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La canción del dragón - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 Las rarezas de Matusalem
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18: Las rarezas de Matusalem 18: Las rarezas de Matusalem —Y luego se fue como si nada, presumiendo su buena conducta.

¿Puedes creerlo?

Susana mascó otra galleta de chocolate con rabia y frustración, mientras despotricaba por teléfono sobre su encuentro con uno de sus ex novios, ahora sospechoso de andar metiendo a jóvenes en sectas.

—Ni siquiera trabaja en algo importante.

¿Vendedor de ventanas?

¿Eso aún existe?

Estoy tan decepcionada… ni una pista útil.

—No me digas… ¿otra vez con esa secta rara?

—Kavi’el respondió desde el otro lado de la línea, distraído.

Llevaba encerrado en su cuarto de hotel desde el amanecer, rodeado de papeles, archivos y su décimo octava hoja de teorías descartadas.

Estaba en Matusalem, investigando la masacre del cartel de las Setas.

Y justo cuando creyeron haber dado con el paradero del profesor Omar Gálvez, todos los implicados aparecieron brutalmente asesinados.

Sin testigos.

Sin pistas.

Sin más pruebas que cenizas.

—Esto es un martirio —gruñó, arrojando otra hoja a la basura con un movimiento desesperado.

—¿Tú también estás con líos en el trabajo?

—preguntó Susana, bajando el tono, como quien detecta que alguien está a punto de explotar.

—¡Perdimos a todos los culpables!

—soltó el Omega, por fin dejando salir la presión.

Lo dijo rápido, como si llevara horas mordiéndose la lengua—.

No le digas a nadie, pero ya sabemos quién secuestró al profesor Gálvez y a su familia.

—¿En serio?

¿Quién?

—Ahora sí tenía toda su atención.

—Un grupo criminal llamado las Setas.

Se dedicaban a fabricar y distribuir drogas, incluyendo una nueva variante del zul.

—¿El profesor no era de microbiología?

—También enseñaba química orgánica.

La base para cualquier sustancia sintética.

—¡Madre mía!

Entonces… ¿fueron ellos los que mataron a sus estudiantes en la iglesia?

Susana tenía ese tono particular que mezclaba horror y morbo como si estuviera viendo una serie de crímenes en Netflix.

Kavi’el sospechaba que por eso hablaba con él: para enterarse del chisme antes que nadie.

—No puedo decir nada sobre eso —se apresuró a responder—.

Ese caso es de San Simón.

Mi jurisdicción es otra.

Claro que él también la usaba para desahogarse, así que no podía quejarse mucho.

—Pero tiene sentido —insistió ella—.

Esos eran sus alumnos, ¿no?

—Las víctimas murieron igual que los anteriores casos con zul.

Y las Setas eran los principales distribuidores.

Todo encaja.

Pero… —¿Pero?

—Todos están muertos, mujer.

¿A quién se supone que vamos a interrogar?

¿A las cenizas?

¿A los huesos carbonizados?

—El Omega apretó los puños.

Le dolía la cabeza solo de pensarlo.

Si alguna de esas basuras seguía viva, ojalá se le quemara la cena todas las noches por el resto de su vida.

—Bueno, si te sirve de consuelo, en mi trabajo también estoy estancada —dijo ella, recuperando su tono resignado.

Se escuchó el crujido de otra galleta antes de continuar—.

Legalmente no podemos hacer nada.

A lo mucho, levantar una demanda formal… pero no va a pasar.

Técnicamente, no han hecho nada ilegal porque todos esos estudiantes entraron por su cuenta.

—¿Y tener a menores en su secta no cuenta como delito?

—No sí son ellos mismos los que organizan las reuniones en nombre de esa tal “Madre”.

Mi compañero y yo lo confirmamos esta semana.

Nos tienen las manos atadas.

Kavi’el apoyó los codos sobre la mesa del hotel.

Entre los papeles había una tarjeta.

La giró entre los dedos.

Era la que había recibido del muchacho de la librería.

No tenía dirección, solo un número fuera de servicio y el dibujo de un ojo al estilo de los faraones egipcios.

—Son fanáticos —continuó Susana—.

Se hacen llamar los hijos de Madre, aunque no tienen nombre oficial.

Y sinceramente… me dan escalofríos.

Tan devotos como para matar por ella.

Matar.

Kavi’el frunció el ceño.

Ese símbolo… Ali había mandado una imagen similar en su último informe, relacionada con la masacre de la iglesia en San Simón.

Y, según el informe, “El Nuevo Amanecer” negó cualquier relación.

Decían que solo rentaban el lugar.

—Susana… ¿Cómo dijiste que se llama esa secta?

—No tienen nombre.

Solo ese feo dibujo del ojo.

Y, claro, a su líder; Madre.

Kavi’el se quedó en silencio.

¿Sin nombre?

Entonces recordó los testimonios de los adolescentes que entrevistaron él y su compañero.

La hija del profesor, Cecilia Gálvez.

Y aquel programa de “ayuda espiritual para jóvenes”.

Todo estaba frente a sus narices.

—Susana, te tengo que dejar.

—¿Tan pronto?

—Cosas del trabajo.

No esperó la respuesta.

Colgó.

Marcó otro número, dispuesto a probar una nueva teoría, cuando la puerta del cuarto se abrió de golpe.

Zarviel entró sin tocar, como si el lugar ardiera en llamas.

—¡Emergencia en la calle Listex!

—rugió con tal fuerza que Kavi’el casi dejó caer el teléfono.

—¿Qué demonios te pasa?

Estoy trabajando.

—Esto también es trabajo —replicó, agitado, con el rostro encendido y el pecho subiendo y bajando—.

Ocurrió algo en la preparatoria del pueblo.

La molestia de Kavi’el se apagó en un instante.

Se levantó de golpe y tomó el chaleco oficial con el escudo del Tlan.

—¿Qué tipo de emergencia?

Zarviel tragó saliva.

—Según las múltiples llamadas… los maestros se están comiendo a los estudiantes.

El silencio se volvió espeso, como si el aire se hubiera detenido.

Kavi’el, con un brazo a medio camino para ponerse el chaleco, lo miró incrédulo.

Primero pensó que había escuchado mal.

Después creyó que era una broma de mal gusto.

Pero la mirada de Zarviel no dejaba lugar a dudas.

Un escalofrío le recorrió la espalda: algo en esa absurda frase sonaba demasiado real.

❯────────────────❮ Ojalá se lo hubieran comido las gallinas.

Estaría hecho pedazos en su vientre, sí, pero en paz.

Desde que llegaron a la planta baja, Rice y Sarah no han dejado de discutir: quién entró primero, quién descuidó la retaguardia, quién abrió peor las bolsas.

Actualmente peleaban por ver quién iba a rociar los condimentos en el tanque y quien sería la carnada que active la alarma.

Llevaban cinco minutos en el mismo tema, estaban a un solo paso de salirse con la suya y no podían avanzar por no saber quién de los dos era mejor vertiendo las bolsas.

Kon parpadeó.

¿De verdad esperaban una señal?

¿De verdad eran tan estúpidos?

—¿Por qué no lo hacen los dos al mismo tiempo?

—después de solo cinco minutos de escuchar improperios sin sentido a Kon se le ocurre una única solución aceptable— Así podremos saber quién dice la verdad.

No alegaron, solo abrieron las bolsas de sal al mismo tiempo, dando un vistazo a Kon cuando estaban listas en espera de su señal.

Tardo un poco en entender lo que estaban haciendo ¿de verdad eran tan estúpidos?

—A la cuenta de tres —Levanto el brazo y solo lo dejo caer al llegar al número tres— Uno, dos, tres.

La patética guerra por ver quien vierte más rápido termino en solo segundos, con Sarah como ganadora indiscutible.

—No es justo, el tuyo tenía menos— apuntó Rice con su dedo acusadoramente —Que mal perdedor eres ¿nunca te dijeron que es de mala educación señalar?

—Eres una tramposa.

—Eres un llorón.

Otra discusión comenzaba.

Kon se encargó de cerrar la tapa del tanque y de ser el primero en bajar.

Una decisión sabía, un poco más y el peso de esos dos le caería encima.

Por estar empujándose entre ellos se olvidaron que estaban sobre la cisterna de la escuela, hasta que cayeron al suelo con un golpe sordo y ni así dejaron de golpearse.

“Peor que niños” Pensó al verlos revolcarse.

El techo hizo sonidos raros, similares a los de un temblor de tierra ¿Quería unirse a la pelea también?

Otro retumbar, más fuerte que el anterior.

Eso no era un temblor.

Sarah y Rice detuvieron su contienda prestando atención a las grietas que se formaban sobre ellos.

Un silbido se apoderó de sus oídos, acompañado de la descomposición del aire.

—Nos encontró.

El techo se rompió con violencia, dejando caer un ave con cuerpo de serpiente sobre ellos.

De forma antinatural, un silbido salió de su pico, entonando una tenebrosa canción que parecía un siseo mortal.

El veneno brotó de su boca.

Sarah activó los cantos de gallo que descargó en su celular, obligándolo a retroceder.

La hostilidad se transformó en pánico; el basilisco no sabía de dónde provenía el sonido y comenzó a mirar a todos lados en su confusión.

Rice arrastró a Kon hacia las escaleras, luchando contra su resistencia: el Alfa se negaba a irse sin Sarah.

El sonido del video terminó, sin repetición automática, y el basilisco comprendió el truco.

—¡Muévete, Sarah!

—gritó Kon.

Ella respondió lanzando su teléfono a uno de los ojos del monstruo, un acto de defensa que solo aumentó la furia del ser.

Los tres corrieron escaleras arriba en busca de un nuevo escondite, con un monstruo furioso tras ellos.

—¡Eres una idiota!

—Rice no perdió tiempo en insultarla—.

Mejor te hubieras sacrificado para que te devorara.

—¡Al menos hice algo!

—replicó Sarah con orgullo.

Al llegar a la entrada, las gallinas los esperaban, rodeando la puerta como si fueran guardianes de su comida.

Detrás de ellos, el basilisco subió las escaleras, derribando todo a su paso.

Kon se aferró a la espalda de Rice, esperando lo peor.

Cuando todo parecía perdido, su plan arruinado, arrepentido de no llegar a ser un gran fiscal, algo sucedió: las gallinas se alejaron a gran velocidad.

Las más alejadas fueron aplastadas como calcomanías o perdieron la cabeza en la caída.

El canto del gallo volvió a sonar, más fuerte y real, obligando al basilisco a retroceder.

Ethan y Lucy irrumpieron en escena, destruyendo a las criaturas con armas improvisadas del salón de educación física.

Se movían con la agilidad de expertos, aplastando cabezas como si fueran plastilina.

Rice apenas podía creerlo: ¿eran esos los mismos chicos que había conocido antes?

Reían con diversión en medio de un momento crítico.

Detrás de ellos apareció Morgart, sosteniendo una bocina que repetía sin cesar el canto matutino.

Como un héroe sin capa, se colocó frente a la puerta, ofreciendo una oportunidad más de sobrevivir.

Su sonrisa, mostrando algunos dientes, era suficiente para ahuyentar al monstruo.

—¿Están bien?

—preguntó, cuando el peligro se alejó.

—¡Claro que sí, bebé!

—Sarah respondió, recuperando su buen humor.

Kon se separó de Rice como si quemara, avergonzado de ser visto por la persona que menos quería.

—Pensé que no la habías contado… me alegra que estés a salvo —dijo Morgart a Sarah, visiblemente aliviado—.

Vamos al refugio antes de que esa cosa regrese.

Aceptaron la ayuda, Kon a regañadientes siguiendo al grupo de chicos peculiares.

No era solo por Morgart —a quien aún le tenía ganas de golpear—, sino por Ethan y Lucy, que habían aplastado a las gallinas sin perder la compostura, bromeando y hablando con Sarah como si todo fuera un martes normal.

Sarah parecía cómoda a su lado.

Kon sintió un pinchazo de celos mezclado con confusión: ¿otro interés amoroso?

¿Se había equivocado al pensar que le gustaba Morgart?

Y Lorena… ¿pensaría lo mismo?

Se observó en la ventana: sus rasgos simples, su piel áspera.

Sin mentón marcado, sin músculos visibles, su cabello rizado encrespado… de nada servían sus ojos de color único si su apariencia no los destacaba.

—Llegamos —lo sacó de sus pensamientos Morgart.

Frente a ellos se encontraba el aula audiovisual—.

Este es nuestro pequeño refugio.

Disculpen el calor; el aire acondicionado se descompuso con el primer ataque.

Morgart tocó la puerta al ritmo de “Estrellita, ¿Dónde estás?”.

El vapor caliente los recibió.

El aula era un horno con gente moviéndose de un lado a otro: algunos llamaban desesperados por teléfono, otros buscaban noticias, los más útiles repartían comida o consolaban a los más asustados.

Las sillas estaban llenas, el escenario igual, y hasta los muebles tenían gente reposando.

Kon sentía el sudor escurrir por todo su cuerpo.

Jenifer, con su asiento exclusivo en el escenario, dejó de arreglar su maquillaje al verlos entrar.

Empujó a todos en el camino y se lanzó al abrazo de Rice, expresando la alegría de encontrarlo vivo, empujando a Kon en el proceso.

¿Él era invisible?

¿Por qué nadie parecía contento de verlo?

El peso de ser un antisocial cayó sobre él como un balde de agua fría.

No debía sorprenderse: nunca había hecho un amigo en tres años escolares.

Nadie lloraría su ausencia.

—¡Kon!

—Lorena se arrojó a él con tanta fuerza que casi cayeron al suelo.

Apenas pudo mantener el equilibrio, pero ella parecía no notarlo—.

Gracias a Zaihn, estás a salvo.

Kon la abrazó con fuerza, sintiendo un alivio casi doloroso.

Había sobrevivido, y verla a salvo era un respiro en medio de esa pesadilla.

—¿Quieren comida?

—preguntó Morgart, metiéndose entre ambos, arruinando su momento.

—No, gracias— En lo último que pensaba era en comer  No dejaba de preguntarse cuándo llegará la ayuda, o si alguien del exterior se acuerda de ellos.

Ahora que lo pensaba ¿Esas cosas estarían por toda la ciudad?

—Los puestos de comida están destruidos, nos hemos quedado sin señal desde antes —Morgart se dedicó a explicar la situación— Nadie puede salir, las gallinas atacan a cualquiera que vean y matarlas solo las vuelve más fuertes al grado que, con nuestras armas actuales, es imposibles derrotarlas.

—Nos dimos cuenta de eso también —Kon habló, el Alfa en su interior lo incitaba a pelear contra ese tipo— Son inmunes a todo menos a la sal y los mariscos.

—¿Cómo saben eso?

—Lo probamos— Respondió con altanería —Analicé su organismo y noté que al comer mariscos explotaban.

Era lógico pensar que seguían siendo vulnerables al mismo tipo de venenos que afectan a las gallinas comunes.

Morgart lucía encantado con su explicación, su cara decía que a él jamás se le hubiera ocurrido tal idea.

Kon sintió que había ganado la contienda, eso hasta que Ethan se burló de él llamándolo fanático de pollas.

—¡Son gallinas, no pollas!

—gruñó Kon, al borde del colapso.

—Es lo mismo ¿no son hembras?

—¡No lo es!

¿eres extranjero?

Porque si no lo hiciste con doble intención entonces eres muy tonto, o muy ignorante.

El albino lo pensó un poco.

—No encuentro la diferencia.

Mentira, por supuesto que la encuentra.

Lo primero que Ethan aprendió al llegar fue todas las malas palabras que le podrían lanzar y con las que podría contraatacar ¡Al carajo los pronombres personales!

A él nadie le vera la cara de idiota.

—Estudia un poco más o terminaras por insultar a todo el mundo.

—Si eso hace que el mundo me vea no hay problema.

—¿Qué quieres decir con eso?

¿buscas ser famoso?

—¿Eso atraerá a las chicas?

Porque si es así entonces sí.

—Se necesita más para que le gustes a una chica, hablar bien, por ejemplo.

—Soy lindo ¿eso me da puntos?

Se rinde en entablar una conversación con ese tipo que solo piensa en una cosa.

—¿Han logrado comunicarse con el mundo exterior de alguna forma?

—Kon prefirió dirigir la pregunta a Morgart, el único que parecía tener algo de sentido común.

—Lo intentamos toda la mañana.

—Su respuesta fue tan tranquila que daba un mal sabor de boca, considerando lo que decía—.

Todos los que se atrevieron a salir a pedir ayuda terminaron devorados.

—Eso es una pena —murmuró Kon.

—Y no tenemos idea de cómo salir de esta.

Muchos ya están desesperando.

Por suerte, conseguimos reunir algo de comida en el recorrido.

Señaló la bolsa de tela que traían consigo, la misma que Lucy hurgaba con descaro.

Para entonces, casi toda la comida, postres y bebidas recolectadas estaban ya en su estómago.

Ethan, harto, le arrebató la bolsa.

—¡Oye!

—bramó—.

Te acabaste mi parte, maldita cerda.

—Abrió la bolsa para remarcarlo— ¡Te acabaste todo!

La exclamación llamó la atención de todos en la sala.

—¡Tengo derecho!

Yo la recogí —Lucy se defendió, desafiante.

—Sí, pero era para todos.

¿Y ahora qué voy a comer yo?

—No sé, sal a buscar más —respondió ella, limpiándose los dientes con un palillo tomado de la cocina.

Los demás, indignados, se acercaron a la entrada.

Reclamos estallaron de todas partes: exigían su parte, gritaban que morían de sed y amenazaban con expulsarlos si no conseguían más provisiones.

Ethan no se quedó callado: —No soy su esclavo ni su empleado.

Si no me pagan, no pienso arriesgar el cuello otra vez.

—Ya dijo Lucy, si tanto quieren comida, vayan ustedes —añadió.

—¿Qué quiere decir eso?

—gritó uno de los alumnos.

—¡Fue tu hermana la que se acabó las provisiones!

—Hazte responsable, maldito foráneo.

—¿¡Qué significa eso!?

—Ethan rugió, encendiendo sus defensas ante aquella palabra desconocida y grosera—.

¡Ven acá y dilo otra vez!

El grito fue tan fuerte que cualquiera pudo escucharlo fuera del salón.

Bastaría eso para que el basilisco los encontrara y los aniquilara en segundos.

Morgart, una vez más, tomó las riendas.

Subió al escenario para llamar la atención.

—¡Recuerden dónde estamos!

Si siguen gritando, las gallinas nos oirán y entrarán a devorarnos.

¡Silencio!

La razón volvió de golpe, y todos callaron tan rápido como habían hablado.

—Gracias a Lucy, nuestro plan de huida tendrá que adelantarse —continuó—.

¿Alguien tiene una idea de cómo deshacernos del enemigo?

Lucy levantó la mano como una niña de primaria.

—Aplastemos sus cabezas.

—Eso solo funciona por un tiempo corto —replicó Morgart—.

Con la cantidad que hay, no es viable.

Ethan levantó la mano.

—¿Y si las quemamos?

Eso mata a casi cualquier cosa.

—¡Buena idea!

—exclamó Kon, impulsado por la hostilidad que sentía su Alfa interior—.

Si activamos la alarma contra incendios, el humo hará volar a las gallinas.

Todos lo miraron como si fuera un idiota.

Hablar de fuego y luego de agua sonaba ridículo.

Morgart intervino para aclararlo: —Se refiere a los condimentos que entraron en los tanques, ¿cierto?

Dijiste que eso las hace explotar.

—Exacto —asintió Kon.

Dicho por Morgart sonaba más convincente; nadie lo miraba raro, incluso lo admiraban.

Entre ellos, Lorena.

—¿Y cómo piensas activar la alarma?

—Solo necesitamos prender algo en llamas.

El humo hará el resto.

—Brillante.

Tengo un encendedor.

No es mucho, pero servirá —dijo Morgart.

—Con eso basta.

Solo necesitamos algo inflamable para generar humo.

Un alumno levantó la mano con pesar.

—Tengo una botella con alcohol, ¿sirve?

—Perfecto.

Otro se levantó enseguida.

—Yo sé hacer bombas caseras, ¿eso también sirve?

—Una sola bomba bastará.

Si logramos incendiar a una de esas gallinas, será suficiente.

Ethan sonrió, contagiado por el entusiasmo de los demás.

—Me gusta el plan.

—Claro, porque lo planeé yo —murmuró Kon, irritado.

Morgart añadió con voz solemne: —Es admirable que se arriesguen por sus compañeros.

No todos son tan valientes.

—Kon es diferente —Lorena abrazó a su novio por la cintura, sin notar lo nervioso que estaba—.

No por nada es el más inteligente de su generación.

Kon apartó la mirada, avergonzado por los halagos.

—Pero no olviden al basilisco.

Vendrá en cuanto note a sus soldados cayendo.

Y salir sigue siendo peligroso —añadió Rice, devolviendo un poco de realismo.

Morgart asintió.

—¿Alguien quiere acompañarlos?

Como Rice esperaba, nadie se ofreció.

La cobardía dolía, pero lo confirmaba: por eso los Alfas eran líderes, aunque nadie lo supiera.

Aun así, debía admitirlo: Morgart era buen líder, sabía mover a la gente.

—Entonces, Ethan y Lucy irán con ustedes.

—¿Qué?

—protestó Ethan.

—¿Y quién te hizo líder?

—añadió Lucy.

—Ustedes son los mejores huyendo de profesores, siempre lo han sido.

El resto de compañeros, viéndose fuera de peligro, apoyaron la decisión.

Unas chicas abrazaron a Ethan fingiendo miedo; los chicos alabaron la valentía de Lucy.

Eso bastó para convencerlos.

—Bueno, bueno.

Si las chicas quieren llegar vivas a casa… —Ethan, hinchado de ego, sonrió como bobo— ¡No dejaré que unos pollos asesinos toquen a estas bellezas!

Así, tres jóvenes salieron del refugio: Rice en el centro con la bomba improvisada, Ethan al frente y Lucy cubriendo la retaguardia.

—¿Cómo es que se mueven tan bien?

—preguntó Rice al albino.

No se parecían a estudiantes comunes.

—Un tipo en nuestro pueblo nos enseñó —respondió Ethan—.

Era atleta, muy bueno.

—¿Los adoptó?

—¿Adoptar?

No, más bien nos salvó.

Nos enseñó a sobrevivir, nos dio techo, una familia… y luego desapareció.

Era más como un hada madrina.

—Entonces tienen familia.

—Ojalá.

Les digo familia, pero él siempre insistió en que era un trabajo, el que nos daría de comer.

Oficialmente, no tengo a nadie que llamar mamá o papá.

Pero lo seguí hasta Xictli y me inscribí aquí para estar cerca.

—¿Quiénes son tu familia, entonces?

Ethan sonrió con malicia.

—Es un secreto.

—¡Primera gallina!

—gritó Lucy.

Encendieron la bomba y la lanzaron contra el ave.

El frasco estalló, cortando su cuerpo, y los fragmentos se clavaron en sus patas.

El humo empezó a levantarse, pero aún no alcanzaba la regadera de emergencia.

La gallina, furiosa, atacó.

Lucy se adelantó, hundiendo la pala en su cabeza y matándola al instante.

—¡Quémala ahora, humano asqueroso!

Rice encendió la mecha y lanzó otra bomba al cuerpo inerte.

El ave ardió enseguida.

—Problema resuelto.

Pero esas palabras siempre eran una maldición.

Una parvada entera apareció, decidida a vengar a su compañera.

—¡Quien mate más será el rey por un día!

—gritó Lucy, cargando otra vez.

Y los tres se lanzaron a un nuevo y sangriento combate.

Pudo haberse unido, pudo haber girado y avisado a todos que el problema estaba resuelto, salir tan rápido como fuera posible y, si se requería, luchar contra el basilisco.

Pudo haber sido un buen chico, pero no lo hizo.

Las voces pesaban demasiado; su madre sonaba más fuerte en su cabeza, y la charla de hace un momento solo había confirmado sus sospechas.

Antes de que la alarma sonara, Rice lanzó una mirada a la gallina que ardía como un montón de madera seca.

Algo en ese fuego lo empujó a decidirse.

Se acercó a Ethan, que le daba la espalda, lo tomó de la camiseta y, en un movimiento seco, lo arrojó a las llamas.

Los gritos desgarraron el aire.

Lucy interrumpió la pelea al escuchar a su hermano, dio un paso para ir hacia él, pero Rice la recibió con un golpe de bate directo a la cabeza.

Sintió el crujido de su cráneo romperse, el sonido que siempre había imaginado cuando los observaba con recelo.

El cuerpo se desplomó a sus pies, pesado y frágil al mismo tiempo.

El albino aún se movía entre las llamas, la piel despegándose como papel quemado.

Rice lo observó unos segundos, preguntándose si de verdad había tenido razón.

No tardó en convencerse.

—Sí eran unos asesinos.

Ethan, con los labios partidos y la carne derritiéndose, todavía halló fuerza para sonreírle con sorna.

—¿Qué nos delató?

Rice no quiso escuchar más.

Le descargó otro golpe en la cabeza y acabó con su sufrimiento.

En ese instante la alarma de incendios estalló y el agua comenzó a caer, chisporroteando contra el fuego y levantando un humo espeso.

La parvada se alborotó.

Algunas gallinas se lanzaron a devorar los cuerpos antes de explotar, y la mayoría intentó abalanzarse sobre Rice, sin éxito.

Por un momento, entre plumas mojadas y brasas, la escena tuvo algo de belleza grotesca, como si lloviera ceniza blanca.

—¿Qué diablos pasó?

—La voz de Kon lo arrancó de su ensimismamiento.

Rice se giró y vio a los demás sobrevivientes correr en línea recta hacia la salida, guiados por Morgart.

Solo Kon, Lorena y Sarah se habían desviado para acercarse—.

¿Por qué esos dos?

—Ethan tropezó —fue lo único que Rice respondió, con un tono tan plano como el golpe que lo había derribado—.

Y Lucy trató de salvarlo.

Sarah se cubrió la boca, horrorizada.

No tanto como Rice había esperado.

Quizá ella también había notado algo.

Morgart, en cambio, no mostró reacción alguna ante los cadáveres.

Y eso fue suficiente para encenderle otra alarma en la cabeza.

¿Acaso no eran cercanos a esos dos?

Ahora que lo pensaba, Morgart también era un transferido.

¿Qué le aseguraba que no estaba con ellos?

Las dudas se deshicieron en un rugido.

El pavimento se resquebrajó y un silbido ensordecedor recorrió el pasillo.

El basilisco había dado con ellos.

Los pocos sobrevivientes rompieron la formación y corrieron en todas direcciones, como presas sin pastor.

Las órdenes de Morgart quedaron en el aire; incluso él abandonó su puesto para arrastrar a Sarah lejos de la criatura.

—¿Qué esperan?

—gritó—.

Están muertos si no corren.

Rice, Kon y Lorena obedecieron, impulsados más por el instinto que por la razón.

El pasillo era demasiado angosto; el basilisco apenas cabía, pero eso no lo hacía menos letal.

Su cola de serpiente se extendía como una soga manejada por un vaquero experto, buscando enredarse en los pies de Kon, derribarlo, levantarlo… o simplemente destrozarlo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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