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La canción del dragón - Capítulo 15

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  4. Capítulo 15 - 15 Soleil el chico vidente
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15: Soleil, el chico vidente 15: Soleil, el chico vidente —¿Qué tal si vemos una película en mi casa a las siete?

No haré nada malo, lo juro.

Kon hablaba por teléfono con Lorena antes de ir a clases.

Aunque se veían a primeras horas de la mañana, se había vuelto una costumbre hablar mientras se preparaban.

Vivían en extremos opuestos de la ciudad, así que, como no podía pasar a recogerla como a él le gustaría, mantenían la llamada casi todo el trayecto.

—Ya hemos visto muchas películas.

Además, no me gusta el número 7 —se quejó Lorena desde la otra línea—.

¿Por qué no vamos al jardín botánico?

Escuché que montaron un jardín nuevo, está lleno de flores y muero por verlo.

—¿Flores?

—Sí.

Yo quiero ver las amarillas, son tan bonitas cuando brillan en la luz del sol.

A Kon no le gustaban especialmente.

El polen irritaba su nariz, y tantas fragancias mezcladas terminaban por marearlo.

Tenía que cargar aspirinas o tapones para evitar mocos colgando o dolor de cabeza.

Odiaba los perfumes por lo mismo… y Lorena los usaba a diario.

—¿Qué pasa?

—insistió ella.

—Nada, claro, vamos juntos el fin de semana.

—¡Trato hecho!

Pediré permiso en el trabajo.

La voz emocionada de su novia le hizo sonreír un poco.

Aunque en su interior se colaba el sentimiento de culpa.

El otro día Sarah se fue lo más rápido que pudo a la casa de su amiga, se veía tan preocupada que no parecía ella.

Lo peor era que se estaba preocupando por eso en lugar de concentrarse en sus deberes.

Un grito al otro lado de la línea lo hizo saltar.

Fue tan fuerte que esa persona debió quedarse sin voz.

—¿Qué fue eso?—.

Pregunto, casi lanzándose a la cama para tomar el teléfono.

—No te preocupes, fue mi hermano pequeño—.

Dijo Lorena, apresuradamente.

—Tuvo otra pesadilla.

—¿Tu hermano grita así cuando duerme?

—Es algo común, no te preocupes.

Pero tengo que cortar para ir a verlo.

—Por supuesto, no te preocupes.

La llamada se colgó y los hombros de Lorena cayeron.

Era agotador para ella mantener una voz dulce y pasiva, forzaba sus cuerdas vocales a tal grado que sentía que se le iban a romper.

Que Kon la estuviera invitando a citas con más regularidad había vuelto todo peor, sentía que en cualquier momento se quedaba sin voz.

Los gritos se seguían escuchando con tanta fuerza que en cualquier momento los vecinos llamaban a la policia, acusando a su casa de tener un cuarto de tortura.

Para evitarlo, Agarró su mochila, subió corriendo las escaleras y abrió la primera puerta a la derecha.

Allí estaba Soleil, con el cabello hecho un desastre y ojeras hasta el cuello, revolcándose como si luchara contra un fantasma.

Sin pensarlo dos veces, Lorena le lanzó la mochila directo al estómago, con tanta fuerza que los libros salieron volando.

—¡Cállate, maldición!

¡Estoy al teléfono!

Su voz ya no era dulce, sino ronca, casi rasgada.

Como si una cantante de punk le hubiera robado la garganta.

—¡Ya sabes que hablo con mi novio a esta hora!

¿Por qué no madrugas como la gente normal?

El chico se incorporó con un quejido, frotándose el estómago antes de quedarse sentado, respirando como si acabara de pelear contra un demonio.

—Ahora sí va a pasar algo malo— dijo en voz baja, con los ojos clavados en el vacío, antes de toparse con la mirada molesta de la castaña y recordar lo que estaba haciendo —.

Si hubieras hecho las cosas que te dije… Lorena, aún con cara de pocos amigos, parpadeó.

—¿Qué viste?

—Pregunto de inmediato, buscando cambiar de tema.

Soleil tragó saliva.

—El fin del mundo sí ocurrirá en 2012.

—¿Qué estupidez estás diciendo?

—No sé el día exacto… pero queda solo un año.

Y ni el Lobo Feroz va a poder salvarnos esta vez.

La burla desapareció de inmediato de su rostro.

El Lobo Feroz…

el salvador del mundo.

El único capaz de ponerle freno a los Alfas y proteger a los Omegas.

Decir que ni él podría salvarlos era casi una blasfemia.

—¿Por qué?

¿Qué viste exactamente?

—preguntó Lorena, ahora caminando por la habitación como si algo le picara en la planta del pie—.

Tus visiones nunca fallan.

¿Debemos avisar a las autoridades?

Soleil bajó la mirada.

—Creo que podemos evitarlo.

—¿¡Cómo!?

Sus ojos casi brillaban de esperanza.

—Aún no lo sé.

Y así de fácil el brillo desapareció.

—Entonces voy a informar a las autoridades.

—¡Espera!

Si hago lo que debo hoy, puedo cambiarlo.

—¿Y cómo sabes eso?

¿Lo viste?

¿Tiene que ver con Kon?

—Sí… pero no sé cuál de todas mis predicciones es la que lo evita.

Por eso tengo que hacerlas todas.

—¿Sí a cual de todas?

Empezó a buscar ropa entre los cajones.

—¿Tú vas a la escuela hoy?

—le preguntó, mientras se quitaba la camiseta de dormir sin pudor alguno.

—Sí… ¿Tú vas a vagar por la ciudad otra vez?

—Claro.

Y si puedo, consigo comida.

Se puso los pantalones al vuelo, se colocó la gorra deshilachada y se pasó las manos por la cara para despejarse.

—Soleil —lo detuvo Lorena en la puerta—.

Toma las llaves de repuesto.

Puede que llegue tarde.

El chico levantó el pulgar, se metió las llaves en el bolsillo y salió, desapareciendo entre el murmullo del barrio que despertaba.

El viento matutino barría el polvoriento empedrado de la callejón, trayendo consigo el suave aroma de comida caliente y el distante canto de un gallo obstinado.

Bajo un sol que ya empezaba a calentar el aire, Soleil avanzaba con paso tranquilo, la gorra ladeada y la cangurera al hombro.

Cada mañana recorriendo el barrio, siempre encontraba a alguien preguntándole el futuro.

Un par de hombres con ojeras profundas, ropas raídas, hurgaban en unos contenedores oxidados junto a un puesto de refrescos.

Al verlo llegar, le alzaron un platón de sobras recogidas la noche anterior.

—¿Cuál de estos desperdicios se come sin pagar diarrea?

—preguntó uno, casi sonriente.

Soleil frunció el ceño, señaló un tupper apolillado al extremo derecho y murmuró con calma: —Ese no les dará diarrea… pero cómanlo rápido o se echará a perder aún más.

Los vagabundos se miraron entre sí, asintieron y se largaron con su botín, cuchicheando agradecimientos.

Más adelante, un joven tamborileaba con el pie sobre la banqueta, un acordeón colgado al hombro.

Al ver a Soleil, presionó el instrumento con nerviosismo.

—¿Crees que voy a aprobar el examen de hoy?

—le preguntó.

Sin detenerse, Soleil se inclinó un instante y deslizó la mirada hacia un puesto de pan cerca: —Oculta bien ese acordeón —respondió con voz baja—.

Van a hacer una revisión sorpresa en la universidad; si te descubren, te queda retención.

El estudiante palideció, guardó el acordeón en la mochila y salió corriendo, levantando una nube de polvo tras sus pasos.

A dos puertas de allí, del umbral de una casona pintada de ocre, una mujer con bata floreada le llamó: —¡Oiga, joven!

Necesito que me diga si mi marido anda con la secretaria de mi oficina.

Soleil se detuvo, miró al cielo apenas despejado y contestó sin rodeos: —Está con la secretaria, con tu mejor amiga… y tiene otra familia en la calle del Ahorcado.

La señora palideció, dejó caer la sartén que llevaba y se encogió de hombros con aire resignado.

El chirrido de un gato al huir espantado le acompañó hasta que llegó al taller de don Ernesto, el mecánico.

Allí estaba su motoneta, apoyada contra el muro lleno de anuncios de “se vende” y “se renta”.

Tumbó la pata de cabra, recogió unas monedas del bolsillo y entró bajo el techo de lámina.

El barrio se extendía detrás de él: puertas entreabiertas, niños encaramados en muros, un perro echado al fresco junto a un charco sucio.

Cada rostro le había confiado un fragmento de su destino, y él, con la naturalidad de quien recita el menú de un bar, seguía su camino bajo el sol que ya quemaba el aire.

—Bienvenido.

—La asistente del mecánico lo recibió sin despegar los ojos del motor del auto que estaba extrayendo—.

¿Busca a alguien en especial?

—No, solo vengo a recoger la motocicleta de mi padre.

La chica se giró para atenderlo como era debido, dejando el motor en un lugar seguro y limpiando sus manos con el trapo colgando en su hombro.

Entonces Soleil se concentró en sus ojos marrones y los goggles de natación que llevaba puestos como diadema.

Según su predicción, se llamaba Sarah y estaba pasando por un mal momento, aunque su cuerpo ni su cara lo mostraban.

La observó dejar el bloque del motor bien sujeto en el banco de trabajo, guardó la llave inglesa y se secó las manos con el trapo grasiento antes de girarse hacia Soleil.

Bajo la luz amarilla de la lámpara, sus goggles reposaban en la frente como diadema; el brillo de sus ojos marrones contrastaba con la grasa en sus uñas.

—Déjame ver la placa —pidió, extendiendo la mano—.

Y tu nombre, para confirmar en la nota de trabajo.

Soleil deslizó la matrícula y su folio de recepción por el mostrador.

Sarah cotejó ambos con su libreta: —Sí, aquí está.

Número 547‑XZL, ingresó el martes por la tarde.

—¿Qué fue lo que le pasó?

—Preguntó el vidente, porque su poder no sabía de técnicas automotrices ni accidentes de vehículos.

Para Soleil, el motor siempre era el problema.

Sarah se apoyó sobre la bancada y describió con orgullo profesional: —Tu hermano trajo la moto con fallas de encendido y frenos muy suaves.

Al arrancar, se ahogaba en bajas revoluciones y la maneta delantera apenas mordía la pastilla.

Le hicimos limpieza completa del carburador —movió el aire con la mano, imitando el vacío—, reemplazamos la bujía antigua por una nueva, cambiamos el fluido de frenos y ajustamos la tensión de la cadena.

Además, faltaba una rótula de la suspensión trasera: la pedimos ayer y llegó esta mañana.

Sarah se inclinó para atornillar un remate del guardabarros y levantó la vista con una sonrisa: —Con todo eso tardamos casi una semana, por la demora en la pieza.

Pero ya está lista para rodar.

Soleil asintió, satisfecho: —¿Algo más que deba saber?

—Revisa la presión de las llantas antes de salir y lubrica la cadena cada 500 kilómetros —aconsejó, señalando con el trapo—.

Y si notas cualquier roce extraño, regresas sin falta.

Él le devolvió la placa y el folio, ya reconfortado: —Gracias, Sarah.

Sabes que no entiendo de mecánica, pero confío ciegamente en ti.

Ella se quedó muda un momento, antes de preguntar: —¿Cómo sabes mi nombre?

—Lo vi en un sueño.

—Se limitó a decir, antes de subirse al vehículo— Por cierto, será mejor que no vayas a donde tienes planeado ir, o tendrás que lidiar con adultos muy molestos.

¿Era eso una amenaza o una advertencia?

Sarah no tuvo tiempo de preguntarle, porque ese chico tan raro ya había arrancado.

❯────────────────❮ La mañana había pasado sin muchos problemas y era el momento de un descanso después de ver tantas materias y exámenes de mitad de semestre.

Kon supo que se había ganado su desayuno, por eso sumergía la tortilla de masa en la salsa que preparó anoche para acompañar la carne.

Las hacía su madre cuando él era niño, y desde entonces, no había desayuno más reconfortante.

Era tanta masa acompañada de cualquier otro alimento que con medio kilo bastaba para saciar su apetito matutino.

—¿Estás comiendo bien?

—Preguntó su padre, desde la bocina del celular.

Al final, tuvo razón en sospechar de Rice cuando le dijo que su padre había llamado.

Esa era la primera vez desde que se fue que lo llamaba.

Dijo que esperó hasta la hora del almuerzo, de otro modo no iba a responderle, sabía lo estricto que era su hijo acerca de la escuela y no quería hacerlo enojar después de casi dos semanas sin verlo.

—Por supuesto que me alimento bien, no como carne todo el tiempo —Respondió Kon, con la boca llena de tortilla.

—La carne es importante para tu crecimiento, por eso eres bajito.

—Oye viejo, tengo la estatura del humano promedio.

—Exacto.

Si comieras como yo, ya estarías por llegar a los 2 metros.

—Eso es muy exagerado.

Sin embargo, Rice confirmaba sus palabras.

Ese tipo ni siquiera había cumplido 17 y ya estaba por rebasar a los estudiantes de universidad.

De no ser por su rostro, muchos lo confundirían con un adulto.

—¿Cuándo vuelves a casa?

—Pregunto, más por querer desviar el tema de conversación que por curiosidad real—.

Comienza a sentirse vacío.

—No te preocupes.

Estoy trabajando tan rápido como puedo para volver el fin de semana.

—Ares usaba una actitud animada cuando hablaban, como si quisiera compensar su ausencia con energía.

Pero esa voz de bestia que tenía no encajaba con el tono.

Intimidaba hasta a los animales—.

Tú confía en tu viejo.

—No es que no confíe en ti, pero en dos días será el cumpleaños de mamá.

Lo escucho maldiciendo desde el otro lado y agradeció no tener el teléfono pegado al oído, de otro modo hubiera quedado sordo.

Por supuesto que se le había olvidado el cumpleaños de su madre, estaba más sumergido en su trabajo que en recordar el aniversario de muerte de su esposa.

Bueno, ya se estaba acostumbrando a eso.

—No te preocupes, papá estará ahí a tiempo, incluso compraré algo para tu madre.

—Si faltas considerate muerto para mí.

—Nunca le he fallado a tu madre.

—Sonaba tan seguro de sus propias palabras que comenzaba a creerle.

—Lo que sea, ya estás advertido.

Ahora debo irme, ya que después de clases paso al trabajo.

Ares le deseo suerte antes de cortar la comunicación y Kon siguió devorando su desayuno, solo.

Porque Lorena estaba demasiado ocupada con un proyecto grupal y no pudo reunirse con él ese día.

Aparte de ella, no tenía más amigos con quienes juntarse.

Y seguía sin saber que Rice lo vigilaba desde la distancia, pero incluso él tenía a su propio grupo de amigos, que lo seguían como fieles siervos a su pastor, por lo que no había espacio para él.

Y estaba bien, ya se había acostumbrado.

O al menos eso quería creer.

❯────────────────❮ El timbre de la puerta colgante sonó cuando Kon la empujó con el hombro.

Antes de ir al trabajo, pasó por el local donde su novia trabajaba.

El café estaba medio vacío, con el eco apagado de una balada instrumental flotando entre las mesas.

Tras la barra, Lorena tallaba un vaso con un trapo de cocina, y por un segundo, parecía cualquier chica de preparatoria ganándose la vida honradamente.

Pero no lo era.

Era Lorena.

Su novia.

La que escribía canciones entre susurros, la que hablaba de religiones antiguas y lo miraba como si quisiera leer lo que había debajo de su piel.

Cuando lo vio entrar, sus ojos se iluminaron.

No con sorpresa, sino con ternura contenida.

—Kon —pronunció, como si dijera su nombre por primera vez.

Él no dijo nada.

Solo le tendió el ramo de flores amarillas que llevaba oculto tras la espalda.

No las compró por impulso: recorrió media ciudad en busca de ese tono exacto.

Como los campos que se imaginaba cuando pensaba en ella.

Como la canción que no entendía del todo, pero que sonaba igual a estas flores.

Lorena dejó el vaso y lo recibió con un gesto que parecía parte de una obra de teatro: suave, estudiado, perfecto.

—Son hermosas… —murmuró, y luego, con esa sonrisa que desarmaba sus pensamientos—.

¿Es porque no me despedí bien la última vez?

—No —dijo Kon, bajando la mirada con una torpe sinceridad—.

Es porque dijiste que te gustaban las flores de ese color.

Ella sonrió aún más.

Rodeó la barra y se sentó frente a él, dejando el ramo sobre la mesa.

Le lanzó una mirada coqueta, entre traviesa y cuidadosa.

—¿No tienes miedo de que alguien te vea trayéndole flores a una chica con uniforme de moza?

—No pueden juzgarme más de lo que ya lo hacen… Nunca he sido bueno en cuidar mi imagen.

Lorena soltó una pequeña carcajada, esa que usaba cuando algo le parecía tan bonito que no lo podía resistir.

—¿Sabes?

Siempre que alguien me trae flores, me siento como en un velorio.

Ya que suelen usarlas para guiar a los muertos y eso me entristecía un poco, pero ahora me hace feliz.

Si pensaste en mí al ver estas flores significa que me recordarás siempre.

Kon alzó una ceja, dudando si eso era bueno o malo.

Lorena ya estaba girando una flor entre los dedos, como quien deshoja pensamientos.

—¿No te molesta trabajar aquí?

—preguntó, mirando la soledad del lugar.

—No.

Me gusta.

Está lejos de casa, así que aquí puedo pensar sin que nadie me interrumpa.

Además —agregó, con tono burlón—, el jefe solo me regaña cuando se acuerda de que existo.

—¿Y si te ve ahora?

—Entonces me pondré a trabajar… —le guiñó el ojo—.

Pero aún no hay clientes, así que tengo cinco minutos más.

¿Qué quieres hacer con ellos?

Kon pensó por un segundo.

Quiso decirle que le gustaba estar sin hablar.

Que no esperaba conversación, ni respuestas, solo ese momento.

Pero no se atrevió.

Así que improvisó: —Dime algo que nadie más sepa de ti.

Lorena lo miró con un destello de picardía.

—¿Algo secreto?

—Sí.

Ella se inclinó, como si fuera a contarle una confesión sagrada.

—A veces, cuando estoy sola… práctico cómo llorar frente al espejo.

Por si algún día necesito parecer más humana.

La frase lo descolocó.

¿Estaba bromeando?

¿O era de esas cosas que decía y que no sabía si venían del corazón o del teatro que montaba cada vez que lo miraba?

Kon no supo qué responder.

Pero ella le sonrió otra vez, sin darle tiempo a interpretar nada, y se puso de pie al ver que alguien se acercaba a la puerta.

—Hora de volver al trabajo —canturreó, y añadió mientras se colocaba el delantal—.

Pero gracias por venir.

Siempre que estás cerca, parece que el mundo se mueve un poquito más lento.

Y él, incapaz de entender si esa frase era una trampa, una poesía o ambas cosas, solo se quedó mirando el ramo sobre la mesa.

Amarillo, brillante.

Igual que esa parte de ella que aún no podía descifrar.

—¿Vas a pedir algo?

—Preguntó Lorena al cliente, sin su cortesía habitual.

Fijo su vista en el cliente.

Era un chico menor que ellos, por el olor que soltaba, Kon pudo deducir que era un año más pequeño.

Por la forma en la que se dirigía a Lorena debían de conocerse ¿sería su hermano menor?

De ser así, tal vez deberían presentarse.

Pero antes de que Kon pudiera hacer cualquier movimiento, Soleil se acercó a él con determinación.

Se plantó justo enfrente de su mesa, ignorando los jalones que Lorena le daba para que no lo molestara.

—Cuida bien lo que tu padre te dará cuando regrese.

—Dijo y luego se sentó en otro lado, lejos de todos.

Lorena comenzó a hacerles señas de disculpa a Kon, si no tuviera que atender a Soleil se lo explicaría en ese momento.

El Alfa lo entendió y dejó que siguiera en sus labores, mientras él observaba a ese chico tan raro.

¿Su padre le iba a dar un regalo?

¿cómo sabía que volvería al día siguiente si ni siquiera él estaba seguro?

Se sacudió esos pensamientos de la cabeza, seguro solo estaba jugando con él.

❯────────────────❮ Había llegado a la calle del ahorcado al fin.

Estuvo trabajando todo el día, que no tuvo tiempo de pensar en nada más que en reparar las partes mecánicas de todos los autos que llegaron ese día.

El jefe le dio permiso de retirarse temprano, estaba orgulloso de su desempeño, pero se negaba a darle trabajo extra cuando se lo pidió.

De nada le servía si llegaba a enfermarse, menos si era por su culpa.

—Ese viejo solo no quiere pagarme las horas extra.

—Se quejaba en voz alta, mientras saltaba el muro de piedra y esquivaba los vidrios clavados como protección contra ladrones—.

No puedo comunicarme con Cecilia, ni con el estúpido de Francis.

Estaba más segura que nunca de que ese era un nombre falso y fue ella tan tonta que se lo creyó.

Entró por la puerta principal, sin hacer ni un solo ruido.

Para su sorpresa, todo estaba vacío e impecable, como si no hubiera desaparecido una familia entera.

La cinta de policía bloqueaba el paso fácil, por lo que tuvo que saltarla y ahí lo noto; las únicas cosas que faltaban fue porque la policía se las llevó.

No hubo pistas, ni señales, no hubo rastro de peleas, ni registro de llamadas de emergencia.

Como si hubieran desaparecido en el aire.

Siguió explorando la casa, pasando por todas las habitaciones que ya conocía de memoria, en busca de cualquier pista que pudiera dejar Cecilia.

—No importa lo enojada que estuvieras, no debiste ocultarme esto.

Hurgando en su cuarto descubrió el dibujo pintado en la pared, lo único fuera de lo normal que ahí había; el mismo ojo que pintaron en la casa de Rice.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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