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La canción del dragón - Capítulo 17

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17: Aves con cola de serpiente 17: Aves con cola de serpiente Rice reaccionó un tiempo.

Con un movimiento seco blandió el palo de la escoba contra la gallina descomunal.

El golpe fue tan brutal que la cabeza del animal se partió en dos con un chasquido que heló la sangre de todos.

Las garras de la criatura se arrastraron por el pavimento, arrancando trozos de concreto, mientras el palo astillado atravesaba su cuerpo con la fuerza de una lanza real.

Kon apenas pudo procesar lo que veía: aquellas garras no eran uñas de ave común, sino cuchillas que brillaban bajo la luz del sol como acero recién forjado.

Y lo peor vino después.

El cuerpo, aún dividido, comenzó a temblar ya coserse solo: de sus entrañas brotaron hilos negros y viscosos, como gusanos de humo que se entrelazaban para volver a unir carne y hueso.

El ave se levantó otra vez, entera, como si nada hubiera pasado.

La gallina lanzó un chillido agudo y se abalanzó contra Rice, descargando una lluvia de picotazos.

Cada embestida dejaba cráteres en el suelo, hundiendo el pavimento como si fueran martillazos de hierro.

Rice esquivó por instinto, rodó, y con lo único que le quedaba —el pedazo de escoba roto— lo empuñó como un cuchillo.

Esperó el momento y, cuando el pico rozó su hombro, clavó la astilla directamente en el ojo del monstruo.

El chillido fue ensordecedor.

El ave se retorció de dolor, golpeó las escaleras con todo su cuerpo y cayó revolcándose, las alas chocando contra los muros en una furia ciega.

Rice no perdió la oportunidad: tomó a Kon del brazo y lo arrastró hacia la salida.

Kon, sin embargo, tenía la mirada perdida.

Entre el caos, había perdido de vista a Lorena.

La explosión del profesor de educación física lo había separado de ella en un abrir y cerrar de ojos.

El corazón le latía con fuerza, cada paso lo alejaba de ella, pero no se atrevía a soltarse de la mano de Rice.

No podía.

El pasillo era un infierno.

Los maestros, uno tras otro, se transformaban en gallinas gigantes.

El sonido de huesos quebrándose se mezclaba con cacareos inhumanos.

Corrían sin rumbo, devorando a estudiantes, desgarrando carne y ropa en un festín sangriento.

Los sobrevivientes se amontonaban en las puertas, empujando, gritando, o se lanzaban desde las ventanas en una desesperación tan grande que preferían romperse el cuerpo en el pavimento antes de quedarse dentro.

Rice, con los ojos encendidos por la adrenalina, puso a Kon detrás de sí.

Una gallina se arremetió contra ellos, pero Rice la recibió con una patada brutal en el rostro.

El crujido seco del cuello al partirse resonó como un disparo.

Las demás criaturas voltearon al instante, atraídas por el ruido.

Soltaron a sus presas a medio devorar y se lanzaron contra ellos, alas extendidas, ojos rojos y picos goteando sangre.

Rice corrió escaleras arriba, jalando a Kon.

El edificio temblaba con los golpes y las persecuciones.

Tuvieron suerte: el maestro Carlos había bloqueado esa zona antes del desastre y ninguna de las aves había llegado aún.

Sabía que la entrada principal estaba perdida, bloqueada por la multitud en estampida.

La única salida era la azotea, un camino al que pocos se atreverían a subir.

Las gallinas intentaron seguirlos, pero en el espacio estrecho de la escalera se atoraban unas con otras, empujándose, cacareando como locas, incluso picoteándose entre sí en un intento torpe de abrirse paso.

—¿Qué está pasando?

¿Qué es eso?

¿Qué le ocurrió al maestro?

—Kon jalaba del brazo de Rice, la voz quebrada, al borde del pánico—.

¡Diez centavos, arroz!

¿¡Por qué no me dice nada!?

Rice se detuvo de golpe en mitad de las escaleras.

Sus nervios estaban a punto de estallar.

Lo empujó contra la pared con violencia, su respiración agitada.

—¡Y CÓMO MIERDA QUIERES QUE LO SEPA!?

—rugió, la voz cargada de frustración—.

¿Me ves cara de adivino?

¡No tengo todas las respuestas, no sé qué demonios son esas cosas ni por qué el maestro se volvió uno de ellos!

¡Así que cállate un segundo y déjame trabajar!

El silencio entre ambos se volvió pesado, sofocante.

Rice sabía que lo había hecho de nuevo: había descargado su rabia contra la única persona que no debía.

Pero la presión era insoportable, y cada segundo perdido podía costarles la vida.

Desde aquel instante, desde que el profesor se transformó y lo miró fijamente, Rice sintió esa sombra sobre él.

Esa presencia lo perseguía, como si alguien —o algo— seguía sus pasos en medio del caos.

Vio a una mujer de cabello negro, corta hasta los hombros, con unos ojos tan oscuros y profundos que parecían pozos sin fondo donde cualquiera podía perderse.

Pero aquellos ojos, lejos de inspirar calma, brillaban con un afecto mal dirigido.

El mismo afecto que nunca le había mostrado a él, ahora lo prodigaba sobre Kon.

El chico temblaba, incapaz de reaccionar, abrazándose a sí mismo como buscando calor en medio del caos, mientras el fantasma de aquella mujer lo arrullaba con ternura… a Kon, no a Rice.

“ Eres muy malo con él ” la voz de la mujer heló el aire, más fría que el hielo “ ¿Qué culpa tiene de tu incompetencia?

” La mandíbula de Rice se tensó hasta doler.

Quiso destruir algo, romper huesos con sus manos desnudas, aplastar cabezas hasta que no quedará nada.

Un deseo primitivo de violencia crecía dentro de él, y con cada segundo se volvía más difícil contenerlo.

Si no encontraba cómo soltar esa rabia, acabaría estrangulando a Kon.

El eco de los cacareos lo devolvió a la realidad.

Arriba, el infierno seguía vivo: chillidos, golpes, el olor metálico de la sangre impregnando los pasillos.

Sólo unas escaleras lo separaban de volver al campo de batalla.

Podría despejarlo todo, hacer pedazos a esas bestias y aliviarse.

Sí, eso haría.

“ Qué lindo… el niño cree que puede proteger a alguien ” se burló la voz en su mente.

La ignoró.

Se giró hacia Kon.

—Quédate aquí.

Vuelvo enseñada.

Descendió las escaleras con sigilo, sin llamar la atención.

Debía apresurarse: si tardaba demasiado, Kon quedaría expuesto.

Y Kon era lo único que importaba.

Su propósito entero.

El piso superior era una carnicería.

El suelo estaba tratado de rojo, las ventanas salpicadas de sangre.

Cuerpos desmembrados se amontonaban por todas partes: compañeros de educación física que alguna vez bebieron con él, estudiantes que le pedían ayuda con las tareas, y hasta su compañera de música, la que se le había declarado torpemente hacía unos meses.

Todos con el abdomen abierto, los ojos arrancados y ensartados en los picos de aquellas monstruosas gallinas.

A Rice le dio igual.

Se lanzó contra la más cercana justo cuando está engullía el brazo entero del estudiante más fornido del instituto.

Le impresionó que no se atragantara, como si la criatura no tuviera límites en su interior.

Le propinó una patada en el vientre y sintió cómo todos los órganos se rompían bajo su zapato.

El cacareo de dolor resonó antes de que cayera muerta.

Otra corrió hacia él.

Rice le quebró el cuello de un solo impacto.

A la siguiente le destrozó el pico de un puñetazo, ya otra la desmembró sin piedad: le arrancó las alas y obligó a sus compañeras a tragarlas a la fuerza, en un acto de violencia absurda.

Cada golpe lo volvía más sanguinario.

Hundía cabezas contra los muros, abría estómagos con las manos, arrancaba ojos.

Era una máquina de furia desatada, cada vez más rápida, más brutal.

Hasta que una logró alcanzarlo: un picotazo le arrancó un trozo de piel del brazo, dejando tendones y músculos al descubierto.

La punzada de dolor lo sacó de la enajenación.

Las gallinas lo rodearon.

Aunque sus ataques las desarmaban, volvían a regenerarse.

Distinguió a la que había mutilado antes: ahora sus alas eran aún más grandes y sus plumas brillaban como cuchillas de acero.

Rice podía ver su propio reflejo en ellas.

Cubrió su herida.

Perfecto.

Estaba en un verdadero aprieto.

De pronto, un traste de plástico azul salió volando y golpeó la cara de una de las bestias.

Otra lo atrapó con el pico.

Rice giró, sorprendió y vio entrar a Sarah.

Ella había corrido hasta la entrada trasera, menos concurrida, sorteando la confusión e ignorando los llamados de los gemelos.

Se detuvo, incrédula: ¿gallinas carnívoras?

El pensamiento la atravesó como un chiste cruel: ¿sería la venganza de todas las que habían devorado durante siglos?

Pero la broma se esfumó en cuanto sus ojos encontraron a la líder de la parvada.

Era distinta.

Cola de reptil cubierta de escamas, alas majestuosas como las de un pavo real, garras metálicas y un cuello tan largo como el de una jirafa.

Movía a los demás como un director de orquesta, con sonidos guturales que helaban la sangre.

La suerte estuvo de su lado: estaban tan obsesionadas con subir al segundo piso que no notaron su llegada.

Varios estudiantes aprovecharon para huir.

Sara también.

Los recipientes que llevaba se abrieron en el forcejeo, esparciendo mariscos y salsa roja por todo el suelo.

El olor atrajo de inmediato a las aves.

Su hambre venció a las órdenes del líder: primero una, luego varias, hasta que todos se aglomeraron, picoteando con frenesí la comida.

Sarah no lo dudó.

Se lanzó hacia Rice, lo agarró del cabello y tiró de él con todas sus fuerzas.

Corrieron de vuelta a las escaleras en una escena tan absurda que, contra toda lógica, arrancó una risa seca de Kon.

Ver a Sarah arrastrando a Rice como si fuera un muñeco, mientras él la maldecía, le desarrolló una chispa de normalidad.

El miedo que lo paralizaba se deshizo un poco.

¡Pum!

Regresó por el pasillo.

¡Pum!

Un globo invisible estalló.

¡Pum!

¡Bam!

Una ráfaga de aire caliente los empujó hacia adelante.

Las gallinas empezaron a inflarse, una tras otra, hasta estallar en una lluvia de plumas.

Sus cuerpos parecían rellenos solo de ese algodón blanco, que cubrieron el pasillo entero en un espectáculo grotesco y casi mágico.

Los cadáveres quedaron ocultos bajo la nevada de plumas, como si la masacre hubiera sido disfrazada de fiesta escolar.

—Eso fue… demasiado conveniente —murmuró Sarah, soltando el cabello de Rice, ahora convertido en un nido de pájaros.

❯────────────────❮ Lorena y el resto de sus compañeros se encontraban refugiados en el aula audiovisual de la escuela, en el primer piso.

Era el salón más grande y mejor protegido de todos, pero también el que más calor atrapaba.

Con más de la mitad de los estudiantes hacinados ahí dentro, el aire se volvió sofocante, como un horno sin ventanas abiertas.

—¿Y ahora qué hacemos?

—preguntó Morgart, cruzado de brazos y con un aplomo casi insultante para la situación—.

Ese basilisco nos va a matar a todos.

Se habían refugiado en una de las esquinas, entre pilas de pizarras y equipo en desuso.

Ahí podía hablar sin temor a ser escuchados por el resto.

—No sé por qué te alteras tanto —replicó Ethan, usando la pantalla de su celular como espejo para Hurgarse entre los dientes—.

Podemos matar a esa gallina cuando queramos.

—Nosotros sí —murmuró Morgart, con un dejo de reproche—, pero Sarah no.

—Respondió mi mensaje, así que deja de llorar —intervino Lucy, alzando el teléfono.

En la pantalla, un chat abierto confirmaba que mantenía contacto con Sarah.

Ethan se inclina a leer mejor.

—Mira nada más… está con nuestra presa.

El estómago de Lorena se encogió.

Sus uñas dejaron de desgarrar la piel de sus dedos.

Por un instante, todo el ruido de la sala se apagó en sus oídos.

Kon estaba vivo.

Mientras permaneciera junto a Sarah, esos tres no harían nada imprudente.

Incluso a ella le habían ocultado la verdadera razón de aquel viaje a Matusalem, pero no le hacía falta saberla para entender que Kon era el centro de todo.

—Debemos ir por ella antes de que salga herida —dijo con firmeza.

—Qué dolor de cabeza —bufó Lucy, estirando la piel de su cara como si todo aquello le diera pereza.

—Esto no hubiera pasado si la hubieran cuidado como debían —reprendió Morgart, aunque su voz tenía el mismo timbre indulgente de un padre que no sabe castigar en serio—.

Tienen suerte de que el Lobo no dirija aún su mirada hacia acá.

—Nosotros también estamos preocupados, ¿de acuerdo?

—se defendió Ethan al instante—.

Lo que me preocupa es ese demente de la coleta.

Sospecha de mí, y siendo tan unidos, podría lastimar a Sarah también.

—Solo necesita actuar como siempre —dijo Lucy con indiferencia—.

Eso bastará para disipar cualquier sospecha.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Lorena la miró, recelosa.

—Concentrémonos —intervino al fin, harta de que se desviaran—.

Si Sarah está con Kon, debemos alcanzarlos cuanto antes.

Si algo le ocurre a esa chica, el Lobo va a enfurecer.

—Lorena tiene razón —Morgart la segundo, poniéndose en pie por fin—.

Debemos encontrar una manera de salir de aquí sin poner en riesgo a los estudiantes… ya han muerto demasiados.

La acusación cayó pesada sobre los gemelos, que apenas se encogieron de hombros.

Lucy incluso sacó la lengua, como lo haría una niña de seis años, su indiferencia helando la sangre de Lorena.

“Con el tiempo te acostumbras ” No estaba segura de querer llegar a ese punto.

❯────────────────❮ La enfermería estaba en el primer piso.

Allí no había vísceras desparramadas como en los pasillos, solo un caos de drogas y papeleo.

Nadie quería imaginar lo que debía pasar la enfermera antes de escapar… o de convertirse en un pollo gigante.

Por suerte para Rice, Kon sabía cómo vender.

Tomó gasas y desinfectante de los estantes más altos —los que no habían caído— y trabajó en silencio.

Sarah, aparte de ellos, bloqueó la entrada con mesas y sillas.

Se puso junto a la ventana buscando señal en su celular; dijo que su hermano podría explicarle lo que estaba ocurriendo y que solo necesitaba unos minutos.

A Rice le convenció que se tardaría todo el día.

Hacía mucho que no sentía un trato tan insistente de su protegido.

Kon los había obligado a venir a la enfermería, incluso amenazó con herirse él mismo si Rice se negaba.

La última vez que lo vio tan preocupado fue en primaria, cuando un chico de secundaria —uno de los que torturaban pollitos— le abrió el brazo con una navaja.

Rice pensaba lavarse la herida y dormir, pero Kon no lo soltó hasta limpiarla y vendarla.

Igual que ahora.

—Eres bueno —dijo Rice mirando el vendaje.

—Mamá me curaba cuando me lastimaba entrenando.

Cuando la mujer del dragón aún vivía, antes de que el cáncer la arrebatara, Kon solía correr tras su padre con una sonrisa, soñando con ser fuerte y proteger a todos.

En esos días, Rice no lo odiaba.

—Cierto, recuerdo cómo pregonabas que serías tan fuerte como los héroes de nuestra nación.

—¿Ya eras un acosador desde pequeño?

—Kon lo cortó con esa ironía que mató la sonrisa que a Rice estaba a punto de salirle—.

No recuerdo eso.

Claro que no debía recordarlo.

Rice siempre debía estar en las sombras, cerca pero invisible, cuidando.

Esos recuerdos eran de un solo lado; no había razón para que Kon compartiera la calidez de ellos.

—Imagino que la señora del jefe te enseñó primeros auxilios.

—Se llamaba Osiris, no “señora del jefe”.

Y con esa respuesta se acabó la conversación.

El tema de su madre era una fibra demasiado sensata.

Perderla de forma tan triste, sin poder hacer nada, era algo que ni siquiera Rice se atrevía a tocar.

—¡Terminé!

—Sarah irrumpió en el momento, sentándose entre ambos para separarlos—.

Ya sé qué está pasando.

—¿Quién te respondió?

—Caelán.

Siempre puedo confiar en él.

— ¿Qué son esas cosas?

—preguntó Rice.

—Basiliscos —mostró la conversación en su celular—.

Según él, es una maldición de basilisco.

Y debemos encontrar al que los controla.

—¿Un hombre controla gallinas?

—insistió Rice.

—No un hombre: un basilisco.

¿Sabes lo que es?

—Mitad ave, mitad reptil —recordó Kon.

—¡Exacto!

—Sarah emocionando con tono burlón—.

Muy bien, muñeco Ken.

Ese basilisco es quien volvió a los maestros gallinas gigantes.

Hay que tener cuidado: tienen veneno, garras afiladas, lanzan fuego y extienden su cola como quieran.

Por suerte, no hay hijos inteligentes.

Podemos engañarlos.

—Un animal mercenario… —Kon se pasó la mano por el cabello, incrédulo—.

Eso es lo más loco que he oído.

¿Cómo pasó esto?

¿Y cómo es que tu hermano lo sabe?

Sarah evitó sus miradas.

No podía revelar lo de Morgart.

Mejor cambiar de tema.

—Todos somos parte del reino animal, ¿no?

Si nosotros construimos naves espaciales, ¿por qué las gallinas no iban a trabajar como mercenarias?

—Tu lógica está enferma —gruñó Kon, levantándose—.

Ya sabemos qué son, ahora diez centavos cómo vencerlas.

—Uy, eso no me lo dijo.

—¡¿Y cómo piensas que escaparemos entonces?!

—Se dice “gracias”, ingrato.

— ¿Gracias?

¡Sí, gracias, si salgo vivo de aquí!

—Claro que saldremos vivos —respondió Sarah, con descaro—.

Ya viste cómo explotaron antes.

—Señorita sabelotodo —imitó Rice, devolviendo la burla—, ¿Cómo hicimos que explotaran?

—¿No lo hiciste tú?

—Si pudiera, lo habría hecho desde el inicio.

—Oh… pues… quizás al golpearles los ojos… aunque… —Sarah se iluminó de pronto—.

¡El marisco!

Explotaron después de comer marisco.

Solo hay que darles más.

—Y de dónde sacamos marisco, genio?

—En la cocina de la escuela.

—La escuela no sirve mariscos.

Apenas si hay tortillas con crema.

—Entonces, ¿un hotel?

¿Quieres que pida una orden para ti?

—¡Hijo de perra, no me hables así!

Kon suspiro.

Se sintió como un niño viendo pelear a sus padres en pleno divorcio.

Ellos estaban acostumbrados a luchar contra monstruos; él no.

Y no pensaba seguir los planos de esos dos orangutanes.

—Las gallinas son alérgicas a la pimienta negra —la voz de Kon se impuso sobre los gritos de esos dos—.

Y también a la sal.

—¿Cómo sabes eso?

—Sarah fue la primera en hablar, adelantándose a la obvia pregunta de Rice.

—Lo vimos en las clases de tutoría con el Pitufo, en segundo año —se giró hacia su compañero, arqueando una ceja—.

¿Lo olvidaste?

—No —mintió Rice con una seguridad finida—.

¿De verdad crees que funciona?

—El pescado les hace daño a las gallinas normales, y estas explotan con él.

La sal debería ser veneno para ellas.

—Problema resuelto —Sarah levantó los brazos en un gesto exagerado de victoria—.

Ahora solo falta averiguar cómo llegamos a la cocina para conseguir la sal.

—Pueden ofrecerse de carnada —soltó Kon con una indiferencia que rozaba el cinismo.

La sugerencia iba para ambos; en ese momento, menos podía importarle perderlos.

—Siempre y cuando la Barbie vaya primero —Sarah afiló la mirada hacia Rice—, él es el herido.

Rice se mordió la lengua.

Estuvo un segundo para recordarle que su apodo era “Muñeco Ken”, no Barbie.

❯────────────────❮ Lo bueno de las escuelas públicas de Xictli es que, aunque no cuentan con una cafetería formal, sí hay puestos de comida repartidos por todo el plantel.

Algunos estaban junto a los laboratorios, otros a pocos pasos de la sala de maestros.

Los empleados, mal pagados y resignados, improvisaban sus negocios dentro de oficinas escondidas.

Incluso los estudiantes podían asomarse hasta la puerta principal y pedirle a un vendedor ambulante lo que llevara en ese momento.

En la escuela de Rice y Kon había tres puestos muy concurridos, sin ventanas, apenas un tablón metálico que separaba a los clientes de los cocineros.

El primero estaba entre el laboratorio y el aula audiovisual, a una cancha de distancia.

El segundo se levantaba al aire libre, junto a la cancha principal, protegido por un techo de lámina.

Sus provisiones se guardaban bajo llave en una bodega, lo que las hacía imposibles de conseguir un tiempo; las gallinas los devorarían antes de forzarla.

El tercero se esconde en el segundo piso del edificio B, disfrazado de salón de tutorías y psicología.

Como nadie se molestaba en acudir a esas sesiones —“¿para qué hablar con adultos frustrados?”, murmuraban los alumnos—, la psicóloga había terminado de vender su propia comida a través de una ventanilla.

—Por lo que nuestra única opción es el del segundo piso —Sarah frunció los labios; no parecía nada convencido.

Subieron por la parte trasera del edificio, donde había menos riesgo de toparse con las gallinas.

Con suerte, tampoco se encontrarían a su líder.

Según Sarah, esa cosa debía estar merodeando por los pasillos.

—Los basiliscos tienen aliento venenoso.

Si lo inhalamos, estamos muertos —explicó con la naturalidad de quien repite una receta—.

¡Ah, y también matan con la mirada!

Te conviertes en piedra.

Así que ni se les ocurrirá verlos a los ojos.

—¿Te lo dijo tu hermano?

—Kon susurró tan bajo que Sarah tuvo que inclinarse para escucharlo.

—No, lo leí en un libro.

—Genial —gruñó Rice—.

Entonces ¿Cómo sabremos que está cerca sin que nos mate?

—Déjenmelo a mí —la voz de Kon se coló como un salvavidas en medio de la tensión.

Se concentró.

Su Ihí le permitía detectar los pasos de todos: los estudiantes escondidos, las gallinas dispersas, incluso esa bestia enorme que rondaba el edificio A.

Percibía hilos que vibraban con cada movimiento.

El basilisco se guiaba por el sonido, así que debían moverse en silencio.

—Por ahora no hay peligro —concluyó—.

Tenemos tiempo de planear… pero sin hacer ruido.

— ¿Y cómo lo sabes, muñeco?

—Sarah alzó una ceja.

—Prefiero no responder a eso.

—Ni de chiste revelaría su raza.

Acordaron un plan simple: uno de ellos serviría de cebo para distraer a las gallinas, mientras los otros dos se colaban en la cocina para robar bolsas de sal y pimienta.

Kon expuso su idea: llenar con esos condimentos el tanque de agua del edificio y luego activar la alarma contra incendios.

Cuando las gallinas quedaran empapadas, la mezcla actuaría como veneno.

Lo ideal sería atraerlas a todas, incluso las de afuera, pero carecían de altavoces.

Arriesgarse a improvisar podía ser un error si había alguien —o algo— más astuto al acecho.

—Y tu hermano ya te dijo ¿Cómo derrotar a un basilisco?

—preguntó Rice, apenas Kon terminó de explicar.

—Todavía núm.

Pero según el tío Google, ¿sabían que el basilisco viene de Grecia?

Y que la comadreja es su mayor enemiga.

—Y de dónde vamos a sacar una comadreja?

—bufó Rice.

—Vi un tlacuache rondando por el monte de la escuela.

¿Servirá?

—Sarah muy inocente.

Por primera vez, Rice y Kon coincidieron en algo: esa chica era una completa idiota.

—Es broma —añadió, divertida—.

Pero dice que el canto de un gallo también lo espanta.

—Convirtió a todos los maestros en gallinas… —Kon la miró con seriedad.

—Exacto.

Gallinas.

Femeninas.

Nada de gallos.

—¿Puedes descargar el canto de un gallo en tu celular?

—insistió Rice.

—No sé si funciona, pero lo intento.

—Mejor que todos lo tengamos preparados, por si acaso —dijo Kon, y por un instante, los tres parecieron estar en la misma sintonía.

Salieron de la enfermería en cuanto el pasillo quedó despejado y subieron las escaleras, manteniendo la respiración cada vez que un crujido retumbaba en la estructura.

Tuvieron la suerte —o el privilegio de un milagro— de no encontrarse con ninguna gallina que levantara la alarma.

Los tres iban armados con lo que habían conseguido: escobas, vendas, spray, pomadas para el dolor.

Improvisadas armas que parecían ridículas frente a las criaturas que rondaban los pasillos.

Habían dejado a un lado sus diferencias para cubrirse las espaldas, atentos a cualquier dirección.

Al menos, eso quería creerle a Rice.

En realidad, Kon estaba tan muerto de miedo que necesitaba sujetarse del brazo de Sarah para no desplomarse.

El simple pensamiento lo atormentaba: ¿Qué dirían las noticias cuando lo encontraran?

“Otra víctima de los pollos endemoniados.” ¿Y qué le contaría a su madre en el más allá?

¿Qué murió por culpa de un pollo?

El primer ataque llegó sin aviso.

Una gallina salió disparada de las sombras y se abalanzó sobre Rice, intentando arrastrarlo hacia su nido.

Solo la escoba lo salvó de perder un ojo, aunque el pico le mordió con fuerza el palo, jalándolo hasta el centro del pasillo.

En segundos, todo un ejército de aves rodeó a Rice.

La carnada había sido elegida.

Sarah y Kon corrieron en dirección al salón de psicología.

La puerta estaba abierta: era hora de servicio.

El interior parecía una pesadilla: paredes y suelo cubiertos de lo que, alguna vez, fue un cuerpo humano.

La psicóloga había comenzado a preparar un pedido cuando la transformación la desgarró, dejando el lugar impregnado de su sangre.

Kon se negará a avanzar.

El hedor le golpeó con violencia, despertando en él un apetito atroz.

Siempre había odiado el olor de la sangre… precisamente porque lo hacía perder el control.

Cruda, cocida, en charcos o apenas un hilo, no importaba: nada era suficiente para su hambre.

Nada.

—¡Aquí están!

—Sarah rebuscó entre un baúl, levantando una bolsa de sal a medio usar y un frasco de pimienta reutilizado de café—.

¿Será suficiente?

—¿No hay más sal?

Debe haber un repuesto… —Kon se llevó la mano a la nariz, desesperado.

El olor era intenso, penetraba en su cerebro como un veneno dulce.

Los Alfas amaban ese aroma más que el de los libros nuevos: la sangre fresca, brillante, que marcaba el camino hacia la presa.

Lo incitaba a correr, a cazar, a arrancar.

Se toca la frente con la palma.

No.

No soy un animal .

Pero Sarah, de pie sobre el charco, estaba impregnada de ese mismo perfume.

El suyo, mezclado con la sangre ajena, lo tentaba con más fuerza.

Recordó las advertencias de su padre: “Escucharás voces que te darán consejos.

Nunca les respondas.

Es el Naya1, pidiendo salir”.

Por fortuna, aún no escuchaba nada.

Solo su propio estómago rugiendo como una fiera.

El hambre lo devoraba desde dentro.

Tan grande, tan salvaje, que en su mente hasta las gallinas de afuera le parecían apetitosas.

Incluso los muebles.

Incluso las paredes.

¿Y si devoraba todo el edificio B?

¿Se calmaría por fin ese vacío?

—Sí, aquí hay otra bolsa, cerrada.

—Sarah, ajena a la batalla interna de Kon, agitó el paquete con alivio—.

Con esto basta.

Demasiado tarde.

Sintió cómo los dientes se alargaban bajo sus labios, afilados, listos para desgarrar.

Las uñas se desprendieron de raíz para dejar paso a garras nuevas, curvadas.

Su rostro bien cuidado se estiró como un hocico, dándole espacio a los colmillos.

Hora de comer.

—¡Kon!

—El grito de Rice lo arrancó de esa frontera peligrosa.

Una gallina salió volando en su dirección, lanzada por su compañero.

Rice lo sintió en cuanto su Ihí vibró: el cambio interno que desgarraba a Kon.

Sabía lo que significaba.

Cuando el Naya toma el control, solo un externo puede devolver al Alfa a la cordura; De lo contrario, terminan cometiendo atrocidades dictadas por el instinto.

Con él no había demasiado problema: el Dios de la guerra estaba fragmentado entre todos los Tecpal, diluido.

Pero Kon… Kon cargaba dentro al Dios más peligroso de todos.

Si quería salvarlo, debía asustarlo.

Emociones como la vergüenza, la felicidad o el miedo eran anclas que devolvían a los Alfas a su humanidad.

Esa gallina lanzada en su dirección fue suficiente: lo sacó del trance.

Sarah reaccionó de inmediato, arrojando un puñado de sal al ave que cayó junto a Kon.

Los granos se incrustaron en sus ojos y en sus diminutas fosas nasales; Primero fue picor, luego ardor.

La criatura arrastró la cabeza por el suelo, embadurnándose en sangre con tal de aliviar la comezón.

Su cuerpo comenzó a hincharse: patas, alas, pico, plumas… todo inflado hasta el límite, hasta que estalló en una lluvia de vísceras y plumas amarillas.

—Funcionó… —susurró Sarah con los ojos brillantes—.

¡De verdad funcionó!

Kon aún estaba aturdido, intentando comprender lo que acababa de pasar, sin darse cuenta de la parvada que descendía sobre ellos.

Rice irrumpió en el salón y, sin preguntar, cargó a Sarah ya Kon bajo sus brazos.

—¡No sueltes los condimentos!

—gruñó, apretando el paso.

La puerta ya no era una opción.

La única salida era la ventana.

Kon lanzó un grito de protesta al adivinar lo que Rice haría, pero fue inútil.

Corriendo, casi volando, se arrojó con ellos al vacío.

Agradeció al director por su eterno desinterés en la seguridad escolar y por haber gastado el presupuesto de los barrotes en su nuevo reloj de marca.

Esa negligencia fue lo que los salvó.

Arroz cayó de pie, ileso, con la gracia de un guerrero.

No ocurrió lo mismo con las gallinas que los siguieron: sus cuellos y huesos se quebraron al impacto… aunque eso no las detendría por mucho.

En cualquier momento volverían a alzarse.

—Ahora, directo al contenedor —ordenó Rice, sin soltar a ninguno.

Volvieron a internarse en el edificio.

La caída había llamado la atención de las aves que merodeaban en la cancha.

El panorama afuera era aún peor que adentro: ni los árboles se habían librado de la invasión.

Entonces Rice lo percibió: en el aire, los hilos de vida vibraban, envueltos en una neblina verdosa que los cubría como un sudario.

Un velo que absorbía poco a poco el azul humano hasta extinguirlo.

El basilisco se acercaba.

—¡Cúbranse la nariz!

—advirtió a los dos con un hilo de voz, consciente de que esa cosa ya los había escuchado.

Y mientras el aire se espesaba a su alrededor, Kon rezó.

Rezó a los dioses del cielo para que el plan funcionara… o para que su padre, o quien fuera, llegara a tiempo antes de que todo terminara allí.

Nombre que los Alfas le dan a su gemelo espiritual que vive en el otro plano.

Todos los Alfas nacen con un Naya que es su otro yo, su versión original y los que les dan sus poderes en el plano terrenal.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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