La canción del dragón - Capítulo 16
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16: El día triste 16: El día triste La celebración había llegado.
El día más importante del mes en Xictli, cuando todos recordaban la muerte de Yalot Pit-Nüwa, el héroe que liberó al país de la invasión de Ashvord.
Según los registros, sus propios compañeros de batalla —Fergus Drum y la actual presidenta de Xictli, Kira Syraël— tuvieron que detenerlo cuando perdió la cordura.
La sola existencia de esa mujer demostró la veracidad de la historia: después de doscientos años siguió viva, liderando al Tlan y manteniendo el orden en la nación.
Por eso, en la escuela, todos se esforzaban en mostrar sus respetos al héroe nacional.
Para Kon, en cambio, resultó un momento incómodo: se trataba de su bisabuelo.
Según su padre, Yalot cargó con todos los pecados de su época y los llevó al Tonatiuh ichan1, donde logró la expiación antes de volverse un colibrí.
Para el resto del país, en cambio, no fue más que un salvador que terminó enloqueciendo.
Yalot simbolizaba el peligro de ser un Alfa y el peso que se lleva sobre los hombros: entregarlo todo por su pueblo y su patria… y recibir la muerte a cambio.
—No entiendo.
¿Celebramos un muerto?
—preguntó Ethan, tras un largo silencio—.
Pensé que esto era como un festival.
—Guarda silencio —susurró Lorena.
Antes de recorrer los puestos que los estudiantes habían decorado durante los días, todos debían reunirse en la cancha techada.
Allí, bajo el calor sofocante de la primavera, se rindió homenaje a los héroes: un recordatorio de lo ocurrido el 23 de marzo, hace doscientos diez años, con una representación teatral organizada por la escuela.
Lorena buscó a Kon entre la multitud de jóvenes aburridos de ver la misma historia cada año.
Se preguntaba qué expresión pondría al ver a sus compañeros interpretar a uno de sus antepasados.
Estaba convencida de que ya estaba acostumbrado: su raza siempre había sido protagonista de guerras y rebeliones.
Los Pit-Nüwa participaron en la independencia contra Eldrida y los reinos del sur, frenaron a los revolucionarios que abusaban del poder e, incluso, detuvieron la guerra contra los luminares hace apenas una vez años.
Kon debía estar harto de escuchar su apellido en cada efeméride.
Quizás por eso no prestaba atención a la obra de teatro.
—Es como leer una fantasía épica —susurró Lorena, repitiendo palabras que Kon había dicho una vez, durante la celebración de la independencia.
—Y ahora nosotros vamos a acabar con el protagonista de la fantasía —dijo Morgart, sin apartar la mirada de la representación.
—Vamos a acabar con uno de los chicos, no con la especie —corrigió Ethan, en voz baja, como para quitarle peso a sus propias palabras—.
Recuerda que un nuevo Pit-Nüwa nació hace unos meses.
—Eso es cierto, sin embargo… Lorena se quedó con las ganas de escuchar lo que Morgart había dejado en el aire.
—Ya me cansé.
¿Cuándo acaba esto?
—se preguntó Ethan.
Lorena estaba hasta la coronilla de los gemelos.
Si no trabajaran para ella, ya los habrían golpeado.
No esperaba que entendieran la importancia del homenaje, pero al menos deseaba que cerraran la boca más de diez minutos.
— ¿Ya estás todo listo?
—preguntó Morgart en un murmullo.
La única respuesta que obtuvo fue un pulgar arriba de los gemelos.
— ¿Qué hicieron ahora?
—frunció el ceño.
—¿Te gustan las aves?
—preguntó Lucy, con una sonrisa traviesa.
La expresión de Morgart lo dijo todo: ya se estaba arrepintiendo de haberles dejado el trabajo en sus manos.
Ese día, sin duda, estaría agitado.
Pero nada de eso importaba.
Lorena debía encontrar la forma de salvar a Kon de lo que fuera que tuvieran planeado.
❯────────────────❮ San Simón, la capital de Xictli, se vestía de fiesta y de luto a la vez.
Desde temprano las calles principales se habían llenado de pendones rojos y dorados, flores dispuestas en altares improvisados y estatuas del héroe nacional adornadas con guirnaldas frescas.
La avenida central hervía de gente, todos agolpados a los costados para presenciar el desfile encabezado por la presidenta Kira Syraël.
Ella marchaba en el centro, rodeada de los Omegas del Tlan que imponían respeto con solo su presencia.
Entre ellos destacaba Rune, su hijo, que recibía los vítores de la multitud como si ya fuera heredero natural de aquel linaje sagrado.
A su alrededor, ministros, diputados y embajadores seguían el paso solemne, aunque nadie reparaba demasiado en ellos.
Toda la atención caía sobre Kira, una de las tres heroínas del país, la mujer que dos siglos atrás había combatido junto a Fergus Drum y Yalot Pit-Nüwa para expulsar a los invasores de Ashvord.
En las pantallas de los comercios, la transmisión en vivo mostraba cada detalle de su caminata.
La cámara se detenía en su piel oliva, en el rojo encendido de sus labios y en el largo cabello negro que caía como un río oscuro sobre su espalda.
Los tatuajes dorados que recorrían su cuerpo relucían bajo el sol, símbolos sagrados de su fuerza y de la historia que representaba.
En el taller de Don Ernesto, Sarah se detuvo a mirar la televisión colgada en la pared.
Sus manos, manchadas de grasa, quedaron inmóviles sobre la herramienta que sostenía.
Por un instante, se olvidó del ruido de los motores y el olor del aceite; solo veía a Kira, irradiando una belleza tan poderosa que parecía absorber toda la luz de la pantalla.
Pensó que no había nada más hermoso en ese momento, más único y majestuoso ¿cómo podía una persona acaparar la atención de esa manera?
No era la única en la pantalla, no era la única importante de los diputados que se presentó al evento.
Y, sin embargo, era la única a la que miraba.
Sin quererlo, la imagen de Kon apareció en su mente.
Recordó sus rizos rebeldes, sus ojos color avellana que parecían brillar incluso más que los de la presidenta, y esa expresión testaruda que siempre lo acompañaba.
No supo por qué la grandeza de Kira la hizo pensar en él, siendo ella cien veces más hermosa, y probablemente mucho menos enojona.
Pero lo pensó.
Sacudió la cabeza para espantar el recuerdo, como si no tuviera sentido detenerse en esas comparaciones.
Él era papa casada y no estaba interesado en ella.
Lo mejor que podía hacer era alejarse de él, ya bastante tenía con lo que encontró en la casa de Cecilia para pensar en otras cosas.
Se levantó limpiándose las manos con un trapo y recordó, de pronto, que Morgart había dejado olvidada su comida en casa.
Decidió aprovechar la hora libre para llevársela.
❯────────────────❮ Después del homenaje, los estudiantes se dispersaron por toda la cancha.
La mayoría de los salones estaban cerrados; los puestos de comida se alineaban afuera, en las orillas.
Solo unos pocos cuartos-bodega permanecían abiertos, los que usaban para guardar la utilería y los materiales de la obra.
A Kon eso no le importaba.
Solo pensaba en comer.
Su padre le había dejado suficiente dinero para probar de todo y repetir en el puesto que más le gustara.
Caminaba de la mano con Lorena, sin notar lo húmeda que estaba la palma de ella por el sudor.
“Debe parecer un accidente.” Las palabras de Morgart seguían martillando la mente.
¿Cómo moría un Alfa en un accidente?
Y, peor aún, ¿Cómo vivirían sus compañeros de escuela después de presenciar algo así?
“Es por el bien de la humanidad”, podía escuchar aún la voz implacable de Morgart.
“La existencia de Kon es un peligro para el mundo.” ¿Por qué Zaihn?
¿Por qué ahora, cuando al fin había conseguido lo que tanto deseaba, se lo querían arrebatar?
Había esperado demasiado tiempo por Kon.
Había invertido cada esfuerzo en seducirlo.
Él quería una novia normal, y ella se disfrazó de eso: la chica más simple, la más corriente.
Incluso se obligaba a suavizar la voz para ocultar su tono grave y masculino.
¿Y ahora pensaban quitárselo?
Lo único que deseaba era que, si alguien moría ese día, no fuera él.
—¿Quieres comer algo?
—la voz de Kon la arrancó de sus pensamientos.
—¿Eh?
Sí… bueno, no.
No tengo hambre.
—¿De acuerdo?
—respondió él, encogiéndose de hombros.
Lorena buscó con la mirada a sus compañeros.
Para su desgracia, no estaban tan lejos.
El tiempo se le escurría de las manos; Ethan y Lucy eran capaces de arruinarlo todo con alguna locura.
“Mejor encargarnos nosotros, antes de que esos tontos lo echen a perder.” Una idea germinó en su mente: convencer a Kon de ir a uno de los salones-bodega.
Allí, entre montones de materiales apilados al azar, cualquier accidente podía parecer natural… o fingirse como tal.
Mostrar a Kon como alguien inmune a un accidente no sonaba mal, al menos de momento.
—Kon, vamos a un lugar donde podamos estar solos.
El muchacho tardó en comprender lo que su novia insinuaba.
El rubor le subió de inmediato a las mejillas.
No esperaba que Lorena fuera tan atrevida; debía detenerla antes de que las cosas se les fueran de las manos.
—Lorena, estamos en la escuela.
¿Sabes lo que pasaría si nos descubren?
—Debo decirte algo.
Las palabras de Kon se quedaron atascadas en la garganta.
¿Era él el único que había pensado mal?
—De acuerdo —cedió al fin.
Cuando subían al segundo piso, el profesor de educación física los interceptó.
Su sombra se estiraba demasiado larga sobre el pasillo, más larga de lo que permitía la luz.
—Los estudiantes no pueden subir.
—¿Por qué?
Dejamos nuestras cosas ahí —protestó Lorena, con Morgart respirándole en la nuca—.
Es una emergencia.
—El director lo ordenó.
El maestro se erguía frente a ellos como una muralla sin grietas.
Su piel parecía más gris que de costumbre, y el sudor le caía como cera derretida.
Lorena sabía que disfrutaba fastidiar a Kon, pero aquel día había algo distinto, como si ya no jugara, sino que cumpliera una sentencia.
—Por favor, profesor, déjenos pasar.
—No.
Son órdenes.
Kon abrió la boca para replicar, pero la expresión del hombre cambió.
Su mueca era demasiado grande, casi arrancándole las mejillas, y sus ojos temblaban dentro de las cuencas.
—¿Eres idiota?
—dijo, con una voz que no sonaba del todo humana, sino como varias voces solapadas—.
¿Cómo te atreves a hablar con desdén a un profesor?
—Ni siquiera… he hablado —balbuceó Kon.
Entonces el maestro gritó.
Pero no era un grito: fue un cacareo deformado, seco, metálico, que hizo vibrar los vidrios de las ventanas.
Su rostro se enrojeció hasta parecer un globo a punto de estallar.
—Maestro— Rice se interpuso, con su sonrisa tan amable de siempre—.
No se moleste, estaba por llevarlos conmigo.
Sus compañeros comenzaron a susurrar.
Ven a Rice como el ejemplo a seguir por siempre saber qué hacer y guardar la calma, Kon es la pobre víctima que no merece ser tratado de ese modo y el profesor es el ogro del cuento.
Sus murmullos lo cabrearon.
—¡GUARDEN SILENCIO!— Su grito salió como un cacareo que estremeció las paredes y ventanas.
Por instinto, Kon se colocó delante de Lorena, pero detrás de Rice.
El extraño profesor volteó de nuevo su cabeza a los dos estudiantes que más lo cabreaban —¿Te crees la gran cosa por ser el perro guardián del jefe?— La sonrisa de Rice desapareció al escucharlo —¿Piensas que con eso no te desechará?
La sombra de su madre sonríe desde el otro lado, con la sangre escurriendo de sus heridas, puede oler con claridad la pestilencia de los órganos y la suciedad de las hojas podridas.
—Profesor —Kon salió a la defensiva con su voz más tranquila ahora que no es él a quien atacan— Lo que está haciendo lo prohíbe la ley, si sigue así será reportado a sus superiores.
Los estudiantes se acercaban, atraídos por el ruido, y en medio de ellos Kon vio un destello imposible: la sombra de su madre sonriendo en un rincón del pasillo.
Sonreía con los labios cosidos, y de las costuras caían chorros de sangre que se transformaban en hojas secas al tocar el piso.
El olor era dulzón, como de carne podrida mezclada con tierra húmeda.
—Vergüenza… —susurró el maestro, pero su voz se multiplicaba en ecos que parecían venir de todas las paredes—.
Kon, eres una vergüenza.
Tu madre murió por tu culpa.
Rice lo tomó del cuello de la camisa.
La tela se sintió blanda, esponjosa, como si sujetara un muñeco relleno de plumas y no a un hombre.
Un par de plumas blancas asomaron por el cuello de la camisa, como si estuvieran brotando de su piel.
El cuerpo del profesor comenzó a inflarse.
No de un modo natural, sino en pulsos irregulares, como si respirara por cada centímetro de su carne.
Los ojos se desprendieron con un chasquido húmedo y rodaron por el suelo como canicas vivas.
Los alumnos chillaron, pero sus voces parecían lejanas, como amortiguadas bajo el agua.
Y entonces, con un estallido, el hombre se deshizo en vísceras y plumas.
La sangre que salpicó a los presentes tenía la densidad de la tinta y el olor dulzón de la leche agria.
En su lugar, una gallina gigantesca picoteaba el suelo.
El movimiento era absurdo: cada golpe del pico resonaba como martillazos en una campana.
Sus patas tenían garras metálicas que chirriaban contra la loseta, y la cola, demasiado larga, se arrastraba como un velo arruinado.
—¿Qué…?
—fue lo único que Kon logró decir, con la boca seca.
El ave levantó la cabeza y lo miró con unos ojos que no parecían de animal, sino de humano: ojos cansados, húmedos, como los del propio maestro.
El cacareo que soltó fue tan intenso que las paredes se doblaron, como si todo el pasillo se retorciera dentro de un sueño.
Y en medio de ese sonido imposible, la gallina corrió hacia Kon con el pico abierto, como si lo fuera a tragar entero, como si todo lo que existía se redujera a ese instante de absurdo y terror.
❯────────────────❮ Sarah llegó a la escuela justo a tiempo para encontrarse con un espectáculo: Ethan y Lucy detenidos por los guardias en la entrada.
A los genios no se les ocurrió mejor idea que saltar la cerca cuando se les negó la salida, convencidos de que nadie lo notaría.
—Ustedes sí que se apasionan por el trabajo —bromeó Ethan, intentando ganarse la simpatía de los adultos—.
Es raro que patrullen una escuela.
¿Qué creen que es, la frontera?
Al verla acercarse, los gemelos agitaron los brazos con dramatismo, llamándola a gritos hasta que la oficial levantó una mano y le ordenó detenerse.
—Chicos… —Sarah suspiró al llegar a su lado.
—¡Primita!
—Ethan extendió los brazos en señal de abrazo, que ella ignoró de inmediato.
Lo primero que hizo fue disculparse por la actitud infantil y poco legal de sus primos.
La oficial accedió a perdonarlos solo porque Sarah explicó que eran extranjeros, todavía sin dominar el idioma ni las costumbres del lugar.
Los gemelos, sin perder el ritmo, empezaron a balbucear palabras como si tuvieran tres años de edad.
Los guardias, resignados, regresaron a sus puestos.
—Qué amargados son aquí —se quejó Ethan, soltando un suspiro—.
¿En qué les afecta que nos saltemos la escuela?
Ni siquiera hay clases.
—Son unos brutos.
—Lucy rodó los ojos.
Sarah le jaló del cabello antes de que soltara más insultos y acabaran con una multa por faltarle al respeto a las autoridades.
—Olvidaron su comida en casa.
—Les tendió los trastes.
Lucy destapó el suyo al instante, curiosa por ver qué le habían preparado.
—¿Y viniste solo por eso?
—preguntó Ethan con una sonrisa coqueta, mostrando los dientes blancos que solían derretir a las chicas.
Sarah lo ignoró con la precisión de una atleta olímpica.
—Asegúrense de darle a Morgart el suyo.
—No importa, porque ya nos vamos.
—Lucy habló con la boca llena del emparedado que le había tocado—.
Puedo comerme su parte.
Ethan le arrebató el topper antes de que terminara.
Al destaparlo, el olor a salmón en salsa agridulce lo hizo arrugar la nariz.
—Qué asco… este es el de Morgart.
—¿No estará echado a perder?
—Sarah probó un pedazo con cuidado.
Saboreó la mezcla en su paladar y sonrió—.
Sabe bien.
¿Cómo logró conservarlo?
—No en vano es buena cocinera.
—Lucy la imitó, metiéndose un trozo más grande.
Después, sin previo aviso, soltó: —Por cierto, Eduard llamó anoche a casa.
¿No le has dicho nada de nosotros?
—¡Eduard!
—Sarah casi deja caer el topper al suelo—.
¡Lo olvidé por completo, puta madre!
—Me lo imaginé.
Pero no te preocupes, nadie contestó.
Recuerda que para él sigues con tu rutina normal, como una chica independiente en la ciudad.
—No tienes que recordármelo, lo sé muy bien.
—Yo creo en ti.
El que no deja de repetirlo es Morgart.
Al fin y al cabo, estamos invadiendo la casa de su adorable hermanita.
—Tengo veinte años, ya no soy una niña.
—Para él lo sigues siendo.
Y para cualquiera.
¿Qué son veinte años comparados con doscientos noventa y cinco?
—Ese es el problema.
Yo nunca llegaré a los doscientos noventa y cinco.
Ni siquiera a los cien.
Soy humana.
El desánimo se le notaba en la voz.
En su familia todos habían sido testigos de la evolución humana, de los imperios que surgían y caían como si fueran capítulos de un libro infantil.
Eduard, en particular, le hablaba de la quinta era como si hubiera ocurrido ayer: cómo conoció a héroes verdaderos en su apogeo, no a las figuras adornadas de los libros de historia.
Ethan pareció comprenderla.
Le revolvió el cabello con suavidad, como si calmara a un niño.
—Esfuérzate mucho, ¿está bien?
Sarah podría haber quedado ahí, perdida en esos pensamientos, de no ser por los gritos que de pronto estallaron en la planta alta.
Los alumnos salían corriendo de sus salones, pidiendo ayuda.
La alarma de incendio comenzó a sonar.
Algunos, en su desesperación, se arrojaron por las ventanas, cayendo de lleno contra el pavimento.
Los guardias y maestros corrieron en auxiliar.
El caos se apoderaba del patio… y en medio de ese bullicio, lo único que resonaba en la mente de Sarah era un cacareo insistente.
—¡Debemos irnos!
—Ethan la jaló del brazo hacia la salida.
—¿Y Morgart?
¡Sigue adentro!
—Él estará bien.
Sabe lo que hace.
Estuvo por replicar, pero algo en la urgencia del albino la detuvo.
—¿Qué hicieron?
—Nada.
—Alzaron las manos, finciendo inocencia.
Sarah no alcanzó a interrogarlos más.
El pánico colectivo crecía y, para colmo, gigantescas gallinas comenzaron a corretear por el patio, agitando sus alas desmesuradas.
—Gallinas…?
—murmuró, sin dar crédito a lo que veía.
Tonatiuh ichan es el lugar a donde van los héroes caídos de Xictli.
Un paraíso para los guerreros y las mujeres que murieron en el parto.
Acompañaban al Dios del sol en sus labores por 4 años.
Cumplido ese lapso de tiempo, reencarnaban en colibríes o aves de plumaje hermoso para deleitarse con las flores de los jardines celestiales, o incluso para volver a la tierra a dar mensajes y disfrutar el néctar de las flores.
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