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La canción del dragón - Capítulo 14

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14: Interrogación 14: Interrogación —Gracias a que Ethan lo arruinó, la misión se hará lo más rápido posible.

Las instrucciones de Morgart fueron claras.

En la cafetería de la escuela, en el segundo día de su llegada a Matusalem.

—Acabémoslo en la escuela, fingiendo un accidente.

—¿Por qué en un lugar público?

—Lorena se atrevió a preguntar.

—Para desligarnos por completo —Respondió el líder, como si fuera obvio.

Luego, con una sonrisa que debía mostrar emoción, le dijo: —Si esto sale bien ya no tendrás que esperar a los 18 años para unirte a nosotros, porque Einar te nombrara cazador oficial.

Eso debía sonar emocionante a oídos de esos tres, que no dejaban de sonreír al imaginar a un nuevo miembro con ellos.

—No te preocupes tanto —Lucy la abrazo con un poco más de fuerza que la necesaria—.

Te irás acostumbrando a desligarse de la gente, pronto todo se ve como trabajo.

—¿Es eso así?

—Garantizado.

¿Cómo podía sonreír de esa forma cuando hablan de matar a alguien?

Más de 100 años de hacer ese trabajo, tal vez lo que decían era cierto y pronto, por su propio bien, dejan de sentir.

Algún día ella será así.

❯────────────────❮ La película había terminado esa tarde y todos salieron de la sala con el final aun echó agua en sus ojos, o quitándose las lagañas por haber dormido más de la mitad de la cinta.

Kon estuvo a punto de caer en la segunda opción, de no ser porque Lorena lo tomaba de la mano cada cierto tiempo, tan emocionada con la trama que estaba viendo que dormirse en ese momento sería un total error.

—¿No te pareció genial el final?

—Preguntó su novia, aun con las lágrimas saliendo de sus ojos—.

Aunque el final fue diferente al libro, me gustó ese giro tan original.

—¿Cómo termina el libro?

—Pregunto Kon para quitarse el sueño de encima.

—Bueno, termina como el cuento clásico, con la bruja aceptando sus sentimientos románticos por la bestia y rompiendo por fin con el encantamiento.

No puedo decir que viven felices por siempre, porque pasan por las complicaciones de toda pareja, en especial ellos que aún cargaban con los errores del pasado.

—Entonces, que la bestia muriera para salvar a la bruja es una idea original de la película.

Kon no supo por qué, pero le gustaba más ese final.

La bestia nunca dejó de ser bestia y la bruja por fin aceptó sus sentimientos sin deformarlos por querer una relación perfecta.

—¿No te gustó la película?

—¿Por qué preguntas eso?

—Porque te estabas durmiendo a media función.

A Kon casi se le ruborizaban las mejillas de la vergüenza, pensó que estaba siendo discreto.

—Lo siento.

—¿Por qué te disculpas?

Fui yo quien quiso ver la película.

—Aun así… no debí.

Lorena lo contempló por un momento, sin expresión, igual a cuando evaluaba las escenas de la película: ansiosa, curiosa, con ganas de meterse a la cinta y comenzar a interrogar a todos para entenderlos de una vez por todas antes de explotar.

—¿Por qué no vamos a comer algo?

Tú eliges el lugar.

—Pero acabamos de comer.

“Mira quien habla” No tenia que hablar para decirlo, bastaba una mirada para que kon entendiera que el más hambriento de los dos era él.

Aunque le avergonzaba ese lado de sí mismo, estaba sin duda contento de que su novia lo aceptara.

Al inicio pensó que sería desagradable para ella, a nadie le gusta saber que su novio come lo mismo que un equipo de fútbol.

Lorena fue bastante comprensiva en eso, hasta le dio una razón científica del porqué, emocionada de imaginar que su novio entrenaba muy duro para tener un apetito así de grande.

Mejor que pensara eso a descubrir su secreto.

—¿A qué restaurante no hemos ido?

Dudo que quieran recibirte en los otros.

—Lorena parecía divertirse al ver como le prohibían la entrada a su pareja después de casi comerse hasta la mesa.

—Puede ser un buffet, ahí nadie se quejaría de mí apetito, ni pagaría sumas tan grandes.

El único inconveniente es la fila.

—¿Cuál es el problema?

La bestia espero por más tiempo a volver a ser bello.

Era de esperarse que Lorena siguiera hablando de eso, llevaba esperando esa película desde que vio su avance en las redes.

Ella era una gran fan del cuento clásico, y de la bestia.

—¿Tanto te gusta que se haya vuelto príncipe?

—Me gusta que se hayan quedado juntos al final, a pesar de las diferencias.

A Kon no pudo evitar que le resonara esa palabra.

—¿A qué te refieres con “diferencias”?

—Ya sabes, el estilo de vida, los pensamientos, la maldición.

Entiendo porque la bestia eligió volver a ser príncipe, también entiendo porque en la película eligió morir por la bruja.

—¿Así?

Aunque, yo lo prefiero como bestia.

Lorena lo miró en silencio, y por un segundo, Kon sintió que había dicho algo importante sin saber por qué.

—Y es justo por eso que se volvió humano.

—¿Qué?

¿Desde cuándo se volvió una charla de filosofía?

Si trataba de decirle algo no la estaba captando.

Muchas veces no entendía de lo que Lorena hablaba, la mitad del tiempo parecía soltar cosas sin sentido relacionadas a su fe o a la historia del país vecino, en especial de cosas de hace más de 100 años.

La historia era su hobby, por lo que noto.

Pero Kon no era el único confundido, a unos metros más atrás de ellos, escondiendo su apariencia con una gorra y cubre bocas, Rice los escuchaba.

Había pasado una semana desde que pintaron ese extraño dibujo en la pared de su casa.

Lo reportó esa misma noche a su abuela y ella confirmó que se trataba de esa organización criminal de las Setas, porque habían encontrado el mismo dibujo plasmado en una tela, en uno de sus laboratorios.

Aunque Jenifer le conto algo diferente, asegurando que ese ojo pertenece a un grupo de autoayuda y que la gente que se une son en su mayoría estudiantes o recién graduados con el cerebro bien lavado.

“Comienzan a decir tonterías de que son especiales a su modo y que todos tienen una función en el universo.

Bastante hippie para mi gusto” Fue lo que le dijo después de que uno de sus amigos le contara lo que pasaba con su amigo que comenzó a asistir al grupo hace una semana.

Sus tutores seguían de caza, porque esa gente estaba dispersa por toda la región de Kaalkuun por lo que los ataques que ocurrieran en el pueblo debían ser detenidos por él.

“Protege a Kon” fue la orden que recibió y la ha estado cumpliendo con una disciplina aterradora.

Desde el accidente en el centro, han llegado una serie de asesinos y mercenarios de todos los niveles y calañas.

Algunos más idiotas que otros.

No hubo día que pudiera descansar, porque si no atacaban en la escuela, lo hacían en el trabajo, o esperaban pacientes hasta caer la noche.

Tuvo que enfrentarse a gente muy sádica, amante de las torturas, que fantasearon con desfigurarle su “linda carita” antes de descubrir la abrumadora diferencia entre ellos.

Rice apenas tuvo tiempo de dormir esa semana, en horarios de clase, cuando las posibilidades de ataque se reducían a la mitad.

Eso bajaría sus calificaciones, pero eso no era lo que lo tenía de mal humor.

Sin importar cuanto buscará en los cadáveres o sus pertenencias no volvió a encontrar el símbolo del ojo, ni ninguna otra pista que pudiera guiarlo a ellos.

Lo único malo de las peleas constantes eran las heridas que le dejaban.

Ya se le estaban acabando las excusas, y las vendas.

Su rostro estaba cargado de ojeras que hicieron preocupar a todos sus compañeros de clase, incluso a Kon, tan ajeno a lo que ocurría.

Y enojar a Jenifer, quien se daba un tiempo para maquillarlo para cubrir las imperfecciones.

Por si fuera poco, esos horribles gemelos estaban en todos lados, como si esperaran el momento perfecto para el ataque.

Fue un alivio para Rice que Lorena lo convenciera de faltar a la escuela ese día, aunque no iba en absoluto con ella hacer aquello.

—Aún eres muy joven para entenderlo—.

Lorena comenzó a burlarse de la poca capacidad de entendimiento de su novio.

—¿Por qué no lo piensas de este modo; Si yo fuera una bestia, me amarías?

Kon se lleva la mano al mentón, tomándose un tiempo para pensar, y Rice quería golpearse la frente.

“Solo di que sí, idiota” Pensó el Alfa, sin poder entender como es que alguien tan despistado se consiguió una novia.

Si estuviera en su lugar ya le hubiera dicho lo que quería oír, le hubiera comprado cosas y hubiera escuchado sus palabras hasta el final.

Las mujeres suelen caer cuando se dan cuenta que son escuchadas.

Eso las volvía más manipulables.

En esa relación, todos sabían quien mandaba, Kon cedía a todo lo que ella decía, aun cuando no se mostraba incomodo, como un idiota.

—Supongo que…—.

Rice estuvo atento a la respuesta que el Pit-Nüwa fuera a dar.

—Me tomaría un tiempo acostumbrarme.

¿Tiempo?

¿Aun Alfa le tomaría tiempo aceptar a una bestia?

A veces pensaba que Kon lo hacía a propósito, porque de niño no era tan tonto.

Era un llorón, cierto, porque lloraba por todos.

—A ti ni siquiera te importa que sean bestias—.

Dijo para sí mismo, rezando a Xochiquetzal para que no riegue por ahí los pensamientos que surgían de él.

—Por el dragón, que eres tonto.

Para su sorpresa, Lorena sonrió como si hubiera escuchado justo lo que esperaba… o como si no necesitara escucharlo para saberlo.

❯────────────────❮ Otra tarde cayó, otro día en el que Kon repitió esa aburrida rutina con su novia, para después pasar al trabajo y quedarse archivando y administrando libros toda la tarde, hasta que le toca cerrar turno por órdenes de una mujer que es tan vieja que apenas podía moverse.

Rice ya se estaba aburriendo de ir siempre por los mismos lugares.

Si Kon fuera más consciente hubiera sentido a un búho siguiéndolo desde el primer día, pero está tan enfocado jugando a la casita que ni siquiera sospechaba.

—Al tonto rey que le quitaron la cara, ahora ese rey de su tumba se levanta.

—Cantaba Rice, desde la azotea de uno de los edificios del frente, para tener completa vista de la librería.

Mataba el tiempo entonando una canción de infancia que su abuela solía cantarle para hacerlo dormir—.

Pobre rey, al que nadie quería.

Su esposa lo engañó, su hijo lo envenenó, el trono le quitó y ahora se para de su tumba en busca de su cara.

Dejó de cantar cuando cayó en cuenta de algo ¿No lo criaron con canciones muy tétricas?

Si no es la canción del rey tonto, es la de Lola la pechugona ¿esas eran en verdad canciones infantiles o su abuelo solo repetía lo que escuchaba en la cantina?

La campana sonó.

Kon iba saliendo para recoger un nuevo pedido de guías escolares cuando dos hombres en uniforme se le acercaron.

Rice se levantó de golpe al detectar el color de sus hilos: rosados.

A Rice se le heló el estómago.

No era solo el color de sus hilos, era el modo en que el aire se tensaba a su alrededor.

Era como ver a los lobos acercarse al rebaño con sonrisas educadas.

No había duda de que esos dos eran Omegas, y, al juzgarlos por su olor, debían poseer una experiencia en batalla similar a las de sus abuelos.

Rice no sería rival para ellos, pero debía evitar que asesinaran al último descendiente Pit-Nüwa.

—Disculpe—.

El más viejo de los dos Omegas habló primero.

—¿Trabaja aquí?

—Sí, en la librería—.

Respondió Kon, ajeno al peligro que comenzaba a rodearlo.

El hombre comenzó a buscar en su chaleco y Rice se tragó sus temblores internos para prepararse para saltar y atacar por sorpresa al menos a uno de ellos antes de que lograran tocar a su viejo amigo.

—Mi nombre es Kavi’el y él es mi compañero Zarvael.

Somos de la policía—.

Kon se fijó en la placa que le mostraron, formaban parte de la unidad de Aztlapalco, la ciudad portuaria que estaba a 120 kilómetros de Matusalem.

—Queremos hacerle algunas preguntas.

—¿Hice algo malo?

—En absoluto, solo estamos interrogando a todos los residentes de la zona por un tema de desaparición.

Rice tropezó con sus propios pies al escucharlos y cayó sobre una pila de bolsas de basura.

El sonido llamó la atención de las tres personas, que al no ver nada fuera de lo normal, siguieron con lo suyo.

—¿Alguien de aquí desapareció?

—Ocurrió el mismo día del ataque de un Alfa, a unas cuadras de aquí.

Puede que lo conozca, es un profesor de universidad llamado Omar Galvez de Cordoba, sabemos que era un cliente regular de esta tienda.

—¿Galvez de Cordoba?

Sin duda es un apellido difícil de olvidar.

—Kon lo pensó un momento, rebuscando en su memoria a una persona similar—.

Es un cliente regular, viene cada inicio de mes para comprar la revista científica y de vez en cuando pide ediciones específicas de ciertos libros universitarios.

Pero nunca viene él, siempre es su hija quien pasa a recogerlos.

—¿Cuándo fue la última vez que la vio?

—Ya se va cumplir las dos semanas.

—De pronto, el cuerpo de Kon se sacudió, asustando a los oficiales.

Se llevó las manos a la boca, pasmado por recordar algo—.

Iban a terminar de pagar el paquete de libros este mes.

Kavi’el contuvo las ganas de torcer los ojos para mantener su imagen profesional.

—¿Presentaba un comportamiento extraño?

¿No contemplo nada raro?

—¿Raro?

—Otra vez se detuvo a meditarlo unos segundos.

Rice salió de las bolsas de basura, aprovechando que ninguno de ellos veía y sacudiendo los pedazos de comida que le salpicaron.

Por lo menos no aterrizó sobre vómito seco.

Escuchó como desde su interior alguien se burlaba y lo llamaba patético por no poder controlar sus propios impulsos.

Odiaba admitirlo, pero esa vez la voz tenía razón.

Intentó alejarse de la escena de la forma más discreta que conocía, cuando una chica de cara pecosa y ridículos goggles puestos en su cabeza como tiara, lo observaba recargada en el muro, mientras bebía una soda de mora.

¿Cuándo fue que llego ahí?

¿Vio todo?

¿Incluso su patética caída?

Como si respondiera a todas sus preguntas, Sarah lo saludo con un movimiento de cabeza y lanzando un bufido divertido, burlándose de su situación.

—No se si sea raro que no dejara de hablar sobre un seminario de ayuda para los chicos con depresión.

—La voz de Kon lo hizo voltear, rezando a los dioses porque no lo hubiera visto también, tan sucio y maloliente.

Por suerte, el chico estaba muy ocupado recordando lo que pasó hace unas semanas—.

Incluso me invitó a ir a una de sus reuniones.

La mirada de Kavi’el se ensombreció.

—¿Conoces el nombre del seminario?

—La verdad es que no, pero me dio una tarjeta, creo que aun la tengo en la mochila.

De pronto, ese policía le mostró una sonrisa que resaltó su belleza única y andrógina.

—¿Puedes mostrarla?

Era un hombre tan apuesto que Kon tuvo ganas de arrancarle la cabeza antes de que Lorena lo viera y quedará flechada.

Se sorprendió de sus propios pensamientos.

No era la primera vez que sentía eso, su autoestima era tan baja que cualquier chico lindo era un potencial peligro, porque le robaba las ya nulas posibilidades de conseguir pareja.

Apenas podía soportar la cara de Rice y Morgart, ver otra cara así, incluso más hermosa y perfecta, activaba sus instintos asesinos.

—Sí, sí por supuesto—.

Sus palabras salieron atropelladas.

Quería alejarse lo más rápido posible de esa sensación.

¿Cómo podía ser tan envidioso?

Si alguien lo escuchara era seguro que lo miraría con pena, porque era patético sentir celos por alguien a ese nivel.

—Lo traeré enseguida.

Rice no despegaba sus ojos de él, conocía esa mirada, era la misma que llevaba haciendo desde secundaría.

Se preguntó si acaso sentía celos del oficial a su lado.

¿De verdad no había notado que era Omega?

¿Se había roto la nariz o algo similar?

—No sabía que eras un acosador.

—Dijo Sarah, captando la atención del moreno.

—¿Qué haces tú aquí?

—Vengo a leer.

—Respondió, como si aquello fuera lo más obvio del mundo—.

La abeja reina tiene los mejores libros y se actualizan con regularidad.

Es mejor que la biblioteca.

—Has de tener mucho tiempo libre para desperdiciarlo en eso.

Se sacudió los últimos rastros de suciedad para caminar en dirección a la siguiente avenida.

Cambiaría de posición antes de ser descubierto por esos Omegas, ahora eran el mayor problema.

—No tanto como tú que te la pasaste todo el día siguiendo a Kon.

Casi se le detuvo el corazón.

—¿¡Cómo sabes eso!?

Había caído en su trampa, esos molestos dientes pintados de azul se burlaban de él tan descaradamente que deseaba romperlos.

Su sonrisa tenía algo cruel, algo que decía ‘sé mucho más de lo que aparento y no me importa lo que eso te haga sentir.’ —No lo sabía, pero acabas de confirmarlo.

—¡Que te den!

—Que lo haga Kon—.

Respondió la morena, removiendo su bebida con ayuda del popote.

Rice se fue gruñendo, pero no sin antes maldecir el día en que esa humana supo exactamente qué botones apretar.

—Ustedes dos, vengan aquí.

—La profunda voz de un hombre los interrumpió.

A simple vista sonaba como cualquier otra con cuerdas vocales gruesas, pero en ese momento, ambos sintieron una fuerza mayor que les obligó seguir las reglas e ir con ese sujeto.

Sarah no sabía que le hizo obedecer, Rice sí—.

Hay unas preguntas que quiero hacerles ¿residen en la zona?

—Sí.

—Sarah fue la primera en responder.

Rice se limitó a negar con su cabeza.

Debía mantener la calma y no levantar sospechas.

Esos hombres no habían descubierto que era un Alfa, de otro modo no serían tan amables.

—¿Conocen al profesor Omar de la universidad CINAT?

—Yo conozco a su hija.

—A Rice le sorprendió la forma tan natural en la que Sarah respondía a la ley.

Incluso a sus compañeros humanos les temblaba un poco la voz—.

Salíamos a comprar batidos de fruta juntas, luego me cayó mal y dejamos de hablar.

—¿Cuándo fue la última vez que hablaron?

—Hace semanas.

Tuvimos una discusión muy fuerte y no la he vuelto a ver desde entonces.

—¿Cuál fue la causa de esa discusión?

El oficial comenzó a anotar todo en una libreta.

Sarah le dio un vistazo rápido a Rice, como si dudara en responder solo porque él estaba ahí.

—Tuve una cita con su novio.

—Reveló, al fin.

El muchacho se quedó pasmado por un momento, no esperaba que alguien como ella tuviera pretendientes—.

No fue intencional.

Apenas habíamos salido un par de veces cuando Cecilia me contó que estaban saliendo.

—Se excusó de inmediato—.

Además, el tipo era un imbécil, no sé porqué Cecilia está tan loca por él.

—¿Sabes el nombre de su novio?

—Dijo que se llamaba Francis, aunque pienso que me mintió.

Pero tengo unas fotos que Cecilia me envió para presumir ¿quiere verlas?

—Por supuesto.

Mientras Sarah buscaba en su galería las fotos que su vieja y presumida amiga le mando, Rice mantuvo sus ojos en la entrada de la librería.

Contempló como Kon salía de nuevo y le entregaba la tarjeta al policía.

Este le dio una inspección rápida y la guardó en uno de sus bolsillos mientras agradecía su cooperación e intercambiaban unas últimas palabras.

Cuando Kon notó la ausencia del otro oficial, comenzó a buscarlo con la mirada, hasta encontrarse con los ojos de Rice.

Este desvió la mirada de inmediato, no habían hablado desde la discusión en su casa, ni siquiera para disculparse del balonazo que le dio.

Kon lo evitaba cada vez que podía y no era como que Rice deseara verlo.

Había dejado en claro lo que pensaba de él.

Sin embargo, ¿No iba a preguntar por qué estaba al lado de Sarah?

¿Estaría preocupado porque un oficial lo interrogaba también?

—Gracias por su cooperación.

Tengan cuidado al andar por la calle, han ocurrido muchas desapariciones últimamente.

Sarah se despidió con la misma cortesía, agradeciéndole por proteger la ciudad.

Rice apenas hizo otra señal con la cabeza, demasiado concentrado en sus asuntos personales.

Cuando ambos oficiales se alejaron, la morena pasó de largo al Alfa para dirigirse a Kon, a quien saludo a voces incluso antes de terminar de cruzar la calle.

Entonces Rice volvió a levantar la cabeza, para toparse con esa escena tan molesta de nuevo.

Ellos dos hablaban con tanta calma y familiaridad que le repugnaba.

El hilo de Kon no dejaba de palpitar y vibrar cada vez que esa chica decía algo.

Rice no podía permitir eso.

Aunque luego Kon lo odiara, su trabajo era protegerlo de cualquier amenaza y esa Sarah seguía siendo una completa desconocida a sus ojos.

—Kon.

—Lo llamó, esperando que no lo ahuyentara a gritos o actuara como si no existiera—.

Tu padre me llamó porque no respondes sus mensajes, quiere comunicarse contigo.

—¿En serio?

Por su forma de contestar era evidente que no le creía ni un poco.

Esperaba eso, en realidad, solo buscaba una excusa para que dejara de hablar con esa chica.

Podía iniciar otra pelea si era necesario para conseguirlo.

—Si no me crees deberías llamarle.

Aunque dudo que conteste… ya sabes cómo es, apenas puede responder si no es su ‘querido hijo’ llamándolo.

El sarcasmo salió como veneno líquido.

Kon apretó los labios, mirando el suelo.

No quería caer en sus trucos.

—Créeme: si fuera broma, ya lo sabrías.

—Lo retuvo Rice con un susurro.

Antes de que Kon pudiera responder, Sarah dio un paso al frente, sacudiendo la cabeza con una sonrisa descarada.

—Bueno.

—interrumpió ella—.

¿Si vienes a mi casa a ver la película esta noche?

Mi familia estará dando un paseo y no regresaran hasta el amanecer.

Kon tartamudeó, buscando aire.

Rice sintió un nudo en la garganta: demasiada familiaridad entre ellos, demasiado peligro.

No tuvo que pensarlo demasiado.

—¡Tiene novia!— soltó, firme.

El eco de la frase retumbó en la acera.

Sarah se quedó con el vaso a medio beso.

—Eso ya lo sabe.

Rice se unió al silencio incómodo que los invadía, luego, pasó a mirar a la morena con mayor indignación.

—¡Eres una sinvergüenza!

—Tú fuiste quien malinterpretó mis intenciones.

—¿Cómo puedes invitar a un chico con novia a tu casa?

—Es una reunión, idiota.

Mi primo y otros amigos están ahí.

—Le iba a decir que no—.

Respondió Kon, con indiferencia.

Si ese idiota de Morgart iba a estar en la reunión, ni de chiste pensaba presentarse.

A Sarah le pareció afectar su respuesta, porque de inmediato pidió una explicación al rechazo.

Rice la observó de reojo, respirando hondo para calmar la rabia que le subía por la nuca.

La ciudad bullía a su alrededor, pero en ese instante el único peligro era el crudo, incómodo triángulo que acababa de formarse.

Y, por primera vez en la tarde, Rice se permitió sonreír con burla.

—Sí —murmuró para sí—.

Que mala suerte.

Luego algo pareció hacer click en la cabeza de la morena, porque dejó el drama a un lado y pasó a golpearse la cabeza con la mano.

—No le pregunte a los oficiales porque estaban preguntando por el profesor Omar.

Kon vio la oportunidad de cambiar el tema y evitar morir de vergüenza.

—¿No te lo dijo el oficial?

—No le pregunté, no es la primera vez que me preguntan por él.

Es un hombre muy brillante, lástima que su hijo está involucrado en cosas ilegales.

—¿Así?

No sabía que tenía un hijo— respondió Kon, recordando las veces que el profesor había pasado por la librería con su esposa e hija— Solo lo he visto con ellas.

—Es una vergüenza para ellos, por eso no lo mencionan.

¿Habrá cometido un crimen?

Rice observó cómo Kon se debatía entre decirlo o no.

Por primera vez en la tarde, deseaba que lo hiciera; se había perdido esa parte por estar revolcado en la basura.

Finalmente, el chico lo soltó: —El profesor Omar está desaparecido.

Fue como si el mundo se congelara.

Sarah abrió los ojos como platos.

Las palabras se le quedaron atoradas en la garganta antes de sacar su teléfono y buscar entre sus contactos el número de su vieja amiga.

—¡No puede ser!

¿Por qué no me lo dijo?—.

Se llevó el celular a la oreja, escuchando el tono de llamada.

—No importa lo enojada que esté.

Tengo que saber cómo se encuentra.

—Sarah… toda la familia desapareció.

El tono de llamada terminó abruptamente, repitiendo el mensaje programado: “El número que marcó se encuentra fuera de servicio o fue enviado al buzón de voz” Sarah bajó el celular con lentitud.

Nadie dijo nada.

En ese momento, incluso Rice dejó de hacer comentarios mordaces.

El sol comenzaba a ocultarse tras los edificios, tiñendo la calle de un naranja sombrío.

El aire sabía a polvo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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