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La canción del dragón - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 El Omega humilde
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19: El Omega humilde 19: El Omega humilde Órdenes simples que se debían cumplir, reglas que había que seguir.

Pero ¿qué servían esas reglas en un país que se caía a pedazos?

La ciudad se hundía en el caos: sistemas corruptos, especies que se negaban a convivir, precios que subían como si fueran castigo divino.

Lo que antes era un paseo lleno de familias y mercados ahora eran esqueletos de locales cerrados.

Lugares que alguna vez respiraban vida estaban muertos.

Matusalem era el ejemplo más crudo.

Había sido un pueblo olvidado, apenas dos mil habitantes escondidos entre colinas.

Ahora estaba lleno de edificios brillantes y restaurantes lujosos, levantados sobre las tierras que antes pertenecían a granjeros.

Todo para turistas, nada para los tlachianos.

Kavi’el lo veía claro: el progreso no les pertenece.

Mientras Zarvael conducía a toda velocidad hacia la escuela, sin apoyo de otros vehículos oficiales, Kavi’el miraba por la ventana las calles vacías.

Ya lo había leído en informes, pero otra cosa era verlo: casas nuevas, levantadas con cemento y losa, abandonadas al deterioro.

Nadie podía pagarlas.

Nadie quería cuidarlas.

Nadie podía quedarse.

— ¿Cómo es posible que las calles estén tan vacías?

—preguntó Zarvael, sin notar el gesto de fastidio en su compañero—.

Me siento en un pueblo fantasma.

—La gente tuvo que marcharse cuando ya no pudo pagar —contestó Kavi’el con secuela.

—¿Cuánto gana esta gente?

Kavi’el presionó la mandíbula.

¿Qué tanto gana esta gente?

Esa no era la pregunta.

—No se trata de lo que ganan, sino de lo que les exigen.

Los precios son ridículos.

La mayoría nunca salió de Kaalkuun, trabajaban duro, mantenían a sus familias.

Pero nada de eso fue suficiente cuando los Lúmens entraron a escena.

Zarvael lo miró de reojo, sorprendido.

—Pareces saber bastante del tema.

—Mi familia también tuvo que dejar su hogar por eso.

—El sabor amargo volvió a su boca al recordarlo—.

Desde la llegada de la moneda Lúmen, la economía no ha hecho más que cien.

—¿Y por qué solo el dos por ciento recibe pago en Lúmens?

—preguntó Zarvael, aburrido, casi bostezando—.

Admito que los elfos de Ashvord se pasaron imponiendo su sistema para comerciar con Skaluph, pero eso no debería afectarte.

A nosotros sí nos pagan en Lúmens.

Kavi’el lo observará por un instante, con esa rabia silenciosa que se clava más hondo que un grito.

Claro.

A nosotros sí.

Zarvael jamás había tenido que contar monedas para decidir entre comer o pagar renta.

Jamás había visto a sus padres salir con el rostro vacío, sabiendo que ese día tampoco habría pan en la mesa.

Para Zarvael, los elfos eran aliados, benefactores.

Para él, eran verdugos con sonrisa.

—Jamás los perdonaré —susurró, como un juramento que no necesitaba explicación.

—¿Dijiste algo?

—Me preguntaba si extrañas Ashvord.

—¿Y a mi amada familia?

No.

Que se vayan al carajo.

Kavi’el giró el rostro, sorprendido.

Siempre había escuchado a Zarvael ensalzar su patria: el “país del mañana”, con magia y tecnología mezcladas, con adelantos que ningún otro pueblo soñaba.

Él lo defendía cada vez que podía.

—Pensé que amaba Ashvord.

—Lo hago.

—¿Entonces por qué…?

El auto se detuvo de golpe.

El cinturón fue lo único que evitó que Kavi’el se estrellara contra el parabrisas.

—Llegamos —dijo Zarvael, saliendo sin mirarlo.

Kavi’el lo siguió, mascullando insultos.

¿Cuándo dejaría de comportarse como un salvaje?

Tener un milagro vinculado a una bestia no lo autorizaba a actuar como una.

Pero las palabras murieron en su boca cuando cruzó la puerta de la escuela.

Un mar de entrañas y sangre cubría el suelo.

Cuerpos de estudiantes colgaban de los árboles, pegados en las paredes, esparcidos en techos y pasillos.

El hedor era insoportable, la visión grotesca.

— ¿Qué carajos pasaron aquí?

—soltó Zarvael, con una mueca que no sabía si era asco o simple desconcierto.

Entonces sonó la alarma de incendio.

El caos fue inmediato: gritos, golpes, cuerpos chocando unos contra otros mientras los estudiantes huían en masa.

Solo entonces los Omegas reaccionaron, abriendo paso para asistir a los sobrevivientes, demasiado tarde para los que yacían desmembrados frente a ellos.

❯────────────────❮ El tumulto de pasos y gritos retumbaba en los pasillos.

Lorena iba aferrada a la mano de Kon, como si ese simple contacto pudiera mantener una salvación.

Rice sujetaba a Kon por el otro lado, arrastrando también a Jenifer consigo, cuidando de que ninguno quedara rezagado.

En medio del caos, Morgart le lanzó una mirada rápida a Lorena.

Ella la entendió de inmediato.

Su estómago se encogió; Ese era el momento.

Si fallaba, todo lo que habían planeado sería en vano.

Apretó la mano de Kon con desesperación y, con el corazón hecho pedazos, susurró: -Distensión.

El mundo se detuvo con él.

Los ojos de Kon perdieron el reflejo de la huida, hipnotizados por algo que no comprendía.

Sus pasos se frenaron en seco.

Lorena, con las lágrimas quemándole la cara, soltó su mano de golpe y siguió corriendo, limpiando las mejillas con violencia, como si pudiera arrancarse la culpa de la piel.

Rice lo sintió al instante: el vacío de esa mano que se le escapaba.

Se giró y el horror le atravesó el pecho como una lanza.

Kon, el imbécil, el maldito niño testarudo al que juró proteger, caminaba directo hacia el basilisco.

Cada paso era más firme que el anterior, y el monstruo, con sus fauces abiertas, ya olía la carne que iba a devorar.

Rice quiso correr, desgarrarse en el intento, pero de pronto una orden suave, venenosa, le ató los pies al suelo: —Quieto… —susurró Lorena, desde algún punto del pasillo.

La rabia le subió por la garganta.

¡¿Qué había sido?!

¡¿Por qué no podía moverse, como un cobarde congelado por el miedo?!

Quiso gritar, romper esa maldición a fuerza de voluntad, pero su cuerpo no respondía.

Solo podía ver, impotente, cómo Kon se ofrecía en bandeja al basilisco.

Y justo cuando las fauces del monstruo iban a cerrarse sobre él, una voz profunda retumbó en el aire.

—Mictareth .

Kavi’el alzó la mano, y la palabra en Ixya1 cargó el espacio con un poder ancestral.

El basilisco se estremeció, hinchado por dentro, y en un rugido desgarrador explotó en una lluvia dorada que bañó el pasillo con chispas incandescentes.

Cada escama del monstruo chisporroteaba y brillaba mientras su cuerpo se expandía y explotaba en una lluvia de polvo y fragmentos lumínicos, como si la luz del sol se hubiera condensado en forma de violencia controlada.

La punta de los dedos de Kavi’el seguía negra, temblando levemente, y sus ojos reflejaban un destello dorado mientras sostenía su firmeza, evitando que la magia lo consumiera.

El olor a ozono y carne quemada se mezclaba con el aire pesado del pánico y la adrenalina.

Kavi’el sintió un tirón interno: la magia Alfa quería filtrarse, dominarlo, recordarle la parte más divertida de la vida.

Pero él resistió, apretando los dientes y concentrando su voluntad.

Cuando la luz se disipó, el basilisco había desaparecido, dejando solo un rastro de polvo dorado que caía lentamente.

Kavi’el respiró con dificultad, sintiendo cómo la tensión de su Ihí disminuye poco a poco, mientras su cuerpo regresaba a la normalidad.

La punta de sus dedos permanecía levemente negra, un recordatorio silencioso del poder que acababa de invocar.

Kon despertó de su letargo, Rice por fin pudo moverse.

Fue como si hubiera estado envuelto por cientos de cadenas y estas por fin se soltaran de su cuerpo, después de horas de haberlo retenido, aunque solo fue un instante.

Sus piernas se durmieron, por lo que cayó al primer intento de querer correr hacia Kon, todo su cuerpo se sintió flácido, ajeno, porque no seguían sus órdenes.

Morgart se mordió el labio inferior y arrastró a Sarah a la salida, lo más discreto posible.

¡Nadie le advirtió de los Omegas del Tlan!

❯────────────────❮ En la oficina de policía el caos era absoluto.

Teléfonos sonaban sin descanso, órdenes llegaban desde arriba y los oficiales entraban y salían a toda prisa para patrullar la ciudad tras el ataque del Basilisco.

Nadie parecía perdonar que un ejemplar ilegal hubiese entrado al país sin que nadie lo notara.

Kavi’el fue el primero en dar la alarma en cuanto los estudiantes estuvieron a salvo.

Lo obligó a ordenar que todos, oficiales y paramédicos, dejaran lo que hacían para concentrarse en lo más urgente: contar a los heridos y a los muertos.

Los cuerpos irreconocibles eran poco más que carne destrozada; pensó en las familias que pronto recibirían la peor noticia de sus vidas.

Mientras esperaban a la unidad especializada de Aztlapalco, lo único que podían hacer era asegurar la escena, cubrir los restos y registrar con detalle lo que quedaba.

Apenas habían logrado identificar algunos cuerpos y resguardar las pruebas más evidentes.

Kavi’el caminó por el pasillo principal del edificio B, donde el Basilisco había atacado con mayor violencia.

Aún sacaban a maestros y estudiantes que habían permanecido escondidos en baños y bodegas desde que todo comenzó.

Al menos había más sobrevivientes de lo que imagino.

Lo encontró en el salón 3-A, justo en el lugar donde el monstruo había aparecido.

Zarvael inspeccionaba el piso, con los guantes puestos para no manchar la evidencia.

—¿Qué encontraste?

—preguntó Kavi’el.

Zarvael se levantó, señalando los restos de un casillero metálico destrozado como si algo hubiera reventado desde dentro.

—El cascarón eclosionó aquí.

El salón estaba vacío por el festejo, igual que el segundo piso.

Las víctimas comenzaron después, cuando ese profesor cambió.

—Debió contaminarse cuando subió —Kavi’el recorrió el lugar con la mirada, tratando de unir cabos—.

Era el encargado de vigilar que nadie pasara.

Según algunos estudiantes, estaba en las escaleras.

¿Crees que buscando a colados fue cuando se expuso?

—Podría ser.

Los maestros estaban reunidos en la sala una hora antes del ataque.

Pero hay algo que no me cuadra.

—¿Qué?

—El veneno del Basilisco mata.

No provoca esto.

—Quizás se trate de una subespecie.

Dejemos que los peritos lo confirmen.

Nuestro deber es averiguar quién introdujo un animal prohibido en la escuela.

Zarvael apretó la mandíbula; tenía teorías, pero sin pruebas sabía que Kavi’el lo callaría.

—No vamos a encontrar al culpable aquí.

—¿Razón?

—Kavi’el arqueó una ceja, criticó.

—Este caos lo borró todo.

Lo único útil podrían ser huellas en el cascarón, pero si es un menor no servirá de nada: no están en el sistema.

—Igual debemos intentarlo —replicó Kavi’el, apoyado en el marco de la puerta—.

Pudo ser un adulto.

—Lo haremos, pero no me hago ilusiones.

—Entonces iremos por lo seguro: hablar con los sobrevivientes.

—¿Y están en condiciones?

—No todos, pero uno en particular me interesa.

Estaba a segundos de ser devorado.

Si no lo hubiera sacado, ya estaría muerto.

—¿Piensas que era el dueño?

—No.

Creo que era el objetivo.

Un golpe seco en el pasillo interrumpió la conversación.

Algo cayó al suelo, seguido de un quejido.

Ambos Omegas salieron de inmediato y alcanzaron a ver dos siluetas huyendo.

—¡Deténganse!

—rugió Kavi’el, lanzándose tras ellos.

Zarvael, más rápido que Kavi’el, dobló la esquina casi pisándoles los talones.

No esperaba que los sospechosos eligieran la salida más absurda: lanzarse por la ventana.

El vidrio estalló y, pese a caer desde el segundo piso, ambos aterrizaron de pie en el pavimento antes de seguir corriendo.

Aunque Zarvael intentara alcanzarlos por las escaleras, ya era tarde.

Ethan y Lucy se movían con una agilidad animal: saltaban cercas, trepaban muros y corrían por los techos con insultos volando de un lado a otro.

—¡Idiota!

Ni siquiera sabes correr sin tropezar —gritó Ethan, sin bajar el ritmo.

—¡No me llames idiota, mamahuevo!

—le devolvió Lucy—.

Tú fuiste el genio que quiso espiar a la policía.

—¡Era para borrar la evidencia!

—¿Ah, sí?

Y por eso te pusiste a escuchar a escondidas en vez de ayudarme a limpiar.

Lucy empezó a burlarse con muecas grotescas, lo que irritó tanto a Ethan que trató de darle manotazos mientras corrían.

La persecución se convirtió en una pelea infantil que continuó hasta llegar a la casa de Sarah.

Sus gritos y golpes anunciaron la llegada antes que ellos.

Cuando Sarah abrió la puerta, lo primero que vio fueron a los gemelos revolcándose en el patio, cubiertos de tierra y hojas.

Lucy logró inmovilizar a su hermano para soltarle varios coscorrones antes de que Morgart apareciera.

El hombre apartó a Sarah de un empujón, tomó a los dos por el cabello y los arrastró hacia adentro, descargando toda su furia en cada tirón.

Sarah cerró la puerta con llave y los siguió apresurada hasta el sótano, pero Morgart le bloqueó el paso antes de bajar.

—Será mejor que no veas esto.

Las palabras la hicieron tragar saliva.

Ethan y Lucy apenas se habían recuperado de las heridas de su último desastre; quería saber si su inmortalidad tenía algún límite o si por eso tardaron tanto en volver.

—¿Les harás daño?

—preguntó con voz insegura.

—No más de lo que se merecen —respondió Morgart, sin un rastro de simpatía—.

Nunca confié en ellos.

Y después de lo que hicieron… Si hubieras muerto, Sarah, no me atrevo a pensar qué pasaría.

—Así que sí fueron ellos… —su voz se apagó, cargada de decepción.

El golpe fue directo al estómago de Ethan.

Por primera vez desde que llegó a ese lugar, bajó la cabeza, avergonzado, y avanzó él mismo hacia la entrada del sótano.

—Ya lo oíste, Sarah.

Esto es cosa de trabajo —intentó sonar ligero, casi despreocupado—.

Deja que los profesionales lo arreglen.

—¿Ustedes lo hicieron?

—el reproche le dolió más que cualquier castigo.

—Sí.

Por eso déjanos recibir lo que merecemos.

No quiso seguir viendo ese rostro decepcionado que lo partía por dentro.

Cerró la puerta del sótano tras de sí, como si con ese gesto pudiera cargar solo con la culpa.

❯────────────────❮ La revisión de los paramédicos había terminado hacía horas, pero aún no lo dejaban salir de la sala de interrogatorios.

Nadie entraba a hablar con él.

El silencio era peor que cualquier acusación.

Kon no tenía nada que ocultar; estaba dispuesto a contar todo lo que recordaba del ataque en la escuela, incluso lo que lo hacía sentir culpable.

Si servía para entender qué había ocurrido, hablaría sin problema.

Él también quería respuestas.

No todos los días te atacaban gallinas carnívoras gigantes; de hecho, ni en cien vidas podría volver a vivir algo tan absurdo.

Miró la ventana polarizada.

Solo le devolvía su propio reflejo, desalinado y sucio.

El uniforme escolar estaba empapado de sangre seca y manchado de hollín, impregnado del olor a humo y comida quemada.

Se sintió asqueado de sí mismo y, al mismo tiempo, lo único que deseaba era regresar a casa, bañarse, encender la televisión y llenarse de frituras hasta caer dormido.

Siempre pienso en comida… hasta en estos momentos.

El recuerdo le atravesó el pecho como un cuchillo: había estado a punto de devorar a Sarah.

La sola imagen lo llenaba de vergüenza y culpa.

¿Cómo había podido ceder tan fácil al instinto?

No era un animal.

No quería serlo.

Si Rice no hubiera estado ahí para detenerlo… Sacudió la cabeza con violencia, intentando borrar esas imágenes.

Ese era el verdadero peso de su sangre Alfa, lo que más odiaba de sí mismo.

Al otro lado del vidrio, Kavi’el lo observaba en silencio.

Entre sus manos sostenía los resultados médicos recién entregados.

La confirmación que temía estaba ahí, escrita con tinta fría.

—Te lo dije… —murmuró, mostrándole la hoja a su compañero—.

Iban por él.

El laboratorio detectó rastros de Mui1 en su cuerpo.

Fueron introducidos durante el accidente.

Zarvael levantó la vista, incrédulo.

—Mui?

Eso es imposible… Esa magia es demasiado peligrosa.

—Y muy pocos en todo el planeta pueden usarla a voluntad —replicó Kavi’el, su tono seco—.

Y todos están en Ultar.

Zarvael frunció el ceño, como si las piezas de un rompecabezas imposible comenzaran a encajar.

—Entonces… ¿por qué usar Mui en un chico como él?

Kavi’el cerró la carpeta y volvió a mirar al joven Alfa, atrapado entre la culpa y la confusión.

—Eso es justo lo que estamos a punto de averiguar.

Una de las 69 lenguas habladas en Xictli, principalmente por los Omegas que nacen y viven en el país.

Es una fusión de la lengua de la serpiente originaria del país Alfa, y de los textos antiguos de Leyla del país extranjero.Magia arcana del viejo continente, usada por magos especiales y muy avanzados.

El Mui es una magia atraída desde el otro mundo, por lo que su uso es bastante peligroso y no acto para seres mortales.

Lo único que a los mortales les espera al usar el Mui es la muerte.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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