaz de hablarle a Sarah después del espectáculo ridículo que había dado esa mañana en educación física.
Había fallado en todo.
En todo.
—Si estaba frustrado con algo, debía decírmelo —comentó Sarah de pronto, frunciendo el ceño.
Kon desvió un poco la mirada hacia ella.
Era la primera vez que la veía con esa expresión.
Siempre sonreía, siempre parecía tener un chiste o una palabra amable lista en los labios.
Pero ahí estaba, molestando de verdad por una nimiedad.
Y, de alguna manera, eso le resultaba refrescante.
❯────────────────❮ —¡Mi nombre es Ethan Leroux!
—la voz de un chico de cabello blanco como la nieve y ojoss amarillos brillantes resonó en el salón—.
Tengo 16 años y estoy en el primer año.
—¡Y yo soy Lucy Leroux!
—otra voz, más aguda y dominante, le pisó la presentación.
Su dueña tenía un largo cabello castaño y los mismos ojos dorados, marcados en un rostro de facciones afiladas y una nariz orgullosa—.
También tengo 16 años y también voy en primer año.
Pero yo soy un cargo de todo, ¿oíste?
Así que harás lo que yo diga.
Rice enumeró en su mente los pecados cometidos en sus dieciséis años de vida, buscando cuál estaba pagando en ese instante.
No le interesaba conocer gente nueva, mucho menos si lucían tan insoportables como esos dos.
—Su Edranico1 es horrible.
¿Acaban de llegar a Xictli?
—su mal humor era más fuerte que la máscara de amabilidad que solía usar.
—Eh… algo así —contestó Ethan, el albino—.
¿No se entiende?
Un amigo de aquí nos enseñó.
—Se entiende demasiado.
Y más les vale tener cuidado: ya llaman la atención con esa cara de extranjeros, no den más motivos para que los molesten.
— ¿Molestarnos?
—Ethan parecía genuinamente sorprendido, aunque sin un ápice de lástima en su tono, solo curiosidad—.
¿A las chicas de aquí no les gustan los forasteros?
—Tener ojos de color no garantiza nada.
El comentario le borró la emoción del rostro.
Su expresión pasó a una de auténtico horror, como si no hubieran hablado de mujeres sino de la muerte misma.
Algo había muerto en él en ese instante.
—¡No puede ser!
¿Cómo conseguiré novia, entonces?
—Ese no es mi problema.
—Rice recogió las cajas del suelo; Tenían que decorar los salones del piso de enfrente, lo que significaba varias vueltas.
—Levanten eso y síganme.
—¡Silencio mortal!
—Lucy le soltó un golpe seco en la cabeza.
Pegaba tan fuerte como un hombre—.
No eres más que una cara bonita.
¿Quién dijo que podías dar órdenes?
Arroz suspendido.
¿Delirios de grandeza?
Ese profesor pervertido debía ser un genio del sadismo para emparejarlo con estos dos.
—El profesor ya nos dijo dónde nos toca —replicó, como quien habla con niños de primaria.
—¡Al carajo el profesor!
Yo soy la jefa aquí, y vamos a donde yo diga.
—La voz rasposa de la chica grababa a una alcohólica de cantina, sin rastro de ternura ni elegancia.
— ¿Cómo vas a decir a dónde vamos?
Ni conocemos la escuela.
—¡Al menos yo si se donde queda el baño!
Por alguna razón, la chica estaba muy orgullosa de eso.
—Controla a tu novia, por favor.
Ambos hicieron una mueca de asco.
—¡Ni en sueños!
—Ethan se apresuró a negar aquella “barbaridad”—.
Es mi hermana gemela.
—Gemela de donde?
Ni siquiera se parece.
—Ni él mismo sabía por qué seguía conversando con semejantes especímenes.
Los ignoró y avanzó con grandes zancadas hacia el aula que les habían asignado.
Si la chica quería mandar y el albino seguir con sus argumentos idiotas, que lo hicieran; él se concentraría en terminar el trabajo lo más rápido posible.
—Mi novia será alguien mucho más hermosa que este adefesio que me sigue —provocó Ethan.
—¡Cállate, alcornoque!
Rice continuó con su labor, colocando flores de papel crepé en las puertas siguiendo los colores de la bandera.
—¡Y menos grosera!
No me gustan las mujeres que desayunan vómito.
La imagen mental era suficiente para revolverle el estómago.
—¡Ese fuiste tú, no yo, bobalicón!
—¡Me abrió la boca a la fuerza y me lo descargaron todo!
Lucy soltó una carcajada que sonaba aún más molesta que sus gritos.
“ Dios… qué asco ”, pensó Rice.
El universo estaba cobrándole todas las malas pasadas juntas.
—Quiero matarlos —susurró entre dientes, dejando que la imaginación lo llevara.
“ Por fin estamos de acuerdo ”, resonó su otra voz, apresurada.
” Sugiero tirarlos por las escaleras.
A la chica, reventarle la cabeza con un martillo “.
—¿Qué tal en el monte?
—murmuró Rice, siguiendo el juego.
Imaginó lo fácil que sería convencerlos de ir al monte detrás de la escuela: con ese calor, los cuerpos se secarían rápido y los insectos harían el resto.
Al no tener amigos todavía, nadie los echaría demasiado de menos.
—Puedo oírte, asqueroso mortal —la voz de Lucy lo sacó en seco de su fantasía homicida.
Eso era lo que más lo perturbaba.
¿Por qué seguía llamándolo “mortal”?
Antes de escucharlos siquiera hablar, había intentado rastrear sus hilos… y no encontró ninguno.
Entre cientos de alumnos en la cancha, los Leroux no tenían hilo que los uniera a la nuca.
Prueba suficiente para meterlos en su lista negra.
“Es un engaño.
Una fachada para que baje la guardia.
Su objetivo es Kon, y quieren que los lleve directo a él.” Sus músculos se tensaban, analizando respiraciones y gestos; cada detalle le sugería movimientos peligrosos, imposibles, como los que usan los asesinos profesionales o incluso demonios.
“Si tengo razón… estaré en serios problemas.” Entonces Ethan habló con la misma naturalidad que un niño pidiendo dulces: —Quiero ver a Sarah.
—Las palabras congelaron la sangre de Rice.
El albino sonrió, ladeando los labios en un gesto perturbador—.
Extraño su aroma… quiero que me dé de comer, que me seque el cabello.
¿Por qué no nos tocó estar con ella?
Se escuchaba tan lamentable, igual a un niño que pide por su madre, a excepción de esa sonrisa pervertida que surcaban sus labios.
—¿Crees que si hago las cosas bien ella me dará una recompensa?
—preguntó Ethan a su hermana, con un brillo emocionado en los ojos que contrastaba con su actitud de hace un instante—.
Trabajaremos juntos, estaré a su lado y ella me mimará como la primera vez.
¿Mimar?
Así que Sarah conocía a esos lunáticos.
No le sorprendía: estaba tan loca como ellos.
Bien dicen que cada tribu atrae a los suyos.
La voz de su madre comenzó a susurrarle al oído, esta vez más fuerte.
“Nada más que un utensilio.
Un adorno para presumir en un estante de cristal.” Sacudió la cabeza, intentando acallar esos comentarios que parecían surgir de la nada.
Pero los ataques regresaron, más crueles que antes.
“Hasta un tipo odioso como él es más querido que tú.
¿Cómo es que Sanae te tolera?
Incluso Kon se cansó de ti y te mandó al diablo.” —Cállate… —susurró para sí mismo.
“Siempre lo arruinas todo.
Nada sale como esperas.
¿No es eso una señal?
Si todo fracasa, es porque deberías dejar de intentarlo.” —Cállate.
Ethan, que hasta entonces hablaba maravillas del cabello de Sarah, se distrajo al escuchar lo que Rice murmuraba con tanta intensidad.
—¿Qué dijiste?
“Supongo que es un castigo de los dioses por proteger a alguien que no sea Kon.” —Cállate —repitió, más fuerte.
La voz de su madre se elevó en su mente con furia—.
Yo nunca falté a mi palabra… ni siquiera esa vez.
Ethan y Lucy lo observaban con la boca entreabierta, inclinando la cabeza como si intentaran descifrar a quién le hablaba.
Al cruzar miradas, confirmaron que ninguno entendía nada.
—Oye —insistió el albino—, ¿andas bien?
Luces como si te hubieran pateado los huevos.
De golpe, Rice enderezó la espalda.
Los murmullos cesaron y sus ojos desorbitados recuperaron un brillo frío, hostil.
Ethan notó aquella mirada cargada de peligro, aunque no logró adivinar si iba contra él o contra su hermana.
—¿Quieres cagar?
—dijo al fin, después de pensarlo demasiado—.
Tienes cara de que quieres cagar.
El baño de hombres está abajo, así que corre.
Para su sorpresa, una sonrisa se dibujó en el rostro de Rice.
Por primera vez, Lucy lo encontró encantador.
A Ethan, en cambio, le revolvió el estómago: odiaba a los chicos guapos, y con Rice a su lado las mujeres no se molestarían en mirarlo.
—Acompáñame —ordenó Rice, señalando al albino—.
Tú solo.
—¿A dónde vamos?
—Olvidé algo en la bodega.
Necesito que me ayudes a sacarlo.
—¡Ni lo pienses!
—Ethan retrocedió un paso—.
Conozco ese truco: lo usan todos los adolescentes antes de declararse.
—Su tono volvió a sonar animado, aunque era puro enojo—.
Lo siento, pero ni loco beso a un chico.
Cómo deseaba matarlo.
—Me das asco, así que camina —escupió Rice, girándose sin esperar respuesta—.
Y claro que no lo haré.
Ethan frunció el ceño, pero lo siguió con paso pesado.
—Si actúas raro, te voy a golpear.
—Ja, lo que digas.
—Rice lo guio hacia el pasillo, mientras Lucy se quedaba atrás decorando.
❯────────────────❮ El sol de primavera le golpeaba la cara sin piedad.
¿Cuál era la diferencia en Matusalem?
A veces la primavera era más sofocante que el verano, y odiaba comprobarlo con su rostro chamuscado por los rayos UV.
No era el único hombre en el equipo, y sin embargo era el único subido a la escalera, colgando serpentinas como el profesor había “específicamente” ordenado.
Si no lo hacía, le negarían todos los créditos de la materia.
Cuando colocó la cuarta serpentina, bajó la mirada.
Allí estaban Sarah y Lorena, conversando con una naturalidad envidiable con Morgart.
De Sarah lo esperaba, era un perico andante.
Pero… ¿Lorena?
Siempre pensó que era una chica reservada.
“Es mi novia.” El problema eran esas palabras.
Golpeaban en su mente como un martillo.
Las preguntas, las sospechas, se arremolinaban cada vez con más fuerza.
Estaba convencido de que el interés que Lorena mostró al principio ya se había desvanecido.
Al lado de alguien como Morgart —el chico genial, carismático y atlético—, ¿Qué podía ofrecerle él?
¿Sus citas aburridas?
¿Su rutina?
Lo sabía.
Se notaba en su actitud: distante, desganada, nada amorosa.
Ya podía adivinar cada respuesta que le daría sin temor a equivocarse.
No quedaba nada que pudiera sorprenderla.
Su conocimiento en leyes no bastaba.
Su relación estaba muriendo… apenas seis meses después de empezar.
Y lo peor es que era consciente de lo que era: un sujeto aburrido.
Uno de esos que leen el periódico todas las mañanas antes de ir a clases, que trabajan sin cometer errores por miedo a ser despedidos, que nunca se arriesgan.
Uno que cada noche prepara la misma cantidad de agua para el mismo té insípido y pone la tele en el mismo programa repetido.
A él le gustaba esa vida tranquila, lejos de la locura Alfa de su sangre y de su familia.
Pero ¿era tan monótono que resultaba un ahuyentador de mujeres?
¿Era tan gris que, sin llegar a un año, ya buscaban un reemplazo a su lado?
¡No!
La que estaba mal era ella.
¿No tenía en cuenta sus sentimientos?
¿Cómo podía hablar con Morgart justo delante de él?
¡Delante o debajo, lo mismo daba!
—¿No piensan ayudarme?
—preguntó, mostrando la cara más molesta que pudo.
—Ya estoy sujetando la escalera —respondió Sarah, como si fuera obvio.
—Podrías hacerlo mejor.
—Lo hago.
¿Cuántas escaleras crees que he sostenido en mi vida?
Soy toda una experta.
Morgart soltó una risita ante el chiste flojo, y la irritación de Kon se multiplicó.
Lorena, en cambio, permaneció en silencio.
Ni siquiera lo miró.
—Claro, tienes mucha experiencia… sobre todo robando libros sin pagarlos.
Él también sabía divertirse.
Se regocijó viendo cómo el rostro pecoso de Sarah se crispaba, intentando mantener la compostura frente a Morgart sin saber cómo justificarse.
Y hablando de Morgart… cada vez le producía más escalofríos.
¿Cómo podía alguien con esa cara de anuncio barato ser el favorito de un profesor de educación física?
—¿Qué escándalo es este?
—la voz del profesor apareció de la nada, como si invocarlo en su mente fuera suficiente.
Observó el trabajo incompleto y luego a Kon en lo alto de la escalera.
La sonrisa que le dirigió fue tan falsa como obvia—.
¿Eso es todo lo que han hecho?
¡Una hora y apenas avanzan en la cancha principal!
¿Así quieren que los apruebe?
Su rendimiento físico es deplorable.
¡Kon, si no terminas en quince minutos, ni sueñes con ver tu nombre en la lista!
—Eso es abuso de poder —replicó Kon, conteniendo la furia—.
Es imposible hacerlo en quince minutos.
—Morgart puede hacerlo sin problema.
¿No es así?
—Claro, puedo intentarlo —respondió él, tan seguro de sí mismo como siempre.
Kon apretó los dientes.
En silencio deseó que se subiera a la escalera solo para caerse, o que alguna lámpara se desprendiera del techo y le cerrara de una vez esa boca presumida.
❯────────────────❮ En la bodega de la cancha, donde se apilaban los materiales deportivos, unas gotas de sangre mancharon el suelo polvoriento.
El eco del golpe contra la carne rebotaba en las paredes, mezclándose con los quejidos de sorpresa que Ethan soltó cuando el puño de Rice se estrelló contra su mejilla.
Con los dos primeros golpes sintió los dientes aflojarse.
En el tercero, la sangre le brotó por la nariz.
Rice no se detuvo.
Hundió el puño en su estómago y le arrancó el aire de los pulmones, solo quedando satisfecho cuando lo vio desplomarse en el suelo.
—¿Para quién trabajas?
—le espetó, jadeando, con los nudillos enrojecidos—.
Dilo antes de que te mate.
—Uy, qué miedo… —murmuró Ethan, la boca apenas moviéndose entre la sangre, aunque sus ojos seguían mostrando aburrimiento—.
¿Así recibes a todos los nuevos?
—Eres un asesino —gruñó Rice y le pateó la quijada, esparciendo más sangre sobre el plástico que cubría las colchonetas—.
Dijiste que no conocías las instalaciones, y aun así supiste dónde estaba el baño.
Y cuando veníamos hacia acá, tus pasos se adelantaron a los míos, como si ya conocieras la bodega.
—No te debo ninguna explicación —respondió Ethan, con la voz quebrada por el dolor—.
Estúpido… niño bonito.
—Entonces tu hermana lo sabrá.
Rice levantó el brazo para rematarlo, pero un puntapié bajo lo alcanzó de lleno en la ingle.
El dolor le atravesó el cuerpo, las piernas le flaquearon, y antes de caer otra patada lo lanzó de bruces al suelo.
Desde arriba, Ethan lo observó mientras se limpiaba la nariz con desdén.
—Qué noble eres, compañero.
Ir directo por una chica… tal vez deba aprender de ti.
Rice se levantó tambaleando, tragándose la vergüenza y el dolor.
Ese tipo no peleaba limpio, y lo sabía.
—Golpeas peor que una mujer.
—¿Qué dijiste?
Rice no perdió tiempo: se lanzó contra él con todo el cuerpo.
Desde afuera, el estrépito de los objetos cayendo se mezcló con las maldiciones que escapaban de una boca hermosa… la misma que Rice estaba decidido a deformar.
❯────────────────❮ —Y la de esa esquina también está chueca.
—La voz del profesor retumbó desde su sitio, más un grito que una corrección, mientras observaba a Kon trabajar—.
Eres lentísimo.
¿Cómo puedes tener esas manos de bebé y no sentir vergüenza?
“¿Y cómo puede usted no sentirla, fastidiando a un adolescente?
¿Tan bajo ha caído?”, pensó Kon, mientras la vena de su frente amenazaba con estallar.
Llevaba casi media hora subiendo y bajando la escalera, rehaciendo los nudos que al maestro le parecían indignos de su “visión experta”.
Lo hacía desatar, recolocar, ajustar, para luego devolver todo al mismo sitio.
Una tortura disfrazada de aprendizaje.
Kon se aferraba al pensamiento de que pronto estaría en casa, con la bocina a todo volumen, desahogando su rabia a gritos bajo la máscara de la música.
Era el único modo de purgar los malos pensamientos sin arruinar su imagen.
Después de todo, ¿Qué clase de futuro fiscal pierde los estribos frente a todos?
“Esto es una prueba”, se repetía.
“Un entrenamiento para lidiar con gente insoportable.” De no convencerse de ello, ya habría clavado el martillo en la cabeza del profesor.
—Morgart —llamó entonces el maestro, desviando la atención y regalando a Kon un respiro—.
Cuelga la decoración del otro lado de la cancha.
—De acuerdo.
Lorena, sin embargo, se quedó junto a Kon.
No lo dejó solo.
Desde su lugar, le susurraba ánimos que parecían insignificantes, pero calaban: —No te dejes.
Kon odiaba esa compasión.
Le bastaba con la humillación de no poder clavar correctamente un simple pedazo de tela a la madera.
Y, para colmo, desde su posición alcanzaba a escuchar el televisor del cubículo de profesores, donde sonaba The Kids Are Alright.
La melodía ligera, invitando a los descarriados a hallar refugio en un templo, solo lograba irritarlo más.
—Listo, profesor.
—Morgart regresó con la caja vacía; en la pared grafitada las decoraciones resaltaban como un gesto de dignidad callejera.
El maestro hinchó el pecho, gozoso, y rio satisfecho.
“Así se hace”, parecía decir su gesto de victoria.
Pero la gloria le duró poco.
Desde el otro extremo de la cancha, la puerta de la bodega se vino abajo de un portazo brutal.
Ethan salió despedido, rodando por el patio como un balón humano, hasta chocar contra una de las patas de la escalera donde Kon trataba de mantener el equilibrio.
Y entonces, el desastre.
Rice, en un arranque, lanzó un balón que se desvió y golpeó de lleno el vientre de Kon.
El dolor lo encogió; la bilis subió por su garganta mezclada con los ácidos y el desayuno de la mañana.
El vómito explotó en un borbotón que descendió como un castigo divino: cubrió la cabeza del profesor con una mezcla de leche, maíz y arroz de la noche anterior.
Los zapatos de Kon se tiñeron con el mismo desastre.
El silencio helado de los estudiantes se quebró en carcajadas incrédulas, como si asistieran a una escena de comedia improvisada.
Rice se mordió la culpa.
Lorena olvidó maldecir al maestro.
Morgart, con la mano en la boca, luchó por contener la risa.
Kon descendió de la escalera con dignidad fingida, como si no hubiera sido él quien acababa de vomitar.
Los brazos de su novia lo sostuvieron antes de que cayera; sin ellos habría sumado otra vergüenza.
Sacó un pañuelo del bolsillo, lo entregó al profesor empapado, murmuró una disculpa y se retiró.
Las carcajadas de sus compañeros lo siguieron como un eco que lo ensordecía.
Era real.
No lo había soñado.
El único que no reía era Ethan, doblado por el dolor en la columna, y Rice, petrificado en el lugar donde aún sostenía la pelota.
Rice quiso correr tras él, pero no pudo mover los pies.
Sabía que Kon no querría hablarle; lo mandaría al diablo, quizá peor.
Y no estaba listo para escuchar algo más cruel que lo dicho la otra vez.
Kon enojado era despiadado.
Lorena estuvo a punto de ir tras él, pero la mano firme de Morgart la detuvo.
Sin saber cómo, el muchacho ya había levantado a Ethan del suelo y los tenía a ambos sujetos contra su pecho, en un abrazo opresivo que ocultaba amenaza.
—Ethan… —su voz se volvió un filo—.
Acabas de joderlo todo, ¿verdad?
El albino se retorció bajo la presión en su cuello, mascullando entre jadeos: —¿No ves lo apaleado que estoy?
Fui víctima de acoso.
—Alguien como tú nunca es víctima.
Cada golpe que recibes lo mereces.
—Te comiste un payaso —replicó Ethan, con una mueca torcida—.
Aunque seguro estaba rancio.
Lorena ignoró la discusión.
Su mirada seguía la sombra de Kon alejándose, deseando tener el valor de correr tras él, de decirle algo que lo reconfortara.
Pero no sabía cómo.
Nunca la entrenaron para eso.
❯────────────────❮ Contempló los zapatos tirados en la basura.
Ahí parecían encajar a la perfección, como si fueran parte natural de ese montón de restos.
Después de múltiples intentos por salvarlos —jabón del conserje, fibra para el lavamanos, hasta el detergente líquido más fuerte—, lo único que logró fue empeorar el desastre: la mancha de vómito se impregnó en la tela, fusionando el azul artificial del jabón con el verde ácido de la salsa.
No había retorno.
Al igual que su dignidad, esos zapatos estaban condenados.
La desesperación se apoderó de Kon, seguida de pensamientos intrusivos que se enredaban en su mente.
Era curioso lo frágil de la psique humana: contradicciones interminables, frases huecas que se contradecían unas a otras, como si el mundo estuviera construido sobre nudos mal hechos.
Si la vida fuera tan simple como la sociedad pretendía pintarla, hace años se habría comprendido el origen del suicidio.
Sin embargo, la gente seguía quitándose la vida, y al mismo tiempo negaba toda voluntad de mirar más allá de las verdades cómodas que definían lo “humano”.
Incluso los Alfas y los Omega habían terminado contagiados de esa misma desesperación que arrastraba a la nada.
Andar descalzo parecía un precio menor que volver a ponerse aquellos restos de tela y goma.
—¡Espera!
—la voz de Sarah lo detuvo justo antes de salir.
Corrió hacia él, y su sola presencia le crispó aún más los nervios—.
¿A dónde vas?
—Antes de que pase otra desgracia, me voy a casa.
—¿Sin zapatos?
—bajó la mirada a sus pies desnudos—.
Te vas a lastimar.
—¿Y qué si lo hago?
No puede ser peor que ser la burla de todo el instituto.
—Se nota que jamás te has clavado un vidrio entre los dedos.
—Genial.
Hoy será la primera vez.
En el fondo sabía que lo que viniera sería mejor que seguir soportando la risa de todos.
—Oye —un ligero golpe en su espalda lo obligó a girar, justo a tiempo para atrapar un par de tenis rosados.
Al levantar la vista, encontró los pies descalzos de Sarah, que se movían inquietos sobre el piso abrasador—.
Perdón si te quedan justos.
—No me los voy a poner.
—Siempre les echo talco, te juro que no huelen mal.
—Dije que no los usaría.
—Le extendió los tenis, esperando que ella los recuperara.
—Son un regalo.
—Póntelos tú, el piso debe estar ardiendo.
Sarah lo miró un instante, y en sus labios se dibujó una sonrisa traviesa.
Había encontrado la manera de quebrar su terquedad.
—Tienes razón —dijo de pronto, dándose media vuelta—.
Es peligroso andar así… pero sola.
—¿Qué?
Yo me refería a… No alcanzó a terminar.
Sarah ya corría, atravesando la salida mientras los guardias la saludaban con una sonrisa.
—¡Devuélveme mis zapatos!
—gritó la morena, apenas cruzando la entrada.
Un segundo después se escuchó su maldición: —¡Uy, mierda, quema!
—¡Ven aquí entonces!
—replicó Kon, inútilmente, al verla desaparecer entre risas.
Se tras lanzó ella, pero apenas sus pies tocaron el pavimento ardiente del exterior retrocedió con un alarido.
El sol hervía el suelo hasta hacerlo exhalar vapor por las grietas.
Tenía que admitirlo: Sarah tenía razón, era imposible caminar así.
A regañadientes, se calzó los tenis.
Le quedaban mejor de lo que había imaginado.
El calor ayudó a encontrarla pronto.
No estaba lejos, aunque ya cojeaba; sus plantas debían estar en carne viva.
¿A quién en su sano juicio se le ocurría correr descalza bajo ese sol?
Kon aceleró.
Estaba seguro de alcanzarla.
Pero Sarah recuperó el aliento, se escabulló entre los callejones sombríos y se le volvió a escapar.
—Idiota… —murmuró, agotado.
Siguieron corriendo quién sabe cuánto tiempo.
El sudor le ardía en el frente, el aire caliente lo sofocaba, y con cada zancada la insolación se acercaba.
Maldecía no haber puesto bloqueador, o al menos una gorra ridícula que le protegiera la cara.
Deseaba que alguno de los dos tropezara, solo para poner fin a aquella absurda persecución.
Finalmente, Sarah se detuvo frente a una casa.
—Llegamos.
Kon, jadeando con el corazón desbocado, sintió que la vergüenza lo ahogaba.
Que una humana lo venciera en carrera… si su padre lo veía, lo obligaría a entrenar hasta el límite.
Y, en el fondo, sabía que lo aceptaría.
Rice tenía razón al llamarlo débil.
Sus ancestros debían estar riéndose de él.
No merecía el título de Alfa.
—Eso fue trampa —escupió al final, reacio a dejar caer la máscara de su orgullo.
Para disimular, se quitó los tenis y se los tendió—.
Tomalos.
Ya no los necesito.
—Yo tampoco —respondió ella, encogiéndose de hombros—.
Ya estoy en mi casa.
—Los necesitarás mañana.
—Quédatelos, son un regalo.
—No quiero este regalo.
—Entonces tíralos o véndelos.
Me da igual.
Desde ahora son tuyos.
Dio media vuelta y se metió a su casa, sin esperar respuesta.
Le deseó buenas noches y cerró la puerta.
Kon se quedó allí, con los tenis en la mano y un peso incómodo en el pecho.
Se arrepintió de haber sido tan brusco.
Ella solo había querido ayudar, y él la trató como si estorbara.
La verdad es que estaba agradecido.
Sarah había sacrificado su propia piel para salvar la suya.
Los tenis estaban gastados, le apretaban los pies, tal vez hasta le dejarían ampollas.
Pero jamás había recibido un regalo que lo hiciera sentir tan… feliz.
O tal vez sí estaba sufriendo una insolación, porque su corazón no dejaba de latir con violencia.
El Edranico es uno de los 69 idiomas que habla la gente de Xictli.
Lo trajo el reino de Eldrida en la segunda era y es usado, actualmente, por el 80% de la nación.
El Eldranico es el único idioma extranjero que Xictli adopto, las otras 68 lenguas son originarias de los viejos reinos y tribus.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com